EPÍLOGO. Imogen
EPÍLOGO
Imogen
Un año más tarde
N o se sabía muy bien cuándo había ocurrido, pero alrededor de medio año después de que Eusia hubiera muerto, Rohana, la maga sibila de Varya, había desaparecido.
No habían encontrado ningún cuerpo; tampoco rastro alguno de violencia o pruebas que incitaran a pensar que se había fugado.
A principios del invierno, la esposa de un joven pescador había acudido a la maga una mañana para pedirle una profecía para su recién nacido y se había encontrado su choza destartalada vacía, nada más.
Cuando me enteré de la noticia, me la imaginé perdiéndose en el mar.
Esperaba que simplemente se hubiera cansado de la vida que llevaba y se hubiera marchado para vivir sus últimos días en paz, harta de que la magia la consumiera.
Pero la sensación pesada e intensa que me atenazaba las entrañas me empujaba a pensar que no era eso lo que había ocurrido.
Tras pasar un tiempo sin lanzar hechizos, mis visiones amainaron hasta volverse esporádicas, pero tenía sueños muy intensos.
Sueños extraños y coloridos… En algunos había visto a Rohana agazapada en medio de un campo nevado o a Halla rondando alrededor del estanque vacío de Eusia.
Me había despertado con dolor detrás de los ojos y un nudo en el corazón esperando, rezando para que las cosas que veía no fueran más que eso… , sueños.
Abrí la puerta de la choza abandonada de Rohana y dejé que el aire salado entrara antes que yo. Cada vez que iba a aquel lugar pensaba en la profecía que me había confiado, en todos los detalles que había acertado.
Muchas cosas habían encontrado su final en mi estela. Muchas cosas habían acabado naufragando.
Llevaba ya cuatro meses en Varya y, en ese tiempo, había retirado todas las enredaderas muertas que cubrían el hogar de la maga sibila.
Había barrido el suelo y apilado todos los huesos que lo plagaban junto al mar, en la orilla de la diminuta isla.
Al principio, pensé en pedirle a una ola que los engullera y arrastrara la choza a las profundidades.
Pensé en lanzar un hechizo para encontrar a Rohana donde quiera que hubiera ido.
Pero los varianos habían seguido acudiendo a los islotes sagrados en busca de ayuda, consejo y atención.
Y, cuando se había corrido la voz de que la hija de la gran diosa Ligea se había asentado en una pequeña casita camino arriba, cerca de la choza de la maga sibila, habían empezado a venir a visitarme a mí.
Todos se habían enterado de lo que había hecho.
De que había neutralizado la amenaza de las nekgya y había sanado las aguas.
Que había viajado hasta Antemusa y había erradicado la enfermedad que asolaba la tierra.
Que había renunciado al trono de Seraf y Antemusa y que, después de mucha oposición y muchas disputas, había ayudado a los serafíes a formar su propio gobierno.
Volqué un cubo de agua sobre el suelo de la parte trasera de la choza de Rohana, me arrodillé y me dispuse a frotar la piedra sucia.
No esperaba dejarla limpia del todo, pero había algo catártico en aquella tarea, en retirar la suciedad sin pensar en nada más.
Entre los huesos, había encontrado montones de joyas de oro y plata con gemas engastadas, así como frasquitos que habían quedado vacíos hacía ya mucho tiempo.
También había retirado los tablones que cubrían la única ventana de la estructura para que el aire entrara por los agujeros abiertos en sus cristales.
Según la ley leucosiana, las magas sibilas deben vincularse a su hogar como parte de su servicio.
Yo no sabía muy bien en qué consistía ese proceso, pero tampoco me interesaba saberlo.
Por el momento, me contentaba con limpiar la casa, dejar entrar la luz en ella y ofrecer toda la ayuda que pudiera a quienes la necesitaran.
Froté y froté hasta que el ambiente que se respiraba en la pequeña choza se volvió repentinamente asfixiante, como si las paredes reclamaran mi atención.
Levanté la vista para mirar por el umbral de la puerta a la playa de arena negra que se extendía al otro lado de la estrecha lengua de mar que aislaba el islote.
Allí había una mujer joven, con los pies metidos en el agua.
Igual que Rohana había hecho cuando yo había acudido a ella en busca de ayuda, les pedí a las olas que se retiraran.
Seguí restregando el suelo hasta que la mujer apareció en la puerta y carraspeó.
