La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 37. Imogen
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37. Imogen

Imogen

H alla permaneció en el umbral, inmóvil, durante lo que se me antojó una eternidad.

Los límites de mi campo de visión se movían como un manto de sombras.

La cabeza me daba vueltas mientras la contemplaba y, aunque tenía los brazos y las piernas helados, continué aferrada con todas mis fuerzas al frasquito de la pócima de escisión.

Cuando por fin se movió, lo hizo con paso lento y tambaleante.

El orbe de luz le confería a su piel una apariencia cetrina.

La desagradable banda de tela roja que le caía sobre el pecho se ondulaba como la sangre al manar de una herida.

Pero incluso en mi estado de semilucidez supe que Halla no había venido a por mí.

Sus ojos desencajados y azules como el agua permanecían clavados en el estanque de Eusia, cuya superficie todavía estaba agitada por culpa del goteo ininterrumpido de los tubos del techo.

Levanté la cabeza para estudiarlos con la vista borrosa.

La luz iluminaba las gotitas de tal manera que parecían granates al caer.

Era sangre.

Halla se arrodilló al otro lado del estanque y, aunque se quedó justo al borde, la estancia era tan pequeña que no nos separaban más que unos cuantos palmos de distancia.

Alzó la mano y se abrió la yema de un dedo con la daga.

Derramó su sangre en el agua temblando, no de miedo, sino de anticipación.

Aguardó en vilo, con la boca abierta, consumida por su propia fascinación.

Habló deprisa y en voz baja mientras las gotas carmesíes caían en el estanque.

—He aquí una ofrenda para demostraros mi gratitud. Una ofrenda para haceros saber que estoy aquí, deseosa por conoceros.

El momento se dilató; ambas contemplamos la superficie, que se ondulaba ligeramente. Poco a poco, como si el propio tiempo se hubiera ralentizado, el agua comenzó a curvarse y a burbujear. La luz del orbe se intensificó. Algo curvo y de superficie lisa emergió despacio de las profundidades.

Eusia.

Su cabeza, calva y pequeña, salió del agua verdosa.

Tenía los ojos muy abiertos y totalmente redondos, idénticos a los de la nek­gya que había acudido a mí hacía días.

Resplandecían, permanecían fijos, sin pestañear, y eran tan blancos como una placa de hielo.

Las bolsas de piel flácida que tenía debajo de ellos y sus altos pómulos estaban salpicados de escamas irisadas, y presentaba unas aberturas similares a unas branquias dispuestas a cada lado del cuello, como un collar.

Muy a mi pesar, yo también me la quedé mirando.

Su aspecto era tan extraño que resultaba hipnótico.

Tan grotesco que resultaba encantador. Al descubrirme incapaz de apartar los ojos de su espeluznante belleza, comprendí con una dolorosa y repentina certeza el motivo por el que sus seguidores profesaban tal fascinación por ella.

Mantuvo su atención posada en la estupefacta Halla durante un buen rato y luego, como si yo hubiera pronunciado su nombre, se volvió para mirarme.

Sus ojos, que ejercían una atracción similar a la de la gravedad, tiraban de mí para que fuera hasta ella. Su voz era más rica y encantadora que nunca y, como tantas otras veces antes, cuando habló la oí dentro de mi cabeza además de en el aire húmedo de la cámara.

—Ahí estás, querida —canturreó—. Mírate. Eres la viva imagen de tu preciosa madre. —Ladeó su horrible cabeza con suavidad mientras una dulce sonrisa tiraba de sus labios delgados—. Deberías haberte unido a mí ya.

El frío que hormigueaba en mi interior se extendió. Eusia había amasado tanto poder, tanto respeto, que parecía inexorable incluso a pesar de ser tan pequeña y estar consumida por los hechizos. Como desperdiciara la oportunidad de acabar con ella en ese momento, ya no habría forma de detenerla.

Aunque me supuso un gran esfuerzo, de nuevo me llevé a la boca la pócima de la escisión que sujetaba con los dedos entumecidos.

—Hola, Eusia —la saludé con voz frágil.

Bajó la vista al frasquito de mi mano y me pareció atisbar una chispa de preocupación en sus extraños ojos. Sin embargo, sonrió de oreja a oreja y dejó al descubierto unos dientes azules y afilados como los de Rohana.

—No me digas que has venido hasta aquí solo para morir. —Me recorrió con la mirada chasqueando la lengua al estudiar mi postura aovillada sobre un costado y el charco de sangre que se había expandido a mi alrededor—. Qué desperdicio de sangre divina.

A su espalda, Halla sacudió la cabeza horrorizada y su semblante cayó en una abatida mueca de incredulidad. Estaba tan abrumada que estuve segura de que no se había fijado ni en el cuerpo de Aleka tirado en un rincón ni en el ala que yacía a mi lado.

Habló en un susurro desesperado:

—Por favor, madre nunca me dejó acercarme a vos.

Nunca me… —Se atragantó con sus propias lágrimas al tiempo que se apresuraba a cortarse un pedazo de carne del brazo.

Se movió tan rápido que por poco pasé por alto lo que estaba haciendo—.

