La estirpe de Mitra Capítulo 14
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Capítulo 14

Evelyn aún tenía las manos frías cuando volvió a entrar en el hangar.

El señor Brandt la observó desde la distancia, sabía que debía dejarla sola, había mucho que asimilar.

Así que ahora tocaba ser prudente. Cualquier cosa que se le dijera en estos momentos sería como empujarla desde el borde de un precipicio y no podían perderla.

Ella avanzó despacio, respirando hondo, andando entre las avionetas.

Intentaba recomponer la dignidad que ahora sentía que habían hecho trizas.

Evitaba a toda costa mirar hacia la zona del despacho.

Notaba los ojos de Brandt clavados en su cogote, pero no quería mirarlo. No quería mirar a ninguno de los dos.

El crujido de neumáticos sobre la gravilla exterior rompió el silencio del hangar.

Evelyn se sobresaltó, retrocediendo medio paso por instinto. A través del espacio entre las avionetas, vio cómo la silueta de Emmett se tensaba.

—No se asuste, señorita Carter —dijo él, con esa calma calculada que helaba la sangre—. Son otros asuntos los que trae ese coche.

Emmett le hizo una señal rápida a Brandt y ambos avanzaron hacia la portezuela lateral.

—Danos unos minutos, Evelyn —añadió Brandt sin darse la vuelta, señalando el escritorio—. Estaremos fuera atendiendo la visita. Descansa.

Evelyn esperó inmóvil hasta que el eco de los pasos de Brandt y Emmett se perdió tras la puerta lateral. El portón se cerró con un golpe seco, pero la hoja no encajó del todo; quedó entreabierta apenas por un par de dedos.

Se quedó sola en mitad del hangar. Acompañada por el goteo constante de la condensación del techo sobre el fuselaje de la primera Piper Cub .

No dudó ni un segundo. Aquella iba a ser la mejor oportunidad de huir de allí.

Echó un vistazo rápido a todo el hangar, entornando los ojos para poder ver mejor lo que quedaba oculto entre las sombras.

Dio media vuelta y echó a correr entre la penumbra hacia el fondo, bordeando la cola de los aviones.

Llegó a los gigantescos portones de la fachada principal y tiró de la manivela de hierro con todas sus fuerzas, pero la madera permaneció inmóvil.

Al bajar la vista, vio una pesada cadena de eslabones gruesos que rodeaba los barrotes inferiores, rematada por un candado de latón del tamaño de su puño.

Cerrado.

Miró desesperada hacia arriba. En el muro lateral, a más de cuatro metros de altura, una hilera de ventanucos rectangulares dejaba entrar un débil resplandor de la noche.

Localizó dos cajas de madera de empaquetado junto a la pared.

Parecían contener piezas de repuesto de las avionetas.

«Servirá». Las arrastró con esfuerzo, haciendo el menor ruido posible, y apiló la más pequeña sobre la grande.

Se encaramó a ellas torpemente y apoyó las botas en el borde inestable.

Estiró los brazos y logró agarrarse al marco de la ventana.

Tensó los músculos para impulsarse hacia arriba. La bisagra de la ventana estaba oxidada; apenas se abrió un palmo antes de atascarse. Trató de meter la cabeza, pero el hueco era ridículamente estrecho y la altura hasta el suelo exterior era una caída a ciegas hacia las piedras.

Incapaz de pasar, con los dedos doloridos y el pulso desbocado, se dejó caer de nuevo sobre las cajas. Apoyó la cabeza en la pared para intentar recuperar el aliento, tragándose la frustración y las lágrimas de rabia.

No había salida por ahí. Si quería escapar, tendría que salir por la puerta lateral. Tenía que comprobar si Brandt y su acompañante estaban lo suficientemente alejados en la oscuridad como para poder deslizarse a sus espaldas y correr hacia los árboles más cercanos.

Se bajó de las cajas con cuidado y avanzó sigilosamente hacia la portezuela por la que habían salido.

A medida que se acercaba, las voces de fuera empezaron a llegarle como murmullos graves, amortiguados por la madera.

¡Crac!

Una tabla suelta crujió bajo su bota. Evelyn se congeló de golpe. Pegó la espalda a la chapa helada de la avioneta y cerró los ojos, conteniendo la respiración hasta que le dolió el pecho. Notó el pulso retumbando en sus oídos. Afuera, las voces se detuvieron.

El tiempo se detuvo. Evelyn no se atrevió ni a tragar saliva; sintió cómo el sudor frío le resbalaba por la nuca mientras aguantaba el aire.

Fueron cinco segundos agónicos hasta que las voces retomaron la conversación.

Evelyn expulsó el aire despacio por la boca. Se deslizó milímetro a milímetro hasta pegarse al marco de la puerta y alinear el ojo con la rendija.

A solo tres metros, iluminado por la luz tenue del farol exterior, vio al hombre que acababa de bajar del coche. De espaldas, con el abrigo subido.

—El grupo ha salido ya —decía el tipo, con la voz ronca por el frío.

Brandt dio un paso hacia él. Su tono no era de enfado, sino de una exigencia cortante.

—¿Los seguiste? —preguntó Brandt.

—Sí —respondió el hombre, tiritando.

—¿A dónde?

—A un taller. A las afueras.

Evelyn contuvo el aliento, pegando la oreja a la madera.

—¿Se reunieron allí? —insistió Brandt.

—Sí. A media mañana llegaron otros tres.

—¿Quiénes? —intervino Emmett, dando un paso intimidante hacia el informador.

El hombre levantó las manos, a la defensiva.

—Turner, el que parece el cabecilla, y las dos chicas.

«Turner», pensó Evelyn. El nombre se le clavó.

