La estirpe de Mitra Capítulo 9
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Capítulo 9

Cuando Henry despertó, el resto ya estaban todos en marcha.

Greta estaba sentada en la mesa que había en el piso superior, observando un mapa de la ciudad de Londres y trazando diferentes áreas con hilos y tachuelas.

Alexander trabajaba en su banco del taller, desmontando el taladro que habían utilizado la noche anterior.

Lo mejor era que no quedara rastro de él, así que despiezarlo y repartir los trozos en diferentes estanterías lo haría irreconocible.

Sarah se había cambiado los vendajes del brazo y ahora disfrutaba de un buen desayuno.

Mientras tanto, Samuel se había sentado en un escritorio del piso de arriba, cerca de una ventana, y estaba examinando el plato de latón que habían encontrado en el mitreo.

—Buenos días –le dijo Greta en cuanto lo vio incorporado—. ¿Cómo te encuentras? Levántate poco a poco; tienes una buena contusión en la espalda y el vendaje del muslo es por unos arañazos bastante profundos.

—¿Cuánto he dormido? –Tenía la mente nublada y el cuello le dolía como si no pudiera soportar el peso de su propia cabeza.

—Unas seis horas –le dijo Greta sin dejar de hacer cosas.

A Henry se le abrieron los ojos de golpe y saltó de la cama.

—¿Por qué me habéis dejado dormir tanto? Hay muchísimas cosas que hacer. ¿Hay noticias del cliente? ¿Alguien ha ido a comprobar la casa de subastas?

—Tranquilo, Alex y Samuel cubrieron perfectamente nuestros pasos. Nadie nos sigue. La versión oficial es que nunca hemos estado allí. Ese tal Kramer cumplió con su palabra.

—¿Quién? —preguntó Henry.

—El tipo que trabaja de vigilante nocturno en la casa de subastas.

Henry afirmó al recordar el nombre.

Greta recogió varios papeles de la mesa y los guardó en uno de los cajones.

El cielo, plomizo durante toda la mañana, empezó a despejarse.

Henry permanecía apoyado contra el escritorio, con la mirada fija en el mapa de carreteras, aunque sus pensamientos estaban a kilómetros de allí.

Greta ni siquiera necesitó mirarlo de frente para saber qué le rondaba por la cabeza.

—Quítate esa cara, Henry —dijo ella con un tono seco que cortó el silencio como un bisturí—. La policía la ha mandado a casa. La versión oficial es que tú no existes para el vecindario y que a ella la han dejado en paz. Ha salido de esta limpia.

—Le hemos hecho creer que me van a matar, Greta. —dijo entre dientes Henry, pasando una mano nerviosa por el cuello, cansado—. Estará aterrorizada, buscando respuestas. La conozco, es demasiado lista para quedarse sentada en el salón esperando una llamada que no va a llegar.

Greta dejó el macuto sobre la mesa con un golpe sordo y se encaró con él. Sus ojos oscuros no mostraron ni un ápice de compasión.

—No me vengas ahora con remordimientos de última hora. ¿O es que se te ha olvidado de quién fue la idea?

Henry abrió la boca para replicar, pero Greta dio un paso al frente, cortándole la palabra.

—Yo quería meterla en una habitación cerrada hasta que todo esto terminara —le recordó ella, bajando la voz hasta un susurro sutil pero envenenado—.

Limpio, rápido y sin teatro. Fuiste tú el que se empeñó en este circo del secuestro.

Me dijiste: «Déjala libre, hazme pasar por rehén y no sospechará nada» .

El escarnio se le clavó a Henry en el estómago y Greta siguió apretando.

—Quisiste jugar al héroe trágico para no tener que mirarla a los ojos y decirle la verdad: que la has estado engañando desde el primer día sobre quién eres. Así que no me cargues a mí con la crueldad de la mentira; la diseñaste tú solito para salvar tu propia conciencia.

Henry apretó los dientes al sentir el impacto de las palabras. Greta tenía razón y el veneno le escocía en la garganta.

—Era un plan para veinticuatro horas —se justificó él, tratando de sostener la mirada—.

Esta noche entregamos la Llave Astral, cobramos, me limpio la sangre de la cara y mañana aparezco en su puerta contando que me soltaron en un descampado del sur.

Se habrá acabado. Ella estará a salvo y esto será solo una mala pesadilla.

Greta se quedó mirándolo unos segundos con una mezcla de lástima y sarcasmo. Luego, sacó un papel doblado del bolsillo interior de su abrigo y lo lanzó sobre la mesa, justo encima del mapa.

—Pues vas a tener que buscarte otra excusa, Henry. Porque la pesadilla acaba de complicarse.

Henry frunció el ceño y desdobló la nota.

—El cliente ha cambiado las condiciones —soltó Greta con frialdad—. Reubens nos dejó esta nota en la consigna de la oficina de correos. No mandan a nadie a Londres. No hay entrega esta noche. Quieren la pieza al otro lado del continente. Nos toca mover la Llave nosotros mismos.

Henry levantó la vista del papel, pálido.

—¿De qué estás hablando?

—Nos vamos a Italia —sentenció Greta—. Albenga, en el golfo de Génova, cruzando la frontera.

El silencio cayó sobre el taller como una losa de plomo. Henry miró el mapa, luego el papel y finalmente a Greta, calculando las fechas en su cabeza. Serían días, quizá semanas, fuera de Inglaterra.

