La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 36. Theodore
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36. Theodore

Theodore

E ra imposible diferenciar unos pasillos de otros en aquella condenada fortaleza. Pasaba de un corredor iluminado por antorchas al siguiente, pero me movía con seguridad, como si algo tirara de mí.

Como si algo ajeno me empujara hacia delante y me guiara en la dirección correcta. Notaba una vibración contra la piel que me ponía el vello de la nuca de punta. A pesar de tener el corazón en un puño y la imposible sensación de estar siendo coaccionado, no sentía ningún miedo.

No me importaba acudir a aquella llamada.

Ceder el control. Avanzaba tan rápido como podía sin saber dónde me encontraba.

El golpeteo de mis botas acompasaba el ritmo de las violentas sacudidas de mi corazón, y, de pronto, el pasadizo me escupió en el vestíbulo delantero de la fortaleza.

Me detuve al dejar de sentir el impulso de seguir avanzando.

La entrada estaba desierta y las enormes puertas de roble, cerradas.

Entonces regresó aquel hormigueo en la nuca, como un murmullo quedo y seductor que flotaba en el aire y tiraba del centro de mi vientre. Me condujo hasta la puerta que llevaba al pasillo principal y me empujó a adentrarme más y más en la fortaleza.

Oí el eco de unos pasos en el otro extremo del pasillo y giré sobre los talones. Lachlan y Agatha corrían hacia mí.

—¿Cómo habéis entrado? —les pregunté.

—Un sirviente nos ha abierto la puerta —respondió Lachlan.

Me volví para comprobar que no hubiera nadie más cerca.

—La emperatriz… ¿La habéis visto?

—El sirviente ha dicho que seguía en el salón del trono, pero hemos ido a comprobarlo y estaba vacío. Todo está en silencio. Llevamos un rato buscando. —Agatha negó con la cabeza—. Imogen no está ni en su dormitorio ni en ninguna otra estancia de ese pasillo.

Lachlan entornó los ojos.

—¿Notáis eso?

Yo asentí. Era aquel canto de nuevo, sutil y encantador, como si el viento se armonizara con su propio arrullo. Mantenerme quieto me supuso todo un esfuerzo.

Agatha tenía las mejillas sonrojadas de cansancio.

—Es el canto de una sirena.

La melodía se interrumpió de nuevo, pero su poder era más intenso en aquel pasillo, así que no me cabía duda de que provenía del salón del trono. Corrimos hasta allí y abrí las puertas con un rugido y un empujón.

Pero nos detuvimos en seco nada más atravesarlas.

La estancia ya no estaba vacía. La emperatriz, sentada con postura regia sobre el trono en lo alto de la imponente tarima, nos miraba con los ojos entrecerrados, como si le pesaran los párpados.

Estaba envuelta en una pestilente miasma triunfal que me revolvió el estómago.

Se había quitado los pesados brazaletes que le adornaban las muñecas y tenía las mangas recogidas hasta los codos para presionar sus pálidos antebrazos contra las púas que sobresalían de los reposabrazos dorados de su trono.

Al adentrarme más en el salón, me fijé en que la sangre manchaba las púas que se le enterraban en la carne.

—¿Dónde está Imogen?

—Cerca —susurró con un júbilo tan retorcido que me puso los pelos de punta—. Cerca, Theodore, pero me temo que ya no puedes hacer nada por ella.

La cólera me atravesó como un dardo de luz blanca. Avancé con paso firme hasta la emperatriz, pero ella se limitó a profundizar sus heridas hasta que un delgado hilo de sangre manó de sus muñecas. Articuló unas palabras en silencio y los ojos se le pusieron en blanco antes de cerrarlos.

La tarima era más alta que yo y estaba hecha de tablones de madera viejos y sin decorar.

Desenvainé mi daga y subí por la escalera.

La emperatriz seguía moviendo los labios pintados de rojo oscuro, pero cuando la agarraré del cuello de terciopelo de su vestido, esbozó una amplia sonrisa victoriosa y comprendí que no tenía los labios pintados, sino manchados por una espesa capa de sangre.

—Está hecho —anunció sin abrir los ojos—. He roto el hechizo, he hecho la ofrenda de sangre y he ingerido el pago en carne. Cuando Imogen por fin entre en el estanque, nuestro plan estará completo. Eusia e Imogen quedarán vinculadas, unidas por la carne, y el poder de mi santa no tendrá parangón.

Cuando la levanté del trono con una sacudida, no se resistió y se desplomó de rodillas sobre la tarima con un estrépito. La sangre seguía manando de las heridas de sus muñecas, pero no perdió aquella expresión triunfal, que permanecía fija en su rostro como una máscara.

Le hice un profundo corte en la mejilla con mi daga.

—¿Dónde está?

Echó la cabeza hacia atrás sin inmutarse ante mi ataque, y su corona de diamantes cayó al suelo. Se le cerraron los ojos. Un horripilante jadeo le desgarró el pecho a consecuencia del hechizo.

—Está donde debe estar —respondió con voz eufórica pero rasgada como la de una anciana—. Fue concebida para acabar allí. Nemea se aseguró de ello. Cumplió con la tarea que se le encomendó y ahora…

Le corté la otra mejilla, casi hasta el hueso, y abrió los ojos de golpe para sostener mi mirada.

Eran tan azules como el cielo en primavera, igual que los de su hija.

Pero su expresión estaba hueca. En ella no había rastro de dolor o miedo y ni una sola lágrima caía por sus mejillas.

En vez de tratar de arrancarse los ojos como me había ocurrido a mí, el hechizo parecía haberla calmado.

Mantuvo su despreciable mirada clavada en la mía.

La levanté por el cuello del vestido, movido por el miedo, mientras la sangre de los dos cortes que le había abierto le corría por las mejillas y me salpicaba las manos.

A mi espalda, la voz de Agatha inundó el salón del trono con una sonora determinación:

— Goetia hecates thantos.

Al volverme, vi que estaba de rodillas, con los labios manchados de sangre y la daga de Lachlan en la mano, y que él vertía el agua de mar que había recogido en un frasquito sobre el charco de sangre que Agatha había dejado en el suelo de piedra ante ella.

Acababa de lanzar el hechizo letal.

—Espera —jadeé, aunque ya era demasiado tarde.

Sabía que Agatha quería cobrarse venganza, pero yo no permitiría que Nivala se llevara el paradero de Imogen a la tumba.

A Agatha se le arqueó la espalda, y Lachlan la sostuvo entre sus brazos mientras el hechizo le recorría el cuerpo. Nivala gimoteó y se retorció de una manera extraña, igual que la rata que yo había matado con el hechizo.

—Dime dónde está. —La zarandeé—. Por favor.

Retorció los labios cubiertos de sangre en una mueca, pero entonces su cuerpo se tensó y se convirtió en un peso muerto. Se le desencajó el rostro y su mirada, hasta ese momento triunfal, se le quedó perdida. Había muerto.

—Me cago en todos los dioses.

Con toda la fuerza que fui capaz de aunar, tiré el cuerpo sin vida de Nivala desde lo alto de la tarima. Se produjeron un golpe sordo y un crujido cuando impactó con el escalón central.

Lachlan estaba intentando evitar que Agatha se arañara los ojos. La pobre todavía lloraba y se sacudía cuando bajé un escalón con torpeza, con un nudo de desesperanza en la garganta, pero entonces volví a oír el mismo lamento de antes.

Di un respingo y bajé la vista. El grito provenía de… debajo de mí…, a través de las rendijas de la imponente tarima de la emperatriz.