La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 38. Imogen
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38. Imogen

Imogen

F lotaba en un fresco mar centelleante con los ojos cerrados y las fuerzas recuperadas.

El sol me calentaba el rostro y mi pelo flotaba a mi alrededor como una amplia aureola oscura.

El agua cristalina estaba desierta. Al extender mi poder hacia el fondo, no encontré nada más a lo que anclarlo que al agua.

Como debe ser, pensé. Perfecto.

Abrí los ojos y contemplé maravillada el cielo azul y brillante.

Dejé que mis brazos flotaran a cada lado de mi cuerpo y que la superficie me acunara.

Después de todo lo vivido, ya sabía diferenciar bien las visiones de los sueños, y aquello era lo segundo.

El cielo tenía un color demasiado intenso, el mar permanecía demasiado tranquilo y yo me encontraba demasiado bien.

Sin embargo, eso no me impidió disfrutar todo lo posible del contacto del agua, del calor del sol y de la suave caricia del aire sobre mi piel mojada. Me deleité en todas aquellas sensaciones, las saboreé con la desesperación que se vierte al intercambiar un último adiós con un ser amado.

Sabía que no tardaría en recibir un golpe de realidad.

Lo primero que vi al abrir mis ojos hinchados fue a Agatha.

Estaba recostada en el canapé del camarote de Theodore, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos y el vestido de seda azul cayendo como una cascada iluminada por el sol.

En el suelo, con la espalda apoyada contra ese mismo canapé, Lachlan le sacaba brillo con un paño a una pieza de su armadura dorada.

Agatha jugueteaba distraída con la parte de atrás del cuello de su camisa.

El Eleuthios se mecía sobre el mar tranquilo y la brisa salada que entraba por las ventanas abiertas refrescaba la cama en la que estaba tumbada.

Parpadeé, completamente desorientada. En el aire, en mis amigos, se respiraba una excesiva tranquilidad.

Incluso el dolor lo sentía amortiguado, superficial. Cerré los ojos de nuevo y enterré la mejilla en la almohada, que olía a jabón de vetiver, a tierra, a luz y al dulce y sutil aroma de las flores de las enredaderas varianas.

Olía a Theo.

Volví a centrar mi atención en mis amigos y ahora Lach me estaba mirando con un brillo burlón en los ojos. Esbozó una mueca poco entusiasta.

—Sigues teniendo una pinta horrible, Imogen —dijo ofreciéndome una sonrisa traviesa.

Agatha ahogó una exclamación y me miró. En sus ojos marrones se apreciaba una chispa de esperanza.

—¡Qué dices! —le espetó dándole una colleja antes de levantarse rápidamente del canapé—. Está mucho mejor.

Lachlan sonrió y dejó la armadura a un lado.

—Cualquiera tendría mejor aspecto después de rezumar sangre negra.

Agatha le lanzó el libro que había estado leyendo y corrió a mi lado.

—No le hagas caso. —Se sentó al borde de la cama y me acercó un vaso de agua a los labios secos—. ¿Cómo te encuentras?

Me incorporé un poco.

—Hum.

Di un sorbito, hice un balance de mi situación y me estremecí al notar una profunda punzada de dolor en el hombro…, justo donde había estado mi ala. Se me entrecortó la respiración.

—Dolorida.

—Ahora mismo vuelvo —dijo Lachlan de camino a la puerta.

Agatha le sonrió por encima del hombro y luego me cogió la mano.

—He matado a Eusia —dijo a toda prisa, como si no pudiera contenerse. Se encogió de hombros—. Bueno, supongo que fue un esfuerzo conjunto. Pero el hechizo que lancé… —se las arregló para esbozar una sonrisa todavía más grande— funcionó.

Me quedé muda de asombro mientras mis recuerdos resurgían poco a poco, pero le devolví una sonrisa igual de amplia.

Nunca la había visto así. La felicidad de Agatha siempre había sido frágil y superficial, como un delgado manto alrededor de sus hombros, pero ahora su dicha manaba de lo más profundo de su ser.

—Estás contenta. —Cerré los ojos con una sonrisa todavía en los labios—. Bien. Te voy a echar de menos, pero es fantástico que…

—¿Qué dices? —Frunció el ceño—. ¿Por qué carámbanos me ibas a echar de menos?

—Porque tienes a Lach…

—¿Y a dónde voy a ir cuando necesite descansar un poco de él?

¿Dónde dormiré cuando él no esté o cuando hayamos discutido?

—Su expresión se suavizó—. Mi vida no estará completa sin ti, Imogen, así que no vamos a perder el contacto y no vas a echarme de menos.

—Me dio una palmadita en la mano como si hubiéramos hecho un pacto—. Lachlan tendrá que aceptarlo.

Solo pude asentir; el nudo que me habían formado las lágrimas en la garganta me impedía hablar.

Agatha se incorporó apresuradamente y se alisó la falda de forma metódica.

—Has pasado tres días inconsciente, pero sigues algo pálida, así que lo mejor será que permanezcas en cama. Todavía quedan dos o tres días para que lleguemos a puerto…

La puerta del camarote se abrió de par en par con una sacudida tan violenta que temí que los cristales de la vidriera se rompieran.

Theodore entró y se detuvo en seco ante el umbral.

Llevaba el sombrero bien calado y tenía aspecto de haber estado expuesto al azote del viento, con las mejillas sonrojadas y el pelo salpicado de gotitas de agua.

