Capítulo 2
Aún no habían dado las cinco en el reloj, pero el sol ya empezaba a esconderse por detrás de los tejados de las viejas fábricas del Southwark.
Justo enfrente, tocando al río, escondida en las sombras de un tejado, Sarah observaba con calma los ventanales de un taller mecánico.
No tardarían en terminar el turno y pronto apagarían las luces.
El serpenteante Támesis empezaba a tomar un color anaranjado a medida que la tarde avanzaba.
Una pequeña embarcación pasó río arriba por delante de ella y dio un bocinazo para que alguien saliera a coger los amarres en el muelle de Blackfriars.
Sarah volvió a mirar el reloj y harta de esperar, decidió acercarse al taller.
Prefería estar preparada para cuando los trabajadores abandonaran el lugar y lo cerraran.
Así que bajó a pie de calle por una escalera exterior en uno de los laterales del edificio donde estaba y se acercó a una furgoneta que esperaba con el motor al ralentí al fondo del callejón.
Dentro, en el asiento del piloto, esperaba Alexander.
—¿Han apagado ya las luces? —preguntó Alexander —. En mi reloj aún faltan cinco minutos.
—¡A la mierda la hora! —Sarah asomaba la cabeza por la ventana del copiloto—. Voy a cruzar el puente, espérame en Hopton. Cuando te haga la señal te acercas.
Se subió el cuello del jersey para taparse el cogote y se recogió la melena pelirroja en un moño alto mientras se alejaba de la furgoneta.
—¿Qué señal? —Alexander levantó la voz mientras asomaba la cabeza por la ventanilla.
—Lo sabrás cuando lo veas —dijo con un tono cantarín y sin girarse.
Sarah dejó atrás el muelle de Blackfriars y se acercó andando a la entrada del puente.
Grupos de trabajadores con monos de mecánico venían del otro lado, cansados y con ganas de una cerveza antes de llegar a casa.
Sorteó a varios que casi ni la vieron. Entre lo menuda que era y vestida de negro, parecía una sombra más entre las vigas de acero del puente.
Sonaron varias bocinas lejanas de las fábricas de la zona que empezaban a cerrar.
Toda la zona de Southwark, al otro lado del río, estaba repleta de talleres y negocios metalúrgicos.
Era un barrio obrero de casas bajas de ladrillo rojo.
El ambiente estaba cargado de hollín de las esbeltas chimeneas que coronaban el paisaje de ese lado del Támesis, que durante el día no paraban de sacar humo negro de las fundiciones.
Cuando llegó a la otra orilla vio las vías del ferrocarril y al otro lado el inicio de Hopton Street.
Unas luces la alumbraron por detrás dibujando una sombra alargada de su silueta a lo largo de toda la calle y de pronto se apagaron.
Era Alexander que la seguía a cierta distancia, pasó por su lado y ella le indicó un callejón donde poder resguardar el vehículo hasta que llegara el momento.
El taller que hacía unos minutos observaba Sarah desde el tejado, al otro lado del río, ahora estaba frente a ella.
Un par de puertas de madera gigantes daban acceso a la zona de los astilleros y encima un cartel de acero rezaba en letras grandes y blancas el nombre del negocio: Dockside Gibson Repairs.
Los muros laterales de ladrillo rojo, gastado y ennegrecido por el carbón eran altos y lisos.
Las farolas, separadas cada cuatro o cinco metros, alumbraban la acera que daba a la orilla del río.
Y por arriba se podían ver unos ventanales grandes, los que Sarah espiaba antes, que posiblemente pertenecían a las oficinas del primer piso.
Desde la misma calle vio que las luces ya estaban apagadas y acercó la oreja a una de las puertas del astillero.
Parecía que todo estaba en calma en su interior.
Dedicó un momento a analizar la fachada lateral y avanzó pegada a ella hasta llegar a la primera esquina.
Asomó la cabeza para ver la parte trasera del taller.
El muro seguía hasta perderse en la oscuridad del callejón, pero a escasos metros de la esquina había una puerta pequeña de metal.
Se acercó a ella e intentó girar la manecilla.
Cerrada, por supuesto. Pero allí mismo, pegada a la puerta, una tubería de desagüe bajaba desde el tejado hasta el suelo donde hacía un pequeño codo.
Era una bajante pluvial, atornillada al muro.
Una leve sonrisa apareció en la boca de Sarah, se alejó unos metros del muro para tomar distancia y levantó la vista para calcular la altura del muro. Iba a ser un buen ascenso.
Mientras se agarraba al volante y lo apretaba con fuerza, Alexander observaba el portón del astillero.
Confiaba plenamente en Sarah y sabía que se las apañaba sola perfectamente, pero estos momentos en blanco, esperando, le ponían de los nervios.
Era demasiado inquieto para estar encerrado en una furgoneta.
Desde los quince años había sido incapaz de quedarse en un lugar más de doce meses.
Huyó de Vilna porque los bolcheviques oprimían el país hasta ahogarlo y vino a Londres buscando una vida distinta.
