La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 35. Imogen
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35. Imogen

Imogen

L a sangre ya no solo goteaba del agujero de mi espalda, sino que manaba a borbotones.

Quizá el dolor se había vuelto demasiado abrumador y mi cuerpo ya no resistía más. Quizá estaba empezando a sufrir una conmoción. En cualquier caso, todo pareció estabilizarse: la vibración del miedo, los siseos de Aleka y el golpeteo de mi propio corazón se amortiguaron y calmaron.

Permanecí inmóvil, con las manos planas sobre el suelo debajo de mi cuerpo. Un gimoteo escapaba de mí con cada corte y punzada de Aleka en su tarea de arrancarme el ala de la espalda.

Volqué mi atención hacia mi interior y, aunque todavía notaba ese torrente cálido y resbaladizo de poder en mi vientre, lo que fuera que me hubiera inyectado me impedía recurrir a él.

Se me nubló la vista y se me entrecortó la respiración, pero noté algo más, algo cálido y luminoso, que trataba de emerger de mi interior como una ola abrumadora. Aun así, mi canto silencioso no logró llenarme el pecho ni templarme la garganta.

El peso que notaba sobre la espalda cambió, menguó, y, con la vista desenfocada, contemplé cómo mi ala caía sobre las piedras mojadas del suelo con un susurro húmedo.

Me la quedé mirando fijamente, sin poder respirar ni moverme. Estaba a punto de desmayarme. No, estaba a punto de ser arrastrada hasta el estanque de Eusia para que me vincularan con ella.

Aleka me atravesó la base de la otra ala.

No.

Pensé en mi madre, atrapada en el fondo del pútrido estanque de Eusia.

No. No. No.

Aquella brillante calidez volvió a adueñarse de mí.

Me recordaba al poder de Theodore, pero este era todo mío.

Incluso con Aleka moviéndose y presionándome la parte baja de la espalda, doblegué aquella creciente sensación y la canalicé hasta mi garganta.

Entonces tomé una profunda y jadeante bocanada de aire y comencé a tararear.

La nota que escapó de mis labios era oscura y sinuosa, un sonido grave y sonoro que me inundó el pecho. Mi voz flaqueaba y sonaba algo ronca, pero canté lo bastante alto como para que ni siquiera la cera pudiera ahogar mi melodía por completo. La insólita canción era evocadora, alarmante y hermosa.

Aleka siseó y se sacudió a medida que la melodía crecía hasta convertirse en un eco y se enroscaba sobre sí misma dentro de las estrechas paredes de la cámara.

La sentía luchar contra ella y tratar de volver a enterrarme el arma en la espalda, pero fue sin éxito.

Su peso cayó por mi costado. Se oyó un golpe sordo cuando se golpeó la cabeza contra el suelo.

Una vez que me hube librado de ella, caí en la cuenta de que el efecto de la sustancia que había estado corriendo por mi sangre se había mitigado lo suficiente como para poder rodar sobre un costado.

Continué cantando incluso mientras notaba un cálido chorro de líquido cayéndome por la espalda y formando un charco debajo de mí.

Recorrí la diminuta cámara con la mirada y reparé en que no había puertas ni ventanas.

El pequeño estanque es­taba dispuesto en el mismísimo centro de la estancia.

Posé mi atención en Aleka. Tenía el cuerpo desmadejado y la mirada de­sen­cajada y vidriosa.

Cuando interrumpí mi canto para hablar, tomó una sonora bocanada de aire.

Mi propia respiración sonaba ronca.

—¿Por qué… te ha elegido la emperatriz para llevar a cabo el hechizo para vincularme con Eusia? —conseguí preguntar—. ¿Quién… te lo ha enseñado?

Retomé mi canción para obligarla a responder.

—Yo no —dijo con voz monótona, sin apartar la mirada de mí—. Yo solo… te preparo.

Me prepara. Me corta las alas y me mete en el estanque.

Dejé de cantar un momento, perdida en mi conmoción, mis sensaciones y mis pensamientos, pero bastó para que Aleka se lanzara a por el arma que descansaba entre nosotras.

La sujetó con manos temblorosas. De poco le sirvió.

Tan pronto como entoné otra nota sombría y ondulante, la hoja cayó al suelo con un estrépito.

Todavía tenía los brazos dormidos, pero me las arreglé para levantar uno de ellos con pulso tembloroso, golpear el extremo de la empuñadura y empujarlo lejos.

Al oír un quedo chapoteo, supe que el arma había acabado en el estanque de Eusia.

