La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 37. Imogen #2
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37. Imogen #2

Yo conocía el sufrimiento tan bien como mi propia alma, por lo que no me costó identificarlo en ella. Retorcía su terrorífico rostro y le hundía el pecho hueco. Esbocé una lenta sonrisa triunfal.

—No puedes entregármela, porque ya es mía.

Me acerqué el frasquito de la pócima a los labios e hice una pausa. Por encima de nosotras, amortiguados por la madera, la distancia y la sangre que me tronaba en los oídos, escuché nuevos golpes y gritos, aunque no distinguía las palabras ni lograba identificar a quién le pertenecía cada voz.

Eusia levantó la cabeza en dirección al ruido antes de volver a posar su atención en mí.

—Halla. —El pánico impregnaba su voz—. Mi queridísima Halla, mete a Imogen en el estanque.

La joven tenía el rostro más pálido de lo normal.

—Sí —susurró—, por supuesto.

Sin embargo, cuando se levantó para venir a por mí, se tambaleó y tuvo que agarrarse a la pared para no caerse al suelo. Eusia ladeó la cabeza mientras la observaba y entonces entornó sus ojos blancos y se quedó tan quieta como una estatua.

—¿Quién te ha enseñado ese hechizo letal, chiquilla? —le preguntó en un violento siseo.

Halla se detuvo en seco, recostó todo el peso de su cuerpo contra la pared y respiró hondo.

—Yo no…

—No me mientas. Yo misma dejé ese hechizo por escrito hace tiempo. Hace cientos de años. —Eusia salió del estanque y el agua espesa le cayó por las piernas fusionadas y cubiertas de escamas—. Lo noto en el aire. ¿Quién te…?

Halla me miró y bajó la cabeza.

—Fui yo —dije antes de meterme la poción en la boca y luchar por tragármela pese a lo rápido que me obstruyó la garganta.

—¡Imogen, no! —bramó Eusia.

Me incorporé apoyándome en una cadera, temblando. Me daba vueltas la cabeza y empezaba a fallarme la vista.

—Somos… diferentes, Eusia. Yo tengo el poder que siempre… has codiciado. Pero renunciaré a él… con tal de… mantener el reino… a salvo de ti.

Eusia se volvió hacia Halla.

—Tráela aquí ya.

Pero ella se había dejado caer al suelo de rodillas. La túnica la envolvía como si su carne se estuviera derritiendo ahora que el hechizo que había lanzado, el hechizo letal, por fin se cobraba su deuda. Arqueó la espalda y se llevó las manos a los ojos.

Yo mantuve mi atención puesta en Eusia.

—¿Recuerdas la… profecía de Rohana? —Tosí y respiré entrecortadamente—.

Veo un vínculo… forjado, forjado, forjado…

—Me costaba hablar, pero pensé en los vínculos que habían influido en mi vida—.

Tres son los vínculos forjados con sangre que me he…

encargado de romper. El mío con Theo. El tuyo con mi madre.

—Tomé una corta y dolorosa bocanada de aire—. Y ahora… el nuestro.

Halla se retorcía y gimoteaba con voz rota junto al estanque. La piel alrededor de sus ojos había adquirido un tono rojo intenso, pero seguía arrastrándose hacia mí, como si fuera a poder impedir lo que había hecho.

Sostuve la mirada de Eusia, que intentaba acercarse arañando el suelo con la boca retorcida en una mueca desagradable. Era tan pequeña, tan espantosa, que sentí el impulso de retroceder asustada al verla reptar enloquecida por el suelo, pero no me moví.

Ya no había nada que temer.

Luchó por llegar hasta mí mientras la pócima se extendía por mi interior.

Notaba los ojos y los labios húmedos; mi cuerpo ya había comenzado a purgarse de la sangre negra.

Igual que la vez anterior, la poción se espesó y se abrió paso hasta el espacio que ocupaba el vínculo en mi vientre.

Pese al dolor que me asfixiaba, una sensación de paz se adueñó de mí, pues sabía que estaba funcionando, que la pócima estaba deshaciendo la conexión que compartíamos.

Aun así, como no lograra extirpar su presencia de mi sangre pronto… , yo también desaparecería.

Un aliento escapó entre mis labios y la tensión que me agarrotaba los músculos se liberó. Me dejé caer al suelo.

Mientras Eusia farfullaba una retahíla de súplicas, sufrió una repentina sacudida. Aquellas gruesas venas blancas la sacaron del agua y volvieron a sumergirla, como si se estremecieran incómodas.

—Halla…, ¿a quién…? —Su rostro se retorció en una mueca—. ¿A quién le has lanzado la maldición?

Se agazapó contra la pared con los dedos enterrados en el pelo. Yo sabía lo mucho que debía de arderle el cuero cabelludo.

—He maldecido… —empezó a decir con la voz todavía ronca por el hechizo antes de que una tos la interrumpiera— a mi madre.

Fui testigo de lo que sucedió a continuación desencajada y conmocionada.

Desde arriba se oyeron golpes y gritos y un profundo aullido brotó del pecho hueco de Eusia, que se retorció y chapoteó en el agua como si tratara de aferrarse a un amarre invisible.

Sus sollozos me pusieron los pelos de punta antes de ver que se quedaba rígida de golpe y se derrumbaba por completo.

Su rostro, que hasta ese momento también había permanecido en tensión, quedó laxo.

Halla se acercó a ella con torpeza, farfullando la palabra «no» una y otra vez, pero, justo antes de llegar a su lado, el orbe de luz se apagó con un parpadeo.

Profirió un grito de pesadilla que resonó por la oscuridad.

Mientras tanto, la pócima de la escisión continuó extendiéndose por mi cuerpo. Noté un nuevo vacío en el estómago, seguido de la quemazón y el miedo tan característicos de la asfixia.

Se produjo un estrépito. Más golpes por encima de nuestras cabezas. Gritos. El dolor y la sangre negra y espesa me inundaron la garganta.

—¡Imogen!

Mi consciencia se revolvió como una marea oscura. Theo­dore. Agradecí oír el dulce recuerdo de su voz en mi cabeza.

Cerré los ojos. Un chapoteo se mezcló con los sollozos de Halla. Oí un nuevo estruendo, un nuevo golpeteo, y entonces un haz de luz incidió sobre mis párpados.

Es como si de pronto hubiera salido el sol, pensé a pesar de que temblaba de frío.

—Immy.

Sonaba muy cerca. Me obligué a abrir los ojos, pero apenas veía nada. Distinguí la silueta borrosa de Halla acunando el diminuto y escamoso cuerpo de Eusia. Sobre ellas caía una lluvia de escombros.

El mundo se desdibujaba a mi alrededor, pero me esforcé, me esforcé todo lo que pude por ver lo que sucedía.

Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, la luz que iluminaba la cámara del estanque era cada vez más intensa; sus rayos se extendían por la oscuridad como una mano.

Con la poca fuerza que me quedaba, me obligué a levantar más y más la mirada.

Pese al veneno que me abrumaba, pese a estar al borde del colapso, reconocí su silueta.

No era más que una sombra recortada por la luz rutilante de las antorchas y su voz, un susurro ronco y angustiado.

Los sonidos se estaban amortiguando, pero lo oí pronunciar mi nombre de nuevo.

Me sentí inmensamente agradecida por que, incluso mientras todo se desvanecía, se las hubiera arreglado para hacerme sentir una última chispa de brillante y eterna esperanza.