Capítulo 8
Más que un apartamento, el refugio donde vivía Evelyn era como una cueva.
Las paredes del salón y del dormitorio estaban cubiertas de cajas llenas de libros, carpetas y dosieres que había acumulado desde su época de estudiante.
Era incapaz de destruir nada, nunca tiraba ningún documento.
Aunque a simple vista podía parecer un caos absoluto, todo estaba en el lugar adecuado.
No obedecía a ningún orden lógico; solo era cuestión de memoria.
Si algo siempre estaba en el mismo sitio, era fácil encontrarlo.
El resto del apartamento, es decir, el baño y la cocina, no eran tan caóticos. Apenas tenía libros u objetos que pudieran relacionarse con la arqueología, pero algo había.
Sentada en su escritorio, acompañada de un sándwich de pavo con queso y una taza de té, repasaba todos los archivos que había recogido de su despacho.
Eran los documentos de registros de entrada de todas las piezas que había en ese pasillo.
Algunos eran recientes, menos de seis meses; incluso podía recordar algunos al leer el contenido del documento.
Tres de ellos eran unas láminas de Rubens, el pintor barroco, propiedad de Fox nadie las había cambiado de sitio. Revisó los apuntes en su bloc de notas y nada estaba fuera de lugar. Excepto una caja: un gran arcón.
—Aurus —dijo en voz alta.
Buscó entre los papeles de la mesa para encontrar un registro de entrada con ese nombre y luego abrió un par de cajas cercana, donde sabía que tenía archivos viejos de la década de los veinte.
—¿Dónde estás? —pensaba en voz alta mientras se levantaba para tener una vista general del despacho.
Rastreó con la mirada las anotaciones de los laterales de las cajas mientras su cerebro recordaba lo que había en el interior.
Entonces se acordó de que en el comedor tenía un libro donde solo estaban registrados los clientes con sus direcciones y datos personales.
No tuvo que buscar mucho: lo encontró junto a unos tomos de una vieja enciclopedia universal en la estantería principal.
Se sentó en el sillón y buscó al cliente perdido. Estaban por orden alfabético; se ayudó del dedo índice mientras iba bajando por encima de los nombres apuntados. Pero ahí tampoco estaba.
—Nada. —Cerró el libro con un gesto rápido—. ¿Cómo puede ser? Aurus. Ni tan siquiera me suena.
Si quería seguir ese hilo, poco más podría avanzar en casa. La única manera de saber quién era ese tal Aurus era investigar la pieza que tenía guardada en la casa de subastas. Así que debía pensar en una excusa para volver y encontrar un momento para entrar de nuevo en la cámara.
Toc, toc.
Un par de nudillos golpearon la madera de la entrada.
A Evelyn se le congeló la sangre. El corazón le dio un vuelco violento en el pecho y, antes de que la razón pudiera frenarla, ya se había puesto en pie de un brinco, volcando casi la taza de té.
Una chispa absurda y desesperada le atravesó la mente: «lo han soltado.
Ha conseguido escapar. Es él». Dio dos pasos rápidos hacia el recibidor, con la boca a medio abrir para pronunciar su nombre...
—¿Evelyn? Soy yo —resonó una voz femenina, algo cansada, desde el rellano.
Evelyn frenó en seco. Como si le hubieran arrojado un cubo de agua helada, el impulso se disolvió al instante, dejando tras de sí un poso amargo de decepción que le oprimió la garganta.
Tragó saliva, apretó los puños a los lados del cuerpo y obligó a sus hombros a bajar.
No era Henry. Por supuesto que no era Henry.
Era la señora Palin. Y lo último que necesitaba en ese momento era que su casera la viera con la cara desencajada.
Inspiró hondo, se recolocó la rebeca para recuperar la compostura y caminó hacia la puerta, componiendo a la fuerza una máscara de normalidad.
La señora Palin era la casera de ese apartamento: una mujer de unos sesenta años que había enviudado por culpa de la Gran Guerra y que, desde entonces, no tenía más afición que sus gatos y escuchar el programa de Vera Lynn en la radio.
Evelyn había encontrado el piso gracias a un compañero de la universidad cuyos padres eran amigos de los Palin, y entró a vivir allí el mismo día que empezó a trabajar en la casa de subastas.
—Ya voy señora Palin.
Evelyn abrió la puerta del apartamento.
—Me alegro de verla —trató de ser amable después de la noche que habían pasado.
—Hija, estaba preocupada cuando no apareciste anoche —el tono que usó parecía el de una madre angustiada.
—Todo está bien. —Intentó cerrar la puerta, pero la mujer dio un paso al frente.
—Del todo bien no estarás. Ha venido una patrulla de policía preguntando por ti. Les he dicho que no estabas, porque eso es lo que pensaba —hizo una pausa un poco sobreactuada—. ¿Ha ocurrido algo de lo que deba preocuparme? No quiero líos, Evelyn. Te hacía una mujer formal.
—No es nada, les estoy ayudando en una investigación, solo es eso. En calidad de experta en antigüedades.
