La estirpe de Mitra Capítulo 15
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Capítulo 15

Tras un almuerzo rápido, el grupo abandonó el motel y subió de nuevo a la furgoneta para bajar a los muelles.

Pero no todo iba a ser tan fácil. Sarah acababa de girar la llave en el contacto cuando un par de tipos inmensos aparecieron por el primer cruce, tapando la salida del callejón.

Uno de ellos llevaba una cadena de acero cuyos eslabones eran del tamaño de una mano de Sarah. El otro cargaba al hombro una palanca.

—Chicos —dijo Sarah—. ¿Esos no serán los carniceros?

—Creo que sí —dijo Henry.

—¿No dijiste que eran los hermanos pequeños? —Samuel se encogió en el asiento.

—Pues parece que han crecido —Sarah no podía evitar los comentarios jocosos en momentos de nervios.

De entre los dos mastodontes salió un hombre de avanzada edad, de menor estatura, pero corpulento. Iba bien vestido y completaba el conjunto con un sombrero de ala ancha y un bastón.

—¿De verdad creías que ibas a pasar inadvertido en mi barrio? —el viejo Bishop hablaba con una voz atronadora que hizo temblar a los cuatro.

—¿Qué hago Greta? —dijo Sarah agarrada al volante.

El silencio solo quedaba interrumpido por el ronroneo del motor al ralentí.

—Estoy pensando.

—¿Qué hay que pensar? —dijo Henry.

—Si tirarte por la ventana ahora o después de pasar por encima de ellos —Greta estaba realmente cabreada.

—No es momento de buscar culpables, Greta —dijo Henry poniendo una mano en el hombro de Sarah—. ¡Arranca de una vez!

Sarah metió primera. El motor bramó. Las ruedas traseras mordieron el asfalto salpicando grava y la furgoneta salió disparada.

Bajó a toda velocidad por la calle hasta donde estaban los dos hermanos bloqueando la salida. Se mantuvieron firmes, pensando que frenaría antes de llegar a ellos; pero, cuando la furgoneta estuvo a pocos metros, se dieron cuenta de que no iba a parar.

Sarah chillaba agarrada al volante cuando Lorenzo lanzó la cadena. El impacto reventó la ventanilla trasera. Una lluvia de cristales inundó el habitáculo.

Samuel se cubrió la cara entre gritos mientras los fragmentos se le clavaban en la mejilla. Carmelo embistió por el otro flanco con la barra de hierro. Un golpe seco. El faro trasero estalló y la chapa se hundió hacia dentro.

—¿Hacia dónde voy? —Sarah solo intentaba no chocar con nadie mientras llevaba la furgoneta calle abajo.

—¡Izquierda en el siguiente cruce! —Greta intentaba agarrarse para evitar salir botando del asiento.

Sarah dio un volantazo a la derecha. La furgoneta inclinó dos ruedas en el aire haciendo un derrape ciego. De frente, tres coches bloqueaban la calzada.

—¡Mierda! —chilló Sarah.

—¡Sarah, por Dios! ¡Controla la furgoneta! —gritó Henry—. Vas a matarnos a todos.

—¡No soy Alexander, joder! —gritó casi con un tono de falsete provocado por los mismos nervios.

—¡Cuidado con los coches, Sarah! —Greta señalaba hacia adelante.

Sin darse cuenta, se habían metido en contra dirección por una calle de sentido único.

Así que Sarah no tuvo más remedio que frenar y dar marcha atrás.

Pero cuando asomaron la furgoneta por la calle anterior, vieron que los hermanos malteses bajaban corriendo.

Lorenzo iba girando la cadena por encima de su cabeza como si fueran las aspas de un helicóptero y el otro chillaba algo a unos chicos sentados en unas motocicletas en la puerta de un pub.

—¡Por ahí no! ¡Sarah, tira adelante! —le gritaba Henry que veía a los dos brutos acercándose a toda velocidad.

—Pero que es contra dirección. ¡Así no puedo! —Sarah empezaba a estar saturada.

—¡Súbete a la acera! —le gritó Greta.

La furgoneta salió de la calzada y empezó a bajar por la calle tocando el claxon sin parar. Rozaba a veces con las paredes de los edificios, haciendo saltar a la gente hacia los portales.

—Hay que volver a una de las calles que bajan hacia el puerto –Greta masticaba las palabras para que la conductora las entendiera.

—Hay dos en moto que se acercan rápido. —Samuel señalaba calle arriba.

—¡Estás sangrando! —Le cogió del brazo al verle medio rostro lleno de cortes y pequeños cristales incrustados.

—Estoy bien, solo son heridas.

Greta vio a los jóvenes que bajaban a toda velocidad por la acera.

—Lo que nos faltaba. ¡Joder! —Greta golpeó la guantera con el puño.

—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre por detrás? —El retrovisor había quedado torcido y Sarah no podía ver nada a través de él.

—Tu acelera y gira en esa calle —le dijo Greta.

