La estirpe de Mitra Capítulo 3
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Capítulo 3

Los continuos bombardeos por parte de la Luftwaffe a la ciudad de Londres empezaban a dejar mella en los ciudadanos que seguían en pie día tras día.

Pero, aun así, locales como el Vogue Cinema en la zona de Bishopgate se negaban a cerrar incluso con las bombas silbando mientras Katherine Hepburn y Cary Grant enamoraban a los londinenses en “Historias de Filadelfia”.

Sobre las dos de la madrugada empezaron a silenciarse las alarmas por la ciudad y Greta se incorporó del rincón donde había estado sentada desde que llegaron al atardecer. Samuel liaba un cigarrillo a su lado mientras observaba al resto de gente del refugio.

—¿Tienes claros todos los cambios? El bombardeo ha modificado un poco los planes. —Le dio unos golpecitos en la visera.

—Que sí, pesada. Hemos repasado cada paso seis veces. —Se encendió el cigarrillo y se levantó para ponerse a su altura.

—Pues salgamos ya de aquí antes de que nos vean. Tenemos que adelantarnos.

Subieron las escaleras hacia el exterior y a medida que se acercaban a la calle se hacía más patente el olor a madera quemada.

Casi se podía notar en la garganta el sabor del humo y no fue mejor cuando por fin estuvieron fuera.

A su alrededor solo habían quedado en pie una docena de edificios de apartamentos y los más grandes como el del periódico Times o la oficina de Correos.

Incluso podía verse desde allí el tejado de la catedral de Saint Paul’s.

Greta agarró la manga de Samuel y le hizo un gesto con la cabeza para que se fueran de allí cuanto antes.

La ciudad estaba en la más absoluta oscuridad, tardarían mínimo unas doce horas en restablecer el tendido eléctrico. Los fuegos que permanecían encendidos en edificios derribados era la poca luz que les servía para moverse por las calles.

Con las solapas levantadas para protegerse del frío y las manos hundidas en los bolsillos, anduvieron a paso ligero hasta que llegaron a la orilla del río.

Buscaron un sitio donde esconderse, aunque la negrura ayudaba a que cualquier rincón o agujero fuera perfecto para ello.

Greta localizó el apartamento y esperó a que llegara el objetivo.

—Apaga ya ese cigarro —le recriminó Greta.

—Hace frío. Me ayuda a entrar en calor.

—Cada vez que le das una calada parece que enciendes un faro en mitad de la calle. Si tienes frío, te frotas las manos.

Sin decir palabra, como un niño al que acaban de reñir por no hacer caso, tiró la colilla al suelo y la aplastó con saña.

—¿Estás nervioso? No has dicho nada en toda la noche. —Greta volvió al tono amable que solía utilizar con Samuel.

Las sirenas de las ambulancias aullaban en calles cercanas. Una ráfaga de aire entró desde el río pasando por encima de ellos.

—No acabo de entender lo que vamos a hacer esta noche. Sabes que siempre he confiado en ti. —Se agachó para estirarse los bajos de los pantalones al notar el frío—. Nunca he dudado de tus decisiones, pero esto… Nosotros no hacemos estas cosas.

—Ya lo hemos hablado, Sammy, este plan no es mío. Lo ha organizado él. Solo te pido que hagamos lo acordado y terminará pronto.

—Lo de siempre, soy un soldado que cumple órdenes.

—¿A qué viene esto ahora? No eres un soldado. Eres importante, sobre todo para mí.

Oyeron los pasos de una pareja que caminaba con prisa por la calle. Los dos se cubrieron la cabeza con el pasamontaña que llevaban en el bolsillo del abrigo y esperaron a verlos entrar al edificio.

—Cuando subamos, quiero que te lo tomes en serio. No sabemos la fidelidad que tiene esa mujer a la empresa, pero hay que hacer lo que haga falta para parecer convincentes —Greta susurraba cerca de la cara de Samuel—. Tendrás que hablar tú. Yo me encargaré de ella. ¿Todo claro?

—Cuando dices convincentes… —Se puso unos guantes negros de cuero y se golpeó la palma de la mano con el otro puño.

—Lo que haga falta. —Ella también se puso los guantes y se levantó —. Vamos, ya estarán en el apartamento.

Se acercaron al portal y Samuel forzó la cerradura de la entrada. Subieron hasta el segundo piso, Greta llamó a la puerta y le hizo una señal a Samuel para que se encargara él.

—Buscamos a la señorita Carter.

Greta le golpeó el hombro intentando no hacer ruido y se llevó los dedos a la sien.

—Señorita Carter? ¿Eres idiota? —le chillaba en susurros —. Este es el apartamento de él.

—Habéis cambiado el plan a última hora, me he puesto a improvisar…—Samuel gesticulaba con las manos mientras susurraba.