—Han dejado un mensaje de parte del inspector Baker: que llames a este número —le dio un papel— cuando puedas.
—Bien, así lo haré. Muchas gracias señora Palin. Ahora, si me disculpa, estaba ocupada con trabajo en casa. —Agarró la puerta con las dos manos y poco a poco fue cerrándola.
—No te metas en líos, jovencita. Estaré vigilando. —Evelyn cerró la puerta y aún podía oírla.
Se cambió de ropa, cogió el abrigo largo, un pañuelo de lana para cubrirse el cuello y el sombrero. Caminó hasta la esquina donde había una cabina de teléfono.
Sacó varias monedas del bolsillo y las metió en la máquina, que resonaron al caer en el interior, y marcó el número que había en el papel.
***
La tarde avanzaba a paso ligero y acompañaba a Evelyn mientras cruzaba Whitechapel hacia el norte de la ciudad.
Las calles parecían haber sobrevivido a esa noche mejor que las zonas que bordeaban el río.
El ambiente era igual de triste y todo tenía color cenizo, pero los edificios parecían menos dañados.
El inspector la había citado de nuevo; necesitaba poner en orden algunos hechos de la noche anterior.
Evelyn decidió ir andando ya que no estaba muy lejos y así también ganaba algo de tiempo para pensar.
Cada vez tenía más claro que esos tipos habían conseguido entrar a la cámara acorazada y luego se habían marchado borrando sus pasos.
Esa caja sin registro era la clave de todo este embrollo, pero hasta que no entrara e inspeccionara ella misma el lugar y ese arcón, no tenía nada concreto de lo que poder acusar.
Así que, de momento, creyó oportuno no mencionar sus investigaciones a nadie.
Si lo que el inspector quería saber era lo que había ocurrido esa noche, le contaría exactamente eso y punto.
Llegó al edificio de la comisaría y se detuvo en la calle un par de segundos antes de subir los escalones.
El inspector, que apuraba un cigarrillo en su despacho, hizo pasar a Evelyn en cuanto la vio aparecer por la puerta principal.
Le ofreció la silla de enfrente de su escritorio y ella se sentó a la espera de que empezara a hablar.
Trataba de no parecer nerviosa, pero el lugar no acompañaba.
—Cálmese, señorita Carter, la noto tensa. —Le ofreció un cigarrillo de su pitillera, pero ella lo rechazó—. ¿Quiere que le traigan algo de beber? ¿Agua o té? ¿Algo más fuerte?
—Estoy bien, inspector.
—Bien, bien. —Golpeaba suave con los dedos encima del escritorio. —En toda investigación, señorita Carter, lo fundamental es el descarte. —Hizo una pequeña pausa—. ¿Y ahora se preguntará qué es el descarte? Tranquila, se lo voy a explicar.
Se acercó a un mueble auxiliar que tenía a un lado y se sirvió un vaso de agua.
—Para poder saber la verdad de algo, para descubrir cuál es la respuesta correcta, primero me gusta descartar todo aquello que no es cierto o aquello que no encaja en su sitio.
Bebió un trago largo.
—Mi padre era carnicero, ¿sabe? De pequeño me gustaba mucho verlo trabajar en la tienda que tenía en Harlow.
Me fascinaba la manera como cogía las piezas de carne e iba cortando los despojos, quitando esas partes que no eran sabrosas para que al final acabara apareciendo un precioso filete de carne de ternera.
—Inspector Baker, agradezco la clase de historia familiar, pero necesito saber por qué estoy aquí.
Baker rodeó la mesa, pasando por detrás de Evelyn, hasta que volvió a colocarse enfrente. Se sentó, quedando a su misma altura.
—Llevo más de veinticinco años en el cuerpo, señorita Carter, y sé cuándo algo tiene demasiada broza alrededor.
Necesito que me cuente qué hizo durante el día de ayer, todo aquello que pueda recordar.
Sé que en estos momentos no le apetece estar aquí y por eso me disculpo.
Pero en un par de días puede que empiece a olvidar detalles, cosas a las que no dio importancia y nos sea de gran ayuda para encontrar a su… ¿novio? ¿Estaban prometidos?
—No éramos pareja oficial, solo hacía unos meses que nos conocíamos —hablar de Henry le puso un nudo en la garganta de nuevo—. Creo que le aceptaré ese vaso de agua.
El inspector se levantó para servir el vaso y en vez de volver a la silla se sentó en el borde de su escritorio. Evelyn apuró el vaso y lo dejó encima de la mesa. El inspector no dijo nada, dando a entender que podía seguir contando.
—Gracias. —Se secó los labios con el borde de la mano y siguió con el relato—.
Fue un día como uno cualquiera: me levanté a la hora de siempre, desayuné en casa como todas las mañanas y fui al trabajo a las siete.
Estuve en el despacho pasando a limpio unos informes que tenía pendientes hasta las…
diez, más o menos. Después, Whitmore apareció con una pareja: Alfred y Loreen Allen.
