33. Imogen
Imogen
S olo conseguí que mis párpados aletearan.
Pese a lo mucho que me esforcé por mover los brazos y las piernas, permanecí inmóvil, tirada sobre un suelo de piedra duro y cálido.
Notaba una dolorosa y desconcertante presión.
A través de la bruma que me enturbiaba la vista, distinguí un solitario orbe que emitía una extraña luz flotando sobre mí como una luna ambarina oculta tras las nubes.
Cerré los ojos con fuerza y respiré hondo.
Traté de librarme del embotamiento, de purgarme de cualquier veneno que me hubieran inoculado en contra de mi voluntad.
Los latidos de mi corazón resonaban en mis oídos como un rabioso tambor y tardé más tiempo de lo normal en comprender que los sonidos me llegaban amortiguados.
El pelo húmedo se me pegaba a la piel desnuda. Olía a agua de mar estancada.
Puse en orden toda la información que tenía para tratar de mantener la mente despejada: Estás sola en un espacio cerrado. Estás desnuda. No estás en pleno uso de tus facultades.
Me obligué a abrir los ojos de nuevo con un gran esfuerzo e intenté ver algo en la luz neblinosa, pero lo único que distinguí fueron unas paredes hechas de amplios tablones de madera.
Un gemido de dolor trepó por mi garganta al tratar de moverme, al tratar de incorporarme en vano.
El ruido sordo del metal me arrancó una exclamación ahogada.
—Tranquila, soy yo.
Reconocí aquella voz monótona y sabia a pesar incluso de mi embotamiento.
—¿Aleka?
Volví a oír aquel roce metálico, pero no pude mover la cabeza para ver de dónde provenía.
—Sí —respondió antes de que se produjera otro estrépito.
—Aleka…, ayuda —le pedí con la respiración acelerada—. Ayúdame.
Oí el susurro de unos pasos y entonces su cabeza de cabello oscuro salpicado de canas apareció en mi campo de visión.
Estaba justo encima de mí, pero el orbe de luz le iluminaba la espalda y envolvía su rostro en sombras, por lo que no alcancé a distinguir su expresión. Aunque sí que pude ver su túnica.
Era de un rosa pálido como la carne. Una banda de un rojo brillante caía por su centro, desde su cuello hasta sus pies. En la mano, la misma donde llevaba un anillo con el símbolo de Varya, portaba un arma de hoja curva y negra.
—No lo… entiendo. —Dejé escapar un quedo gimoteo—. ¿Por qué?
—¿Es esa la pregunta que has decidido hacerme? ¿Por qué? —Profirió una suave risita, y la oí caminar de nuevo—. Supongo que mereces saberlo. Estoy dispuesta a darte una respuesta, sobre todo porque esto será menos desagradable si comprendes lo que ocurre.
Se arrodilló a mi lado, me posó la mano en la mejilla con una delicadeza que me revolvió las tripas y me ladeó la cabeza para que pudiera verla bien.
—Bueno —continuó, colocándose el arma sobre el regazo—, cuanto más tiempo paso en este mundo, más fácil me resulta distinguir lo que es correcto de lo que no.
Así como diferenciar la verdad de la mentira.
Aunque fue de muy joven, yo llegué a conocer al mismísimo gran dios Panos y te puedo asegurar que nunca ha habido un rey tan devoto y honesto como él.
En mi opinión, fue el mejor entre los grandes dioses.
Compartía su poder con los suyos e impartía sus castigos de forma justa.
Su hijo, sin embargo, acabó con el respeto que yo sentía por su linaje como quien le corta las alas a un ave y volvió a ponerme los pies en la tierra.
»Sabes tan bien como yo que los grandes dioses siempre fueron…
considerados como tales. No hicieron nada ni por ganarse su poder ni por mantenerlo.
Recurrir a sus dones no les requería esfuerzo alguno.
Ellos mismos se nombraron reyes y se construyeron sus propios reinos.
Los dioses existís en lo alto de una montaña sin contar para nada con el resto de nosotros.
Con quienes vivimos en su falda y levantamos la vista con la esperanza de que, algún día, nos concedáis el honor de posar vuestra benevolente mirada en nosotros aunque solo sea un segundo.
Aleka echó la cabeza hacia atrás, como si un rayo de luz cálida hubiera descendido sobre ella.
—Pero Eusia… me necesita. Necesita a todos y cada uno de sus seguidores, y eso, en cierto sentido, nos eleva a todos para entrar en contacto con su magia.
