Capítulo 12
Después de colocar de nuevo el arcón en su sitio y de eliminar cualquier rastro de su presencia en la cámara, Evelyn y el hombre del traje subieron hasta la planta intermedia por la escalera de emergencia y salieron por el portón que comunicaba con el callejón.
Allí les esperaba un Bentley. Subieron a la parte trasera y el chófer arrancó de inmediato, sin esperar una sola instrucción.
Desde que la había sorprendido con la cabeza metida en el agujero, el hombre pelirrojo apenas había pronunciado tres frases.
Evelyn había accedido a acompañarle porque la opción de huir o enfrentarse a él estaba completamente descartada y, además, había sonado convincente en aquello de «No he venido a hacerle daño».
La sola mención de Taurus había sido el detonante definitivo.
Pero ahora, dentro del habitáculo, el margen de error se reducía a centímetros.
El espacio en la banqueta trasera era amplio y, sin embargo, la presencia de Emmett parecía ocuparlo todo. No se recostaba, no miraba por la ventana, no consultaba un reloj. Simplemente permanecía con las manos cruzadas sobre la rodilla, con una inmovilidad casi médica.
—¿Me va a decir adónde vamos? —dijo Evelyn, buscando romper el espesor del aire—. ¿No va a decir nada en todo el trayecto?
Emmett ni siquiera giró la cabeza; solo ladeó el rostro lo justo para que Evelyn sintiera sobre ella el peso de sus ojos claros.
—Puedo hablar, señorita Carter. Pero las dudas que tiene serán resueltas cuando lleguemos. No tengo permiso para tratar esos temas.
Volvió a mirar al frente. Evelyn tragó saliva.
El Bentley cruzaba las calles mientras la tarde se deshilachaba en un gris plomizo sobre Londres.
Desde la ventanilla, la ciudad desfilaba como un dibujo a medio borrar: fachadas desconchadas, esqueletos de edificios mordidos por los bombardeos y el polvo de los cascotes flotando en el ambiente.
Lo inquietante no era el paisaje, sino el chofer.
Sin mirar un solo mapa, esquivaba escombros y desvíos provisionales con una precisión quirúrgica, anticipándose a las calles cortadas antes de que las señales fueran visibles.
Emmett, a su lado, marcaba el ritmo de la travesía con su propio silencio.
Evelyn lo observaba por el rabillo del ojo: no la miraba fijamente, y aun así ella tenía la certeza absoluta de que él no perdía un solo detalle de sus movimientos.
El pulso en su cuello, el ritmo de su respiración, la forma en que apretaba el bolso contra su regazo... Él lo estaba registrando todo.
Cuando dejaron atrás los barrios golpeados del centro y entraron en la zona de Stratford, la calma exterior volvió el silencio de la cabina más opresivo. Cada bache de la suspensión transmitía un leve roce entre las prendas de ambos, un contacto involuntario que a Evelyn le erizaba la piel.
—¿Por qué yo? —preguntó de pronto, incapaz de soportar el murmullo constante del motor—. ¿Me han estado siguiendo? ¿Tiene algo que ver con lo que nos ocurrió la otra noche? —Hizo una pequeña pausa, obligándose a mirarlo fijamente a los ojos—. ¿Saben algo de Henry?
—No me está permitido hablar sobre el señor Turner. Esas preguntas guárdelas para cuando lleguemos.
«¿Turner?», pensó Evelyn. La corrección automática resonó en su cabeza con fuerza, pero se mordió la lengua. Se tragó la réplica por miedo a descubrir que la equivocada era ella o, peor aún, a revelar más información de la cuenta.
El hombre no volvió a pestañear. No ofreció disculpas, ni aclaraciones, ni una sola grieta por la que adivinar sus intenciones.
El Bentley abandonó la carretera principal y se adentró por un desvío hacia una franja de campos y granjas.
El pavimento asfaltado dio paso a un camino de tierra seca que hacía botar el chasis.
Con cada salto, el sonido de la gran ciudad se diluía, sustituido por el crujido de la grava y el aislamiento absoluto del campo abierto.
La sensación de estar siendo arrastrada fuera de la realidad conocida se hizo sofocante.
Por la ventanilla delantera, tras una arboleda espesa, surgió una valla militar y una garita de control. Un cartel con letras grandes en pintura roja marcaba el límite del terreno privado: FAIRLOP RAF.
Evelyn clavó los dedos en el asiento mientras el coche bordeaba un hangar bajo y alargado con enormes puertas correderas. «¿Un aeródromo? ¿Ahora en avión? ¿Hasta dónde piensa llevarme este hombre?»
El coche paró al lado de una puerta metálica en uno de los laterales largos de la nave, y el chófer se adelantó para abrirles el paso.
Emmett descendió con un movimiento seco y se calzó el sombrero de ala ancha sin apartar la vista del frente.
Evelyn le siguió de cerca, tragando saliva al cruzar el umbral.
El impacto sensorial fue inmediato. El interior del hangar era un vasto volumen de sombras y ecos donde el aire olía de forma penetrante a gasolina de aviación, caucho y metal frío.
Unos pocos faroles de plato colgaban con cadenas de las cerchas del techo, proyectando conos de luz cenital que apenas disipaban la oscuridad de los rincones.
