Capítulo 1 #2
Henry irrumpió hacia dentro como si una fuerza invisible lo empujara por la espalda, la abrazó con fuerza y juntos cayeron al suelo.
Permanecieron allí, quietos, con los oídos ensordecidos mientras el eco de la detonación iba apagándose.
No había sido cerca, a un par de calles de allí, lo suficiente para recordarles una vez más que Londres tampoco era un lugar seguro.
Aún desde el suelo, con sus caras a menos de dos dedos de distancia, otra explosión resonó no muy lejos de allí e hizo temblar a Evelyn una vez más.
Henry la ayudó a levantarse, le decía algo, pero su voz sonaba apagada y lejana. Notaba los latidos del corazón en las sienes mientras se ponía el abrigo para salir al exterior. Ella se giró para cerrar las puertas.
—¡Déjalo Evelyn, vámonos! — Henry le estiraba el brazo—. El refugio está a dos calles.
Otra detonación estalló calle arriba y el sonido rebotó por los edificios mientras se mezclaba con las sirenas.
No muy lejos de allí, calle abajo, vieron un edificio derrumbarse y una furgoneta pasó a toda velocidad rozándolos.
Corrieron entre los cascotes de las fachadas cercanas mientras se cruzaban con otra gente que huía en la misma dirección.
Apenas podían ver nada, una nube de polvo cubría la calle entera.
Con el brazo se cubrieron la cara, el humo los ahogaba.
Cuando por fin llegaron a la avenida, dos explosiones más resonaron por detrás de ellos.
Evelyn cogió la mano de Henry y empezaron a correr hacia la entrada de la estación del metro que ya tenían enfrente.
Se sumaron a la oleada de gente que desfilaba ordenada, con prisa, pero sin correr, escaleras abajo.
Cuando llegaron al andén buscaron un sitio donde sentarse. Una madre con dos pequeños les dejó un hueco para apoyarse en la pared. Las bombillas, alimentadas por generadores, parpadeaban colgadas en los cables mientras el techo temblaba en cada nueva explosión.
—¿Cuándo dejarán de hacer esto? —Evelyn se frotaba los brazos para entrar en calor.
—Ojalá tuviera una respuesta a esa pregunta. Lo único que podemos hacer ahora es «mantener la calma y seguir adelante» 1 . Pensemos en otra cosa.
—Como si fuera tan fácil. —Le hizo un gesto con la cabeza para que mirara a su alrededor.
—Evelyn, no van a estar eternamente lanzándonos bombas —Sacó un cigarrillo de la pitillera y lo encendió —.
Los chicos de la RAF les harán tragar quina cada vez que vengan.
Veo todos los días en las fábricas donde voy esos Spitfire y son como halcones en el aire.
El año pasado les vencimos y seguirá siendo así cada vez que vengan.
Ese maldito Hitler acabará cansándose o se dará por vencido.
—Dios le oiga, joven. —La mujer abrazó con fuerza a los dos niños que tenía junto a ella.
Evelyn apoyó la cabeza en el hombro de Henry, y cerró los ojos. Le llegaba el aroma del tabaco y le recordaba a cuando estaba en casa.
—Huele como a chocolate ese tabaco. Es curioso —dijo Evelyn sin levantar la cabeza del hombro.
—Se llaman “Volture”, son de Centroamérica. Me los trae un amigo que viaja mucho por esa zona.
—Pues tiene un aroma muy agradable —cerró los ojos.
Las sirenas ya sonaban lejanas en el exterior y las explosiones retumbaron en los túneles del metro como tambores de muerte. Sin saber cómo, terminó durmiéndose.
Cuando despertó estaba estirada en el suelo y la habían tapado con una manta.
Se incorporó y buscó a Henry, que había desaparecido de su lado.
Miró por encima de las personas que tenía alrededor y lo vio hablando con una pareja a unos metros de allí.
El tipo de la gorra le dijo algo a Henry y él miró hacia ella. Al verla despierta se acercó.
—Parece que ya ha parado el bombardeo, hay gente por allí diciendo que ya están saliendo de otros refugios.
—¿Cuánto llevo dormida? Tengo hambre.
—Son casi las dos de la madrugada.
—Tengo miedo a lo que podamos encontrar ahí fuera. —Admitió, paseando la mirada por el andén.
La gente a su alrededor parecía no querer levantarse. Después de tantas noches allí metidos, las estaciones de metro acababan convirtiéndose en un lugar seguro. Nadie lo quería abandonar.
—¡Atención todo el mundo! Pueden ir saliendo con calma hacia el exterior. —Un grupo de soldados apareció por las escaleras de acceso.
—¿Nos vamos? —Henry le tendió la mano para que se levantara. —¿Todo bien?
—Sí, creo que sí. En un rato se me pasa. —Agarró la mano y se incorporó, recomponiéndose el vestido y el abrigo.
Fuera el paisaje era desolador. Varios edificios cerca de allí habían caído por completo.
Y aunque la ciudad estaba a oscuras por el corte eléctrico, columnas de fuego sobresalían por encima de algunos tejados haciendo que el cielo tuviera un color anaranjado.
La gente andaba en silencio hacia sus hogares con la esperanza de encontrarlos en pie.
—Esto es un infierno, Henry. Como sigan así mucho más, no nos dejarán ni un edificio en pie. —Evelyn se quedó inmóvil unos segundos en la salida del refugio contemplando toda la destrucción.
—Ya he visto demasiadas cosas romperse para creer que esta ciudad es eterna —Henry la apartó para dejar que el resto pudiera seguir saliendo —. Y si la destruyen por completo, la construiremos de nuevo.
Evelyn empezó a andar calle arriba a paso ligero, como queriendo alejarse del lugar seguida de cerca por Henry que se encendió un cigarrillo para quitarse de encima el olor a gasoil quemado y no redujeron la marcha hasta que no se encontraban a varias calles de distancia.
Parecían caminar sin rumbo, solo iban cruzando calles.
Él le pasó el brazo por encima de los hombros y ella parecía sentirse confortada de tenerle.
—Mi apartamento no está lejos de aquí. Decías antes que tenías hambre. Si quieres, podemos ir, creo que me queda algo de pastel de carne y un poco de cerveza. No es exactamente alta cocina —dijo—, pero llena el estómago y no mata… al menos no siempre.
—Qué romántico —Evelyn arqueó una ceja.
—Ya sabes que no me va la comida refinada —replicó él encogiéndose de hombros—. Si quieres champán, tendrás que casarte con el señorito Harrington tercero.
—Está bien, Henry, no te enfades. Era solo un poco de sarcasmo.
—No me enfado Evelyn, es solo que a veces tengo la sensación de que no te gusta lo que te ofrezco.
El contrato con el Ministerio de Defensa ha sido una gran oportunidad para la fábrica, y aunque solo sea un simple ingeniero industrial, sé que algún día podré prosperar allí.
Y eso me ha dado la oportunidad de quedarme en Londres y no tener que ir al frente.
—Y me alegro de que así sea. La preocupación que puedas notar en mí es por todo esto —señaló a un grupo de soldados que pasaron corriendo cerca —, porque las noticias en la radio no son esperanzadoras y no sabemos ni cómo ni cuándo terminará esta maldita guerra.
Y no, no tengo ningún problema con el pastel de carne y la cerveza.