Capítulo 16
Desde su creación, siglos atrás, Taurus se había organizado mediante una estructura jerárquica y piramidal.
Repartidos por todo el mapa del mundo conocido, los diferentes líderes de la orden controlaban grandes territorios con la ayuda de toda una red de subordinados.
Bernhard Brandt era el encargado de las islas británicas.
Emmett, su hermano dentro de la orden, ejercía como lugarteniente y gestionaba una extensa red de informadores repartidos por todo el territorio insular.
En la zona sur contaba con tres antiguos soldados de la BEF (la Fuerza Expedicionaria Británica), que, después de participar en varias misiones de infiltración en territorio belga, habían sido retirados del frente. Taurus los contrató, y desde entonces estaban a las órdenes del señor Emmett.
Con los abrigos abrochados hasta el cuello y encogidos dentro del Ford C Junior, ocultos por la oscuridad y manteniendo cierta distancia, habían seguido la furgoneta del grupo desde que salió del taller en Londres.
Cuando llegaron a Cardiff se alejaron brevemente para evitar ser vistos. Dejaron siempre un par de calles de margen y los vieron entrar esa misma noche en un motel.
Phillips, el capitán, había recibido órdenes precisas de solo observar.
—Nada de intervenir, hay que saber a dónde van, si contactan con alguien y cuál será su siguiente movimiento —le había dicho Emmett cuando habló con él.
Todo parecía fácil.
Hasta que el grupo inició una torpe y escandalosa persecución a primera hora de la mañana por Tiger Bay.
En una misión normal habrían intervenido para ponerle fin. Miller, el más joven y nervioso, habría zanjado el asunto rápido: un par de disparos con su Enfield P14 de francotirador desde una terraza cercana y punto. Pero la orden de no intervención les hacía arder la sangre.
—¿Cómo pueden ser tan inútiles, capitán? —decía Miller, viendo cómo se metía la furgoneta en una calle de sentido contrario.
—Guárdate las opiniones para ti, soldado. Mientras no pongan en peligro la misión, como si quieren escapar en bicicleta —respondió Phillips.
Cuando aparecieron los dos motoristas y empezaron a disparar a la furgoneta, uno de los soldados se llevó la mano a la cartuchera. Pero el capitán le puso el brazo delante para frenarlo.
—Solo observar e informar, recuérdalo.
—Capitán, van a terminar volcando en cualquier esquina —le dijo Miller con ganas de intervenir.
Los tres avanzaron con el Ford por calles paralelas en dirección al puerto.
Intentaban mantener la misma velocidad la furgoneta, de manera que al llegar a los cruces podían verla pasar.
Pero en la cuarta intersección la furgoneta ya no cruzó.
Un estruendo metálico llamó la atención de los vecinos de los alrededores.
Apartaron el vehículo de la carretera y se infiltraron entre el gentío que se arremolinaba en el callejón. Vestidos con ropas de civil, podían pasar por vecinos de Tiger Bay.
Ahora, observaban la furgoneta empotrada en un agujero de un obús en mitad de la calle.
—¿Capitán? ¿Qué hacemos? —El otro soldado asomaba la cabeza por detrás de los otros dos.
Phillips levantó la mano para que esperaran.
Vieron a los dos mastodontes bajar lentamente desde lo alto de la calle. Cuando estos arrancaron la puerta, fue cuando se pusieron en guardia.
—¡Atentos! —dijo poniéndose tenso.
Los tres se apartaron de la gente con las manos armadas y ocultas dentro de los abrigos. Al final sí que parecía que habían puesto en peligro la misión.
Y les tocaría intervenir.
—Preparados, la cosa se va a poner complicada —les advirtió Phillips a los dos chicos.
Pero entonces pasó lo inesperado