Capítulo 11
Esta vez, la salida del sol no había pillado a Henry dormido.
Sarah y Greta sí habían aprovechado para descansar y recuperar fuerzas después de las magulladuras y golpes que habían recibido el día anterior en la cueva.
Henry, en cambio, apenas había cerrado los ojos un par de horas de madrugada.
Cuando algo se le cruzaba entre ceja y ceja, le resultaba imposible desconectar de ello; hasta en sueños se le apareció la Llave Astral.
El reloj del escritorio marcó las seis. Las sirenas de las fábricas del sur empezaron a aullar como un animal desperezándose por encima de los tejados, mientras el cielo se teñía de un rosa pálido y helado. Otro amanecer sobre Londres.
Greta terminó de lavarse la cara en la palangana con agua fría y se secó con la toalla con movimientos enérgicos, dando por concluida cualquier pausa.
Estaba de vuelta en su elemento: fría, resolutiva y sin espacio para las dudas que la habían asaltado la tarde anterior.
Empezó a recoger los enseres del escritorio con orden militar.
Henry, en cambio, no se había movido de la cama. Seguía con la Llave Astral entre las piernas, contemplándola con la mirada fija y febril de quien espera que un objeto ancestral le hable y le revele los secretos del universo.
—Creo que la respuesta no está en la pieza en sí —murmuró Henry, más para sí mismo que para ella.
Greta cerró la mochila con un chasquido seco que cortó el aire.
—La respuesta está en el sobre con el dinero que nos espera al final del viaje, Henry —dijo, sin volverse a mirarlo—.
Nuestra tarea es llevar esto al cliente, cobrar y largarnos.
Se acabó el teatro. Me da exactamente igual si esa cosa enciende estrellas, abre puertas o si el tipo decide usarla de pisapapeles. No es nuestro problema.
Henry frunció el ceño y alzó la cabeza, mirándola con ironía.
—¿A qué viene ahora ese cambio de opinión? Ayer eras tú la primera fascinada con el disco. La misma que dijo: «En cuanto entreguemos la pieza, ya no sabremos lo que es capaz de hacer».
Greta se giró al fin y apoyó las manos sobre la mesa, mirándolo con frialdad absoluta.
—Ayer era de noche y estábamos cansados. Hoy ha amanecido y tenemos un trabajo que terminar —le espetó, cortándolo en seco—. El misterio no paga las facturas, ni nos libra de una bala en la frontera. Así que guarda eso en el macuto y espabila.
Henry suspiró y se encendió un cigarrillo para quemar la frustración. Sabía que cuando Greta ponía esa voz, seguir discutiendo era chocar con un muro.
—¿Dónde está Samuel? —Cambió de tema, mirando hacia la ventana—. Lleva casi tres horas fuera.
—En St. James Square, buscando más libros en la biblioteca. Se lo enseñaste tú, ¿no?
Henry sonrió con una mezcla de orgullo y nostalgia.
—Es bueno el chaval. En algunas cosas me recuerda a mí a su edad; esa pasión cuando se le mete algo entre ceja y ceja…
—No es pasión, Henry, es obsesión —corrigió Greta, perdiendo un punto de acidez y dejando ver una pincelada de preocupación materna por el chico—.
Y ahí es donde me das miedo, sois exactamente iguales.
Cuando os enfocáis en un rompecabezas, os aisláis del mundo entero y dejáis de mirar alrededor.
Tú ya eres mayor para asumir tus estupideces, pero a él me lo vas a descentrar.
Y necesito a Samuel con la cabeza en la ruta hacia Italia, no en mitos romanos.
Greta se cargó el macuto a la espalda y echó un vistazo rápido alrededor para comprobar que no dejaban rastros.
—Voy abajo a revisar que la furgoneta esté lista para salir en cuanto vuelva. Y sí, el muchacho es listo. Puede que algún día sea mejor de lo que tú has sido nunca… Al menos él no tiene esa mala leche que te gasta la vida.
Henry soltó una humareda blanca y arqueó una ceja, recuperando la sonrisa sarcástica.
—¡Ay, querida! —replicó, impostando una ridícula voz de aristócrata—. La mala leche no se elige; te la regala la experiencia.
Se rieron los dos a la vez. Greta bajó las escaleras y salió del taller hacia el cobertizo para preparar lo necesario para el viaje.
Henry se quedó a solas con el silencio del lugar.
Buscó unas telas para envolver la Llave Astral y la dejó encima de la mesa.
Recogió la bolsa de viaje y revisó su contenido: el bloc de notas, lápices, la petaca, la navajilla, el tabaco y el mechero, la linterna, la vieja brújula de su padre… y la Colt Hammerless.