—¿Mi diosa?
Tenía el cabello castaño salpicado de hebras doradas y los ojos de color verde claro muy abiertos por culpa de su nerviosa fascinación.
—Llámame Imogen si no te importa.
Hizo una rápida reverencia.
—Me dijeron que tal vez vos podríais ayudarme. Veréis, llevo semanas sintiéndome indispuesta y mi mujer ha estado teniendo que encargarse sola de la granja desde que estoy en cama. La maga sibila solía prepararme un brebaje, pero ahora que ya no está…, pues…
—Ya veo.
Dejé el cepillo con el que había estado limpiando dentro del cubo y le hice un gesto con la mano para invitarla a entrar. Se detuvo ante la pila de piedra negra tallada en el mismísimo centro de la choza, y reparé en que el terror se adueñaba de su rostro redondo.
—No necesito ni tu sangre ni tu carne —la tranquilicé—. No soy experta en pócimas y recurro a la magia lo mínimo posible.
—¡Ah! —Dejó volar la mirada entre la pila y yo—. La maga solo me preparaba algo de nepente, mi diosa. Creo que mezclaba unas cuantas hierbas. Sabía a artemisa y romero.
—¿Y te cobraba en carne por ello?
Me volví hacia la modesta colección de frasquitos que había ordenado contra una pared y seleccioné una botella de aceite de nepente, otra de romero y otra de artemisa.
—Así es. —El miedo en sus ojos había desaparecido—. Solo la corona…, eh, o el gobierno, tiene permitido preparar nepente, ¿sabéis? En otras circunstancias, me lo habría preparado yo misma.
—Vaya, pues tal vez debamos ponerle remedio a eso.
Ella asintió con nerviosismo, pero bajó la vista a la pila para contemplar fascinada cómo se llenaba de agua de mar por petición mía antes de verter en ella el aceite y las hierbas.
—Disculpadme, pero ¿por qué no necesitáis un pago en carne como Rohana? —preguntó tímidamente.
—Rohana era una sirena, pero no tenía mucho poder. Utilizaba la magia para amplificar su control sobre el mar. Para pedirle al agua que se introdujera en esta pila, necesitaba lanzar un hechizo. Recurrir a la magia. Y la magia requiere un sustento.
Me ofreció una pequeña sonrisa.
—Entonces, es como si estuvierais hecha para esto, ¿no os parece? Vos sois capaz de doblegar el mar sin sacrificaros. Debe de ser de lo más gratificante poder ofrecer ayuda sin destruirse a una misma.
Una sonrisa suave curvó mis labios al oírla. Llené una botellita limpia con la pócima que había preparado.
—Pues sí. —Le puse un tapón y le ofrecí el frasco—. Muy pronto, el mejor sanador de Leucosia vivirá camino arriba, en la casita azul que hay en medio del viñedo. Pásate por allí y tal vez él pueda servirte de más ayuda que yo.
La mujer hizo otra reverencia, estupefacta.
—Gracias, mi diosa. ¿Qué os debo?
—Nada de nada —dije negando con la cabeza.
Cuando regresé a mi casa, el cielo estaba salpicado de tonos rosas y morados.
Al llegar, me encontré una pila de leña pulcramente apilada junto a la puerta de la valla.
Hector había tomado la costumbre de reabastecerme cada semana, pues decía que los vecinos tenían que ayudarse siempre que podían.
Había pasado los últimos cuatro meses sentándome a la mesa con Antonia y él y ayudando a Agatha a instalarse en una nueva casita un poco más adelante.
Lachlan había estado yendo y viniendo entre la capital y su nuevo hogar siempre que había sido necesario, pero hacía poco que había aceptado un puesto de mando en la brigada del norte, lo cual le permitía pasar más tiempo con Agatha.
Cerré la valla a mi espalda y recorrí el estrecho camino que conducía hasta mi destartalada casita. Me detuve. En el claro que se abría ante ella había un carromato sin caballos que no me resultaba familiar. Y la puerta de mi casa estaba entreabierta.
Me dio un vuelco el corazón y aquella vieja sensación de alarma a la que tan acostumbrada había estado antaño volvió a embargarme.
Cogí la daga que colgaba de mi cadera y me abrí camino por el viñedo tratando de mantenerme oculta.
Me bastaba con agazaparme para pasar desapercibida, pero avancé despacio, en silencio, hasta que llegué al lateral del edificio.
