La estirpe de Mitra Capítulo 10
27%

Capítulo 10

Desde que Evelyn salió de Scotland Yard, solo pensaba en lo que podría haber ocurrido la noche anterior. El inspector Baker le había revelado datos nuevos y era un buen hilo de dónde tirar: «En un par de días puede que empiece a olvidar detalles, cosas a las que no di importancia».

En invierno los días eran más cortos y daba la sensación de que el reloj te robaba algunas horas cuando no mirabas.

El sol empezaba a esconderse por detrás de los edificios más altos cuando Evelyn llegó al cruce de New Bridge con la calle Fleet.

Andaba absorta en el bullicio que la rodeaba; los londinenses habían vuelto a sus quehaceres y la ciudad funcionaba de nuevo como todos los días.

«Mantener la calma y seguir adelante». Las veces que hiciese falta.

Eso hacía Evelyn también: seguir adelante, calle arriba hasta Ludgate Hill.

Cuando llegó y giró la esquina, el corazón le dio un vuelco.

La tarde del día anterior había pasado por allí con Henry agarrado de su mano, de camino a la estación de Blackfriars para refugiarse.

Ahora lo que tenía delante era una extensión de decenas de metros de bloques derrumbados.

Grandes trozos de fachadas, con ventanas y balcones aún sujetos, descansaban en el suelo entre montañas de cascotes de piedra.

El ejército y los propios vecinos habían retirado todo lo posible para que la calle fuese de nuevo practicable.

Pero la imagen era absolutamente desoladora: un pequeño hotel a mitad de calle había quedado con todas las habitaciones al descubierto, al perder la pared exterior, y parecía la casita de muñecas de un gigante.

Evelyn se adentró en la calle y, cerca del hotel, estalló un flash en su cabeza.

De pronto, recordó como ella y Henry tuvieron que apartarse para no ser atropellados por una furgoneta que salió a toda velocidad de entre la nube de polvo y fuego.

—Una furgoneta blanca.

Evelyn escuchó sus propias palabras mientras recorría con la mirada toda la calle.

Como si de un fantasma se tratara, su mente recordó la furgoneta y casi le pareció verla pasando a toda velocidad calle arriba.

Se dio cuenta de que aún podían verse las marcas de los neumáticos en el suelo del momento del tramo en que el vehículo llegó al final de Old Bailey.

Recordaba cómo había frenado de golpe para hacer un giro brusco hacia la calle Newgate, dejando las marcas de la goma quemada en el asfalto.

—¿Para qué tanta prisa? Las sirenas ya sonaban en ese momento, nadie en su sano juicio seguiría conduciendo. Lo lógico era buscar un refugio —pensaba en voz alta Evelyn.

Desde la misma esquina miró hacia el sur de la calle Newgate y observó los edificios que había.

—No puede ser casualidad. —Se quedó paralizada al ver lo que había a menos de treinta metros de allí.

Justo después del primer cruce, calle abajo, tendría que haberse levantado, imponente, por encima de los edificios colindantes la torre de la Christ Church Greyfriars.

Pero ahora Evelyn podía ver el edificio de Harrington debía comprobarlo ahora que tenía tiempo.

Era el mismo impulso terco que la había llevado a dejar su hogar para marcharse a Cambridge, luchando contra viento y marea, aguantando las miradas despectivas de profesores y compañeros.

La misma determinación de no ceder jamás ante un mundo de hombres.

Se adentró en el callejón y dejó atrás el ruido de la calle.

El tramo hacía una leve curva hasta morir en la puerta metálica del montacargas.

Flanqueada por muros altos y ajena al ruido de la ciudad, el silencio allí dentro era absoluto.

Si alguien se había llevado algo voluminoso de la cámara, una furgoneta en ese rincón a oscuras era el plan perfecto.

Evelyn sintió un nudo en el estómago. Por un momento fue consciente de que quizá estaba metiendo las narices en algo peligroso.

Se dejó caer de rodillas junto al acceso, agotada, apoyando la espalda en el ladrillo húmedo para coger aire.

Apoyó las palmas sobre el suelo frío para incorporarse y notó algo bajo los dedos: un pequeño cilindro blando.

Lo cogió y lo miró de cerca.

Era una colilla.

La fina anilla dorada del papel no dejaba margen a la duda, ni tampoco el aroma dulzón que aún desprendía la picadura.

—Cacao. No me fastidies.

¿Cuánta gente podía fumar los mismos cigarrillos que Henry en esta ciudad? Tenía que ser suyo.

Los encapuchados que se lo llevaron habían estado allí y Henry jamás compartía sus cigarrillos: él también había pisado ese callejón.

Había piezas que no quería que encajaran, pero el patrón estaba ahí, implacable.

En su trabajo de restauración le ocurría lo mismo.

