Capítulo 13
Dejar atrás Londres no significó dejar atrás la guerra, sino arrastrarla en el cuerpo.
Llevaban horas encajados en la furgoneta, tiritando por el frío que se colaba por las juntas de la carrocería y respirando el olor rancio a hierro, sudor y pólvora que flotaba en el ambiente.
El cansancio no era solo sueño; era una pesadez física que se agarraba a las articulaciones.
Henry conducía con los brazos aún doloridos, intentando mantener el volante firme en cada socavón de la carretera y sintiendo que se le iba la fuerza en cada curva.
A su lado, Greta apoyaba la cabeza contra la ventanilla, con el cuello rígido tras haber pasado la noche anterior casi en vela.
En la parte trasera, Samuel intentaba encontrar una postura medio cómoda en el asiento, mientras Sarah ahogaba un bostezo largo, frotándose los ojos escocidos.
Venían del infierno de la capital. Todos tenían aún grabado en la retina el paisaje londinense: el aullido desgarrador de las sirenas antiaéreas, el humo denso de los incendios, los edificios victorianos convertidos en cascotes y el encierro agobiante de los refugios subterráneos.
Londres era gris, una ciudad de piedra y ceniza que crujía bajo las bombas.
Pero Cardiff no era mejor, aquí también había llegado la devastación.
La furgoneta no paró hasta llegar a la zona de Riverside, un distrito obrero pegado a los muelles.
Entraron a la ciudad por la carretera del norte y cruzaron por la gran avenida que la cortaba en dos.
Cardiff dormía a oscuras desde hacía unas semanas.
Las calles estaban desiertas, sumidas en un silencio funeral.
Un vecino con el que se cruzaron en la carretera, un hombre anciano que se cruzaron, les contó que a principios de año una flota de la Luftwaffe les había azotado con un bombardeo bestial.
Por eso se había dictado el toque de queda estricto y estaba prohibido encender una sola luz bajo ningún concepto.
A medida que avanzaban hacia los barrios colindantes a los muelles, la devastación se hacía más evidente.
Pasaron cerca de un gran solar en ruinas donde un mes antes se levantaba majestuosa la catedral de Llandaff; ahora no quedaba más que una cordillera de cascotes negros bajo la noche.
Siguieron la marcha despacio hasta parar a los pies de la colina del castillo, la mole de estilo gótico victoriano que había conseguido sobrevivir al peor infierno que jamás hubieran podido soñar los habitantes de la ciudad.
—Cómo ha quedado todo esto.
Henry parecía dolido, como si hubieran bombardeado parte de su propia vida.
—Solo espero que ganemos esta maldita guerra y no quede ni un nazi en pie —masculló entre dientes mientras apretaba con los dedos magullados el volante.
—Si estamos en lo cierto, lo que llevamos en la mochila ayudará a que ocurra eso —dijo Samuel desde atrás.
Conforme la furgoneta dejó atrás las ruinas del centro y encaró la bajada hacia la zona portuaria, el aire cambió por completo.
La negrura gris de las casas de ladrillo dio paso a una atmósfera distinta, densa y viscosa.
El humo de madera quemada de Londres fue sustituido por el olor penetrante del carbón húmedo, el salitre del mar, el alquitrán fresco de los cabos, el pestazo a pescado amontonado en las lonjas y el tufo a gasóleo que salía por las chimeneas de los cargueros amarrados en la bahía.
—Pasaremos la noche en una posada. Mañana iremos al muelle Bute —dijo Greta frotándose las sienes, intentando despejarse de la rigidez del cuello, mientras consultaba un plano arrugado a la tenue luz de la luna.
Frente al apagón estricto y la elegancia sobria convertida en escombros que traían de la capital, la bajada hacia la zona del puerto era un estallido sucio de contraste.
Las farolas bajas proyectaban luces amarillas y temblorosas que recortaban las sombras de los edificios.
Los neones, apagados o a medio fundir, chisporroteaban bajo la llovizna constante, arrojando reflejos verdosos y rojizos sobre la piel brillante de los adoquines mojados.
El ambiente se volvió casi sofocante. Tiger Bay no dormía; hervía.
De los portales y entre las rendijas de las ventanas salían densas bocanadas de humo de tabaco negro, mezcladas con el vapor de los guisos de las tabernas.
Y por encima del ronroneo del motor de la furgoneta, el silencio de la guerra se rompía en mil pedazos: notas desafinadas de pianos y acordeones que salían de los garitos, carcajadas brutales, discusiones a viva voz y los gritos desordenados de marineros en media docena de idiomas, que apuraban las últimas horas antes de hacerse a la mar.
