La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 38. Imogen #2
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38. Imogen #2

—Quédate conmigo, por favor. —No quería guardar las distancias con él, no después de todo lo que había pasado.

Él inclinó la cabeza y, tan pronto como me aparté para dejarle espacio en la cama, se sentó a mi lado y me rodeó los hombros con un brazo para pegarme a su cuerpo.

—Por supuesto —farfulló contra mi pelo—. No volveré a apartarme de tu lado.

El barco crujió. El cielo estaba despejado y el aire salado flotaba por el camarote mientras el mar nos mecía y nos arrullaba.

Habría dado lo que fuera por que sus palabras me tranquilizaran.

«No volveré a apartarme de tu lado». Sin embargo, parecían ser más un deseo que una certeza.

Me acurruqué contra su costado, agradecida por poder disfrutar del presente con él, y me centré en los intensos latidos de su corazón.

—¿Ascenderán a Halla al trono imperial? —pregunté por fin.

—Eso parece. Aunque Nivala no llegó a nombrarla su heredera, la corte la adora.

—La preocupación hizo que las palabras se le atragantaran—.

Nos marchamos de la fortaleza tan pronto como te encontramos.

Exigí que te trajeran al Eleuthios enseguida para poder atenderte en condiciones.

Los guardias obelinos que acudieron como emisarios a hablar con nosotros me comentaron que Halla…

, que estuvo…, que pasó toda la noche en aquella cámara…

, junto al cadáver de Eusia. Les pedí que le comunicaran mi deseo de anular el matrimonio.

—Me acarició el brazo de arriba abajo—.

A la mañana siguiente, vino ella misma a buscarme al muelle y se ofreció a colaborar a cambio de que…

Levanté la vista para mirarlo, y él se movió incómodo.

—¿Qué quería?

—Uno de nuestros libros de magia —admitió rehuyendo mi mirada.

Estiré un poco más el cuello y lo observé con indignación.

—Espero que no…

—No. —Encontró mi expresión iracunda—.

Como yo ya los había leído todos, decidí darle el libro que más inofensivo me pareció.

—Pese a que trataba de tranquilizarme, parecía preocupado—.

Uno que contenía hechizos sanadores, para facilitar los partos y cosas así.

—Carraspeó—. También hay unos cuantos escritos en el mismo idioma que el hechizo letal.

Una lengua que yo nunca había visto, una que Eusia conocía.

Un mal presentimiento me formó un nudo en la garganta.

Estaba lo bastante familiarizada con la magia como para saber que esta nunca era inofensiva.

Y, ahora que Halla tenía un libro como aquel en su poder, me aterrorizaba pensar qué clase de magia engendraría cuando aquellos hechizos se mezclaran con su pena, su rabia y su desesperación.

Cambié de posición para intentar tranquilizarme.

—¿Crees que le habrá dolido… separarse de ti?

—Ninguno de los dos sentíamos nada por el otro, Imogen —dijo con una carcajada amarga—. Nuestra unión representaba la peor cara del deber. —Movió los labios justo por encima de mi oreja—. Creo que a ambos nos alegra haber tomado caminos separados.

—No creo que desaparezca de nuestras vidas sin más, Theo. —Encontré sus ojos verdes—. Ahora ya sabe que somos hermanas. Y está tan enfadada…

—Lo sé, lo sé. —Se volvió para mirarme de frente—. Ya nos encargaremos de ella llegado el momento…, pero, por ahora, necesitas descansar de tanta lucha. —El barco sufrió una profunda sacudida que me pegó más contra él. Me besó la sien—. Y supongo que también necesitas comer algo.

—Pues sí —susurré a la vez que él me daba un delicadísimo beso sobre el párpado.

—Y un baño. —Otro beso en la mejilla. Lo sentí sonreír—. Y una bacinilla.

Ahogué una risa.

—Sí y sí.

Cuando bajó la vista para mirarme, el tiempo se detuvo.

Creí que iba a besarme y, pese al estado en el que me encontraba, estaba deseando que lo hiciera.

Sin embargo, su espectacular ejercicio de autocontrol le ganó de nuevo la partida.

Cuando se levantó de la cama, dejé escapar un diminuto quejido de frustración.

La lenta sonrisa que me ofreció entonces dejó su hoyuelo y todo tipo de fogosas promesas al descubierto. Se inclinó hacia mí y apoyó los puños sobre el colchón, justo al lado de mis caderas. Bajó tanto la voz que la sentí como una vibración corriendo por mi cuerpo.

—Pronto, Immy.

Dicho aquello, salió del camarote dando unas largas y decididas zancadas.

Regresó antes de que la pálida luz del sol de la mañana adquiriera un tono más dorado, acompañado de sirvientes que entraron cargados con platos de comida y calentaron agua para un baño.

Durante horas, comimos, hablamos y reímos.