Las cosas no siempre eran lo que parecían.

A veces le entregaban una escultura o un lienzo que, a simple vista, parecía obra de un autor determinado; sin embargo, al estudiar los elementos por separado, las costuras empezaban a ceder y los detalles discordantes se revelaban.

Miró la colilla en su palma y sintió un golpe frío en el pecho.

«Querían la combinación de la cámara acorazada y se lo llevaron a él...

Vale, hasta ahí tiene sentido. Lo tomaron como rehén».

Apoyó la espalda contra la pared, apretando los dientes.

«Pero ¿la furgoneta robada esa misma noche?

Una furgoneta de Southwark; de la zona de las fábricas.

Las mismas fábricas que Henry recorre cada semana vendiendo maquinaria».

Negó con la cabeza, buscando una grieta por la que salir.

«No. Puede ser una coincidencia. El tabaco también...

Hay miles de personas en Londres. ¿Cuántas fuman este cigarrillo?

No muchas, no... Pero ¿justo en este callejón? ¿En la puerta trasera de mi trabajo?»

Un escalofrío le recorrió la espalda. No eran piezas independientes que encajaban por casualidad; era un hilo continuo y el extremo siempre terminaba en la misma mano.

Sacó del bolsillo del abrigo el bloc de notas, con dedos temblorosos.

Garabateó dos palabras, pero antes de terminar la frase se detuvo, incapaz de ver su propio pensamiento plasmado en el papel.

«No puede ser lo que parece. Tiene que haber algo más».

Echó un vistazo al reloj de la esquina: el tiempo se le agotaba. «Luego. Ahora la cámara».

Salió con prisa y rodeó el edificio hasta la entrada principal. Subió los peldaños de entrada y vio a los operarios que instalaban las cristaleras nuevas de los portones, que ahora estaban abiertas de par en par.

—¡Evelyn! —exclamó uno de los compañeros que andaba por el pasillo al verla entrar.

—Hola Phillip, me alegro de que estés bien. ¿Os vais ya? —Evelyn hablaba, sin parar de andar hacia el final del pasillo.

—Los de contabilidad saldremos un poco más tarde. Whitmore nos ha dicho que esperemos a que terminen los cristaleros. —Señaló hacia la puerta—. Yo también me alegro de verte.

Pero Evelyn ya había llegado a las escaleras que bajaban al sótano y había dejado de escuchar la voz de su compañero.

Cuando llegó a la sala de la cámara, descubrió que su plan de infiltrarse en secreto había fracasado por completo.

Evelyn asomó la cabeza por el borde de la puerta al oír ruido en la sala y maldijo al ver dos técnicos trabajando.

Eran empleados de Chubb y manipulaban los engranajes del portón; habían venido para ajustar las piezas y crear una nueva combinación.

—¡Joder! —masculló entre dientes—. Tengo que entrar ahí como sea.

Abrió la puerta con toda naturalidad y pasó al lado de los trabajadores con la mirada altiva. Cruzó el umbral y se giró hacia ellos.

—He venido a buscar un par de cosas. —Los técnicos la miraron con pasividad.

Se adentró en la cámara por el pasillo principal completamente erguida y sin mirar atrás. Su único propósito era llegar al pasillo sospechoso y no llamar la atención.

—¡Señora! —Frenó de golpe al oír al operario llamarla—. Perdone.

Se giró lentamente, aguantando la respiración, con el pulso desbocado y la certeza instantánea de que la habían pillado.

—No tarde mucho; nosotros en diez minutos habremos terminado.

Soltó el aire contenido, afirmó con la cabeza y siguió la marcha.

Apretó el paso para alejarse de los dos tipos y cambió de pasillo en cuanto pudo. Llegó al lugar donde encontró el trozo de mármol y empezó a examinar las cajas que había alrededor. Al fin dio con el gran arcón.

—T. Aurus. Aquí estás.

Al ver escrito el nombre en la etiqueta tuvo un pálpito. Sonrió al pensar en ello.

—¿Taurus? ¿De verdad? ¿Ocultar un registro utilizando simplemente el signo del zodiaco? Sin claves, sin anagramas, sin un código real. Taurus. Así de simple.

Unos golpes metálicos sobresaltaron a Evelyn y se agachó de golpe. Permaneció quieta unos segundos, aguantando la respiración para poder escuchar con más atención. Pero no hubo más sonidos extraños.

—Habrán sido los tipos de la puerta –dijo Evelyn para sí misma.

Se incorporó de nuevo y siguió examinando la caja.

La madera era de pino y el aroma a trementina le llegó antes de tocar los tablones.

Con los años, su trabajo en la casa de subastas y en conservación de obras de arte había adiestrado sus sentidos hasta un extremo excepcional: distinguía los matices del aceite en un lienzo y reconocía al instante cómo reaccionaba cada material al paso del tiempo.