Pero eso se acabó. Os prometo… Estaré encantada de serviros.

No volveré a permitir que me mantenga alejada de vos.

Pero Eusia solo tenía ojos para mí, así que fue como si Halla no hubiera pronunciado una sola palabra.

—Entra en el estanque, Imogen. Sé lo mucho que deseas vivir.

Noto ese anhelo bramando en tu interior como una tempestad.

Si tomas esa pócima, morirás. Si esperas más tiempo a unirte a mí, morirás.

—Flotó hasta mí y, con la ayuda de esas mismas venas blancas y gruesas que vi en Antemusa, se elevó lo suficiente como para permitirme ver el extremo superior de la herida oscura que le atravesaba el centro del torso—.

Pero yo puedo ayudarte, querida —susurró—. Yo te mantendré con vida.

—He… he visto cómo has mantenido con vida a mi… madre. —Mi voz murió en mi garganta, pues había empezado a temblar.

Encontré la mirada de Eusia y me sorprendió descubrir un rico filón de emociones en su rostro.

A pesar de las bolsas arrugadas de piel bajo sus ojos perlados, a pesar de sus escamas, sus dientes y su cuerpo consumido, de alguna forma, aquellas emociones la hacían parecer muy humana.

Era como un libro abierto: angustia, terror, deseo.

La entendí. Conocía bien esas sensaciones.

De pequeña había hecho todo lo posible por sobrevivir.

Me había anulado a mí misma, había mentido y ocultado mi personalidad.

Había extirpado aquellas partes de mi ser que no se consideraban tolerables para complacer a los demás y pasar desapercibida.

Por aquel entonces, había renunciado a la esperanza para evitar decepcionarme.

Siempre había pensado que criarme de esa forma me había hecho inmune a ella, pero, desde que había dejado atrás Seraf, desde que había conocido a Theodore, la esperanza se había colado en mi vida como el agua por una estrecha grieta.

Incluso ahora que no veía forma de escapar de mi situación, la sentía acumularse y extenderse por mi interior.

Comprendí que, por una vez, debía de estar sintiendo lo mismo que Theodore: desear algo tan desesperadamente ya no se me antojaba una locura a pesar de no saber cómo alcanzarlo.

Hablé con voz tan fina como el aire.

—Sí que quiero… —Se me nubló la vista un segundo. Me acerqué el frasquito un poco más a la boca, hasta que lo tuve casi pegado a los labios—. Sí que quiero… vivir, pero no… como tú. No quiero vivir sola, atrapada y… y vacía.

—¿Crees que estoy atrapada? —La risita de Eusia resonó en mi cabeza—.

Estoy en todas partes. Estoy en tu mente y tu sangre.

He poblado el mar con miles de sirenas y habito en todas ellas.

No estoy sola, Imogen, porque mis adeptos me ofrecen sus alabanzas y su sangre por todo el continente y el archipiélago.

—Salió más del agua, y sus ojos redondos e inmóviles me atravesaron.

Bajó la voz hasta convertirla en un susurro—: Hubo un tiempo en que estuve vacía.

No tenía nada, pero, gracias a ti y a mi hermana, gracias a mi magia, ahora estoy completa.

Tú eres demasiado joven, demasiado inexperta como para entenderlo.

Has anhelado tener poder, querida Imogen, encontrar una manera de sobrevivir y luchar contra las amenazas.

Quieres ser amada y vivir en paz. —Halla se acercó más—.

Yo puedo conseguírtelo. Puedo ayudarte a abandonar los confines de tu cuerpo roto.

Te ofrezco quietud y calma. Compartiré contigo la devoción de todos mis seguidores.

No te haces una idea de lo inmenso que es, de la euforia que…

—Yo no busco ese tipo de amor.

Se estremeció y, al hacerlo, perturbó la superficie del estanque.

Luego volvió a salvar la distancia que nos separaba.

Apoyó la parte superior de su cuerpo sobre el borde de piedra y brotó agua del agujero de su pecho.

Detrás de ella, Halla se acercó a rastras con adoración, se llevó una mano a los labios y susurró fervientemente, aunque no alcancé a distinguir lo que decía.

Eusia seguía concentrada en mí.

—Quieres al dios rey, su sangre —dijo, y de pronto su tono tranquilo sonó algo tirante—. Si entras en el estanque, será tuyo. Tendrás la sangre de cualquier dios que quede con vida.

Sin saber bien cómo, pese al dolor y al frío que me atenazaban, me las arreglé para apartarme de ella. El ala que me quedaba me envolvía el cuerpo. Cuando mis caderas entraron en contacto con la pared, me aferré con más fuerza a la pócima de la escisión. Temblaba de dolor.

—No lo quiero… No así.

Eusia curvó los dedos acabados en garras y supe que, de no estar vinculadas, me habría atacado; me habría desgarrado la piel y me habría arrancado el pelo. Por suerte, no podía hacerme daño. Aquello que tan desesperada estaba por conseguir quedaba fuera de su alcance.

Profirió un rugido de impotencia.

—Imogen, te entregaré la soberanía absoluta sobre el mar.