Habían traído unas piezas y querían que las tasara para saber si realmente tenían algún valor, así que me puse con ellas y trabajé en el laboratorio hasta la hora de comer.
—¿Qué era? —dijo Baker curioso.
—Perdón, ¿a qué se refiere?
—Las piezas que traían, ¿eran valiosas? —Se levantó del borde de la mesa y volvió a la silla.
—Bueno, no eran piezas de gran valor, pero sí que eran auténticas.
—¿Comió con alguien?
—Normalmente voy a un pub que hay cerca de la casa de subastas; me gusta la comida de allí. Ayer fui sola.
—¿Recuerda algo extraño? Como si alguien la observara. —Ella negó con la cabeza—. Alguien que no fuera un cliente habitual. Imagino que, si come allí a menudo, verá siempre a las mismas personas casi a diario.
—Normalmente llevo lectura y me gusta sentarme en una mesa que hay al fondo del local, como en un reservado, porque es un lugar bastante tranquilo. Así que lamento decirle que no me fijé en nada de eso.
—No pasa nada. ¿Qué hizo después? —El inspector apoyó los codos en el escritorio.
—Volví al trabajó para terminar de examinar esas piezas y cuando terminé las dejé preparadas para guardar.
El tono de Evelyn era monótono y mecánico, idéntico a la rutina de trabajo que estaba describiendo.
—Volví al despacho para hacer los informes. Los guardé en el archivador y vi que era casi la hora de cerrar. Me dispuse a guardar las piezas en la cámara de seguridad. Luego ya empezaron a sonar las sirenas. —Evelyn agachó la cabeza al recordar.
Alguien llamó a la puerta. Un agente entró con varios documentos en la mano y los dejó sobre la mesa.
—Aquí tiene el informe, inspector. El vigilante dice que casi no pudo ver nada, que el ladrón lo derribó, pero que su compañero sí que los pilló cargando la máquina y pudo ver cómo escapaban con una furgoneta blanca. —Señaló la carpeta—. Lo he redactado todo.
—Gracias Collins, luego lo leeré. —El agente los volvió a dejar solos, cerrando de nuevo la puerta.
—¿Hablaba de la casa de subastas? ¿Han encontrado pistas sobre ellos? —Evelyn se irguió en la silla—. ¿Es por eso que me ha citado?
—No, señorita Carter. Lamento que se haya esperanzado con esto. Es el informe de un robo en una fábrica. Una pareja de rateros. Tenemos muchos de estos; roban herramientas en los astilleros aprovechando las alarmas. Luego las despiezan para vender en otros lados. Nada que ver con su caso.
—¿Herramientas? —dijo Evelyn curiosa.
—No sabe lo que puede valer un taladro de esos. O una cortadora radial.
Evelyn miró el reloj que colgaba de la pared del despacho. El inspector la había retenido demasiado tiempo y aún tenía que ir a la casa de subastas a inspeccionar la cámara. Empezaba a cansarse de esta charla con Baker, tenía que cortar cuanto antes la declaración para poder salir de allí.
—Lo que pasó después ya lo sabe, es todo lo que le conté esta mañana. —Hizo una pequeña pausa—. Y creo que ya está.
—Bien, señorita Carter, no quiero robarle más tiempo.
Se levantó de la silla y ella hizo lo mismo.
—Quiero que esté tranquila, estamos haciendo todo lo posible para encontrar a esos individuos.
Se lo comenté al señor Whitmore y ahora se lo digo a usted: lo más posible es que en las próximas horas intenten contactar de alguna manera.
Como no abrieron la cámara, no pudieron extraer lo que querían.
Así que puede que le pidan que lo haga a cambio de su novio — Evelyn hizo una mueca—.
No se asuste, tenemos la situación controlada.
—¿De verdad sigue creyendo que no entraron? —Al segundo de soltar la pregunta Evelyn se arrepintió de ello.
«No lo hagas hablar, Evelyn. ¡Tienes que largarte ya!»
—Señorita Carter, por lo que he visto esta mañana, no había señales de ningún tipo de asalto. Nada destrozado, ni roto, estaba todo limpio.
Abrió la puerta del despacho y entró el bullicio de la comisaría.
—En eso tiene razón —dijo en voz baja—. No había ni polvo.
El inspector vio a Evelyn salir a la calle desde la puerta de su despacho y cuando desapareció, volvió a su escritorio para leer el informe que le acababan de traer.
—¿Polvo? —dijo extrañado—. ¡Collins, venga a mi despacho ya!
Cambió sus pensamientos rápido y se centró en lo que tenía delante.
Evelyn apretó el paso, decidida a pasarse por la casa de subastas. En apenas una hora cerrarían. Aún podía llegar a tiempo y, en el caso de que alguien la encontrara allí, siempre podía decir que, al salir de la comisaría, se había olvidado cualquier cosa y que lo estaba buscando.
Mientras se alejaba de la comisaría, Evelyn no se dio cuenta de que alguien le seguía los pasos desde las sombras.