Pero Alexander había pasado por demasiados talleres y demasiadas guerras como para creer que Londres sería diferente.
Las horas de entrenamiento y la agilidad innata de Sarah eran la clave para que pudiera estar trepando ahora esa tubería con esa velocidad.
Con la espalda completamente arqueada y agarrada con las dos manos al tubo iba subiendo con los pies a cada lado haciendo fuerza contra la pared.
Cuando llegó arriba rodó por el tejado hasta ocultarse en las sombras, y se incorporó quedándose de rodillas.
A pocos metros de donde se encontraba había una claraboya acristalada.
Se acercó lentamente hasta el borde y asomó la cabeza.
El agujero daba acceso directo a la zona de la fábrica, abrirla no sería complicado, pero luego había una caída de unos siete metros hasta el suelo.
Sacó del bolsillo un cortador de cristal con punta de diamante y dibujó un círculo calculando el ancho de sus hombros.
No hicieron falta muchas pasadas para que el cristal empezara a crujir y con un golpe seco lo separó del resto a la vez que lo cogió al vuelo para evitar que cayera al suelo.
Cerca del agujero, por la parte interior, atravesaba de lado a lado de la nave una de las vigas de acero con forma de hache que sujetaban el techo.
Sarah se agarró al perfil poniendo una mano en cada lado y dejando las piernas colgando fue desplazándose hasta llegar a una de las columnas principales.
—Primer paso: entrar al taller. Conseguido —se dijo en voz baja.
De pronto una de las puertas de abajo se abrió. Era uno de los baños y de dentro salía el vigilante nocturno que empezaba su ronda alumbrando con un farol mientras iba avanzando entre tubos, vigas y las máquinas cortadoras apagadas.
Abrazada a la columna fue bajando silenciosamente hasta llegar al suelo donde se quedó agachada detrás de unas cajas.
El vigilante andaba a escasos metros de ella, alejándose.
Sarah observó el pasillo que tenía enfrente.
Apenas entraba luz del exterior a través de la claraboya y de unas ventanas al otro lado de la nave, pero era suficiente para sus ojos de gata.
Cuando vio que el vigilante estaba llegando al final del primer pasillo salió de su escondite y empezó a correr hacia su espalda.
Ella apenas medía un metro y sesenta centímetros, quizá algo más, y no superaba los sesenta kilos.
Y el tipo que tenía enfrente era el doble que ella, en todo.
Así que esa carrerilla le dio la fuerza necesaria para llegar hasta él y poder embestir por la espalda haciéndolo chocar de bruces contra una pila de tubos de metal.
—¡Qué cojones! —el vigilante empotró la cara contra los tubos, haciendo volar por los aires el farol que cayó al suelo a unos metros.
Antes de que pudiera incorporarse, Sarah ya estaba sentada en sus hombros presionando el cuello con las piernas.
La mole intentó zafarse de ella girándose y haciendo que golpeara contra la pared, pero al tener las piernas cruzadas pudo aguantar el golpe y apretó con más fuerza.
Buscó con las manos algún sitio donde agarrarse.
—¡Voy a matarte, hijo de puta! ¡No tienes ni idea de quién soy yo! —gritaba el vigilante entre dientes.
Las piernas de Sarah le apretaban tan fuerte las mejillas que apenas podía vocalizar y las manos del hombre se agitaban violentamente intentando encontrar la cabeza de ella para golpearla.
Pero poco a poco fue perdiendo fuerza y sus movimientos se hicieron más lentos hasta que todo el cuerpo se desplomó en el suelo.
Sarah aflojó un poco, pero no bajó de sus hombros.
El tipo podía intentar engañarla. Cuando estuvo segura de que había quedado inconsciente, amordazó al gigante y lo ató a uno de los pilares.
Palpó los bolsillos de la chaqueta y sacó de uno de ellos un manojo de llaves que colgaban de una pequeña argolla metálica.
—Segundo paso: conseguir las llaves de la puerta principal. Hecho. —Se giró hacia los portones del astillero.
Alexander agarrado al volante de la furgoneta vio cómo se abrían las puertas. Encogió la cabeza entre los hombros para que no le vieran, pero fue Sarah la que asomó la cabeza desde dentro. Él le hizo un destello rápido con las luces y ella levantó la mano con el pulgar arriba.
—Pues esta será la señal, digo yo. —Arrancó la furgoneta y cruzó la calle hasta meterse de culo en la entrada del taller.
Sarah cerró las puertas mientras Alexander bajaba sin apagar el motor. Miró todo el taller levantando la cabeza como buscando algo en concreto. Cerca de la entrada vio una pequeña plataforma de madera con ruedas.
—Ayúdame con eso. —Arrastró la madera haciéndola rodar hasta un pasillo donde había todo tipo de herramientas.
—¿Y cómo es el taladro que venimos a buscar? —Sarah esperaba detrás de Alexander mientras él miraba por los pasillos buscando.