Sarah y Samuel miraban las calles a través de las ventanas de la furgoneta como quien descubre un mundo nuevo.
—¡Qué maravilla! –dijo Sarah —Parece un lugar perfecto para pasar la noche.
—El barrio lo controlan dos familias desde ni se sabe cuándo. La calle Bute divide los dos territorios de norte a sur —explicaba Greta—. Cualquier negocio que ese haga a un lado o el otro, necesita del permiso de las dos familias.
—Cuando veníamos, hace una década —siguió Henry—, hacíamos tratos con Owain Bishop y su familia. Son los más fiables para negociar.
—Y los más peligrosos también, si no cumplías con sus tratos.
Los toques de queda y las prohibiciones del gobierno no tenían allí ninguna validez.
Las calles eran un enjambre de gente deambulando por sus calles.
Grupos de marineros disfrutaban de unas horas de permiso tomando un trago en las tabernas del lugar y buscaban agradables compañías para pasar un rato antes de partir de nuevo.
—Hay que evitar la zona de los Carniceros, Greta. Solo por si acaso.
—¿Ahora me dices esto? Henry, podrías haber dado este dato antes de entrar al barrio —Greta lo sermoneaba muy seria—. ¿Y qué significa por si acaso?
—Nada que deba preocuparte —dijo Henry con la boca pequeña.
—¿Quiénes son esos carniceros? —preguntó Samuel.
—Los Bishop comparten el territorio con una pequeña familia de malteses. El abuelo, creo, tenía un mercado en la zona baja, cerca del muelle —les contó Henry.
En los barrios colindantes al muelle Bute todo tipo de negocios iban creando un variopinto recorrido por las calles a medida que se adentraba en ellos.
Barberías regentadas por judíos compartían pared con tabernas de irlandeses.
Lavanderías, talleres mecánicos, ultramarinos árabes y algún prostíbulo oriental.
Un puerto detenido en el siglo anterior.
—Dime que se llaman carniceros porque venden carne —dijo Sarah con una leve preocupación.
—Parte del negocio que llevan los Camilleri es cárnico, sí —dijo Henry—. Pero el apodo de carniceros se lo ganaron los dos hermanos pequeños, Carmelo y Lorenzo. Se cuenta que a aquellos que no saldan sus deudas los cuelgan de un gancho como una res y los desuellan vivos.
—¿Y esos son los que hay que evitar? —dijo Sarah nerviosa—. ¿Podemos irnos de aquí, ya?
—Tranquila, Sarah. Lo mío no fue tan grave y, de todos modos, han pasado seis años.
—Henry, no me gusta el tono. ¿Por qué hay que evitarlos? —Greta ignoró el comentario de Sarah—. ¡Dímelo, ya!
—¿Recuerdas cuando tuvimos que recuperar el Van Gogh en la mansión del francés? Les pedí ayuda para poder entrar en la casa.
—¿Y cuál fue el precio? —Greta iba dando indicaciones a Sarah mientras hablaba con Henry.
—Me pidieron que les sacara piezas de oro y plata que había en la mansión.
—Henry, yo estuve allí contigo. Y solo cogimos el cuadro.
—A eso me refiero.
Buscaron una zona apartada para aparcar la furgoneta y Greta los llevó a una posada que recordaba de la última vez que estuvo allí.
Caminaron por callejones estrechos, intentando no ser vistos por nadie.
El aire frío del puerto generaba una neblina baja entre los edificios que ayudaba al grupo a ocultarse; sin embargo, Tiger Bay tenía ojos y oídos en cada ventana o esquina.
Y hubo una época en la que los dos iban a menudo para hacer negocios, y hay caras que nunca se olvidan.
Greta encontró la puerta con el viejo cartel de madera pintado a mano: «La Brújula Oxidada».
Una habitación para Henry y Samuel. Otra para ella y Sarah.
Ese lugar siempre había sido discreto y sabían que allí estarían a buen resguardo.
—Solo espero que no nos jodan esta noche, Henry —dijo Greta en susurros antes de cerrar su habitación—. Y mañana veremos cómo llegamos hasta el puerto. —Cerró la puerta y ellos hicieron lo mismo con la de enfrente.
Si esto fuera el Cardiff que ellos recordaban, esa noche habría sido tranquila, pero eran tiempos de guerra, de carencias y hambre. Tiempos en los que cierta información podía asegurarte mucho dinero.
La noche cayó sobre ellos y su llegada empezó a correr como la pólvora por los callejones.