La estirpe de Mitra Capítulo 7
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Capítulo 7

Mientras Evelyn salía de la casa de subastas, al otro lado, a un par de meandros del río Támesis, dos jóvenes descansaban después de una noche agotadora.

Samuel y Alexander habían recibido la orden arreglar y limpiar la cámara de seguridad y esconderse en el taller de Silvertown hasta que llegaran el resto.

El frío se filtraba a través de cada rendija y grieta de la vieja nave.

Cuando llegaron con la furgoneta hecha trizas, la luz del amanecer empezaba a teñir de fuego el horizonte de Londres.

Dejaron el vehículo dentro del cobertizo que había contiguo y entraron a descansar.

Les dolía todo el cuerpo después de recoger la pesada máquina perforadora.

Cuando salieron del edificio, les pareció ver que entraba alguien por la puerta principal y se dieron prisa en desaparecer del lugar.

Ahora, Alexander estaba tumbado en el colchón del piso de arriba, un espacio abierto que hacía a la vez de dormitorio y de despacho. Desde la balconada se podía ver toda la planta baja. Se había quedado dormido al instante.

A Samuel le costó un poco más tranquilizarse.

Empezó a dar vueltas por el taller hasta que decidió sentarse en una vieja silla de madera que había en un rincón.

Sacó del bolsillo el saquito de tabaco y preparó un cigarrillo que se fumó lentamente.

Desde la ventana veía la nave industrial de Tate solo ese símbolo maldito sobre el metal desnudo.

Aquello lo hacía aún más siniestro. Pensó en el diario de M.

Hallet. «¿Quién demonios era Hallet? ¿Un oficial de las SS?

¿Un traficante que colaboraba con ellos?

» Samuel miró hacia la puerta del taller, repentinamente paranoico, como si la Gestapo fuera a derribarla.

No había encontrado un tesoro histórico; había encontrado el botín de los monstruos.

Llevaba más de quince horas sin descansar y el cansancio empezaba a pasarle factura. Unos minutos después, dejó caer el pitillo al suelo, donde terminó por apagarse solo, y apoyó la cabeza en la pared que tenía detrás. El sueño le venció.

***

Tres golpes en la puerta los despertó. Samuel se incorporó y, mientras se arreglaba la camisa, miró a través de la ventana; desde allí podía ver quien estaba frente la puerta.

—Son ellos. —Señaló hacia la puerta mientras veía a Alexander asomando la cabeza por la balconada.

Cuando abrió y los vio entrar, no daba crédito al aspecto que traían: empapados de agua, con la ropa hecha jirones y llenos de golpes, cortes y arañazos.

Sarah se acercó tambaleándose hasta los pies de la escalera y cayó rendida en el primer escalón.

Henry y Greta la esquivaron, subieron arrastrando los pies en cada peldaño hasta llegar al piso de arriba y se desplomaron en la cama como dos árboles recién talados.

Alexander bajó hasta encontrarse con Sarah que la ayudó a quitarse la chaqueta para ver las heridas de los brazos.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Quién os ha hecho esto? —Alexander le miraba los arañazos de la frente y el corte de la ceja, que aún le sangraba.

—Déjanos descansar un poco y luego os contamos.

Se levantó y, arrastrando uno de los pies, fue a lavarse al pequeño lavabo que tenían al fondo del taller. Luego se sentó en una esquina y se quedó dormida. La tensión la venció y cayó en un profundo sueño.