La estirpe de Mitra Capítulo 1
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La estirpe de Mitra

La estirpe de Mitra

Por Ferran Mundo

© inepub.com

Capítulo 1

Llevaban más de dos años en guerra en el continente europeo y aquello parecía no tener final.

A lo largo de la historia todos los conflictos empezaban por alguien.

Una sola persona podía ser capaz de provocar que miles de humanos terminaran matándose en el frente, y siempre aparecía la misma pregunta: ¿también existiría una persona capaz de acabar lo que otra pudo empezar?

Evelyn Carter cerró el archivador con un golpe seco y se sacudió el polvo de las manos.

Recogió los documentos que había venido a buscar y volvió a su despacho.

La tarde avanzaba lenta y la luz del atardecer que entraba por los ventanales de la casa de subastas Harrington un sueldo bastante digno que le permitía vivir de forma independiente y que la faena de archivo y catalogación no le llevaba más de la mitad de la jornada y así tenía, de manera oculta, mucho tiempo libre para dedicarse a su gran afición.

En su segundo año en Cambridge, Evelyn descubrió una pasión por el descifrado de lenguas arcaicas basadas en sistemas icónicos o pictogramas.

Le recordaban a esos mensajes encriptados que se escribía con su hermano Robert para que sus padres no pudieran entenderlos.

La escritura cuneiforme sumeria o los jeroglíficos egipcios, que tanto veía en casa de su tío, fueron el detonante.

Pero al descubrir las culturas indoeuropeas de la zona de Anatolia quedó fascinada con sistemas de escritura como el Lu de los hititas del siglo XIV antes de Cristo y esas lenguas que podría decirse que fueron las primeras y más antiguas de la historia.

Cuando Whitmore cerró los portones de cristal tras de sí y se subió al coche, Evelyn se quedó sola con las cajas.

Eran tres, de madera robusta, con etiquetas recién pegadas.

Dentro, guardó unas piezas que unos clientes habían examinado esa misma tarde: un par de monedas romanas, un relicario medieval y un busto de mármol con la nariz rota.

Colocó las cajas en la carretilla y las empujó hasta el montacargas.

El ascensor chirrió; viejo y lento, mientras descendía al sótano.

Y allí, en el rellano, le esperaba la puerta blindada de la cámara acorazada.

La puerta de la cámara estanca de Harrington & Sons era un monstruo de acero, fabricado por Chubb en los años veinte.

Medía más de dos metros de alto y casi un metro de grosor, con bisagras ocultas y una rueda de combinación mecánica.

Cuando se giraba la rueda, los engranajes internos resonaban como un reloj gigante, liberando los pernos que mantenían sellada la entrada.

Era más que una puerta: era un muro entre el mundo exterior y los tesoros que aguardaban en la penumbra.

Evelyn giró la combinación con manos firmes, aunque siempre le producía un escalofrío esa sensación de encerrar secretos que no le pertenecían.

La cámara se abrió ante ella. Veinte metros de sala con estanterías repletas de cajas, etiquetas amarillentas y polvo acumulado en las esquinas. Era un cementerio de tesoros.

Aún no había dejado las cajas en su lugar cuando las luces parpadearon y, desde arriba, llegó el ulular de las sirenas.

Evelyn se sobresaltó. Cerró la compuerta con rapidez, giró la rueda y corrió al montacargas.

Miró el reloj de pulsera y vio que eran casi las cinco y media.

A esa hora vendría Henry a recogerla. Normalmente trabajaba hasta tarde, era comercial de una empresa de recambios para barcos de todo tipo.

Pero hoy no era un martes cualquiera, había conseguido un trato muy bueno (o eso le dijo por teléfono) y le habían dejado terminar antes.

Así que podía pasar a recogerla al salir del trabajo.

El ascensor subió con una lentitud exasperante.

Cuando por fin salió al pasillo, vio la entrada acristalada y, tras ella, a Henry igualmente nervioso por las sirenas que aullaban por toda la ciudad.

Ella le hizo un gesto de aprobación mientras corría a su despacho para coger el bolso y el abrigo para ir hacia la salida.

Justo cuando abría la puerta una explosión sacudió el edificio. Los cristales vibraron como si fueran a estallar, pero resistieron.