La estirpe de Mitra Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Déjalo —Greta fue tajante—. Aquí nadie está obligado a quedarse. Escuchadme un momento —dijo al resto—. Yo tampoco lo veía claro cuando he recibido la noticia, pero he estado pensándolo y después de hacer un par de llamadas, creo que hay una posibilidad.

—¿Quién es ese Manuel? –dijo Sarah mientras apuraba la manzana.

—Un viejo conocido –dijo Henry sin querer dar más explicaciones.

—Lo conocimos durante la Guerra civil española —siguió Greta—. Había participado en misiones encubiertas con los maquis, las fuerzas revolucionarias contra el régimen franquista, y le ayudamos a conseguir algunos suministros para “la causa”.

—Hombre jefe, —Sarah rompió el silencio y se giró hacia Henry— visto así, y mirando el mapa, tampoco pinta tan mal. Y parece que la jefa ha pensado en todo.

Greta recogió el resto de los papeles del escritorio y miró a Henry a los ojos.

El plan estaba cerrado. La conversación sobre Evelyn había quedado sepultada bajo el peso de los kilómetros, los barcos y el oro que estaba en juego.

Pero antes de dar la orden de recoger, Greta se inclinó un par de centímetros hacia él, lo suficiente para que solo Henry pudiera escucharla.

—El plan está en marcha, Henry. Mañana a primera hora salimos hacia Cardiff.

Así que hazme un favor: guarda el luto por tu novia en la mochila junto con la pistola, trágate los remordimientos y ponte las pilas.

Porque como te despistes un solo segundo en este viaje pensando en ella, no vas a volver para contarle tu mentira...

puede que vuelvas en una caja de pino. ¿Ha quedado claro?

Henry sostuvo la mirada de Greta. No hubo réplica. Solo un asentimiento seco.

—Pues a prepararlo todo —ordenó Greta en voz alta al resto—. No hay tiempo que perder.

—Antes de irnos, quiero contaros lo que he averiguado sobre esto —dijo Samuel señalando la Llave.

Éste se aclaró la voz y se levantó de la cama para acercarse a la mesa. Henry se sentó en la silla del despacho y cogió el plato con las dos manos.

—Cuéntame que has visto —le dijo mientras Samuel se ponía a su lado.

—Bien. Lo primero es que creo que no es un plato. Fíjate que la parte más grabada y trabajada de la pieza es el lado convexo. Si fuera alguna especie de cuenco ceremonial para guardar algún tipo de líquido se colocaría así —se lo quitó de las manos y lo dejó en la mesa con el lado curvo arriba.

—¿Qué sentido tiene todo esto, entonces? —Henry señaló los detalles que ahora quedaban escondidos debajo.

—Pero si no es un plato ni un cuenco, ¿para qué demonios se usaría? —Greta se apoyó con ambas manos en el borde de la mesa, inclinándose hacia delante.

—Ahí está el secreto. Los bajorrelieves del círculo exterior no son simples adornos: son las doce casas del zodiaco —explicó Samuel, con el brillo febril de quien acaba de armar un rompecabezas de siglos—. Podría ser un calendario, o la guía visual para los pasos de un ritual iniciático.

—En la cueva mitraica vimos varios de estos símbolos —intervino Henry, pasando la yema del dedo sobre el metal y sintiendo la aspereza del relieve desgastado por el tiempo—. Leo, Escorpio, Acuario… y, por supuesto, Tauro.

—Y ahí es adonde quería llegar —Samuel tomó la pieza por los bordes y la alzó en vertical entre los tres.

Comenzó a girarla despacio, como si manipulara la rueda de combinación de una caja fuerte celestial. De pronto, la luz rasante del ventanal golpeó las incrustaciones. La mirada de Henry se congeló; se le dilataron las pupilas al reconocer el patrón. Samuel detuvo el giro al instante.

—¿Lo has visto? —susurró Samuel.

—¿Qué estáis viendo? Hablad de una vez —exigió Greta, impaciente.

—Las gemas no están puestas al azar —Henry apenas reconocía su propia voz—. Forman la constelación de Taurus. Todo encaja: la entrada al templo requería el sacrificio del toro… y la clave para desentrañarlo estaba oculta en sus estrellas.

