Capítulo 5 #2
—¿Qué crees que serán, una especie de faroles? ¿Prenderá con fuego? —Sarah acercó la nariz a otro para oler también.
—Ni se os ocurra sacar el encendedor. No sabemos si es explosivo o tóxico. Vamos a estar quietos de momento —Greta los miró a los dos de manera desafiante.
Avanzaron hasta la mitad de la sala, donde encontraron una especie de pequeño altar circular rodeado por seis peanas de piedra. En la parte central, tenía esculpida una serie de surcos alrededor que bajaban hacia el suelo y se extendían hasta perderse al final de la sala.
—Un altar de sacrificios —Henry pasó los dedos por encima de la piedra pulida, fijándose en los detalles tallados.
—¿Humanos? —el tono de Sarah era de miedo.
—No lo creo. Puede que fueran pequeños animales —siguió con la linterna el camino del surco—. Por aquí se deslizaba la sangre que bajaba luego hasta el suelo y seguía… —Henry se quedó mudo al ver la escultura que gobernaba el final de la habitación.
Se acercaron los tres en silencio y levantaron las linternas para verle la cara.
—¿Es él? —dijo Greta con la boca abierta.
—No hay duda. Lleva el gorro frigio con el que siempre se le representaba. —dijo Henry alumbrando la descomunal figura —. Y la capa estrellada. No hay duda de que es Mitra.
La escultura que tenían delante estaba encajada dentro de un nicho inmenso.
La figura central, el dios, podía medir unos tres metros de alto y estaba apoyada sobre sus rodillas encima del lomo de un toro tan grande como uno de verdad.
Este apuntaba con una daga al cuello del animal mientras le levantaba la cabeza agarrándole por el morro con la otra mano.
A los pies de la figura había como una especie de agujeros circulares tallados en la piedra.
Y a los lados, de pie, dos figuras humanas talladas en la propia pared, con los brazos estirados al frente y unas antorchas de madera apoyadas en las manos.
—Henry —Greta llamó su atención a los pies de la escultura—. Aquí dice algo, pero no lo leo bien. La piedra está muy erosionada. —Frotó con la manga para limpiar el polvo de arenisca de la superficie.
—«VBI VNVS SVRGIT ALTER LABITVR ET SOL MITRAE REVELATVR»—Henry leyó en voz alta.
—No sé si mis hombros aguantarán otro empujón —Sarah bromeó frotándose el brazo.
—Tranquila, Sarah. No hace referencia a fuerza y toros.
El mensaje esta vez sí que parece algo encriptado o con sentido figurado.
Dice algo así: Cuando uno surge, o se levanta; no lo tengo claro, y el otro cae, o desciende, el sol de Mitra se revelará —los tres se quedaron en silencio, esperando que alguien dijera algo.
—¿Sabes qué es el sol de Mitra? Está claro que parece como un acertijo. ¿Pero para qué servirá resolverlo? —Greta seguía alumbrando el resto de la cámara para buscar más pistas.
—Nos mandaron aquí a buscar un objeto al que llaman la «Llave Astral».
Lo más probable es que el «Sol de Mitra» sea solo un nombre simbólico para esa misma pieza.
A ver, este culto cambió muchísimo durante siglos.
Cuando una religión viaja y se adapta a otras culturas, es normal que los objetos y los nombres de los rituales evolucionen con ella.
Henry hizo una pausa y pasó la linterna por la piedra.
—Las raíces de Mitra están en la antigua Persia, en el actual Irán, donde se han documentado cuevas santuario idénticas a esta. Las legiones romanas adoptaron el culto en sus campañas de Oriente y lo extendieron como una mecha por todo el Imperio.
—¿Por eso hay esta cueva aquí en Londres? —preguntó Sarah.
—Exacto. Las tropas trajeron sus dioses a las islas.
Además, el mitraísmo romano acabó fusionándose con el culto al Sol y a Aión, el dios del tiempo eterno.
Si esa pieza que buscamos servía como una especie de salvoconducto o de instrumento para los ritos solares, que la llamen «Llave Astral» tiene todo el sentido del mundo.
—Henry —Greta se había alejado hasta la zona del altar y señalaba las paredes—. En los nichos de aquí hay pequeñas esculturas hechas de madera de varios animales. En ese de ahí hay como un águila. Está como clavado en la pared, dentro del agujero.
—Recuerdo que en varias representaciones relacionadas con este dios aparecen diferentes animales. —Cerró los ojos para intentar hacer memoria—. Creo que había un perro.
—¿Has dicho perro? —Sarah estaba al lado opuesto de Greta—. En éste hay uno. Está como saltando, o algo parecido. En el de al lado hay un león, creo.
Henry se quedó mirando la cueva, observando cada uno de los elementos que allí había. Se acercó a una de las paredes y sacó el encendedor del bolsillo.
—¡Quieto! ¿Estás seguro de que no es peligroso? —Greta levantó las manos.
—No lo sé, pero tengo que probarlo. Lo siento, Greta.
Inclinó una de las vasijas de vidrio para que el aceite de su interior se acercara al borde y lo tocó con el fuego.
Al instante, el aceite prendió levantando una llama que empezó a bailar encima de la vasija.