Una magia que ella misma se ha esforzado por crear.
Con su ingenio, su tenacidad y su coraje ha conseguido desterrar a la muerte y a los dioses por igual.
—Se inclinó hacia mí con un brillo ferviente en los ojos—.
Y, si ella es más poderosa que los grandes dioses, ¿en qué nos convierte eso a aquellos que la hemos alimentado, cuidado y… ?
—Pero está mal…
La mujer chasqueó la lengua con un mohín tenso.
—Qué punto de vista tan enternecedor. Pero ¿cómo va a estar mal algo que es ley de vida? ¿Qué hacen las grandes bestias en la naturaleza? Cazan y se alimentan de las criaturas más débiles que ellas. ¿Y no las apreciamos y admiramos precisamente por su fuerza y habilidad?
—En ese mundo con el que sueñas… —Estaba tan débil que la voz me temblaba y se me quebraba mientras me esforzaba por hablar—. ¿Qué te hace estar tan segura… de que tú misma no te convertirás también en la presa de esa bestia que tan diligentemente alimentas?
Ella resopló divertida.
—Mi astucia y mi precisión. No me parezco en nada a ti.
Tú rebosas tanto poder que se derrama de tu interior a cada paso que das.
Eres tan imponente que ni siquiera te molestas en pensar.
Yo, igual que Eusia, me veo obligada a planear bien mis decisiones.
Y a esforzarme para alcanzar mis metas. Debo ser muy consciente de cada uno de mis pasos antes de actuar.
—Se retiró y cogió el arma de nuevo—. ¿Puedes mover ya las piernas? ¿Y qué hay de los brazos?
Habló con tal desenfado que no pude responder, pero me las arreglé para negar con la cabeza.
—Ah, veo que algo de movimiento sí que has recuperado. Eso significa que ya casi es la hora. Todo tiene que salir perfecto.
Dejó el arma a un lado y se arrastró hasta un pequeño caño unido a un tubo largo de tela encerada cuyo extremo no alcanzaba a ver. Luego se llevó el caño a los labios y comenzó a succionar.
Sentí una violenta sacudida cuando comprendí horrorizada lo que estaba haciendo.
—No.
Cuando Aleka se sacó el sifón de la boca, el agua manó de él y le empapó la túnica.
Entonces me tumbó sobre un costado, me metió el tubo en la boca y lo sujetó con firmeza.
Aquella agua salada tan desagradable me inundó el pecho, que se me volvió más y más pesado hasta que la ardiente quemazón de mis pulmones se desplazó hacia mi espalda, donde mis alas se desplegaron.
—Muy bien —dijo Aleka para sus adentros.
Con esa precisión de la que tanto alardeaba, me sacó el sifón de la boca y me tumbó sobre el vientre, de manera que toda el agua viscosa que había tragado abandonó mis pulmones.
Cogió su arma y se incorporó sobre las rodillas con una impasible y tranquila eficiencia.
Gracias a mi nueva posición, alcanzaba a ver más detalles de la diminuta estancia. Vi el reflejo del orbe ondulando sobre un pequeño estanque redondo. El miedo me atravesó como un rayo abrasador.
—¿Y qué pasa con Theo…? —me las arreglé para decir mientras ella seguía con preparativos por encima de mí—. ¿De verdad has pasado todos estos años sirviéndole…, elogiándolo, solo para…, para acabar traicionándolo…?
—Theo es un rey bueno y honesto, un dios poderoso que no tiene rival.
—El dobladillo de su túnica me rozó la piel cuando se colocó sobre mi cuerpo inerte.
Se sentó en la parte baja de mi espalda, justo por debajo de donde mis alas colgaban sin fuerza—.
Durante muchos años, estar a su servicio fue mi único propósito y mi mayor orgullo, pero la jerarquía siempre acaba mostrándonos el camino.
—¿La… jerarquía?
Presionó el frío borde de su cuchillo contra el músculo de la base de mi ala izquierda hasta que noté su ardiente punzada.
Me lo clavó hasta lo más profundo de la raíz, y el dolor que sentí fue tan intenso e inesperado que al principio ni siquiera fui capaz de gritar.
La sangre caliente me empapó la piel y me cayó por el costado y los hombros.
Pasó un momento antes de que pudiera llenarme los pulmones de aire y mover los músculos del vientre lo suficiente como para que el gimoteo que había quedado atrapado en mi interior se transformara en un alarido ensordecedor.
Aleka dejó escapar una rápida exhalación y dijo:
—El pez grande se come al pequeño.