La estirpe de Mitra Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Primero: llamarlo taladro es quedarse corto. El pequeñín que buscamos es un taladro de columna Wolf con una broca de corona de dieciséis pulgadas capaz de perforar planchas de acero de alta densidad. Y segundo…

—Alex —le cortó en seco —, ¿tengo cara de que me importe todo eso? Dime simplemente el aspecto que tiene y ya está.

—Justo como ese —dijo, señalando una máquina que había en un pasillo lateral.

—¿De verdad? —Sarah intentó no chillar mientras señalaba la máquina. —Ese maldito taladro debe pesar como 200 kilos. ¿Cómo pretendes moverlo de aquí y cargarlo en la furgoneta?

—Vamos a montarlo en esta plataforma para llevarlo hasta allí. Luego la subiré por la trasera. —Alexander dobló el brazo para que Sarah viera el inmenso bíceps que se le marcaba debajo del jersey que le quedaba bastante ajustado.

—Joder Alex. Pues vamos a darnos prisa porque esto no va a ser un momento.

No fue nada fácil inclinar la máquina hacia un lado para poder poner la plataforma debajo.

Al final lo consiguieron, pero cuando abrieron las puertas traseras de la furgoneta se dieron cuenta de que entraría bastante justo.

Sarah se puso dentro y Alex levantó el taladro con todas sus fuerzas para volcarlo.

A rastras consiguieron colocarlo para poder cerrar las puertas, cuando de pronto se encendieron las luces del fondo del taller.

—¿Albert? ¿Estás ahí? —El compañero del vigilante entró por la puerta que daba al callejón. —Te he traído la cena. —Levantó la cabeza y vio a la pareja que en ese momento estaban subiendo a toda prisa a la furgoneta.

—Corre, corre, corre… —iba diciendo Sarah.

—¡Eh! ¿Qué pasa aquí? ¿Qué estáis haciendo? —El tipo que acababa de llegar echó a correr hacia la furgoneta.

Pero Alex ya había puesto la primera marcha y, acelerando, golpeó las puertas del astillero, que se abrieron de par en par.

Sarah miró hacia atrás por las ventanillas de las puertas traseras y vio al tipo salir corriendo tras ellos con los puños en alto.

Ya no podía oír los gritos, pero no parecía nada amable por sus gestos.

Llegó al final de Hopton Street y dio un frenazo de golpe a la vez que giraba la furgoneta para encararla al puente de Blackfriars.

Las ruedas traseras patinaron sobre los adoquines húmedos haciendo que el culo de la furgoneta dibujara un semicírculo y, cuando tuvo el morro frente al puente, pisó el acelerador a tope y salieron disparados hacia delante cruzando a toda velocidad.

Esquivó un par de motos que acabaron fuera de la carretera del susto que se llevaron y justo al llegar al otro lado del puente empezaron a sonar las alarmas antiaéreas.

Un grupo de hombres que había en la puerta de un pub corrieron calle abajo hacia la estación de Blackfriars, pero un coche se cruzó con ellos al pasar por el cruce de New Bridge Street y los obligó a frenar de golpe.

—¿Es necesario que seas tan brusco? En una de estas saldré volando por la ventana —protestó Sarah, que se sujetaba con las dos manos al salpicadero.

—¿Oyes eso? Hay que buscar un sitio donde refugiarse. ¡Ya! —Alexander no apartaba la mirada de la carretera y daba volantazos

para esquivar a peatones que iban y venían buscando el camino al refugio más cercano.

—No estamos tan lejos. Sube por New Bridge, que habrá menos tráfico, y en Fleet Street giramos hacia la catedral —dijo Sarah, mientras botaba en el asiento con cada socavón que cogía Alexander.

—¡Sarah, es peligroso! —Las ruedas chirriaban en cada frenazo que daba la furgoneta mientras avanzaba por New Bridge Street.

