La estirpe de Mitra Capítulo 17
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Capítulo 17

Las ventanas y balcones de Bute Street se llenaron de ojos curiosos. Los disparos y la persecución habían roto la calma de la mañana.

El patriarca de los Bishop observaba desde lejos la furgoneta estrellada en el agujero mientras los Camilleri bajaban, armados y dispuestos a terminar con esa situación.

Como si fueran dos bestias mitológicas, los dos hermanos agarraron la puerta lateral de la furgoneta y la arrancaron de las bisagras. Henry se giró de golpe, espantado por el tremendo estruendo, y quedó encogido al fondo del asiento, con una mano agarrada al respaldo.

—¡ Se ngħaffġuk ! —gritó uno de ellos en maltés.

—¿Qué? —dijo Henry sin poder mover ni un músculo.

—Vamos... a... machacarte —dijo el otro hermano con un inglés muy masticado.

Sarah había conseguido despegar el cuerpo del atrapamiento que hacía el volante con la carrocería, aunque le costaba mantenerse firme.

Mientras se liberaba, ayudó a Samuel a sostener a Greta, que aún estaba desorientada y sangraba por una pierna.

Henry miró debajo del asiento y tiró con un gemido de rabia para desatascar su macuto.

Carmelo, el bruto de la barra de metal, gritó como si fuera un oso y se abalanzó hacia el agujero de la puerta para entrar dentro, pero en ese momento y con un gesto rápido, Henry sacó la mano del macuto con el Colt en ella.

Apretó el gatillo sin apuntar. Sonó un disparo atronador y el maltés salió expulsado hacia atrás, chocando con su hermano y cayendo los dos de espaldas al suelo.

Habían ganado unos segundos para acabar de liberarse.

Salió de la furgoneta colgándose el macuto en el hombro (que le hizo rabiar de dolor) sin dejar de apuntar a los dos Carniceros.

Vio que la bala había impactado en un hombro y no dejaba de sangrar, pero no era una herida mortal.

El otro hermano no dejaba de mirar a Henry con los ojos llenos de ira.

—Ni se te ocurra moverte —le dijo sin dejar de apuntarle.

Samuel consiguió coger a Greta, que cojeaba de una pierna, y luego salió Sarah, que ya se había liberado.

Se alejaron del socavón mientras Henry se aseguraba de que no les seguían los hermanos, cuando un disparo hizo estallar una piedra cerca de él. Desde el otro lado de la calle, el chico de la motocicleta les apuntaba con el revólver.

—¡Rápido! —dijo al resto del grupo. —¡Hay que irse!

Avanzaron a paso torpe por la calle en ruinas y entraron en un edificio que apenas quedaba en pie para descansar unos segundos. Owain Bishop y sus hombres no tardaron en aparecer montados en una vieja camioneta con la parte trasera abierta.

Desde allí ya podían ver algunos barcos.

—Hay que esconderse —dijo Greta recuperando el aliento. —Salir de la calle. Aquí somos una presa fácil.

—Me alegro de que estés de vuelta —le dijo Samuel al verla consciente del todo.

—Tú recupérate del golpe, ya me encargo yo de daros tiempo —le dijo Henry haciendo gestos para que se alejaran.

Se quedó escondido en la esquina, viendo cómo varios tipos (posiblemente hombres de Bishop) ayudaban a levantar al carnicero herido.

Notaba los huesos crujir como si fueran de madera vieja cada vez que levantaba el brazo e intentaba apuntar hacia el chaval del arma, que ahora saltaba entre cascotes para alcanzar su posición.

Mientras, Greta y los otros bajaban por la calle en busca de algún lugar donde esconderse y descansar.

Un par de disparos rozaron la manga de la cazadora de Henry, pero no provenían de la calle del socavón.

Buscó por el otro lado y vio la camioneta de Bishop, que había rodeado por una calle paralela.

Iba repleta de miembros de la familia, armados y de pie en la parte trasera.

Apretó la espalda contra la pared para intentar cubrirse y descubrió, por la quemazón que notó en el antebrazo, que una de las balas había llegado a tocar piel.

No podía quedarse allí. En menos de un minuto llegaría el chico desde el socavón con el resto de los tipos.

Y sin pensarlo echó a correr calle abajo.

Cada paso que daba eran cuchillas en sus muslos y latigazos en las costillas.

No fue una carrera muy larga; llegó a la siguiente esquina en menos de diez zancadas y avanzó entre la gente hasta que pudo ver a Sarah haciéndole señales desde un callejón.

Aquella zona de Tiger Bay era como un hormiguero alrededor del muelle, con calles estrechas que serpenteaban de forma caótica, lo que les benefició para poder ocultarse entre el gentío.

La camioneta de Bishop avanzaba lentamente mientras el conductor hacía sonar el claxon para que le dejaran pasar, maldiciendo su suerte a gritos desde la cabina.

Eso permitió al grupo bajar a paso ligero hasta llegar a los muelles de Bute y allí buscar un rincón donde esconderse.

