La estirpe de Mitra Capítulo 6
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Capítulo 6

El inspector Baker daba vueltas alrededor de la mesa intentando comprender toda la historia que acababa de escuchar.

Eran las ocho de la mañana, había sido una noche muy intensa por culpa de los bombardeos y solo pensaba en terminar su turno y largarse a casa para dormir algo.

Pero la mujer que tenía sentada en el despacho parecía dispuesta a complicarle los planes.

—Permítame repasar los hechos, solo para confirmar que he entendido lo que me ha contado —dijo Baker, intentando mantener la calma—.

Dice que su pareja ha sido secuestrada por dos desconocidos que querían cierta información.

De usted. Y que la dejaron amordazada e inconsciente en el piso de su pareja hasta que se despertó esta mañana.

—Exactamente —respondió Evelyn, con voz firme.

—Ha conseguido liberarse, como si fuera usted Houdini, y ha venido directa a la comisaría para denunciarlo —hizo una pausa—.

Pero los agentes que se han acercado al piso han hablado con los vecinos y aseguran no conocer a ese tal —miró las notas que tenía en la mesa — Henry Fuller.

Y no hay signos de violencia de ningún tipo.

—¿Qué me está queriendo decir, inspector? ¿No piensan investigar?

—¿El qué, señorita Carter? No estoy diciendo que mienta, pero no puedo declarar un secuestro si no hay pruebas de ello. ¿Cabe la posibilidad de que ese tal Henry haya huido? No digo que mienta, insisto.

—¿Huir? ¿Por qué iba a huir? —Evelyn parecía indignada.

—¿Qué quiere que le diga? ¿Otra mujer? ¿Una doble vida? ¿Dinero? Estoy harto de ver hombres haciendo estupideces.

—No soy una loca que ha sido abandonada por su pareja. ¿Entiende? Sé lo que vi y esos tipos nos atacaron en plena madrugada.

—Si me dice al menos qué es lo que querían esos « tipos » . Si no colabora, eso la hace parecer sospechosa.

—¡Está bien! —le cortó.

Bebió un poco de agua del vaso que le habían ofrecido al llegar.

—No quiero perder mi trabajo, y le aseguro que no tengo nada que ver con todo esto.

—¿Quiere decírmelo ya, por favor?

—¡La combinación!

La frase sonó como si la hubiera estado aguantando en la garganta hasta ese momento.

—La combinación de la cámara de seguridad de Harrington & Sons —dijo más calmada esta vez.

—Unos desconocidos la amenazaron para que les diera la combinación de la cámara de seguridad —el inspector no daba crédito —, ¿y usted viene aquí a denunciar la desaparición de su novio?

—A estas alturas pueden haberle hecho cualquier cosa —respondió ella preocupada.

—Señorita Carter, me está diciendo que cabe la posibilidad de que esta noche hayan asaltado la casa de subastas Harrington & Sons.  ¿Y no ha empezado por eso?

Descolgó el abrigo del perchero y se puso el sombrero.

—Señorita, vaya a su domicilio. —Abrió la puerta—. Nos pondremos en contacto con usted si le necesitamos o si tenemos información de su pareja.

—Pero yo… —El inspector salió del despacho dejándola sola—. Quiero ayudar —dijo para sí misma.

Unos minutos más tarde, Evelyn andaba por la calle alejándose de la comisaría mientras se cruzaba con el gentío que intentaba volver a empezar un día más en la ciudad.

Las mañanas posteriores a un bombardeo amanecían siempre impregnadas de un poso amargo.

Había una tristeza honda en salir a la calle, contemplar lo que la noche se había llevado encogía el corazón.

La ciudad despertaba aturdida, con una extraña resaca de pólvora y escombros, aunque no había tiempo para el lamento: tocaba sacudirse el polvo y poner en marcha el día.

La vida no admitía pausas. Evelyn sentía que su propia cabeza se asemejaba demasiado al Londres que se extendía ante sus ojos: un paisaje a medio derruir, pero obstinado en volver a ponerse en pie.

Un aluvión de preguntas invadía su cerebro: ¿por qué no le hicieron nada a ella? Ni un simple rasguño. Lo que utilizaron para dormirla le había dejado una sensación de mareo que aún le duraba. ¿Y adónde se habían llevado a Henry?

Una voz en su cabeza empezó a despertar. ¿Por qué nadie lo conocía en ese edificio? Le pareció recordar un gesto… como una imagen de Henry mirándola antes de salir por la puerta. ¿Qué habrán robado de la casa de subastas?

Demasiadas preguntas.

«Y encima pretenden que me siente en el sofá a esperar». Que poco conocían a Evelyn Carter. Levantó el rostro, puso la espalda recta y apretó el paso. Estaba dispuesta a encontrar a esos desconocidos. No podía dejar las cosas así.

Pero antes un té.

Eso ayudaba a poner las cosas en su sitio, a aclarar la mente. Y luego pasaría por el trabajo a ver qué había ocurrido.

***

El reloj del café marcaba casi las diez cuando decidió dirigirse a Harrington & Sons. Había parado a mitad de camino, no le llevaría más de quince o veinte minutos llegar a la casa de subastas.