Continué a hurtadillas hasta el carromato y me asomé dentro.
Estaba casi vacío salvo por un pequeño baúl con una caja de palisandro, unos cuantos libros y un cuadernillo azul con los bordes doblados.
El corazón continuó latiéndome a toda prisa, pero el nudo de nervios que me retorcía el vientre se aflojó.
Dejé la daga y cogí el cuaderno, que estaba lleno de bocetos a carboncillo algo mediocres: un cuenco de uvas, un cáliz de cristal tallado, el Eleuthios.
Una amplia sonrisa se extendió por mi rostro cuando levanté la vista a la puerta abierta. Entré corriendo y me detuve en seco.
Allí estaba, echando más leña al fuego. Llevaba sus ropas de viaje, las mismas que había vestido cuando habíamos viajado al norte juntos por primera vez: una camisa de lino marrón y unos pantalones desgastados de un tono más oscuro. Se incorporó y se sacudió las manos para quitarse el hollín.
—Has llegado pronto —dije sin aliento.
Theodore giró sobre los talones.
—Dioses santos. —Se llevó una mano al pecho con una repentina expresión alterada—. Sí, así es. —Se quedó donde estaba. Ninguno de los dos nos movimos, sino que nos quedamos mirándonos el uno al otro—. Espero que hagas esto cada vez que te mire…
—¿El qué? —susurré.
—Dejarme sin aliento.
Sonreí y continué mirándolo, incapaz de creer ni aceptar del todo la suerte que tenía.
—El barco atracó hace tres días —dijo por fin—. Las reuniones con los dirigentes de las otras islas han ido bien. Me marché tan pronto como puse al día a los nuevos miembros del parlamento.
El fuego crepitó a su espalda. Había baúles llenos de sus pertenencias apilados contra las paredes.
—Pero todavía quedan cosas por hacer, ¿no? —le pregunté, abrumada por la incredulidad—. Procesos que supervisar, papeles que firmar y planes que trazar antes de las elecciones.
Él asintió.
—Todas esas tareas se pueden hacer desde aquí. O delegarlas en otros. —Una media sonrisa se adueñó de sus labios—. Ya no soy rey, Imogen. Genevreer ya no es mi hogar. —Hizo una pausa para tragarse la emoción—. Así que, por primera vez en mi vida, puedo hacer lo que me plazca.
Dio un paso hacia mí con cada palabra. Una sonrisa arrebatadora se extendió por su rostro. La habitación principal de la casa era espaciosa y fresca y quedaba envuelta en sombras al atardecer, pero Theodore pareció bañar hasta el último recoveco con su cálido y suave brillo.
Cuando llegó a mi altura, me rodeó la cintura con un brazo y me enterró la mano libre en los mechones de la nuca.
—Y lo que quiero hacer ahora, Imogen, es casarme contigo. —Muy despacio, agachó la cabeza para que su boca quedara a la altura de la mía sin que llegaran a rozarse—. ¿Qué me dices?
Me sentía como si mi cuerpo hubiera prendido fuego.
Lo notaba incandescente, saturado por la dulzura de la sorpresa.
Salvé la distancia que nos separaba a toda prisa para que nuestros labios se encontraran.
Dejé que la firmeza de su cuerpo, la suavidad de sus besos, su arrebatador aroma y las sensaciones que me transmitía me embargaran.
Aquel era el primer beso que compartíamos que podía disfrutar sin preocuparme por si era el último.
Me rozó el labio con los dientes cuando por fin nos separamos.
El canto de los pájaros que se colaba por la puerta todavía abierta nos arrullaba mientras el calor del fuego comenzaba a inundar la estancia.
Lo cogí de la mano y lo conduje hasta la chimenea.
Él me observó con una mezcla de añoranza y fascinación en la mirada cuando me arrodillé y levanté la vista para mirarlo.
Una vez me había dicho que amarme no era el final, sino el principio de todo. Sin embargo, no había estado por completo en lo cierto, pues muchas cosas habían tenido que terminar (apagarse, morir y desmoronarse) para que algo nuevo hubiera dado comienzo.
Una sonrisa le marcó el hoyuelo de la mejilla cuando se dejó caer de rodillas ante mí y desenvainó su daga.
—Ante el fuego.
Extendí una mano con la palma hacia arriba para ofrecérsela sin reservas.
—Igual que la primera vez.