La estirpe de Mitra Capítulo 5
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Capítulo 5

El agujero abierto en el suelo (ahora en el techo) se fue tapando como si de un eclipse se tratara hasta quedar completamente cerrado.

El aire estaba viciado de tantos siglos allí capturado y, una mezcla de humedad y óxido se les pegaba en la garganta a cada bocanada que daban.

Henry buscó en el macuto y sacó una linterna.

La bombilla de tungsteno parpadeó un par de veces hasta que se estabilizó, generando un pequeño ronroneo eléctrico.

El haz de luz amarillento dibujaba un cono en el aire debido a la nube de polvo que había levantado la losa al impactar contra el suelo.

Sacó una segunda linterna y se la lanzó a Greta.

Cuando las dos luces alumbraron a la vez, sus ojos empezaron a acostumbrarse a esa penumbra y pudieron ver lo que les rodeaba.

El techo se alzaba a unos cuatro o cinco metros de altura y la sala era rectangular; no tendría más de seis o siete metros de largo por unos tres de ancho.

En las paredes había dibujos desgastados por el paso del tiempo, donde se intuían figuras humanas que realizaban algún tipo de ritual o algo parecido.

Los tres observaban encandilados los detalles y el trabajo del tallado de piedra de las columnas: tres a cada lado con unos capiteles que se extendían hacia el techo simulando ramas de un árbol y entrelazándose todas en el techo abovedado.

—Mirad enfrente —Henry iluminó la pared del fondo descubriendo un portón de madera.

No llegaba a los dos metros de altura y el marco estaba esculpido en la misma pared: dos columnas en los lados con hiedras talladas en la misma piedra, enredadas, trepando hasta el dintel donde una cabeza de un toro los miraba desafiante.

En su frente llevaba grabado un símbolo, algo que parecía un emblema heráldico de la época del renacimiento.

— ¡Es una pasada! ¿Y esto ha estado aquí durante siglos? —Sarah no salía de su asombro y lo miraba todo con entusiasmo —. ¿Qué tiene en la frente? —dijo señalando la cabeza de toro.

—No lo sé. Parece un símbolo extraño, no se parece a nada que haya visto —Henry se acercó a la puerta para examinar con atención.

—¿Tienes idea de por qué lo han puesto ahí arriba? —Sarah se puso a su lado —. ¿Tendrá algo que ver con eso que dijiste antes del dios Mita? O como se llame.

—Mitra. Puede, no lo tengo claro. Sé que utilizaban el toro como una representación de los que se iniciaban a este culto.

Alumbró por encima de la cabeza del animal descubriendo varias inscripciones talladas en la piedra.

— Puede que al otro lado haya algún tipo de sala ceremonial o algo parecido.

—¿Podremos abrir esto? —Greta palpaba la madera de la puerta buscando algún pomo para poder empujar—. Aquí hay un pequeño agujero circular. Parece que es el cerrojo de algún tipo de llave.

—Tiene que haber algo cerca de la puerta —dijo Sarah, moviéndose por un lado aprovechando la luz de Greta, que alumbraba en esa dirección.

Henry reculó hasta el otro lado de la habitación tocando con la espalda la pared contraria a la puerta.

Miró fijamente toda la habitación, y sin previo aviso, empezó a correr mientras gritaba como un guerrero avanzando a la batalla.

Cuando llegó a la puerta, la golpeó con el costado del cuerpo, provocando un sonido fuerte contra la madera.

Pero solo consiguió rebotar contra ella cayendo de bruces al suelo.

—¿Estás loco? —Greta le alumbró la cara para ver cómo estaba—. ¿De verdad pensabas abrirla a empujones? ¿Qué quieres, romperte alguna costilla?

—Mira encima de la puerta, ahí… —El impacto le había dejado el hombro dolorido y se lo frotaba mientras se levantaba—. Hay una inscripción en la piedra.

Greta se giró e iluminó la zona por encima de la cabeza del toro: una losa cuadrada mostraba un texto grabado.

—«Vis Taur Tibi Viam Aperit» —leyó en voz alta Greta—. ¿«Quieres abrir el camino del toro»? ¿Es algo así?

—¿Eso es latín? ¿Sabéis leerlo? —preguntó Sarah.

—De pequeña, Sarah, me lo enseñaron en la escuela y luego conocí a Henry, que me lo refrescó con algunos libros antiguos.

—En realidad —Henry encendió un cigarrillo—, la traducción más aproximada es: «La fuerza, o el valor, del toro te abrirá el camino».

—¿Por eso has decidido embestir como un animal contra la puerta?

Se sentó a un lado de la sala, con la espalda apoyada en la pared. Mientras fumaba, iba iluminando los rincones de la sala.

—¿No crees que es algo en sentido figurado? —dijo Greta acercándose a él—. Puede que invite al recién llegado a sentirse valiente para lo que va a ocurrir detrás de esa puerta. Quizá no era necesario coger el texto tan literal.

Greta parecía enfadada. Desde los años del orfanato tenía algo de enfermera y de maestra a tiempo parcial y una hermana mayor a tiempo completo.

Su trabajo al final consistía en mantener el orden, curar rodillas abiertas, vigilar fiebres nocturnas y asegurarse de que cada niño cumpliera con las rutinas que marcaban la diferencia entre el caos y la supervivencia.