La superficie se onduló y, antes de que recuperara su calma cristalina, unas cuantas burbujas emergieron de las profundidades.

Un torrente de urgencia se adueñó de mí, pero mi cuerpo no fue capaz de seguirle el ritmo.

Me acerqué a Aleka a rastras, sin interrumpir mi canto, y luché contra mis extremidades narcotizadas para revisarle los bolsillos y comprobar que no llevara ninguna otra arma encima.

En busca de cualquier otra cosa aparte de mis garras y mi voz rota que sirviera para protegerme.

—¿Quién va a lanzar el hechizo? —le pregunté mientras le palpaba la cintura y las caderas—. ¿La emperatriz?

Le permití respirar hondo de nuevo antes de volver a cantar y ella asintió.

—Eusia… está… débil.

Lo sabía. Después de romper su conexión con mi madre, lo único que la sustentaba eran las nekgya, las pequeñas ofrendas de sangre de sus adoradores… y mi poder.

Nuestro vínculo.

Del cinturón de la mariscal pendía un saquito dentro del cual llevaba unos cuantos vendajes arrugados, una bola de cera y, al fondo del todo, un frasquito que contenía un líquido oscuro.

Ahogué una exclamación de sorpresa y dejé que rodara por mi mano para sostenerlo sobre la palma abierta.

Era la primera pócima que había perdido, la que tenía la etiqueta rota y agrietada.

—¿Te llevaste tú también el segundo frasco? —inquirí con voz ronca—. El que dejé en mi dormitorio.

Engulló una sonora bocanada de aire.

—Engatusé a Markis… para que lo cogiera. Le dije que había que mantenerlo a salvo, que eres demasiado… imprudente. —Las lágrimas se le acumularon en el rabillo de los ojos—. Con lo… idiota que es…, no me costó convencerlo.

Recorrí la cámara con la mirada, entornando los ojos para ver mejor bajo la fantasmagórica luz amarillenta, hasta que por fin reparé en la silueta de una puertecilla. Estaba hecha de la misma madera que el resto de la cámara, escondida en la pared opuesta.

—¿Dónde estamos? —La estancia empezó a darme vueltas.

Aleka profirió un gruñido.

—Bajo… —Todavía le costaba demasiado respirar—. Debajo de…

Daba igual dónde nos encontráramos.

Había localizado a Eusia. Había perdido la daga, pero todavía tenía la pócima de la escisión conmigo.

Tal vez bastara para ponerle fin a todo aquello.

Así, traté de concentrarme con la intención de que parara de darme vueltas la cabeza, retomé mi canto y dejé que la resonante melodía constriñera los pulmones de Aleka hasta que se estremeció, sufrió un espasmo y se quedó inmóvil.

Quité el tapón de corcho de la botellita con los dientes.

Lo más seguro era que la pócima oscura y viscosa fuera suficiente para matarme.

Había sobrevivido a mi primera escisión porque Theodore había estado cuidando de mí sin descanso.

Fue a su imagen a lo que me aferré mientras me acercaba la poción a la boca.

Así como a su perseverancia, su tolerancia y su calidez. Él me había concedido el breve pero transformador privilegio de experimentar lo que era pertenecer a un lugar. Lo que era sentirse a salvo y aceptada. Saberse reconocida y amada. Theodore me había dado todo cuanto siempre había deseado.

Cuando el frasquito entró en contacto con mis labios, decidí que todo aquello había sido más que suficiente para mí.

Antes de echar del todo la cabeza hacia atrás, me detuve al oír dos nuevos sonidos al mismo tiempo.

El primero era el golpeteo rítmico de un líquido.

Las gotas caían del techo alto de la cámara y perturbaban la superficie del estanque con su húmedo repiqueteo.

Levanté la vista y vi que dos tubos dorados de dos dedos de diámetro brotaban del techo envuelto en sombras.

El segundo era el estrépito de unas pisadas apresuradas.

Me aparté la botella de la boca y, mientras buscaba el tapón con manos temblorosas, la puerta que había al otro lado de la estancia se abrió de golpe pero sin hacer el menor sonido.

Era Halla.

A pesar de que el mundo me daba vueltas, me era imposible pasar por alto lo pálida e impactada que parecía. Su túnica ritual se mecía en torno a sus tobillos; tenía los ojos rojos e hinchados por las lágrimas, y un intenso rubor le cubría las mejillas.

Además, sostenía con firmeza una resplandeciente daga.