Capítulo 54 #3
Sabía que quedaba algo por hacer, aunque la cueva ardiera entera, aunque la isla se viniera abajo, había algo que siempre podrían encontrar. Sarah buscó la mirada de Evelyn y, sabiendo lo que se proponía, le afirmó con su cabeza. «Hazlo» significaba. Y así fue.
Levantó la mano con el puñal y con todas las fuerzas que le quedaban, golpeó contra el centro de la Clavis .
Pero no se rompió.
Lo que provocó el golpe de Sarah fue que la pieza se soltara del soporte de la boca de la serpiente. La Clavis cayó, girando en el aire como una moneda gigante hasta que acabó dentro del crisol.
Al quitar la Clavis de su lugar, el proceso metamórfico del ahrunio se interrumpió de golpe y empezó a perder fulgor. La luz que emanaba del interior volvió al tono rojizo candente del inicio.
Todos habían visto la pieza girar en el aire, como si Aión quisiera detener el tiempo para evitar lo que no se podía parar. Pero la Clavis simplemente fue sumergiéndose en el magma caliente del ahrunio hasta desaparecer al fondo del crisol.
—¡No! —chilló Brandt mientras bajaba corriendo la escalinata—. Eso no la destruirá, solo la ocultará hasta que vuelva a ser encontrada. La Clavis está hecha para que el fuego de Mitra no la destruya.
—¡Ya no se puede hacer nada! —le gritó Evelyn— debemos irnos. ¡Bernhard!
Brandt se acercó al crisol y buscó la manera de poder sacar la pieza de dentro.
—No sé lo que va a ocurrir, pero debemos salir de aquí cuanto antes —dijo Greta, poniendo en marcha al grupo.
—Pero ese hombre.
—¡No hay nada que hacer, Evelyn! —exclamó Henry—. Si nos quedamos, moriremos todos.
Pero no les dio tiempo a iniciar la marcha.
De pronto, el crisol volvió a temblar, pero esta vez de una forma tan violenta que acabó soltándose de sus enganches y se volcó, derramando todo el metal como una masa gelatinosa por la superficie de la plataforma.
Brandt vio asomarse la Clavis entre el metal, pero era imposible de alcanzar.
Fue entonces cuando empezó el burbujeo lento que, poco a poco, fue aumentando cada vez más hasta alcanzar un punto de ebullición parecido al del agua. Cada burbuja que explotaba soltaba una pequeña nube de vapor oscuro.
—¿Y ese humo? —preguntó Henry desde la escalera.
—Ese es el final que no queríamos ver. ¡Corred! —les gritó Evelyn, que empezó a subir la escalinata saltando los escalones de dos en dos.
Sarah corrió por la pasarela hasta la entrada de la cueva. Desde allí hacía aspavientos para que el resto apretara el ritmo.
El ahrunio siguió derramándose por la plataforma, burbujeando y soltando vapores hasta que llegó a los pies de Giorgio. Una de las burbujas soltó una pequeña nube negra que entró en contacto con las llamas que aún bailaban en el cuerpo del Escorpión, desatando el infierno en la cueva.
Una llamarada instantánea recorrió toda la superficie del metal y lo hizo estallar. La explosión creó una nube de fuego y humo que arrasó todo lo que había a los pies del gran dios.
Brandt, sin tiempo a reaccionar, fue absorbido por el fuego y desapareció dentro de él. Un crujido retumbó por toda la sala y aparecieron dos grandes grietas en los muros.
Toda la plataforma giratoria había quedado destruida por completo y con ello los pies de la gran escultura del dios.
—¡La estructura no aguantará mucho más de pie! ¡Va a destruir toda la sala! —Greta les gritaba desde detrás.
La base, debilitada y en llamas, no pudo soportar el peso de toda la escultura, y las grietas empezaron a extenderse en todas las direcciones.
Aión empezó a inclinarse hacia un lado hasta caer del todo contra una de las paredes laterales, como un árbol talado.
El golpe acabó por abrir la grieta de ese lado, lo que provocó una reacción en cadena.
Dos columnas se desmoronaron, la cúpula perdió su base y se precipitó hacia el agujero.
Empezaron a caer escombros desde el techo por todas partes y la escalinata fue desmontándose con ellos encima.
El tramo final, antes de llegar a la salida, había quedado cortado por unos cascotes de piedra. El primero en saltar fue Henry. Luego Samuel se agarró con fuerza con el brazo sano a la mano de su compañero. Greta y Evelyn les siguieron sin problemas.
Quedaban los últimos diez metros de escalinata hasta llegar a la boca de la cueva. Entonces fue el turno de la gran serpiente de metal, que acabó por descolgarse de su estructura y al impactar contra una de las paredes la atravesó y del agujero empezó a entrar agua a presión.
—Estamos por debajo del nivel del mar. ¡Esto se va a llenar en cuestión de minutos! — les chilló Henry desde la entrada de la cueva.
El ascenso por la galería fue una carrera contra un muro de agua que los perseguía y que, poco a poco, les ganaba terreno. Una última explosión hizo temblar todo el túnel y el agua dejó de subir. El grupo no paró de correr hasta que vieron el cielo sobre sus cabezas.
La cueva había caído por completo. Aión descansaba ahora debajo de la isla, en las profundidades del mar Mediterráneo, y la Clavis Astralis se hundía con él.