Ahora, con el grupo, no era tan diferente.

Cuando la situación empezaba a descarrilar, era ella quien apretaba el freno y volvía a poner el grupo en el camino.

—Podrías haberte hecho daño de verdad, y ni tan siquiera hemos empezado.

—En realidad —interrumpió Sarah que estaba observando la puerta de cerca—.

Lo del sentido figurado no es mala idea.

Pero tengo que decir que el golpe que ha dado Henry a la puerta le ha hecho algo.

Fijaos que ahora tiene un dedo de holgura en los bordes, cosa que antes no era así.

Los dos se acercaron para comprobar lo que decía.

—Es como si la hubiera hundido ligeramente hacia dentro.

—Ni se te ocurra intentarlo otra vez — Greta le levantó el dedo en actitud amenazante.

—Sé que hay escondido en algún lugar una especie de mecanismo o cerrojo para abrir la puerta —explicó Henry—, pero tú misma has dicho que no tenemos tiempo que perder.

—Puede que Henry no sea tan fuerte como un toro —dijo Sarah—. Pero esta es una puerta muy vieja.

—Unos trescientos, posiblemente —aclaró Henry.

—Estoy pensando —Greta parecía dubitativa—. No digo que la idea de Henry fuera buena, sigo creyendo que el mensaje de esa losa no es literal. Pero si Henry solo ha conseguido mover un poco la puerta, quizá los tres a la vez…

—Eso es lo que estaba pensando yo también —dijo Sarah.

—Que quede claro que no creo que funcione, pero por intentarlo no perdemos nada.

—¿Seguro que no queréis seguir buscando algún tipo de mecanismo que active la puerta?

Henry parecía haber cambiado de opinión, pero ellas no dijeron nada. Cruzaron la habitación hasta el lado opuesto y con la espalda pegada a la pared, cogieron aire y, durante un segundo, se convencieron de que esa era la mejor opción.

Los tres corrieron con todas sus fuerzas contra la puerta. Un estruendo muy fuerte llenó la sala cuando impactaron en ella.

Luego, silencio. Esperaron a ver si algo se accionaba.

Nada.

—¿Dijiste antes que había un agujero en la puerta? —preguntó Henry mientras se acercaba a investigar.

—Aquí —señaló Greta—, pero sin una llave no podremos hacer nada.

Henry volvió a colocarse en el centro de la sala e iluminó de nuevo el texto de encima de la puerta.

—«La fuerza del toro…» —pensaba en voz alta—. Puede que tengas razón, Greta, y ese mural tenga algo oculto.

Se descolgó la mochila y de rodillas empezó a buscar dentro de ella.

—En la mayoría de los ritos de paso y sistemas iniciáticos se exige a los mystai —o novitii , en el ámbito romano— una prueba de superación personal para ratificar su filiación.

La antropología documenta el uso recurrente de la escarificación, la marcación corporal o los juramentos de sangre como mecanismos para verificar el umbral de dolor y la lealtad al grupo antes de ser aceptados.

Aquí está —sacó del interior una pequeña navaja plegable—.

El grabado dice bien claro: «La fuerza del toro te abrirá el camino».

Henry se incorporó y mientras se dirigía hacia la puerta, apretó y deslizó el filo de la navaja por la punta de su dedo índice.

—¿Qué ha hecho, jefe? —le gritó Sarah.

—¿Henry? —Greta lo miraba extrañada.

—Mitra apuñaló al toro —levantó el dedo para que lo vieran sangrar—, para quitarle su fuerza.

Sin pensarlo, insertó el dedo en el agujero hasta que le quedó la palma de la mano completamente apoyada en la madera.

Los tres quedaron en silencio de nuevo.

De pronto, algo empezó a repiquetear detrás la puerta; un chirrido fino y agudo resonó por los lados de la pared.

Algún tipo de engranaje que había estado paralizado durante siglos despertaba de nuevo, mientras los cierres de la puerta se desenganchaban haciendo salir polvo por los bordes.

La madera se quejó con un bostezo largo y comenzó a desplazarse hacia un lado.

Henry notó que el dedo se liberaba y retiró la mano.

Los tres empezaron a saltar de alegría. Ya podían seguir explorando y seguir buscando lo que los había traído allí.

—Tenías muy claro que esa era la respuesta —le dijo Greta.

—Y si no lo llega a ser —dijo Sarah—, ahora solo podría contar hasta nueve.

Rieron los tres mientras entraban a la siguiente cámara.

Lo que encontraron al otro lado de la puerta fue una sala de techo bajo y alargada. El aire era diferente; ya no tenía esa pesadez de algo cerrado y concentrado. Quizá al ser el espacio más amplio eso ayudaba.

—Aquí se nota más ese olor a óxido —Sarah se tapó la nariz y la boca con la palma de la mano.

Andaban cerca de las paredes, moviendo la linterna arriba y abajo para poder ver todo lo que la rodeaba.

Greta se fijó en que, a lo largo de la sala, había varios nichos horizontales y, de entre ellos, colgaban de la pared vasijas de vidrio llenas de un líquido de color ámbar. Henry asomó la nariz a una de ellas.

—El olor que notas no es óxido, Sarah. Es esto —Henry señaló la vasija—.  Creo que es una especie de aceite.