Capítulo 4 #2
—¿Y si los que ocultaron la cueva la dejaron marcada para saber su ubicación? —Samuel se apartó para ver con perspectiva.
—¿A qué te refieres con marcada? —preguntó Sarah sonriendo—. ¿Pusieron una equis en el mapa?
—Si la caja pertenece al cliente, puede que hubiera guardado dentro ese mapa para acceder a esa cueva —apuntó Greta.
—¿Y si alguien se nos ha anticipado? ¿Y si saben que estamos aquí? —preguntó Samuel, que empezaba a estar inquieto.
—Sammy, cálmate. Hay algo que se nos escapa. ¿Habéis comprobado los cofres que había encima? —Greta intentaba pensar en algo, pero sabía que faltaba información.
—Henry, el taladro ya está montado. ¿Dónde hay que hacer el agujero? —Alexander se acercó a ellos quitándose los guantes de trabajo.
—¡Quietos! —Henry levantó la voz y las manos—. Creo que el cliente no ocultó ningún mapa. Si quisieras esconder algo para que permaneciera oculto durante siglos, ¿cómo lo harías?
—¿Perder la marca? —preguntó Sarah con tono irónico.
—Más bien lo contrario. Lo que hizo fue asegurarse de no perderla —contestó Henry.
—Creo que ya sé por dónde vas —Samuel sonrió—. Lo que no quería perder era el lugar de la cueva, si en esos textos que encontraron venía esa ubicación. El cliente solo tenía que guardar el lugar hasta que alguien pudiera abrir el acceso.
—El almacén está dividido en filas y columnas para facilitar el archivo de todo lo que aquí se guarda —Greta empezaba a comprender.
—Como si fueran coordenadas en un mapa ficticio —dijo Henry.
—Conociendo la ubicación real de la cueva, solo tendrían que hacer coincidir esa posición con la fila y la columna de la cámara —Samuel también había entendido la teoría.
—Además, si colocas un cajón grande en su lugar, todo el mundo creerá que es pesado y no van a intentar moverlo a no ser que sea necesario. Resulta más fácil poner otros pequeños encima y que pase desapercibida a lo largo del tiempo.
—¿Entonces la caja no servía para guardar el artefacto? —Sarah empezaba a atar cabos.
—No, Sarah. Vamos a moverla —dijo Greta.
Entre todos la cogieron y la apartaron un par de metros.
—Alexander. Todo tuyo —le dijo Henry señalando el lugar donde anteriormente había la caja.
El grupo se puso en marcha; los engranajes de la máquina funcionaban de nuevo al unísono. Mientras Henry se apartaba a otro pasillo, Sarah y Alexander acercaron el «engendro» hasta la losa.
No tenía aspecto de taladro, ni de sierra, ni de ningún tipo de máquina reconocible.
Era una barra de acero montada sobre cuatro patas con unos suspensores reconvertidos, y del centro colgaba un rotor con un disco dentado.
Alexander lo acomodó en el lugar y, cuando lo tuvo listo, se puso las gafas y los guantes.
—Cuando me digáis empiezo.
Miró a Henry que estaba sentado al final del pasillo y éste le hizo un gesto de aprobación.
La máquina arrancó con un rugido, como un animal furioso, y el disco empezó a girar.
Primero lo hizo lentamente, pero Alexander accionó una palanca en un lateral del cabezal de rotación, y, a medida que la bajaba, el disco fue acelerando hasta emitir un sonido agudo y chirriante que obligó a todos a taparse los oídos.
Poco a poco descendió hasta entrar en contacto con el mineral negro de la baldosa y empezaron a levantarse esquirlas alrededor junto con una nube de polvo.
Greta se acercó y, gritando, le hizo gestos a Alexander.
—¿Cuánto vas a tardar? —vocalizaba de forma exagerada para que pudiera leerle los labios.
—¡No lo sé! ¡La piedra parece dura, me va a llevar un rato atravesarla! ¡Y no sabemos el espesor que tiene! Solo espero que la estructura aguante hasta poder hacer el agujero.
Alexander llevaba años acumulando piezas en una nave abandonada que encontraron Sarah y él.
Cerca de Silvertown, en la zona industrial.
Con el tiempo la acabaron convirtiendo en un taller para sus pruebas.
Motores viejos de algún desguace, engranajes y herramientas rotas fueron llenando estanterías.
Un caos que olía a grasa y aceite de motor, pero de donde empezaron a surgir todo tipo de inventos que él se imaginaba y era capaz de construir.
Lo dejaron cortando el suelo y los demás salieron a la antesala de la cámara de seguridad para poder hablar sin gritar.
—Primero perforamos. Sigamos con el plan —Henry empezaba a estar impaciente.
—Vamos a contrarreloj y en menos de 3 horas amanecerá. Samuel, necesito que subas a ver si hay tranquilidad.
***
El piso de arriba estaba completamente despejado.
El vigilante, que en un día normal estaría haciendo la ronda, hoy no había vuelto.
Después de un bombardeo como el que había caído esa noche, cada uno tenía sus propias prioridades.
«Si yo tuviera esposa e hijos tengo claro dónde estaría en este momento», pensaba Samuel mientras andaba por los despachos en silencio.
Seguía oyendo ambulancias lejanas y, dado que los cristales de la fachada al final sí que acabaron venciendo a la onda de alguna explosión, podían escucharse con total claridad cuando pasaban cerca.
El polvo había entrado cubriéndolo todo de un velo blanquecino.
Entró al despacho del gerente. El lujo era patente en los muebles: un escritorio de madera noble, brillante, oscura, y, detrás, una silla acolchada, forrada en cuero negro.
Se sentó en ella. Respiró hondo y disfrutó de ese pequeño instante de calma.
Samuel cogió de su bolsillo el saquito de tela y sacó la pieza por uno de sus extremos.
No era una moneda; era rectangular, un pequeño lingote de oro macizo que pesaba mucho más de lo que su tamaño sugería.
Durante un momento incluso pensó que aquello podía valer una fortuna.
Era de un color amarillo mate, casi cobrizo por la pátina de los siglos, pero no fue el metal lo que hizo que se le helara la sangre.
Fue lo que vio cuando la giró entre los dedos...
En el centro exacto de la cara superior, toscamente grabado pero inconfundible, había un símbolo. Dos líneas cruzadas con los brazos doblados en ángulo recto.