Se quedó petrificada en la sombra, con la frente apoyada en la madera helada del marco.

Brandt no pareció alterarse. Hizo una pausa, evaluando la respuesta del informador.

—¿Encontraron lo que buscaban? —preguntó.

—Parece que sí —contestó el tipo—. Los dos jóvenes que salieron de Harrington parecían satisfechos.

Evelyn ya había dejado a un lado la conversación. Solo podía pensar en ese apellido. Se dijo a sí misma que era común, un nombre cualquiera. Pero la mentira no aguantó ni un segundo en su cabeza. Turner. El apellido real de Henry. El que jamás había usado cuando estaban juntos.

«No puede ser él ».

Buscó desesperadamente una grieta por la que colarse, una casualidad absurda a la que agarrarse.

Pero las piezas que llevaban días intentando encajar a la fuerza se alinearon de golpe, con la precisión de un engranaje perfecto.

La furgoneta blanca, la colilla de su tabaco en el callejón de Harrington & Sons, la forma en que los asaltantes los trataron y cómo se lo habían llevado a él sin tocarle a ella ni un solo pelo.

«Todo estaba preparado ».

Sintió una oleada de calor violenta que le subía desde el estómago hasta el cuello, quemándole de rabia.

Tanto, que le dejó la boca amarga. Una furia ciega, física, que le hizo cerrar los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.

Le ardían los ojos, no por las lágrimas, sino por el veneno de la traición.

Había estado aterrorizada por él. Pasó esa noche sin dormir, temiendo que apareciera su cuerpo en una cuneta o en el fondo del Támesis, suplicando a la policía que lo buscara...

Se lo imaginó celebrando el golpe en un taller con sus cómplices.

Le vino una arcada seca. Tuvo que apretar los dientes para sofocar la respiración agitada y no delatarse. Toda su preocupación, todo su dolor... reducido al ridículo papel de una idiota engañada.

«Maldito seas, Henry ».

Apoyó el cogote contra la pared, con los ojos cerrados, tragándose la náusea a base de pura fuerza de voluntad. Entonces, en mitad de la hoguera de rabia, la mente le devolvió un chispazo oscuro y frío.

«Eso significa que está vivo ».

La frase apareció casi a su pesar, dejándole una sensación amarga en la garganta. La certeza aplastante era esa: no había un cadáver. Henry no estaba muerto.

Le hervía la sangre al pensar en la mentira, en el circo que había montado para dejarla amordazada y aterrorizada en el salón mientras él desaparecía con el botín.

—¿Y el edificio? ¿La cámara? —añadió Brandt, afinando el interrogatorio.

—Cumplí mi parte —se defendió el hombre, molesto—. Me pagaron para no ir esa noche y no vi nada. No me metan en líos.

Evelyn volvió a centrarse en los tres hombres. Cerró los ojos un segundo. «Esa voz». Reconoció de golpe el acento y la cadencia. No hacía falta verle la cara. Era el vigilante nocturno de Harrington & Sons.

—Tranquilo, Kramer —dijo Brandt con su frialdad habitual, sacando un sobre del bolsillo interior de la americana—. Ha cumplido. Págale.

El hombre cogió el sobre que le entregó Emmett y volvió al interior del vehículo. El motor arrancó tras toser un par de veces y las luces rojas se alejaron por la grava.

En el interior del hangar, Evelyn permaneció apoyada contra la pared, en la oscuridad, escuchando el eco de sus propios latidos. Afinó el oído para captar cualquier sonido. La pareja seguía en el exterior, viendo el vehículo desaparecer en el camino.

—Solo espero que lleguen a tiempo –Brandt sonaba severo.

—Tengo a gente siguiéndolos. Mañana sabremos sus planes. Nosotros debemos partir hacia Italia esta misma noche.

—Lo sé. —Brandt le puso una mano en el hombro a su compañero—. Suerte que te tengo a mi lado.

El deseo de huir de Evelyn se había disipado por completo. Toda la desesperación de hace cinco minutos, la frustración por la ventana inalcanzable se había transformado en un bloque de hielo en su pecho.

Ya no quería escapar.

Si Henry estuviera implicado y todo aquello hubiera sido un montaje para engañarla, no se iría a casa a esperar. Se separó del marco de la puerta, se secó la mejilla y regresó despacio hacia la zona del escritorio. Ahora sabía exactamente lo que tenía que hacer.

Sintió un latigazo en el estómago. No sabía si era alivio, miedo o una mezcla insoportable de ambos. Pero por primera vez desde que había vomitado, su mente se ordenó. Por un parte, sabía que él estaba vivo y por otra, la rabia le hervía al pensar en la maldad y la perfidia.

La pareja trajeada volvió al hangar. Para cuando entraron, Evelyn ya había vuelto a la silla del despacho. Cuando Brandt se acercó, la percibió algo distinta. Ya no temblaba, parecía más erguida. Su rostro ya no era el de una mujer rota y vencida. Fue ella la primera en hablar.

—Quiero que me diga exactamente qué esperan de mí —dijo, con una voz que no parecía la suya, más firme, más afilada.

Brandt abrió la boca, pero ella levantó una mano.

—No me dé más discursos. No más profecías ni equilibrios. Solo dígame qué tengo que hacer para llegar a esa máquina y dónde está.

Un destello de satisfacción cruzó fugazmente el rostro de Brandt.

—Tu destino ahora está en Italia —dijo Brandt con seriedad y firmeza.

—Está bien. Dígame qué tengo que hacer —ella sonrió por dentro.

Respiró hondo, sintiendo cómo el vértigo se convertía en determinación. Toda la vida había soñado con abandonar el despacho para perseguir los misterios del pasado. Nunca imaginó que la oportunidad llegaría de aquella manera.