En ese momento la puerta se empezó a abrir y Greta, pasando al lado de Samuel, la embistió. El resto fue un ejercicio calculado y ensayado, como todo lo que hacía Greta, porque lo había hecho toda su vida.

Ese carácter y su forma de trabajar tan meticulosa no era algo que ella hubiera aprendido en la calle.

A principios de la década de los 30, entró a trabajar de ayudante de sala en el orfanato Saint Agnes Orphan Home.

Aquello no era un refugio, ni una casa de hospedaje.

El Saint Agnes acogía a niños desamparados para darles una preparación para la vida adulta, pero tenía fama de ser una institución con una educación casi militar.

La directora del lugar obligaba a las supervisoras a ser completamente intransigentes con cualquier actitud de rebeldía por parte de los niños.

Con los años, Greta se convirtió en la figura que mantenía el orfanato en pie cuando todo lo demás fallaba.

Pasó de ser una supervisora a ser la encargada.

Pero hubo un altercado poco antes de estallar la guerra, algo de lo que Greta nunca quería hablar y que la obligó a dejar el orfanato.

Salió de allí llevando a Samuel con ella; fue imposible separarlos.

Y también se llevó un aprendizaje que mantendría hasta el presente: tenía la certeza de que, en un mundo que siempre se inclinaba hacia el desastre, alguien tenía que mantener la cabeza fría. Y ese alguien era ella.

—Ya están atados. — Samuel le golpeó el brazo.

—Ya sabes lo que toca ahora —le susurro ella al oído.

Samuel se acercó a Evelyn, se inclinó hasta tener su cabeza pegada a la de ella y le susurró al oído.

—Buenas noches, señorita Carter. Ahora nos va a dar la combinación de esa puerta acorazada de la casa de subastas. O si no, su novio lo va a pasar muy mal.

Evelyn miró a los ojos a Samuel. Otra cosa no podía ver por el pasamontaña que le cubría toda la cabeza. Greta le apartó la mordaza de la boca, la respiración de Evelyn se liberó de golpe y empezó a sollozar mientras intentaba hablar.

—¿La combinación de la puerta? Yo solo soy una empleada allí, esto no tiene ningún sentido. —Se movió en el asiento y notó que la cuerda le mordía la piel de las muñecas.

Greta, que se había colocado detrás de ella, no dijo nada.

Se encaró a Henry y con un gesto rápido le descargó un puñetazo en el estómago.

El grito de él llenó la habitación y al inclinarse hacia delante por el dolor tensó las cuerdas que también amarraban a Evelyn haciendo que se inclinara hacia atrás de golpe.

Ella chilló también, pero más de miedo que de dolor.

—Basta, por favor. ¿Por qué nos hacen esto? —preguntó mientras le resbalaban las lágrimas mejillas abajo.

—Evelyn, por favor —Henry balbuceaba y hablaba con dificultad con la mordaza en la boca —. Dales lo que quieren.

Greta asestó un puñetazo más a Henry, esta vez en la cara. Haciendo que se inclinara hacia un lado.

—Haré lo que digáis, pero por favor, no nos hagáis daño. No tengo nada de valor, solo soy arqueóloga, trabajo en una casa de subastas…

—¡Basta! —gritó Samuel—. Todo esto ya lo sabemos, señorita Carter. Solo necesitamos la combinación de la cámara blindada.

—Pero ahí solo hay cuadros, piezas antiguas; no hay oro ni dinero. —Samuel la sujetó del cuello con un gesto rápido, sin apretar —. Por favor... por favor…

Greta sacó de su bolsillo una pequeña navaja, desató los amarres que sujetaban a Henry a la silla y lo puso en pie.

Seguía con las manos atadas a la espalda y la mordaza le apretaba la boca.

Le puso la navaja cerca de la garganta y este se enderezó al notar el metal frío en la piel.

Se lo llevó hasta la puerta que daba al rellano.

Evelyn contuvo el aliento cuando lo vio y él negó con la cabeza, muy levemente, casi como si quisiera calmarla.

—Dígame lo que quiero oír, señorita Carter, al oído. —Samuel se acercó a ella.

Evelyn cerró los ojos temiendo lo peor. Una vez les diera la combinación ya no los necesitarían para nada y los podrían matar.

Pero si les daba una combinación falsa, moriría de todos modos; si no lo hacían ahora, la buscarían para matarla en cuanto descubrieran que era errónea.

Quizá solo querían robar algo en concreto, la aseguradora se encargaría del robo y la policía se encargaría de ellos.

Si conseguían atraparlos. Demasiados “síes”; Evelyn tenía más que perder que ganar.