Pero el color de esa madera no encajaba: un arcón de pino expuesto durante décadas debía presentar un tono ámbar profundo y vetas anaranjadas, mientras que aquél, aún mantenía el tono arena. Sin embargo, la tapa y las esquinas mostraban el desgaste inequívoco del rozamiento repetido.

Alguien había envejecido la caja a propósito y la había manipulado durante años. Evelyn estimó su antigüedad real entre veinticinco y treinta años; no era una pieza histórica, sino una tapadera.

Retiró las tres cajas que había encima y vio que uno de los clavos de la esquina no estaba hundido del todo.

Otros tres golpes suaves resonaron por la sala. Evelyn volvió a inquietarse y se apoyó con la espalda contra el arcón para intentar ocultarse. Al hacer presión con el cuerpo, la caja se desplazó un palmo del lugar y provocó un leve quejido.

—¿Vacía? No me fastidies que el arcón está vacío —hablaba en voz baja—. Entonces sí que se llevaron algo. ¡Lo sabía!

Se incorporó de nuevo para intentar ver si había alguien por allí; entonces se fijó en que el suelo que asomaba debajo de la caja estaba quebrado.

Se le abrieron los ojos al recordar y rebuscó, nerviosa, por los bolsillos del abrigo.

Sacó el trozo de esquirla de piedra y comprobó que era exactamente igual.

—Esto es de aquí. Tiene que ser de aquí. —Le invadió de nuevo la sensación de vértigo en el estómago.

Sintió los latidos acelerados. Otra vez miró por encima de las cajas y descubrió que los dos técnicos de Chubb ya no estaban en la puerta.

Empezó a buscar, nerviosa, hacia todos lados: los había perdido de vista y no sabía desde cuándo.

Pero la puerta seguía abierta; eso era buena señal y no habían pasado esos diez minutos, así que simplemente debían de estar en otro lado.

Aún tenía tiempo. Sabía que estaba cerca de descubrir algo.

Era como un instinto primitivo que hervía dentro de ella, como cuando se eriza la nuca segundos antes de recibir una mala noticia.

No podía imaginar nada de lo que iba a ocurrir, pero esa fuerza innata la empujaba a seguir adelante y no podía dejarlo ahora.

Un calor como el de una caldera de locomotora le subió desde el interior, puso las manos contra la caja y empujó con todas sus fuerzas.

El arcón se desplazó sin esfuerzo, era mucho más ligero de lo que esperaba.

La losa rota quedó al descubierto y con ella el gran agujero que tenía en medio.

—¿Qué es esto? —Evelyn no daba crédito a lo que acababa de descubrir—. Aquí tenemos el motivo del taladro, ¡lo sabía! —La emoción del descubrimiento que acababa de hacer la invadió por dentro e hizo que levantara la voz.

Acarició la tapa de hierro forjado con el grabado del dios asesinando al animal. Observaba cada detalle, cada figura, cada voluta de esa maravilla.

—El color verdoso del metal y las suaves muescas de las esquinas sitúan esta pieza a mediados del siglo XV. La marca del forjador. —Pasó los dedos por encima de las letras grabadas.

Agarró la placa por uno de los bordes y, haciendo palanca con el cuerpo, logró levantarla. Era pesada, de un hierro denso y frío.

La inclinó hasta apartarla del todo y una corriente de aire viciado, húmedo y milenario le golpeó la cara.

Debajo no había un conducto ni un cimiento, sino un abismo negro que parecía tragarse la luz de la estancia.

Se arrodilló sobre el granito quebrado, apoyó las palmas a cada lado del borde y se inclinó hacia el vacío, conteniendo el aliento, intentando adivinar las formas que aguardaban en las sombras de la cúpula subterránea.

Estaba a punto de distinguir el primer relieve en la penumbra cuando una voz calmada resonó a sus espaldas:

—Tenga cuidado de no caer.

—¡Joder! —soltó en un grito ahogado.

El susto hizo que diera un brinco hacia atrás, y quedó sentada torpemente junto al agujero.

A escasos metros, un hombre la observaba en silencio. Vestía un elegante traje gris oscuro, llevaba un abrigo colgado del brazo y lucía un cabello pelirrojo tan intenso como la madera de un violín.

—¿Quién? ¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado aquí? —logró articular, con la voz todavía temblando en la garganta.

—Tranquila, señorita Carter, no he venido a hacerle daño —dijo él, acomodándose la solapa con una cortesía pausada—. Me manda Taurus.

Evelyn desvió la mirada un segundo hacia la etiqueta del arcón y volvió a fijarla en el desconocido, mientras asimilaba el golpe.

—Puede que necesitemos su ayuda. ¿Le gusta viajar?