La estirpe de Mitra Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Uno de los administrativos del departamento de contabilidad se cruzó con ella, pero la ignoró, absorto en sus tareas.

Fue directamente hacia su despacho, pero al ver que no había nadie a la vista, aprovechó para mirar por otro lado.

Quería encontrar algo, o más bien, deseaba encontrar algo.

Tenía tan claro que esa noche habían estado aquí, que no podía soportar la idea de que el inspector Baker tuviera razón.

Solo necesitaba alguna pista que la ayudara a seguir el rastro de esa gente, una evidencia de que ella estaba en lo cierto.

El problema era que no tenía mucho tiempo.

Lo primero era bajar a la cámara. Baker había dicho que hasta la tarde no cambiarían la clave.

Apretó el paso y bajó por las escaleras auxiliares hasta el sótano.

De nuevo, se encontró con la gran puerta de acero.

Volver a ese lugar unas horas después la hizo sentirse extraña. El recuerdo de cuando sonaron las alarmas la noche anterior la mareó unos segundos, y un escalofrío le subió por el cogote y la hizo temblar.

—Céntrate, Evelyn —susurró para sí misma antes de soltar un largo suspiro.

Rodó las anillas numéricas y accionó la rueda para desbloquear los pesados cerrojos de la puerta. Tiró hacia ella con fuerza para acelerar la apertura y, en cuanto tuvo el espacio justo, se coló en la penumbra del interior.

La puerta se asentó tras ella y el silencio la envolvió al instante, denso y sepulcral.

Inhaló profundamente para tomar aire y se quedó petrificada.

No fue una imagen; fue una ráfaga sutil que flotaba en el ambiente, suspendida en la frialdad de la cámara acorazada: una nota cálida de madera húmeda, un matiz seco de ceniza reciente y ese aroma dulce, casi como a cacao, impregnado en el aire.

Durante un segundo aterrador y absurdo, su corazón dio un vuelco. Se giró hacia la penumbra con los ojos muy abiertos, mantuvo el aliento y esperó ver la silueta de Henry salir de detrás de una estantería.

—¿Henry? —el murmullo se le escapó de la garganta, ridículamente alto en medio de la nada.

Nadie respondió. Solo el eco del vacío le devolvió el golpe.

La realidad cayó sobre ella como una losa de hielo.

«¿Cómo va a estar aquí? Serás imbécil», se recriminó en un chispazo de pura rabia contenida.

Sentirse tan ingenua le escoció más que la propia soledad.

Se le encogió el pecho con violencia y tuvo que dar un paso atrás, apoyada contra una de las estanterías de roble para no perder el equilibrio.

Se le humedecieron los ojos al instante y una lágrima traicionera le resbaló por la mejilla.

Apretó las manos contra la madera áspera, obligada a tragar el nudo de desolación.

Cerró los ojos, apretó los dientes y respiró hondo dos, tres veces, hasta que el temblor de la mandíbula cedió.

Con un gesto rápido y enfadado consigo misma, se secó la mejilla con la manga del abrigo.

No era momento para venirse abajo ni para fantasías estúpidas.

Forzó la vista en la penumbra para concentrarse en el trabajo. Lo primero en lo que se fijó fue en las cajas que había manipulado el día anterior. Pero había algo extraño en ellas...

—Yo no puse las cajas ahí. Además, están mal guardadas.

Se fijó en que la numeración de la etiqueta no correspondía con el lugar donde estaban. Quien las hubiera dejado allí no conocía ese dato o las guardó con prisas. Se adentró más en la cámara y lo miró todo con cuidado. No había nada más fuera de sitio. Todo en orden, todo limpio.

Algo la obligó a quedarse quieta donde estaba. «Está todo limpio». Esta vez lo pensó mientras miraba el suelo de la cámara: un suelo de granito gris claro hecho de grandes baldosas. Puso una rodilla en el suelo y acarició la fría piedra.

—Todo limpio —dijo mirando el suelo de cerca—. En esta zona no hay polvo.

Miró el pasillo por donde había andado y desde suposición, pudo ver perfectamente la diferencia entre el suelo cubierto de una fina capa de polvo y el lugar donde este desaparecía.

Era algo muy sutil, tanto que una persona que habitualmente no caminara por esos pasillos ni lo hubiera notado.

Pero Evelyn pasaba horas entre esas cajas, y más de una vez había pensado que deberían limpiar más a menudo el polvo de la cámara.

En la zona donde estaba arrodillada el suelo brillaba levemente, mientras que unos metros más allá se veía mate debido a la acumulación de polvo.

—¿Por qué limpiaría alguien solo unos metros de pasillo?

Le pareció ver algo pequeño y brillante debajo de una de las cajas.

Metió los dedos hasta que lo alcanzó y se lo puso en la palma de la mano.

Era un trozo de mármol gris, como el de las baldosas del suelo, de unos pocos centímetros de largo.

Tenía una forma irregular, como si se hubiera roto de algún lugar.

Evelyn miró a su alrededor para intentar encajar esa pequeña pieza en algún lugar, pero el suelo se veía perfecto y sin grietas por ninguna parte; solo había cajas y cofres de madera.

Se incorporó y decidió guardarse la pequeña piedra.

Quizá más tarde le daría una vuelta a esa cuestión.

Volvió a repasar las etiquetas de esa parte del pasillo por si encontraba alguna caja fuera de lugar como las otras de la entrada.

Sacó un pequeño bloc de notas y un lápiz que llevaba en la chaqueta.

—Weberley. A-012, Scott. A-011 —leía en voz alta mientras apuntaba —. Harrington. B-112, Harrington. B-113.

Tres cofres y un baúl de tamaño mediano a nombre del dueño de la casa de subastas.

No tenía por qué ser algo extraño. Que Harrington quisiera guardar aquí su colección de arte tenía hasta lógica, pero lo que quizá no era una coincidencia era que justamente estuvieran en el pasillo que habían limpiado. O quizá sí.

—Harnett. A-016, Albert. A-018, Aurus. B-021, Morris. B-121 —siguió apuntando.

—¿Señorita Carter, está aquí? —una voz de mujer la sobresaltó al irrumpir en el silencio de la cámara.

Durante unos segundos pensó en esconderse, pero si no respondía podían cerrar la puerta y quedarse atrapada. Mala idea.

—¡Estoy aquí! —asomó la cabeza por detrás de unas cajas—. Salgo en un minuto.

Vio a una de las chicas de administración buscarla con la mirada.

—Cuando termine, dice el señor Whitmore que pase por su despacho antes de irse.

Esperó a que le bajaran las pulsaciones.

Aunque sabía que no estaba haciendo nada malo, el hecho de que la sorprendieran mientras husmeaba por esa zona la había alterado.

Seguro que Whitmore acabaría descubriendo, si no lo sabía ya, que intentaba buscar pistas por la casa de subastas.

O si no, ¿por qué mandar a alguien a buscarla cuando estaba tan cerca de descubrir algo?

—Evelyn —se dijo a sí misma—, no tienes pruebas de nada. Un suelo limpio y unas cajas mal puestas. Con eso no vas a ninguna parte.

Subió al piso superior en silencio. Se colgó el maletín y cogió varias carpetas del escritorio. Con desgana se encaminó al despacho del gerente, golpeó con los nudillos la madera y asomó la cabeza.