—Días… —murmuró Henry, con la voz rota—.

¿Pretendes que la deje sola días enteros creyendo que estoy secuestrado?

Se va a volver loca. Va a escarbar en la casa de subastas, en la comisaría, en mi piso...

Va a tirar del hilo hasta que descubra que todo ha sido un montaje.

O peor: se va a poner a sí misma en el punto de mira de la policía.

—Entonces reza para que la policía británica sea tan inútil como de costumbre —respondió Greta, tomándolo por la solapa de la chaqueta con firmeza; sin agresividad, pero con una autoridad absoluta—.

Porque no nos vamos a echar atrás. Si Evelyn Carter es tan lista como dices, sobrevivirá al susto.

Y si descubre la verdad mientras estás fuera...

bueno, Henry, ese será el precio que tendrás que pagar por haber intentado jugar a una historia de amor adolescente.

—No me lo puedo creer. ¡Italia! –se incorporó de golpe, sintiendo un pinchazo en el muslo herido —¡Es una locura Greta! ¿Cómo ha accedido Reubens a eso?

Llevaban unos quince años consiguiendo reliquias y artefactos extraños para ese marchante de arte.

Reubens era algo a mitad camino entre un procurador y un jefe.

Si Greta lo tuviera que definir diría algo parecido a «motor operativo e intermediario pragmático del grupo», sería el hombre que conectaba la necesidad de conseguir los artefactos con la realidad logística para lograrlo .

—Italia no es Alemania, Henry –Greta se levantó para estar a su altura. –Y Reubens ha conseguido renegociar las cifras: quince mil más por los costes del viaje y mil extras para cada uno por el riesgo.

El silencio se hizo palpable en la planta alta. Samuel, que estaba a escasos metros examinando la pieza, levantó la mirada. Henry apoyó las manos en el escritorio y se inclinó levemente hacia ella.

—¿Has dicho riesgo? ¿Pero tú has visto a dónde tenemos que llevar este maldito plato? ¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre aceptar un viaje a Italia en mitad de una guerra?

—Albenga es un pueblo pequeño, pesquero. No está en el radar de nadie.

—¡Pero estará lleno de colaboracionistas! En cuanto crucemos la frontera no duraremos ni un día. Y para llegar hasta allí hay que cruzar Francia. ¿Has pensado en eso?

—Déjame explicarte el plan antes de que te hiperventiles —dijo Greta, desplegando un mapa de Europa sobre la mesa con un movimiento ágil de muñeca—.

La ruta más corta y lógica sería cruzar el Canal hasta París, de ahí a Ginebra, Turín y bajar a la costa.

Pero cruzar Francia ocupada es ir al infierno con billete de solo ida. Así que no iremos por ahí.

Los gritos de Henry habían llamado la atención del resto. Sarah subió las escaleras con una manzana en la mano y Alexander se asomó desde abajo, con la cara manchada de grasa de desmontar el taladro.

—¿Hay reunión? ¿De qué va esto, jefe? –dijo mientras masticaba un trozo.

—De que nos vamos de viaje a Italia —dijo Henry con ironía.

—¿En qué estás pensando, Greta? —preguntó Samuel, acercándose a la mesa.

—He hablado con Manuel —dijo Greta, mirando directamente a Henry.

Henry se quedó mudo un instante. Había olvidado por completo ese nombre y todo lo relacionado con él. Y oírlo le hizo recordar muchas cosas.

—¿Manuel? —preguntó Samuel—. ¿El del Centauro ?

—Ese mismo—asintió Greta—. El del carguero español. Sigue haciendo la ruta de estraperlo entre Cardiff y el norte de España. En tres días nos puede recoger.

—Así que nos vamos a Cardiff —dijo Henry.

—Si. Y de allí bajamos hasta Vizcaya y nos puede dejar en el puerto de Pasaia.

A ojos del gobierno de Franco, es un carguero legal con mercancía industrial.

Allí nos pondrá en contacto con un camionero de confianza que nos moverá por el norte hasta la costa mediterránea, cerca de la frontera francesa.

Todos la miraban fijamente. Las cosas parecían más fáciles cuando las explicaba Greta.

—En la costa mediterránea nos recogerá Reubens que nos llevará en su embarcación directos a Albenga. Sin pisar suelo francés ni cruzar controles alemanes.

—¿Qué pinta Reubens en todo esto? Él nunca se implica de esta manera —preguntó Henry.

—Desde hace unos años tiene una casa de verano en las Islas Baleares. Es dueño de una pequeña lancha deportiva que nos servirá para llegar hasta Italia.

Alexander negaba con la cabeza desde la barandilla.

—¿España? ¿Italia? Greta, me fui de Letonia para alejarme del fuego. No podéis meternos en la boca del lobo. Si los fascistas o los nazis nos trincan con esa pieza…

—Alexander —intervino Henry, recuperando poco a poco su papel de líder, aunque con la voz cansada—. Si no quieres seguir, se te pagará tu parte hasta ahora y nos despedimos como amigos. Pero si no vamos nosotros, enviarán a otros a quitárnosla. Y no serán tan amables.

Alexander miró al grupo, masticó la rabia en silencio y terminó bajando de nuevo al taller sin decir una palabra más.

—Puedo ir tras él —dijo Sarah.