Gracias al aumento de luz en esa zona, descubrieron que del techo colgaba, de lado a lado, una estructura hecha de metal que tenía un aspecto parecido al esqueleto de un animal.
—¿Qué se supone que es eso del techo? —Sarah andaba por la estancia mirando hacia arriba.
La pieza más larga parecía una columna vertebral y, de cada una de las vértebras, salían dos barras curvas que coincidían con las vasijas de las paredes, simulando unas costillas.
—¿Te has fijado en que cada una de estas barras tiene un trozo de cuerda pegado a lo largo y cuelga al final? —Greta señaló otra vasija.
La que coincidía con la encendida quedaba a unos palmos de la llama.
—Chicos, creo que son mechas o algo parecido. Pero están demasiado lejos de las vasijas. Como si las hubieran cortado. Quizá en otro momento estas llegaban a entrar dentro hasta empaparse del aceite... —Sarah miraba la estructura que colgaba del techo—. Aunque…
Parecía buscar algo hasta que llegó a la más lejana. Palpó las tallas de piedra y empezó a subir por ellas.
—¿Dónde vas? —Greta le gritó desde el otro lado de la estancia.
—Déjame ver una cosa aquí arriba.
Trepaba con una agilidad imposible. Estiraba las manos para asirse con fuerza a los salientes de los capiteles, a mitad de pared, y se impulsaba con las piernas para llegar hasta una pequeña cornisa de menos de un palmo de grosor, situada a ras de techo.
En menos de un minuto ya estaba agarrada a la estructura por uno de los lados.
Aunque quedaba poco espacio por la parte de arriba, Sarah pudo encogerse y gatear hasta llegar a la zona central.
—Hay una especie de engranaje con unas piezas largas —asomaba la cabeza por un lado mientras describía lo que veía—. Puedo intentar soltarlo. ¿Qué dices, jefe? ¿Nos la jugamos?
—Espera a que nos apartemos y mira a ver que puedes hacer.
Greta y Henry se hicieron a un lado y pegaron la espalda a la pared. Se oía a Sarah hacer esfuerzos para liberar algo allá arriba.
De pronto, oyeron un golpe seco, como cuando un metal choca contra otro.
Resonó por toda la estancia y escucharon el repiqueteo de un engranaje que giraba con dificultad.
La estructura descendió de forma pesada y lenta hasta que las costillas metálicas entraron en contacto con las vasijas.
Como una de ellas estaba encendida, prendió su mecha y vieron cómo el fuego corría por la estructura hacia arriba.
—¡Sarah, cuidado! ¡Está subiendo el fuego! —Greta levantó la voz por encima del ruido que estaba haciendo todo el mecanismo.
Con un gesto rápido, hizo una voltereta hacia adelante esquivando las llamas que ahora empezaban a correr por la parte de arriba de la estructura. Se soltó hasta caer al suelo con una flexión de piernas y lentamente se incorporó como el que hace ese tipo de acrobacias todos los días.
El fuego empezó a bajar por los diferentes cordones hasta que toda la estructura quedó en llamas, iluminando por completo toda la estancia.
Ahora sí que podían contemplar la belleza del lugar. Las paredes estaban decoradas con pinturas que el tiempo había desgastado, y dos largos bancales que iban de punta a punta de la sala rectangular habían servido para celebrar banquetes en honor al dios.
—La imagen del dios es igual que la que vi en la basílica de San Clemente, pero el puñal es diferente.
Este parece labrado en oro y tiene piedras preciosas en la empuñadura —Henry empezó a recordar cosas, ahora que podía ver todo con claridad—.
Ahora que me fijo y puedo verla bien, es diferente.
—Se acercó a la escultura señalando la zona baja—.
En la que recuerdo, aquí había animales, y en esta no están.
—Pero la cámara está llena de esculturas de animales. —Greta señalaba a todos lados.
—Puede que los pusieran en los nichos para hacerlo diferente. —Sarah estaba al lado de la figura del perro.
Acercó la mano y, al tocar la cola, toda la pieza se movió como si estuviera despegada de la pared.
Miró hacia Henry, que ya venía de camino con la ceja levantada.
Agarró la cabeza del perro con una mano, la cola con la otra y zarandeó la pequeña figura arriba y abajo como si fuera el volante de un coche.
Poco a poco se fue soltando hasta que se quedó con ella en la mano.
—Detrás tiene la pieza con la que se sujetaba a la pared —Greta se acercó a ellos y desde allí señaló la escultura de Mitra—. Mira debajo del toro. Tiene agujeros como estos.
—Puede que los animales estén fuera de su lugar para bloquear algún tipo de cerrojo. Vamos a probar de colocarlos en esos agujeros, pero tengo que recordar su sitio.
Le dio la figura del perro a Greta y se plantó en la zona del altar para ver la escultura entera.
—Creo que el perro estaba debajo de la daga; prueba ahí.
Greta le obedeció y encajó la figura en el agujero del extremo derecho.
¡Clac, clac, clac!
Algo empezó a moverse debajo de la figura y luego se hizo el silencio.
—Henry, no sé si funciona, pero se ha oído algo aquí dentro.