—¡Tira, no podemos abandonar la furgoneta ahora para buscar refugio! Vamos hasta el punto de encuentro y allí nos refugiamos. —El eco de las sirenas retumbó entre las calles.

Como si hubiera surgido del fondo de la tierra, una explosión levantó el asfalto a menos de veinte metros delante de ellos.

Un par de coches aparcados en la calle en el lugar del impacto salieron volando y estallaron contra la fachada de un hotel.

Todos los cristales de los ventanales se reventaron al unísono provocando una lluvia mortal que empezó a caer a la calle.

Alexander vio un pequeño hueco en el lado opuesto del hotel por donde podría pasar si aceleraba lo suficiente.

—¡Agárrate fuerte, que vienen curvas! —Se aferraron lo primero que tenían a mano y Alexander apretó el pedal a fondo, haciendo rugir el motor.

Varios cascotes de la fachada empezaron a desplomarse delante de la furgoneta y vieron cómo las columnas del edificio estaban completamente agrietadas al pasar por el lado.

Una segunda explosión llegó atenuada. Posiblemente de una calle por detrás, pero eso provocó un temblor que hizo que el edificio de apartamentos empezara a inclinarse hacia la calle.

El paso empezó a estrecharse. La furgoneta arañó todo el lateral de la fachada y, rascando toda la pintura, salió al otro lado como si la hubieran expulsado de un embudo.

Mientras se alejaban, Sarah vio por las ventanas traseras cómo se desplomaba el edificio igual que un castillo de naipes, y siguieron la marcha hacia el punto de encuentro.

—¡Buf! Por los pelos. —Se fijó en que Alexander respiraba con fuerza mientras miraba fijamente la carretera—. ¡Cuidado con estos!

Alexander reaccionó a tiempo y pegó un volantazo para volver de nuevo a la carretera. Una pareja que paseaba abrazada de camino al refugio más cercano vio cómo pasaba la furgoneta a escasos centímetros calle abajo.

—¿Eh, estás bien? —Le golpeó con el puño en el hombro—. Venga, que ya llegamos.

Rodearon el edificio de apartamentos que tenían enfrente, bajo las alarmas que ya chillaban con fuerza.

Varias explosiones seguidas retumbaron al final de la calle y provocaron fogonazos a través de los edificios. Unos soldados los vieron pasar y les gritaron para que dejaran la furgoneta inmediatamente y corrieran hacia el refugio más cercano. Alexander levantó un poco el pie del acelerador.

—¡No pares ahora, Alex, el edificio es ese de ahí! Hay que rodearlo.

La furgoneta pasó por encima de unos cascotes de piedra que la hicieron botar hasta que llegaron al lateral del gran muro de ladrillos rojos. Estaba todo oscuro, solo uno de los faros delanteros había sobrevivido e iluminaba intermitentemente la entrada del callejón.

Las turbinas de los aviones sonaban por encima de las nubes negras que ahora cubrían el cielo. A lo lejos, se escuchaban las ametralladoras de las avionetas inglesas que defendían la ciudad.

Redujeron la velocidad y entraron al callejón de detrás de Harrington & Sons. El fuego de las casas cercanas iluminaba ligeramente la calle y vieron la puerta metálica del montacargas de la casa de subastas.

—Para aquí. Tenemos la estación de Mansion House a menos de dos calles —le dijo Sarah mientras abría la puerta y salía de la furgoneta—. Alex, ¿te vas a quedar ahí?

Con las manos agarrotadas al volante, sin poder soltarlo, Alexander notaba cómo le caían las gotas de sudor por el lateral de la cara.

Un escalofrío le recorrió la espalda y poco a poco fue saliendo del trance en el que había estado sumergido durante toda la huida.

Aquellas explosiones habían abierto cajones de recuerdos en su mente que parecía tener olvidados.

Apagó los faros y sacó las llaves del contacto.

Acto seguido, salieron corriendo hacia la calle principal para llegar al refugio.