Había un coche patrulla estacionado en la puerta de la casa de subastas cuando Evelyn entró por la puerta principal.

Era el del inspector Baker que ahora hablaba con el Sr. Whitmore al otro lado del pasillo central.

Con un gesto rápido, sin que la vieran, entró al primer despacho que había cerca de la entrada.

Era una pequeña oficina que tenía acceso por un lateral al despacho de Whitmore.

—Señorita Carter, me alegra ver que está bien.

Evelyn se sobresaltó al oír la voz. Era la secretaria personal del gerente, sentada detrás de su escritorio con las manos puestas en la máquina de escribir.

—Señora Berkley, lo mismo digo. —Miró de reojo hacia el pasillo—. ¿Le importa si paso al despacho de Agus? —preguntó mientras abría la puerta lateral.

—Pero… Señorita Carter —hablaba mientras veía a Evelyn entrar—, el señor Whitmore está ocupado con una visita.

—No se preocupe, lo esperaré. —Cerró la puerta y pasó el seguro.

El despacho estaba en silencio y aún lleno del polvo que se había adentrado a través de los grandes ventanales rotos detrás del escritorio.

Evelyn se acercó a la mesa para ver si había algún documento que aportara algo de información.

Si habían vaciado la cámara, a estas alturas Whitmore ya sabría que ella había facilitado la clave a los ladrones, así que podía darse por despedida.

Tenía que pensar algo y rápido. Se acercó a la puerta para escuchar las voces del pasillo, pero no llegó a tiempo.

Esta se abrió y el gerente, seguido por el inspector, la sorprendieron dentro.

—Señorita Carter, ¿qué hace aquí?

—Trabajo aquí, Sr. Whitmore. —Soltó lo primero que se le ocurrió.

—Eso ya lo sé. —Ya no parecía sorprendido—. Me refiero «en» mi despacho.

—Señorita —intervino el inspector Baker—. Le dije que se fuera a casa. ¿Por qué ha venido aquí?

—Entenderá mi preocupación por el robo. —Sin pretenderlo, le salió un tono altivo.

—¿Usted también? —saltó Whitmore con tono de enfado—. Ya se lo he explicado al inspector hace un momento. Los cristales de la fachada se rompieron por culpa de una explosión. Aquí no ha habido ningún robo.

A Evelyn le cambió el rostro al momento.

—Pero —no encontraba las palabras—, inspector, debe usted creerme. Todo lo que le he contado es cierto.

—Señorita Carter —el gerente la interrumpió—. Ernest Kramer, nuestro guardia de seguridad, asegura haber estado aquí toda la noche haciendo la ronda y no vio nada sospechoso.

—Hace un momento hemos estado en la cámara y el inspector ha podido comprobar que todo está perfectamente.

—Pero esos dos tipos… —Estaba realmente preocupada. No entendía nada.

—Señorita Carter —Whitmore le cogió el brazo suavemente—. El inspector me ha contado todo lo que le sucedió anoche, y me parece una historia horrible. No le culpo por haber revelado la contraseña. Cualquiera en su situación habría hecho lo mismo.

—Por suerte —interrumpió Baker—, parece que nos hemos anticipado al robo y el señor Whitmore ya ha mandado cambiar la numeración. Esta tarde vendrán de la empresa de la puerta blindada para hacerlo. Pondremos vigilancia en toda la zona y solo habrá que esperar a que acudan.

—¿Y Henry qué? Podrían hacerle daño si detectan que los han descubierto. Van a poner su vida en peligro.

—Evelyn —el inspector la llamó por su nombre, y eso se le hizo extraño—, deje trabajar a los profesionales. Sabemos cómo actuar en estos casos. Su información ha sido de gran ayuda.

Era inútil insistir. No tenía ninguna manera de que el inspector le hiciera caso.

«Solo quieren apartarme, que me vaya a casa a esperar».

Pero algo dentro de ella le hacía dudar.

Como una punzada en la boca del estómago.

Las preguntas seguían ahí y, quedándose en casa, no hallaría las respuestas.

Pensó rápido mientras la sacaban amablemente del despacho.

—Señor Whitmore —dijo ella—, ¿hay algún problema si me deja coger mis notas y los apuntes del despacho? Así tendré algo que hacer en casa. Tengo faena atrasada y así…

—No creo que sea un problema.

—Solo será un minuto.

El inspector Baker dio por terminada su visita y decidió intervenir para seguir con sus cosas.

—Por mi parte, señor Whitmore, si no me necesita —le tendió la mano —, voy a volver a la comisaría. Me pondré en contacto con usted en breve para preparar el dispositivo policial. Y usted, señorita Carter —añadió mientras le estrechaba la mano al gerente—, descanse, un par de días al menos.

Se cogió el ala del sombrero a modo de despedida y se fue.

—¡Señora Berkley! ¿Ha llamado a los cristaleros? —Whitmore entró al despacho ignorando a Evelyn y cerró la puerta.

Se quedó sola en el pasillo.