Henry vio como uno de los chavales sacaba una pistola de dentro de la chaqueta y les apuntaba.

—¡Agachaos! —fue todo lo que alcanzó a decir.

El disparó resonó en la calle, haciendo que los cuatro agacharan la cabeza. La bala atravesó la ventana trasera, impactó contra el retrovisor y rozó la oreja de Sarah, dejándole un corte en el lóbulo.

—¡Me cago en la puta! —Sarah se llevó la mano a la oreja al notar la punzada.

Entre la sorpresa y el dolor del corte, de forma inconsciente, Sarah apretó a fondo el pedal del freno y la furgoneta se paró en seco.

El motorista no tuvo tiempo de reaccionar.

Hizo amago de mover el manillar, pero no pudo evitar estampar la moto contra la parte trasera de la furgoneta, saltando por encima de ella y entrando de cabeza por la ventanilla que se había agujereado segundos antes.

Medio aturdido levantó la cara llena de cortes de los cristales y Henry le atizó un puñetazo en el pómulo que terminó de dejarlo sin conocimiento.

—¡Mierda! —Henry sacudió la mano en el aire.

—¡Arranca, arranca! —gritaba Greta—. ¡Que viene el otro!

Henry empujó al tipo que aún colgaba de la ventanilla trasera y lo dejó caer a la carretera. Sarah metió primera, bajó el bordillo y ejecutó el giro. La furgoneta se encajó en una calle estrecha que caía en pendiente pronunciada hacia la dársena.

Greta palideció al ver las fachadas destruidas de la esquina.

—¡No, Sarah! —bramó, intentando agarrar el volante—. ¡Esta calle está destruida por el bombardeo de enero! ¡No hay salida al muelle!

—¡Es la única libre de coches! —chilló Sarah, pisando a fondo.

Ya no había opción de recular. Detrás, los Bishop y los malteses bloqueaban el cruce. Dar media vuelta era una sentencia de muerte.

—¡Agarraos!

La pendiente hizo acelerar más la furgoneta. A cincuenta metros, al fondo, se distinguían el brillo del mar y los mástiles de los barcos. Sarah solo miraba al frente, queriendo llegar al final, mientras que los otros tres veían cómo sus perseguidores frenaban al inicio de la calle.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué no nos siguen? —preguntó Greta en voz alta.

El suelo empezó a llenarse de restos de cascotes, piedras, y ruinas de la calle.

Algunos edificios aún quedaban en pie, pero la mayor parte de la calle eran solares en ruinas donde antes eran filas de apartamentos.

La furgoneta iba esquivando rocas y restos de escombros para no chocar con nada.

Y a lo lejos, al final del trayecto, Sarah divisó la línea del horizonte en el mar.

—¡Mirad allí! —Levantó la mano para señalar el brillo del azul.

—Ya casi estamos, ¡acelera! —gritó Henry.

Pero a treinta metros de allí, el centro de la calzada estaba reventado por un obús, formando una rampa de asfalto levantada como un trampolín sobre el cráter.

—¡Frena! —gritó Samuel.

Demasiado tarde.

La furgoneta despegó.

La trasera quedó suspendida en el aire y el vehículo se encajó de cabeza en el cráter, tiritando en una nube de vapor y hierro roto.

El motor ya no rugía. El estruendo metálico de la caída dio paso a un silencio. Dentro del habitáculo volcado solo quedó el chisporroteo errático del radiador reventado y el borboteo del líquido de freno goteando sobre el asfalto caliente.

Henry intentó tomar aire, pero los pulmones se le negaron: un dolor punzante y helado en el costado le impidió llenar el pecho.

Tenía la frente pegada al respaldo delantero y notaba el sabor metálico de la sangre en la lengua.

A su lado, Sarah permanecía inmóvil, atascada entre la chapa deformada del volante y el salpicadero, soltando apenas un hilillo de voz ahogado en cada exhalación.

En la parte trasera, desplomada en un ángulo imposible entre cristales rotos, Greta ni siquiera respiraba con fuerza: estaba completamente inconsciente, con el rostro inclinado hacia abajo y un reguero oscuro brotando de la línea del cabello.

Y entonces, el mundo exterior pareció extinguirse.

Un segundo.

Dos segundos.

Tres segundos.

El polvo en suspensión giraba despacio bajo el hilo de luz que entraba por el parabrisas fracturado.

El dolor no era agudo todavía; era una marejada sorda, una vibración que les retumbaba en las sienes al ritmo sordo de sus propios corazones desbocados.

Ninguno se movía. Nadie se atrevía a romper esa frágil cápsula de silencio que los aislaba de la calle.

Cuatro segundos.

Un chasquido seco. El metal de la carrocería se quejó bajo su propio peso. Henry abrió los ojos, intentando enfocar la figura inmóvil de Samuel entre la montaña de cajas volcadas.

Cinco segundos.

El silencio crujió.

Fuera, unos pasos pesados golpearon los cascotes. Una sombra enorme proyectó su contorno contra la ventanilla rota.

CRACK.