Entre los objetos apareció una pequeña figura de hueso tallado: eran dos cabezas de caballo unidas por la crin, mirando en direcciones opuestas. La sostuvo en la palma de la mano y no pudo evitar recordar el día en que Evelyn se la regaló.
«—Son los Ashvin —le contó ella—. Una pareja de dioses hindúes, gemelos. Inseparables. Simbolizan la salud y la fuerza de la juventud. Llévala contigo y te protegerá.»
Cerró la mano con fuerza, apretando la figura hasta sentir las aristas incrustándose en sus dedos. Las mentiras acumuladas en su cabeza empezaban a doler, y la primera de todas la había inventado por miedo a perderla.
—¿Cómo voy a decirle que soy un ladrón de reliquias? —le había confesado a Greta al poco de conocer a Evelyn—. Trabaja catalogando antigüedades. No puedo perderla.
Durante semanas construyó para ella la ficción de una rutina respetable.
Cada mañana se abotonaba el chaleco, cogía una cartera de cuero que solo contenía aire, salía al frío de Londres y fingía que se dirigía a una oficina de recambios navales.
Aprendió a mancharse ligeramente los puños de la camisa con tinta, a memorizar nombres de jefes inventados y a ensayar en los escaparates una mirada de agotamiento estudiada.
Mientras Evelyn lo creía atrapado entre libros de contabilidad y facturas, él no hacía más que matar las horas en bancos de parque tiritando de frío, esperando el momento exacto para aparecer en Harrington un engaño cobarde para reaparecer al día siguiente afirmando que lo habían liberado en un descampado del sur y salir indemne.
Pero el plan se había desmoronado con el paso de las horas. El cliente cambió las reglas, Greta aceptó la ruta hasta Italia por un puñado de miles de libras más, y ahora esas veinticuatro horas se convertían en días.
Quería enviarle alguna señal, necesitaba tranquilizarla. Le aterraba pensar en lo que estaría pasando por su cabeza. Pero Greta lo dejó claro la tarde anterior: nada de distracciones pensando en ella, había que ceñirse al plan.
Abrió la mano y vio que la figura le había dejado una marca enrojecida en la palma.
—¿Ya lo tienes todo? —chilló Greta, asomando la cabeza por la puerta del taller.
Él levantó el pulgar sin girarse ni decir una palabra.
Se recompuso respirando hondo un par de veces y escondió la pequeña escultura de hueso en el fondo de la bolsa.
Metió también una lata de alubias en conserva que cogió de una estantería y, a través de la ventana, vio a Sarah y a Alexander subidos al tejado cercano.
Aún hablaban. Sarah le dio un beso en la mejilla mientras lo abrazaba y luego se descolgó por una de las bajantes hasta el suelo.
A Henry le pareció una despedida y lo lamentó en silencio.
El traqueteo agudo de la pequeña Royal Enfield de Samuel llenó la calle. Frenó derrapando en el espacio entre el cobertizo y el taller y subió las escaleras atropelladamente, descolgándose la mochila antes de llegar arriba.
—Traigo cosas muy serias, Henry —dijo, dejando caer tres tomos pesados sobre la mesa y haciendo volar una nube de polvo—. Si lo que he leído es cierto, esa pieza no es lo que pensábamos. Tenías razón con lo de la biblioteca de St. James, he encontrado referencias.
Henry dejó a un lado la lata de conserva que estaba guardando, se acercó a la mesa y desdobló con cuidado los trapos que envolvían la Llave Astral. Greta y Sarah, atraídas por el golpe, subieron las escaleras despacio.
—A ver, despacio, Sammy —dijo Greta cruzándose de brazos, con el macuto al hombro—. ¿Qué significa que no es lo que pensábamos? Nos pagan por entregar un plato de latón, no por resolver enigmas.
—Es que no es un plato —intervino Samuel, abriendo el primer tomo, repleto de grabados antiguos—. Mirad esto.
—¿Qué has encontrado, Samuel? —preguntó Henry, pasando las yemas de los dedos sobre el borde metálico de la pieza.
—Un grabado de una escultura de 1485 en Génova —Samuel abrió el primer libro por una página marcada y se lo empujó hacia él—. Una figura de un minotauro sujetando esto.
Henry se inclinó sobre la lámina. Sus ojos de arqueólogo recorrieron la ilustración, no como quien mira un dibujo, sino como quien lee un plano.
—Parece que lo que sujeta entre las manos es la misma pieza —murmuró Henry, trazando con el índice el grabado del libro y luego la pieza real—. Fíjate en la postura y en la peana.
—¿Lo que levanta con las manos es la Llave Astral? —preguntó Sarah, acercándose a la mesa y viendo la ilustración.