Llegaron a los astilleros exhaustos. Henry se apoyó contra unas cajas de madera apiladas frente a los barcos.

Sentía las costillas crujir con un dolor sordo y abrasador.

Greta apenas se tenía en pie, sujetada por Samuel.

—Henry, acércate por favor —le dijo Greta mientras se sentaba en el suelo detrás de unas cajas.

Este pasó por encima de Sarah, que se había agachado en una esquina, y en cuanto estuvo al lado de Greta lo primero que recibió fue un bofetón que estalló en su mejilla.

—Te daría otro, pero me duele todo —le dijo Greta con la voz apagada.

—Me lo he ganado —dijo frotándose la cara.

—De esto hablaremos mañana —Greta habló a pocos centímetros de su cara.

Samuel pudo ver desde las cajas a los hombres de Bishop, que los buscaban. La situación empeoraba por momentos; estaban escondidos en su territorio y, cada minuto que permanecían allí encogidos, aparecían dos o tres individuos más, armados hasta los dientes.

–¡No estarán lejos! –gritaba Owain Bishop a sus secuaces. –¡Buscad en cada rincón! ¡Los quiero muertos!

Sarah asomó la cabeza por uno de los laterales del escondite y pudo ver el gran carguero. Pintado de verde oscuro y con una franja blanca por encima del nivel de flotación y el nombre escrito con letras grandes y amarillas: CENTAURO.

Henry miró a su alrededor: estaban rodeados de maquinaria portuaria, redes suspendidas, toneladas de madera y bultos de carga colgados de la red de poleas de los astilleros. Se descolgó el macuto y se lo entregó a Greta, que le devolvió una mirada de sorpresa.

—Adelantaos hacia el barco —dijo soltando el aire con dificultad—. Yo os abriré el camino.

—¿Tú solo? Ni hablar —protestó Sarah—. Ni siquiera puedes mantenerte erguido.

—Por eso mismo no puedo correr con vosotros —interrumpió Henry—. Hacedme caso. En cuanto veáis el camino despejado, tirad recto hacia la pasarela.

Miró a Greta. Esta vez, no discutió: le apretó el hombro con firmeza y asintió.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Samuel.

—Voy a despejar el camino todo lo que pueda —Los miró un instante antes de salir del escondite.

Henry se arrastró, pegado a los pilares de hierro del muelle, hasta la base de un trinquete que sostenía una red de desembarco con una plataforma de madera repleta de toneles de roble y vigas de pino. La red colgaba en el aire, a unos cuatro metros del suelo, sobre el paso principal del muelle.

Dos secuaces de Bishop, armados con escopetas de caza, avanzaban rápido por el pasillo central de la dársena, cortando la ruta hacia la pasarela del Centauro.

Henry soltó el freno de mano de la manivela del cabrestante.

El trinquete liberó el cable con un chirrido metálico y ensordecedor.

La pesada red cargada con la tonelada de barriles descendió en picado a toda velocidad.

Los dos matones levantaron la vista justo a tiempo para ver la mole de madera caer sobre ellos.

Uno rodó por el suelo, salvándose de morir aplastado, pero el otro no fue tan rápido y sus piernas quedaron atrapadas debajo.

El impacto de los toneles al romperse contra el suelo creó una barricada infranqueable de astillas y barriles rodando, dejando a los perseguidores atrapados al otro lado y envueltos en una nube de polvo.

—¡Ahora! —gritó Henry con el poco aire que le quedaba.

Samuel, sosteniendo a Greta, y Sarah, echaron a correr por el espacio que se acababa de abrir.

Henry salió de detrás del pilar, avanzando lentamente y agachado para que no pudieran verlo los hombres de Bishop, que se acercaban para ayudar.

El muelle era una pasarela de piedra que se alargaba unos cuarenta metros y estaba en plena ebullición matinal.

No tardó en localizar a otro de los secuaces. Este estaba de espaldas, cerca del borde y mirando hacia los barcos. Se acercó por la espalda poco a poco y, cuando estuvo a un metro de él, le dio un empujón que le hizo caer al agua.

El grito de sorpresa y el chapoteo atrajeron a varios curiosos que se acercaron a ver qué había ocurrido, y llamaron la atención de Lorenzo Camilleri, que emergió de entre el gentío del muelle.

El gigante maltés se detuvo un segundo: a su izquierda vio el amasijo de madera y a sus hombres atrapados; a su derecha, los tres fugitivos huyendo a toda prisa hacia el barco.

Apretó los dientes con furia, agarró con fuerza el machete y enfiló cargando hacia el grupo.

—¡Eh, pedazo de carne! —escupió una voz a sus espaldas.

Lorenzo frenó en seco y se giró.

A unos metros, apoyado torpemente contra la estructura de hierro del trinquete, estaba Henry. Tenía la cara manchada de hollín y sudor, el brazo izquierdo apretado contra las costillas lesionadas y una sonrisa provocadora que apenas podía sostener.

—¿No querías machacarme?

El maltés no lo dudó. Soltó un rugido en su idioma y se abalanzó sobre él descargando, con el machete, un tajo en diagonal.