La estirpe de Mitra Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

Henry daba vueltas por la sala, esquivando el agua y mirando cada rincón. Estaba convencido de que tenía que existir alguna salida oculta, o por lo menos algún mecanismo que abriera de nuevo la puerta.

—Creo que es un sistema de válvulas. —El agua ya les llegaba por los tobillos—. Los que diseñaron esto seguro que pensaron en una salida de emergencia.

—Espero que estés en lo cierto, Henry, porque sube muy rápido. —Greta se subió al altar.

Fue entonces cuando él se dio de cuenta que en los bordes inferiores del altar se generaban pequeños remolinos en algunas zonas. La piedra donde se había subido Greta no estaba apoyada en del suelo y el agua se colaba muy lentamente por debajo de ella.

—Creo que la salida del agua se encuentra debajo de este altar —dijo Henry.

Un par de nichos se desmoronaron por la presión del agua, que empezó a entrar por esas bocas a raudales.

Sarah también se subió a una de las rocas para no tener las piernas hundidas.

—El tema es que entra más agua de la que sale por las rendijas —explicó Henry—. Parece que la intención de todo esto es llenar la cámara de agua, inundarla hasta el techo y ahogar a quien haya dentro.

—Muy alentador, sí señor. —Greta agarró a Henry por la solapa de la chaqueta—. Parece que los dueños de la pieza no querían que nadie la cogiera.

—No hay duda de que la cripta está hecha a prueba de ladrones —dijo Sarah.

—¡Nosotros no somos ladrones! —le gritaron al unísono los otros dos.

La dimensión de la sala y la fuerza con la que salía el agua hicieron que en apenas diez minutos se empezara a cubrir todo.

Ellos no tardaron en flotar y agarrarse a las volutas de las columnas de las paredes.

El agua estaba helada, posiblemente provenía de algún canal subterráneo o de un conducto que cogía el agua del rio.

No estaban tan lejos del Támesis y el subsuelo estaba repleto de antiguos conductos subterráneos.

El fuego de las vasijas se extinguió y la sala quedó a oscuras de nuevo, lo que incrementó aún más la sensación de pánico.

—Henry, en nada el agua lo cubrirá todo. Más vale que cojamos aire. —Greta ya podía agarrarse a la estructura metálica que colgaba del techo.

—Tengo una idea —dijo él—. Creo que entre los tres podemos mover la piedra ritual. Si conseguimos que las grietas sean más grandes, el agua escapará más deprisa y bajará el nivel.

—¿Y si no? —preguntó Sarah con el agua por la barbilla.

—Es la mejor opción, Sarah. Algo habrá que intentar —dijo Greta resignada.

Los tres cogieron aire y quedaron cubiertos por el agua.

Bajaron a nado hasta la zona de la piedra ritual.

La oscuridad era absoluta y eso los hacía bucear palpando todo por delante para no acabar golpeados por algo.

Cuando localizaron la losa del altar, sin saber si el resto ya estaba en posición, se pusieron a estirar hacia arriba con todas sus fuerzas.

Entre tirón y tirón se les escapaban pequeñas burbujas de las comisuras, alientos de la poca vida que les quedaba allí dentro.

Pero al haberse llenado la sala por completo de agua, la presión se estabilizó, lo que facilitó que los tres empezaran a notar ligeros movimientos en la piedra. Cada leve temblor en la losa los llenaba de esperanza y era como una recarga de energía que les hacía estirar con más fuerza.

Al fin la losa cedió.

Se separó del suelo, dejó al descubierto un agujero y el conducto actuó como un sumidero gigante que empezó a tragar toda el agua de la sala.

Los tres intentaban agarrarse a todo aquello que tenían cerca, pero les dolían las manos del esfuerzo que acaban de hacer y en cada agarre que intentaban, acababan resbalando, arrastrados por la corriente.

Giraron con el remolino que se había generado y Henry se golpeó la espalda contra una de las columnas.

Greta chocó varias veces contra la estructura colgante del techo, que ahora también giraba con ellos, mientras que Sarah acabó con la espalda arañada al pasar cerca de la escultura de Mitra y rozar los cuernos del toro.

La propia fuerza del agua los succionó por el sumidero que se acababa de crear y cayeron por un tubo, arrastrados por un canal subterráneo de más de trescientos años, que los llevaba directos al exterior.

Los tres se deslizaban por el tubo como si de un tobogán se tratara, sin poder agarrarse a nada y sin poder frenar debido a la potencia del agua que los hacía caer sin ver el final.

Y por fin llegó la salida.

Un agujero en uno de los laterales del canal expulsó toda el agua y a los tres, que salieron volando y aterrizaron en medio del Támesis.

Nadaron hasta la orilla más cercana y se tumbaron en la tierra. Empezaron a reír de forma nerviosa, sin poder parar. La adrenalina les hacía tener el corazón a doscientos por hora.

No tardarían en notar los moratones, arañazos y golpes que tenían por todo el cuerpo, pero en ese momento solo sabían que estaban fuera. Cada bocanada de aire que les entraba en los pulmones era una delicia. Nunca olvidarían aquella experiencia tan cercana a la muerte.

—La próxima vez que quieras coger algo—dijo Greta, mirando al cielo—, quédate quieto.

Empezaba a amanecer y aún quedaban muchas cosas por hacer.