Me contempló con mirada ferviente desde la sombra del ala de su sombrero.

Me senté un poco más recta en la cama, con el corazón de pronto encogido al verlo.

Agatha se recogió la falda con una mano.

—Os dejo a solas…

Hizo una media reverencia apresurada ante Theodore antes de salir del camarote y cerrar la puerta a su espalda.

Él, por su parte, permaneció inmóvil como una estatua mientras me recorría con la mirada para comprobar cómo me encontraba. Una vez que hubo quedado satisfecho, se quitó el sombrero de tres puntas. Lo vi tragar saliva con fuerza.

—Hola, preciosa —dijo con voz profunda y débil.

—Hola.

—Estamos, eeeh…, a tan solo unos días de Varya.

—Eso me ha dicho Agatha —señalé con un asentimiento, que enseguida me devolvió.

—Cuando lleguemos…, he pensado que… —Se pasó una mano por el pelo en actitud incómoda—.

He pensado que podríamos prepararles un banquete de boda a Lachlan y a Agatha como muestra de agradecimiento.

Yo creo que se lo merecen. —Hablaba con voz ronca al intentar mantener una conversación despreocupada, pero su mirada era tan ardiente y directa que me hizo estremecer.

Jugueteé con el cordón del camisón que llevaba puesto.

—Es una idea encantadora —dije con suavidad.

Theodore dejó el sombrero sobre el respaldo del canapé y se acercó despacio a los pies de la cama. Le brillaban los ojos.

—Me alegro por ellos. Por su unión… —Se le formó una arruguita entre las cejas oscuras. Nunca lo había visto mostrarse tan… inseguro. Tan tímido. Se agarró a uno de los postes de la cama—. Yo, por mi parte…

Ambos parecíamos estar conteniendo el aliento. Me obligué a tomar aire. Y a soltarlo.

—¿Qué?

Señaló la cama para pedir permiso antes de sentarse. Asentí, y se movió con determinación, como si cada paso le supusiera un gran esfuerzo. Cuando se sentó, mantuvo las distancias con mis pies y dejó las manos sobre las rodillas.

Su devastadora mirada encontró la mía.

—Yo, por mi parte, he conseguido la anulación de mi matrimonio, si es que se le podía llamar así.

Un quedo sonido de sorpresa escapó de mi interior.

—¿En serio? —Me ofreció un pequeño asentimiento que hizo que un mechón de pelo se meciera sobre su frente.

Me dieron ganas de enroscármelo en torno al dedo—.

Entonces, ¿ha sido volver a la soltería después de haber estado casado dos veces lo que te ha convertido en un hombre tímido y balbuceante con un impresionante control de sí mismo?

Solo le estaba tomando un poco el pelo, pero tanto su actitud como su mirada se ensombrecieron.

—Me comporto así porque, de lo contrario, te quitaré esas sábanas de encima, te desnudaré y te devoraré hasta que pierdas el sentido del tiempo, del espacio e incluso de tu propio cuerpo.

—Apretó los puños sobre las rodillas—.

Pero no te encuentras en condiciones… todavía.

Así que aquí me voy a quedar. Con las manos quietecitas.

Cerré los ojos mientras el deseo me embestía como una ola.

—Entiendo. —Abrí los ojos y me agarré con fuerza a las sábanas—. Entonces, ¿qué tal si me pones al día de lo que me he ­perdido?

Theodore carraspeó y trató de recostarse con actitud despreocupada contra el poste de la cama para que pudiéramos mirarnos más directamente a la cara. Sin embargo, un segundo más tarde, se puso de pie.

—Creo que caminaré por el camarote… mientras te lo cuento.

La sonrisa que le ofrecí a modo de respuesta hizo que se detuviera y se llevara una mano al pecho, como si le doliera el corazón.

—¿Qué es lo que recuerdas? —preguntó con cautela.

Una intensa incomodidad me embargó al zambullirme en los recuerdos que comenzaban a reflotar en mi mente.

—Recuerdo que Halla lanzó un hechizo contra su madre. Recuerdo ver morir a Eusia y a Halla sosteniéndola entre sus brazos. —Un vacío se abrió en mi vientre y se me rompió la voz—. Recuerdo a Aleka… Mi ala…

Se acercó a mí sin pensárselo dos veces para arrodillarse junto a la cama y acunar mi rostro entre sus cálidas manos. Me limpió las lágrimas con los pulgares tan pronto como escaparon raudas de mis ojos.

—Shhh —dijo con los labios pegados a mi frente—. Lo siento, Immy. Lo siento muchísimo. Intenté curarte, pero… no… no fui capaz… Solo pude cerrarte la herida. Perdiste mucha sangre.

El efecto devastador de sus palabras era puramente especulativo. Fue como si hubiera quedado colgando sobre mí y no supiera cuándo caería. Asentí agradecida y giré el rostro para darle un beso en la palma de la mano.

—¿De verdad… de verdad ha matado Halla a su madre? —le pregunté entre sollozos.

Theo asintió.

—Y Agatha lanzó el hechizo que acabó con Eusia. Debiste de tomar la pócima de la escisión justo en el momento preciso. Después del hechizo, con vuestro vínculo roto, a Eusia ya no le quedaba nada con lo que sustentarse.

Cuando mis lágrimas cesaron, él trató de incorporarse de nuevo, pero yo me aferré a sus muñecas.