Después de bebernos una jarra entera de vino entre los dos, me eché a llorar.

Entonces, cuando el sol por fin comenzaba a ocultarse tras la línea del horizonte y nos bañaba con su luz ambarina, acabamos en el canapé.

Yo tenía las piernas sobre su regazo y él, la mano en mi muslo.

Di un trago de vino y dejé que el silencio nos envolviera cómodamente, igual que el aire en una noche cálida. Cada vez que el barco cabeceaba, la luz del farol dibujaba sombras sobre sus facciones.

Nos contemplamos el uno al otro en silencio hasta que Theodore empezó a masajearme el muslo con cuidado, justo por encima de la rodilla.

Después de haberme dado un baño, solo me había puesto una camisola y una de sus batas, así que notaba su mano tan caliente como el fuego a través de las finas capas de ropa.

—¿Y ahora qué va a pasar? —le susurré.

A juzgar por su expresión, había entendido perfectamente la connotación y el peso de aquella pregunta.

Los dos teníamos un reino que dirigir y poner en orden; ambos estábamos cansados y conmocionados después de todo lo que habíamos visto y hecho.

Y lo más importante de todo: ninguno de los dos había encontrado la manera de estar juntos como queríamos.

Habíamos llegado a la cima de la montaña, pero el descenso iba a resultar ser tan complicado como el ascenso.

Theo continuó masajeándome el muslo considerando su respuesta casi como si estuviera sumido en un trance.

—Bueno, supongo que podríamos dejar algunos pergaminos en blanco sobre la mesa y trazar un plan.

Redactar la sentencia de Eftan, reorganizar a los miembros de mi consejo, disponer tu regreso a Seraf…

—Apretó sus labios gruesos y definidos mientras pensaba—.

Pero…, como todavía quedan unos cuantos días de viaje antes de llegar a Varya y todavía no soy capaz de lidiar con la idea de separarme de ti de nuevo, también podría besarte muy despacio…

—dejó que sus dedos treparan por mi pierna, por mi muslo, y se detuvo antes de alcanzar mi centro— justo… aquí. Tú decides.

El corazón me aporreaba las costillas.

—Prefiero la segunda opción —dije sin aliento—, gracias.

Una de las comisuras de su boca se curvó.

—Bien. —Me dio unos golpecitos en la cadera—. Levántate la ropa, cielo.

Fue una orden tan arrogante y perezosa, tan digna de un rey y opuesta a la abrasadora chispa de deseo que brillaba en sus ojos, que no pude evitar sonreír de oreja a oreja y obedecerlo tan despacio como pude.

Se le dilataron las pupilas cuando el bajo de la camisola superó mis rodillas y se le entreabrieron los labios cuando quedó arrugada junto a la bata por encima de mis caderas.

—Dioses.

Me recorrió con la mirada deliberadamente, sin pudor alguno, pero, cuando por fin me tocó, lo hizo acariciándome el tobillo con la mayor delicadeza del mundo.

Su contacto al subir por mi pantorrilla hasta la parte de atrás de mi rodilla fue tan suave como la seda, como un susurro.

Se bajó del canapé para quedar arrodillado ante mí y me depositó un beso en el interior del muslo. Su aliento me calentó la piel.

—Mírame.

Pese a lo rápido que me latía el corazón contra el pecho, a la forma en que mi sangre se acumulaba en un punto muy concreto de mi cuerpo y a lo mucho que me pesaban los párpados, me obligué a abrir los ojos y a encontrar su mirada.

Theodore era todo respiraciones aceleradas y movimientos ardientes y decididos.

—¿Todavía piensas lo mismo que la última vez que hablamos?

Sobre ser reina. Me quedé muy quieta. Quería decirle que con él me veía capaz incluso de flotar. Que me hacía sentir imparable, insondable, pero temía (sospechaba) que una corona y un reino me harían sentir atrapada. Se convertirían en una jaula. Pero no dije nada, sino que me limité a asentir.

Su expresión se suavizó y, aunque no supe interpretarla del todo, en ella no vi tristeza ni desesperanza.

Mi respuesta no le había hecho daño. Me acarició el interior del muslo con la mejilla, justo donde había prometido besarme.

Me rozó la parte superior del muslo con sus labios suaves y cálidos antes de separarme más las piernas.

—Muy bien.

Su respuesta fue tranquila, directa y sencilla, pues no se comprometía ni se negaba a nada. Pero su expresión, la seguridad y el sofocante deseo que desprendía…

Por primera vez en mi vida, me sentía lo bastante segura como para permitirme albergar ciertas esperanzas. Lo bastante valiente como para soñar.

Habíamos logrado no demostrarle piedad alguna a un monstruo irreductible. Habíamos logrado algo imposible.

Tal vez pudiéramos hacerlo de nuevo.