—Mirad esta inscripción al pie: Clavis Astralis . Así la bautizaron en el Renacimiento —explicó Henry, levantando la vista hacia el grupo con el brillo característico de cuando encaja una pieza histórica—. Por el modo como lo levanta, creo que debe ser una especie de astrolabio estelar modificado.
Samuel sonrió, fascinado al ver cómo Henry le daba sentido a lo que él solo había hojeado.
—Eso pensé yo —intervino Samuel—. Creo que las gemas parecen seguir un patrón.
—No es que lo parezca, Samuel. Si es la constelación de Taurus, como creemos —afirmó Henry, volviendo a la pieza—, puede que se utilizara para encajarla en algún mapa.
En el mitreo de Harrington vimos que el sacrificio del toro era el centro del culto.
Quien diseñó esto en el siglo XV conocía la iconografía mitraica a la perfección, pero la tradujo a la astronomía renacentista.
Greta se cruzó de brazos y apoyó el peso en una pierna.
—Vale, profesor —interrumpió Greta, manteniendo los pies en la tierra—. Una pieza del siglo XV inspirada en cultos antiguos. ¿Y qué más dicen tus libros, Samuel? ¿De dónde sale y a dónde va?
Samuel pasó con rapidez varias páginas del segundo tomo.
—Aparece citada en varios archivos privados a lo largo de los siglos XVI y XVII —dijo Samuel, señalando las notas que había tomado—. En Francia, en Flandes, en Italia... pero a partir de 1666, el rastro se corta de golpe. Ninguna mención más. Desaparece de la historia.
Henry se quedó mirando fijamente la Clavis , mientras ataba cabos en su cabeza a una velocidad pasmosa.
—Parece como si la pieza hubiera estado viajando por Europa a lo largo de trescientos años —repitió Henry en voz baja—. Hasta que llegó a Gran Bretaña y despareció.
—¿Se perdió? ¿O la perdieron? —preguntó Sarah.
—¿Has dicho que se pierde el rastro en 1666, Samuel? —preguntó Henry.
—Sí. Según esto, por esas fechas la Llave estaba en Inglaterra.
—Es el año del incendio que arrasó Londres —dedujo Henry—. Cuesta creer que sea una coincidencia. Pero está claro que el artefacto ha estado oculto desde entonces.
—Hasta ayer —dijo Greta.
—¿Entonces, crees que es un mapa? —insistió Samuel.
Henry no respondió con palabras. Cogió la Clavis Astralis con ambas manos y la acercó a la gran ventana de la buhardilla.
—Samuel, los libros te dan el cuándo y el dónde —dijo Henry, a la vez que elevaba el disco de latón justo donde el haz de luz del amanecer cruzaba el cristal sucio—. Pero la arqueología te enseña para qué sirve una herramienta.
La luz atravesó de nuevo los cristales tallados y las gemas proyectaron sobre la pared de ladrillo visto una red de puntos incandescentes que dibujaron la silueta perfecta de la constelación, culminando en la luz blanca e intensa de la estrella central.
El impacto visual en la penumbra del altillo dejó a los cuatro en absoluto silencio durante unos segundos.
Los haces eran hipnóticos; aun siendo la segunda vez que observaban esa maravilla, estaban fascinados como la primera vez.
—Creo que es un mapa de proyección óptico —concluyó Henry, contemplando la luz roja y blanca sobre el ladrillo—. Esta pieza no se fabricó para exhibirse: es una plantilla de luz diseñada para encajar en un punto muy concreto de un edificio o de un altar.
Greta contuvo el aliento un instante, fascinada por la proyección, pero tardó solo un segundo en recobrar su disciplina pragmática. Dio un paso al frente y golpeó la mesa con la palma de la mano, rompiendo la magia del haz de luz.
—Suficiente —sentenció Greta.
Se cargó el macuto al hombro y miró a Henry, que dejó la Clavis de nuevo en la mesa.
—Una deducción brillante, Henry. Una búsqueda impecable, Samuel.
Hacéis un equipo magnífico. Pero ahora guardad el astrolabio, cerrad los libros y volved a la realidad.
Nos pagan quince mil libras por entregar esto en Italia.
Lo que señala esa estrella o los motivos por los que llevara enterrada desde 1666 son problema del cliente.
—Greta, esto cambia la escala del encargo... —empezó Henry.
—No cambia nada —cortó ella con firmeza—.
—¿Y si lo que hay detrás de la Clavis valiera el doble? —Henry consiguió que Greta dudase un segundo con esa treta.
— ¿Y si fuese así? Entonces ya negociaremos cuando sigamos vivos para cobrarlo.
Se miraron los cuatro con la Llave Astral encima de la mesa.
—A la furgoneta. Todos. Nos vamos a Cardiff. Ya.