Bajo aquella iluminación precaria descansaban dos siluetas inconfundibles: sendas avionetas monomotor de alas altas, con el fuselaje pintado de un amarillo brillante que contrastaba con la lúgubre penumbra.
Eran dos Piper Cub, pequeñas, ligeras y con fama de poder aterrizar en cualquier prado o camino de tierra sin llamar la atención.
Perfectas para cruzar fronteras a hurtadillas.
Al fondo, el murmullo apagado de unos mecánicos que revisaban un manguito de aceite y el sordo goteo de condensación rompían el silencio.
Evelyn se detuvo en seco, con el pulso acelerado, incapaz de apartar los ojos de aquellas máquinas.
No era solo el asombro técnico; la presencia de los aviones en mitad de la noche militarizada convertía a Taurus en algo tangible y peligroso.
Emmett dio dos pasos y se giró al ver que ella se había quedado atrás; la observó con una paciencia gélida desde la penumbra.
—¡Señorita Carter! —alguien levantó la voz al fondo del hangar—. Me alegro de que haya venido.
Pasadas las avionetas, el hangar estaba más en penumbra, a excepción de la zona del fondo, donde habían colocado unas taquillas metálicas a modo de separadores.
Entre ellas había un escritorio pequeño con un flexo plateado, carpetas y papeles desordenados encima.
Detrás del mueble, un hombre de mediana edad y bien vestido los recibió sentado en una silla giratoria de madera.
Cuando llegaron a esa zona, se levantó para verla de cerca.
—Antes de nada, debo agradecerle que accediera a venir hasta aquí de forma pacífica. Nos ha ahorrado tener que utilizar métodos que no son del agrado de nadie.
Cuando estaba a escasos metros, Evelyn pudo verlo con más claridad.
Llevaba un traje de chaqueta de lana gris carbón con fina raya diplomática que parecía tallado sobre él, y unos mocasines de cuero negro tan pulidos que devolvían la luz como un espejo.
Sonreía con una amabilidad que no encajaba del todo con la precisión quirúrgica de su atuendo.
No era muy alto y parecía cuidarse, por su complexión atlética.
Desprendía un olor dulzón, algo entre jengibre y canela.
Y cuando su rostro entró en el haz de luz del farol que tenían encima, pudo ver la cicatriz que le deformaba ligeramente la ceja derecha, lo que daba a la mitad de su rostro una expresión de constante tristeza.
—No tenía muchas más opciones en la situación en la que me encontraba. Y su secuaz pelirrojo fue muy amable desde un principio —dijo Evelyn con un tono irónico.
El comentario hizo estallar una carcajada al hombre. La cara de asombro de ella le hizo bajar el tono de la risa.
—El señor Emmett no es mi secuaz —dijo sonriendo—, somos más bien hermanos.
Evelyn levantó la ceja.
—Si me deja explicarle, pronto lo entenderá —dijo con un tono amable pero más serio.
Con un gesto de la mano invitó a Evelyn a acompañarle y los dos empezaron a andar hacia los portones del hangar. El señor Emmett les seguía unos pasos por detrás.
—Sé que tiene muchas preguntas que hacer., sabemos que es usted una mujer curiosa. Le viene de familia.
—¿Qué sabe usted de mi familia? ¿Qué sabe de mí? —alzó un poco el tono.
Salieron del hangar. El cielo se abría arriba, en un manto de estrellas heladas. Evelyn se subió las solapas del abrigo para protegerse el cuello del viento frío que venía del descampado. Brandt, a su lado, ni siquiera pareció inmutarse.
—Mucho, Evelyn. ¿Me permite tutearla? —Ella apenas se encogió de hombros, desorientada—. ¿Recuerdas el día que tu tío Howard te comentó lo del trabajo en Harrington & Sons? Cuando rechazaron tu petición en el Museo de Historia... ¿Recuerdas lo que te dijo exactamente?
—¿Conoce a mi tío Howard? —preguntó Evelyn, frenando el paso.
Brandt esbozó una sonrisa tibia, casi condescendiente, mientras contemplaba la oscuridad de la pista.
—Conocemos a tu tío desde hace mucho tiempo.
Silencio.
Un golpe seco en el estómago de Evelyn. La brisa nocturna pareció volverse más cortante.
Evelyn fijó la mirada en el perfil de Brandt, buscando cualquier rastro de mentira.
Su mente viajó de golpe al despacho de su tío en Whitmore, al olor a papel viejo, a la pipa apagada sobre el escritorio...
¿Cuántas de aquellas conversaciones familiares habían sido dirigidas desde la sombra?
La sensación de invasión la dejó helada.
—Fue él quien nos habló de ti —añadió Brandt en voz baja—. De tus logros en Cambridge. De tu... desmedido interés por el estudio de lenguas arcaicas.
—Eso... eso era privado —musitó ella. El estudio de aquellos dialectos era un proyecto personal que apenas había compartido con nadie, ni siquiera con sus profesores.
—En este mundo nada es del todo privado, Evelyn.
Ella se colocó un mechón de pelo tras la oreja, intentando recomponer las piezas en su cabeza.