34. Theodore
Theodore
E l trayecto hasta la montaña quedó reducido en mi memoria a un borrón de viento amargo y rocas cubiertas de hielo.
Azucé a mi caballo apretando los dientes para que avanzara más deprisa por el estrecho sendero que permitía esquivar las sinuosas calles de la ciudad.
Era más directo que el que habíamos recorrido en el carruaje y me permitió adelantar a Halla por el camino.
Era una jinete encomiable; era ágil y se comunicaba bien con su yegua, que la obedecía sin rechistar, pero mi montura había percibido mi desesperación a un nivel primordial.
Lo que sentía era una emoción tan elemental, tan abrumadora, que incluso el animal había sabido reconocerla.
Llegamos a las puertas principales de la fortaleza envueltos en una nube de vapor. El sudor me caía por la frente cuando estampé mi hombro contra ellas. Como no cedieron, volví a intentarlo. A mi espalda, Halla y su yegua se detuvieron en seco en el patio y desataron una lluvia de gravilla.
Tenía los ojos muy abiertos, como dos lunas gemelas que brillaban bajo la luz de las antorchas.
Desmotó en un segundo, con la melena revuelta, y se remangó la capa de piel negra y la túnica con ambos puños.
Como si quisiera tomar ventaja, rodeó la muralla de la fortaleza y desapareció bajo la oscura sombra de una de las torretas.
Sujeté mi daga con fuerza y me adentré en la oscuridad tras ella. Oí un pesado golpe metálico. El aullido de unas bisagras que nadie se había preocupado de engrasar. Su respiración acelerada y sus gruñidos.
Entonces un repentino haz de luz desgarró la noche y bañó su silueta.
Había abierto una puerta. Una que comunicaba con un largo corredor iluminado por faroles.
Entró a toda prisa, pero yo era más rápido que ella también a pie.
Me bastó con dar unas cuantas zancadas para atrapar la parte trasera de su capa con el puño.
Un alarido resonó por la galería cuando tiré de ella hacia atrás.
Agitó los brazos en todas direcciones, gritó y se hizo el peso muerto antes de que yo la levantara del suelo y la empujara contra la pared, entre dos faroles moribundos.
Todavía llevaba la melena decorada con las joyas que se había puesto para el banquete de boda. El mismo que había suplicado celebrar después de haber renunciado a todo. Me quedé sin aliento al comprender lo que estaba ocurriendo.
—Tenías planeado esto desde el principio.
—Suéltame —escupió con los dientes apretados de rabia.
Le apunté al cuello con mi daga.
—¿Cómo has…?
Retorció la boca en una mueca iracunda.
—No puedes fiarte de nadie, ¿entiendes? Ni por un momento. Eres un idiota por no haber aprendido la lección a estas alturas. Aleka y mi madre son viejas aliadas. Todo esto dio comienzo hace mucho mucho tiempo.
Empujé mi daga hacia arriba y ella levantó la barbilla.
—¿Dónde está?
Abrió más los ojos en un gesto de rebeldía.
—Prometiste convertirme en tu esposa. Me diste tu palabra…
—Y la volvería a romper cuantas veces hicieran falta para mantener a Imogen a salvo.
Esbozó una sonrisa iracunda.
—¿Ves? No eres mejor que nosotras. Has estado mintiendo desde el principio. Desde aquella primera carta que le enviaste a mi madre.
—No. —Hablé en voz baja para contener mi cólera—. Cada palabra de aquella carta iba en serio. Tenía intención de convertirte en mi verdadera esposa, en una reina leucosiana…
Ella se estremeció como si mis palabras le hicieran daño.
—Pero esa ramera…
—Tú misma lo arruinaste todo, Halla. Tú, tu condenada madre y Aleka, que fue quien puso toda esta farsa en marcha.
Incluso si no hubiera conocido a Imogen, si no me hubiera enamorado de ella, tu plan para utilizarme, para ofrecerle nuestro primogénito a ese puto monstruo que tenéis por mascota, habría bastado para acabar con la poca confianza o cariño que surgiera entre nosotros.
Pareció quedarse muda al descubrir que conocía su plan al detalle. Unas lágrimas plateadas le inundaron los ojos mientras hablaba con voz aguda y rota.
—Entonces…, he fracasado.
La estudié con atención.
—¿Por qué? ¿Cuál era tu objetivo?
—Importarle a alguien —dijo casi a voz en grito—.
Madre siempre me mantuvo alejada de Eusia.
Nunca me ha permitido pedirle un milagro en persona ni peregrinar hasta Antemusa para conocerla.
De haber nacido con sangre divina en las venas, me habría vinculado con ella.
Al menos, Aleka opina que me merezco conocerla.
—Un retorcido anhelo brilló en su mirada.
Respiró hondo—. Pero no tengo nada que ofrecerles ni a mi madre ni a mi pueblo ni a mi santa.
No tengo manera de ganar valor ni utilidad tal y como soy.
Retrocedí, pasmado ante la eficacia con la que Nivala había retorcido la mente de su hija para hacerla sentir inferior. Igual que Nemea había hecho con Imogen. Ambos las habían dejado indefensas para aferrarse a su propio poder sin que nadie les plantase cara.
—Tu madre y Eusia son dos criaturas infames, implacables y crueles.
Te han hecho creer que tu valor radica solo en lo que puedas ofrecerles.
Llevan toda tu vida cohibiéndote. Pero debes entender que, si no tuvieras algo de poder, si no tuvieras el potencial de convertirte en una amenaza para ellas, no se habrían esforzado tanto en mantenerte débil.
Demuéstrales que se equivocaban al tratarte así —le supliqué—. Llévame hasta Imogen.
Permaneció quieta un buen rato. Entonces su rostro se retorció en una mueca de dolor que demostraba su conflicto interior, como si dos fuerzas tiraran de ella en sentidos opuestos y amenazaran con partirla por la mitad.
Se me encogió el corazón al verla y darme cuenta de que no lograba identificar qué lado iba ganando.
Estaba a punto de dejarla allí y seguir adelante para buscar a Imogen por mi cuenta cuando un grito desgarrador llegó hasta mis oídos rebotando por los muros de piedra desde la lejanía. Destilaba un dolor tan espantoso que incluso el tiempo se detuvo.
Era Imogen.
Sin pensármelo dos veces, corrí en la dirección de la que había provenido el eco, pero sonaba tan lejano, tan enterrado bajo los muros de aquella monstruosidad de fortaleza, que mi esperanza de encontrarla cayó en picado.
El corredor, que continuaba recto y parecía no tener fin, estaba plagado de puertas de madera viejas. Mientras corría, me tomé un segundo para echar la vista atrás y comprobar si Halla me seguía.
Pero no había ni rastro de ella.