Henry se puso en pie de un brinco. Necesitaba moverse, ver las piezas encajar en el aire.

—La entrada con Tauro; el escorpión acechando a los pies —murmuraba en trance, dando pasos cortos por la habitación—. Samuel, dámelo.

Cogió la Llave Astral con una reverencia casi involuntaria. Elevó el disco de latón por encima de su cabeza y caminó hacia el gran ventanal de la buhardilla.

El sol de la tarde, atravesando los cristales sucios, hirió de lleno el reverso de la pieza.

El efecto fue fulgurante. La pieza no absorbió la luz: la transformó. El latón oxidado parecía encenderse con un fulgor dorado y ancestral, mientras las gemas dispuestas en la superficie cobraban una vida propia y ardiente. Los cristales refractaron los rayos solares.

—¿Cómo pudieron tallar las gemas así? Está claro que esto no tiene mil setecientos años. Tiene que ser más reciente.

En el aire enrarecido del taller, suspendido entre millones de motas de polvo que flotaban inmóviles, la luz se materializó en sólidos haces de un rojo sangre penetrante.

Fue como si la buhardilla se convirtiera en el interior de un templo subterráneo.

La luz atravesó la distancia y se estampó contra la pared de ladrillo visto del fondo.

Allí, sobre la pared desnuda, los rayos rojos dibujaron con pulso firme los puntos incandescentes del mapa estelar de Tauro.

Pero en el corazón mismo del toro, donde el mapa astronómico antiguo escondía su mayor secreto, la luz no era roja.

La gema central, tallada en forma de astro y labrada en ópalo o piedra lunar, proyectaba un haz blanco, tan cristalino que recortaba sobre la pared la silueta perfecta de una estrella de cinco puntas.

—Dios mío… —murmuró Greta, que se había acercado por detrás, fascinada y casi sin atreverse a respirar.

Los tres quedaron petrificados ante el milagro óptico. El silencio en el taller era absoluto, roto solo por el crepitar de la luz en la penumbra.

—No es un adorno, Greta —dijo Samuel, conteniendo el aliento y acercándose a la pared hasta rozar el punto blanco con la yema de los dedos—.

Es un mapa de proyección. Esta pieza no se fabricó para ser contemplada en una vitrina…

Se diseñó para proyectar su luz en un lugar muy concreto, puede incluso que en un momento muy concreto del año.

Y si la escondieron en las entrañas de Londres bajo tres capas de piedra y acero…

es porque esta estrella blanca es el motivo de algo que nadie debía encontrar jamás.

—¿El qué? —preguntó Greta, con la voz ahogada por el sobrecogimiento.

—Eso es lo que nos falta por descubrir —dijo Samuel, girándose hacia ellos con los ojos encendidos—. ¡Qué cojones hay al final de ese rayo de luz!

Henry bajó el brazo lentamente. Con el cambio de ángulo, los haces incandescentes se extinguieron en el aire. La penumbra cotidiana regresó al taller de golpe.

Los tres se miraron en silencio, sintiendo el peso de lo que acababan de presenciar. Frente a ellos solo quedaba un viejo muro de ladrillo.

—Tenemos un problema —rompió el silencio Greta, y su voz volvió a ser la de la líder pragmática, aunque una sombra de duda cruzó por primera vez sus ojos—.

Un problema de quince mil libras. Si mañana salimos hacia Cardiff.

En cuanto le entreguemos esta maravilla al cliente…

se acabó. No sabremos qué desencadenará.

Henry sostuvo el plato pesado entre las manos. Sintió el frío del metal contra la piel y la quemadura del dilema en el pecho. Miró la gema blanca, apagada ahora, escondiendo de nuevo su secreto.

—Entonces vas a tener que ganar algo de tiempo, Greta —dijo Henry, fijando su mirada en ella—. Porque no pienso entregar la clave a ciegas.

—Saldré ya hacia Saint James Square. A ver qué puedo encontrar en los libros sobre este objeto. No me esperes para cenar —le dijo a Greta—, puede que me quede toda la noche en la biblioteca.

Henry le tendió la pieza a Greta. Ella dudó un segundo antes de tomarla.