La estirpe de Mitra Capítulo 4
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Capítulo 4

Las Brigadas de Protección Civil y los voluntarios unían fuerzas para rescatar y volver a poner en pie la ciudad.

No era la primera vez que Londres se veía en una situación de catástrofe como esta.

En una ocasión, tres siglos atrás, un fuego implacable asoló la ciudad entera dejándola casi en ruinas.

Y esa vez también sus habitantes la volvieron a levantar.

Pero, como siempre, no todos ayudaban a reconstruir su hogar. Siempre había quien prefería sacar provecho de ese caos ocultándose bajo tierra y «trabajar» a espaldas del resto.

Henry y los suyos no eran de esos, pero cuando tenían un encargo, había que cumplir. Así que esa situación era ajena a ellos. No aprovechaban de ella; se beneficiaban de ella.

Ahora trabajaban a oscuras en un sótano igual que los engranajes de una máquina funcionando al unísono.

Este último encargo podría haberse complicado en tan solo una noche, pero el bombardeo que les había hecho perder siete horas del plan, por tener que ocultarse en un refugio, acabó siendo una ventaja.

Cuando llegaron a la casa de subastas la encontraron completamente vacía.

Además, debido a los cortes de luz generalizados, acceder al interior fue pan comido.

Con la ayuda de una carretilla, entre varios bajaron el taladro hasta la entrada de la cámara.

Henry manipuló las cinco ruedas numéricas para colocar la combinación que les había dado Evelyn y, antes de empujar las dos palancas, se giró para ver al resto que permanecían detrás de él haciendo un semicírculo, emocionados y expectantes.

—Hemos repasado esto más de cien veces, pero lo voy a decir una vez más. —Iba siguiendo con la mirada a cada uno de ellos—. Buscamos una caja grande, a nivel del suelo. Debe ser antigua, así que la madera estará deteriorada.

—Jefe… —Sarah se daba golpecitos con el dedo en su reloj de pulsera.

—Acabo ya, Sarah. Lo que quiero decir es que al otro lado de esta puerta hay más de seiscientas piezas, algunas de ellas podrían solucionarnos la vida varios meses e incluso años.

Pero no podemos perder tiempo. No quiero distracciones.

Centraos en el objetivo. —Volvió a recorrer las caras de cada uno de ellos —. ¿Ha quedado claro?

—Henry, ¿quieres abrir de una maldita vez esa puerta? —El tono de Greta sonó al de una madre cansada de escuchar siempre lo mismo.

Este se encaró de nuevo hacia la compuerta y giró las palancas. Los pesados engranajes de su interior se activaron con un repiqueteo metálico y la gigantesca puerta se abrió.

Un olor denso a madera vieja y polvo los envolvió en cuanto entraron.

Cada uno, armado con una linterna, paseaba por los pasillos iluminando todas las cajas.

Los ojos de todos brillaban ante lo que tenían delante: filas y columnas de embalajes de madera de todos los tamaños, hasta donde les alcanzaba la vista.

Era difícil calcular las dimensiones de la cámara, las luces de las linternas se perdían en la oscuridad de los pasillos. Pero podían hacerse una idea al ver las dimensiones de la puerta que acababan de cruzar.

—La cueva de los tesoros —dijo Samuel boquiabierto—. Solo le falta un dragón custodiando.

Henry y Greta se miraron con una sonrisa.

Organizar este tipo de trabajos era complicado, requería de muchas horas de vigilancia, noches de estudio del lugar, cálculos de todo lo que podía o no podía ocurrir.

Pero ese tedioso trabajo previo se veía recompensado por la emoción que sentían en ese momento, y a los dos les encantaba.

—¡En marcha y nada de distracciones! —Greta volvía a ser la autoridad del grupo.

Se separaron para abarcar toda la sala y empezaron a buscar la caja.

La mayoría de los encargos de recuperación de obras solían venir a través de un contacto de Henry, Donald Reubens, un amigo de la adolescencia y marchante de arte; alguien que no estaba dispuesto a dejar que ciertas piezas acabaran olvidadas o maltratadas en mansiones de la aristocracia europea.

Pero esta vez fue distinto. Un tercer hombre se había puesto en contacto con Reubens para contratar los servicios del equipo.

—¿Qué estamos buscando exactamente, Henry? —preguntó Samuel por un pasillo paralelo.

—De momento tenemos que encontrar una caja con una tarjeta a nombre de Aurus. —Sacó un papel del bolsillo del pantalón donde llevaba varias anotaciones —. «T. Aurus».

Mientras todos corrían por los pasillos, Alexander tenía la tarea de armar el taladro a una estructura donde iría sujeta la perforadora.

—¿Cómo vas con la máquina Alexander? —Greta se acercó para controlar que todo iba según el plan.

—Ya tengo el rotor desmontado y ahora voy a empezar a unir el resto de las piezas.

Ella se alejaba levantando el pulgar.

—Greta, esto va a hacer ruido. Y mucho.

—Yo solo espero que aguante lo suficiente para que podamos hacer el agujero. Del ruido no te preocupes.

Sarah andaba por el pasillo más alejado a la entrada comprobando cada etiqueta.

