Capítulo 4 #3
«¿Una esvástica?»
Samuel sintió un mareo súbito y cerró el puño alrededor de la pieza, sintiendo cómo sus bordes irregulares se clavaban en su palma. «¿Oro nazi? ¿Quién escondería esto aquí?» pensó. Y se la guardó de nuevo en el bolsillo, decidido a no sacarlo más. Ya buscaría más adelante la manera de fundirlo.
Al poco de regresar Samuel de su ronda, la sierra consiguió atravesar la losa. Lo notaron porque dejaron de oír el sonido chirriante del metal arañando la piedra. Alexander levantó lentamente la palanca para detener el motor del taladro y, entre todos, retiraron la pieza recién cortada.
Debajo descubrieron una placa de metal cubierta de tierra y arena. Estaba fabricada en hierro y, en el centro, destacaba un bajorrelieve forjado que representaba una especie de hombre con una túnica, sentado en el lomo de un toro mientras lo agarraba por el morro.
—Está claro que el cajón ocultaba el artefacto. Esto parece una tapa. —Henry se quedó mirando el grabado—. No puede ser.
—¿Qué ocurre? —Greta se acercó a él.
—Parece Hércules peleando contra el minotauro —dijo Sarah mirando el bajorrelieve.
—O Teseo, que también se enfrentó a otro minotauro —Samuel la corrigió desde el otro lado de la losa —. Pero este no es ninguno de los dos.
—Los arqueólogos, ¿podéis explicarnos de qué va todo esto, por favor? —Greta miró a Henry y a Samuel esperando que alguno de los dos empezara a hablar.
—Está claro que esta tapa o compuerta no es del siglo II —aseguró Samuel, señalando una marca en una esquina.
Un pequeño corazón con dos iniciales dentro había sido grabado en un lateral de la pieza.
—Esto es una firma de forjador —explicó Henry—.
Muy característica a finales del siglo XV.
Los herreros pertenecían al gremio de forjadores, la Worshipful Company of Blacksmiths , y estaban obligados a marcar el hierro que utilizaban para certificar que cumplía los estándares que había en la ciudad.
—Así que esto es obra de los que ocultaron la cueva —dijo Samuel.
—¿Y el grabado? ¿Tiene algún significado para vosotros? —preguntó Greta.
—Esta escena en concreto es una tauroctonía: el sacrificio del toro primordial para generar vida a través de su sangre —intervino Henry, acercándose al bajorrelieve—.
Es la iconografía clásica de Mitra. Sus raíces están en la antigua Persia, hacia el siglo VI antes de Cristo, como una deidad asociada a la luz y el orden legítimo.
Pero lo que vemos aquí es su asimilación romana.
Alrededor del siglo I después de Cristo, los cultos mistéricos del Imperio adoptaron la divinidad y la transformaron en un dios guerrero.
Era el elemento central de todos sus templos subterráneos.
—¿De verdad crees que esta losa está tapando un mitrae? ¿En Londres? —Samuel parecía tan sorprendido como Henry.
—¿Qué es eso que os tiene tan sorprendidos? ¿Por qué has dicho que no puede ser? —Greta tomó las riendas de la situación —. ¿Es un problema?
—Al contrario, Greta —respondió Henry, con el brillo del descubrimiento en los ojos—.
Durante las campañas de expansión, las legiones de Roma llegaron hasta Britania.
Establecieron fortificaciones y asentamientos por toda la isla, y el núcleo de todo ese despliegue en el sur fue Londinium , el origen del Londres actual.
Lo fascinante no es que hubiera romanos aquí; lo fascinante es que el mitraísmo era el culto predilecto de los legionarios.
Si esto es un mitreo, estamos ante un templo militar clandestino intacto.
Con la ayuda de Alexander y sus herramientas, abrieron la tapa para acabar y descubrieron una sala oscura a varios metros por debajo del nivel de la cámara.
—Gracias, Alexander, buen trabajo —Greta le puso la mano en el hombro —.
Hay que recoger todo esto, guardad la máquina en la furgoneta y volved a tapar el agujero después de que hayamos entrado.
—Se giró hacia Samuel —. Tú te quedas con Alexander para ayudarlo.
Hay que cerrar la cámara y volver al taller.
Sarah sacó del macuto una soga para poder descender.
—Os esperáis en el taller hasta tener noticias nuestras —Greta sonó severa—. ¿Samuel, me has entendido?
—Sí, me ha quedado claro. Esperamos en el taller.
Sarah ya estaba colgada de la cuerda y empezaba a descender. Henry silbó para llamar la atención de Greta que se giró para pedirle un minuto.
—Samuel, tened cuidado. Y tú, —miró a Alexander— date prisa en recoger todo esto para largarnos cuanto antes.
Alexander afirmó con la cabeza mientras volvía a montar la tapa del cajón falso y recolocaba los clavos con una maza. Henry desapareció por el agujero y Greta se colgó de la cuerda.
Justo antes de descender le guiño un ojo a Samuel.
Unos segundos después, cerraron la tapa de hierro y colocaron todo en su sitio. En menos de una hora quedó todo como si no hubiera pasado nada.
Ahora el grupo estaba dividido.
¿Hasta cuándo? ¿Qué había ahí abajo? A Samuel le hubiera gustado estar ahí. Pero alguien tenía que vigilar fuera. Ahora, solo quedaba esperar.