Ni tan siquiera era su negocio; era una simple empleada, y Henry le ayudaría a contar el asalto cuando preguntasen cómo habían podido abrir la cámara sin forzar la puerta.

Solo dos personas a parte del señor Harrington conocían esa combinación.

Empezó a sentirse mareada. Una sensación de náusea le invadió la garganta y notaba los latidos del corazón a mil por hora en las sienes.

Puede que fueran simples ladrones. Solo quería que esto terminara cuanto antes.

Acercó la boca a la oreja del asaltante y le dio la combinación.

Samuel se incorporó e hizo un gesto a Greta. Ella abrió la puerta y salió con Henry, que no dejaba de mirarla.

—Pero les he dado la combinación. ¿Por qué se lo llevan? No le hagan daño, por favor. He hecho lo que querían.

—No le haremos nada. Es solo por si acaso nos ha mentido.

Samuel sacó del bolsillo de la chaqueta un trozo de tela y vertió el líquido de un pequeño frasco de cristal.

Lo puso en la boca de Evelyn, que se quedó en calma y se fue desvaneciendo poco a poco sin saber lo que acababa de ocurrir. Antes de salir, el joven aflojó las ataduras de la mujer, como habían acordado.

Un minuto después salieron a la calle con Henry por delante con las manos atadas.

Sirenas de ambulancias resonaban a lo lejos y de vez en cuando pasaban con prisas soldados hacia la zona del río.

Greta, que iba dándole empujones para que avanzara, se quitó el pasamontaña.

Samuel hizo lo mismo con el suyo y anduvieron hasta llegar al final de White Lion Hill.

Allí Henry se giró hacia la mujer, se quedaron unos segundos mirándose, y ella le quitó la mordaza.

—No quiero que digas nada —le dijo ella con un tono severo—. No contábamos con el bombardeo y hemos tenido que improvisar.

—Greta, sé que te gusta tenerlo todo controlado. Por eso te encargas tú de pensar el «cómo» y yo me encargo del «qué». Pero lo de esta noche no tiene ningún sentido. — Se giró hacia Samuel, que le ofrecía un cigarrillo—. Dime, por lo menos, que tenemos la combinación.

Se encendió el pitillo.

—La tengo, Henry. Y perdón si te hemos hecho daño. Yo…

—Chaval —le cortó—. Hacen falta más de tres bofetadas mal dadas para que me queje. Solo espero que haya sido convincente.

—¡Vale ya los dos! —Greta levantó las manos, parando la situación— ¿Podemos centrarnos?

Lo de esta noche nos ha quitado siete horas del plan.

Así que no tenemos tiempo que perder. Y si no lo hacemos hoy, para mañana ya habrán cambiado la combinación.

Así que andando. Nos están esperando en el callejón.

—Solo espero que Sarah y Alex estén bien. No sabemos nada de ellos y con el bombardeo, pueden estar…

—¡Samuel, basta! —Greta lo cogió de los hombros—. Estarán bien. ¿Qué te digo siempre de confiar en el equipo? Y tú —señalando a Henry—, ¿cómo que «mal dadas»? La próxima vez no me contendré.

Fueron hacia la avenida principal que se alejaba del río y, una vez allí, apretaron el paso hasta la casa de subastas.

Henry tuvo que aminorar la marcha; el golpe que le había dado Greta en el pecho había sido muy convincente y ahora necesitaba coger aire.

Los otros dos consiguieron rodear el edificio hasta llegar a la entrada del callejón y, quietos, esperaron a Henry mientras veían la furgoneta estacionada al final.

Cuando Henry se recuperó, sacó la pitillera del bolsillo interior de la chaqueta y encendió un cigarrillo. Se adentraron en la oscuridad, en silencio, hasta llegar a la puerta del montacargas. Unos pasos detrás de ellos los puso en guardia.

—¡Eh! ¿Abrimos esa puerta ya, o qué? —Eran Sarah y Alexander, que salieron del rincón donde estaban agazapados en las sombras del callejón.

—A ver qué regalito traes en esa furgoneta —dijo Henry con una sonrisa al verla, mientras señalaba las puertas traseras del vehículo.

Alexander las abrió y enseñó el gran taladro. Se acercaron para verlo de cerca formando un pequeño corro.

—¿Tienes claro que funcionará? —Henry apoyó la mano sobre el hombro de Alexander —. Tendrás que darte prisa, hemos perdido mucho tiempo con el bombardeo.

—Tranquilo jefe, lo he hecho antes.

—Y digo yo —dijo Samuel señalando la herramienta—, ¿para qué cojones queremos esto si ya tenemos la combinación de la puerta blindada?

—Porque lo que hemos venido a buscar aquí —tiró la colilla contra el muro —, el trabajo que nos han encargado, no está detrás de esa puerta blindada. Sino más allá.