Desesperada porque ya llevaba comprobadas más de veinte cajas, apretó el paso sin darse cuenta de que Samuel andaba por el pasillo perpendicular.

Al llegar al cruce chocaron con los hombros, con la mala suerte de que el joven terminó de espaldas contra unas cajas de la esquina que cayeron al suelo.

Un par de ellas más pequeñas se resquebrajaron y su contenido se extendió por el suelo.

La madera era vieja y se partió por completo.

La primera, de forma alargada, contenía una especie de daga, enfundada en una vaina adornada con pedrería y cristales preciosos.

La segunda, más pequeña, del tamaño de un joyero; se partió por un lateral y la tapa salió volando, aterrizando varios metros más allá.

De su interior asomó un libro pequeño, una especie de cuaderno con las cubiertas de piel con los bordes roídos y lleno de arañazos y un saco de tela no más grande que un puño.

—Perdón Samuel, no te he visto. Está muy oscuro por aquí —Sarah le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.

—Estoy bien, solo ha sido un golpe. —Samuel se frotaba el brazo mientras miraba los objetos que había por el suelo—. Sigamos buscando. No queda mucho para encontrarla.

—¿Todo bien por ahí detrás? —Henry asomó la cabeza desde otro pasillo—. He oído un golpe.

—Estamos bien, jefe, sin problema. —Sarah levantó el pulgar.

—-Hay que arreglar esto antes de que se den cuenta —dijo Samuel en voz baja.

—¡La encontré! —la voz de Greta se alzó por toda la sala.

—Déjalo, Samuel. —Sarah le agarró del brazo —. Lo haremos luego.

Todos acudieron al lugar y se colocaron por detrás de ella. Henry se abrió paso entre ellos para acercarse y comprobar la etiqueta: “Propiedad de: T. Aurus. Adquirida en 1916”. Hizo un gesto de aprobación al leerla.

Esta era.

Henry examinó la caja unos instantes como si estuviera buscando algún tipo de trampa o dispositivo conectado a ella, pero no había nada extraño.

De grandes dimensiones, tan alta como ellos, rectangular, uno solo no podía abrazarla.

Por el volumen daba la sensación de que guardaba algo muy pesado, o muchas cosas dentro.

—De acuerdo. —Henry señaló los cofres que había encima—. Hay que quitar esos primeros y luego veremos que hay dentro.

Greta lo miró extrañada. Eso de examinar el cajón antes, no era algo normal en Henry. Así que aprovechó que Samuel y Sarah iban bajando las cajas pequeñas de encima para hacerle un gesto y apartarlo del grupo.

—¿En qué estás pensando? —Se lo llevó del brazo a un lado—. Conozco esa cara y hay algo que te preocupa.

—No estoy preocupado, pero no esperaba encontrar una caja así. —Henry le hablaba en voz baja—. Se supone que lo que hemos venido a buscar es del tamaño de un plato o una bandeja circular.

—Cuando quieras, ya se puede abrir. —Samuel le extendió la mano con la palanca.

Cuatro golpes secos bastaron para separar la tapa. La cogieron entre tres, la dejaron de pie a un lado y se asomaron todos por el borde para ver el interior.

Vacía.

—¿Es una broma? —dijo Sarah, subida a uno de los cajones pequeños para ver el interior—. ¿Esto va en serio? Nos han tendido una trampa. ¿Es eso?

—Calma, Sarah.

Greta le indicó que bajara del cajón.

—¿Qué hacemos? —preguntó a Henry.

Este levantó la mano para que no siguiera hablando. Se separó del grupo y empezó a dar vueltas mientras se frotaba la barbilla. Casi se podía oír la maquinaria girando en su cabeza. Mientras, miraba alrededor, analizando el entorno.

—Tic tac — insistió Greta —. El tiempo apremia.

—Déjame pensar, Greta — respondió con las manos en la frente y los ojos cerrados intentando encajar la información.

—Por lo que sabemos —empezó a hablar Samuel—, el cliente tenía en su poder unos textos donde se aseguraba que aquí había una cueva del siglo II. Pero si no conocemos el lugar exacto, no podemos hacer agujeros hasta dar con ella.

—Ruebens habló con el cliente y consiguió algo más de información.

Ha investigado el apellido Aurus. Los primeros registros proceden de Estados Unidos, a principios de los años treinta.

Pero no parece guardar relación con temas de arte.

Puede que solo sea un seudónimo para ocultar su verdadera identidad —aclaró Henry.

Sarah se percató de que en el tarjetón que habían enganchado en la caja no solo venía un nombre, sino que había otros datos debajo de él.

—¿Qué significa B-021? —preguntó señalando la etiqueta.

Henry se acercó para comprobar el dato y luego observó las cajas de alrededor. Murmuraba mientras se movía de un arcón a otro, de un lado del pasillo al otro.

—Puede que… —dijo en voz baja.

Greta se acercó a él.

—¿Qué les ocurre a estas cajas?

—No estoy mirando las cajas, sino dónde están —dijo Henry, señalando las etiquetas.

Greta se acercó a ellas y empezó a observar las numeraciones que acompañaban cada caja.

—Están ordenadas —señaló Henry el pasillo—, con letras y números.

—Para poder guardarlas y clasificarlas.

—Exacto. Como un archivo.