La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 32. Theodore #2
90%

32. Theodore #2

—Dentro, majestad.

Abrí las puertas con el hombro. La luz de las velas dispuestas al otro lado de la sala titiló. Me detuve en la entrada, con la mirada fija en la sangre que salpicaba la estatua de Eusia. La cámara estaba desierta.

Las piernas estuvieron a punto de fallarme. Me agarré al banco que tenía al lado.

—¿Theo? —me llamó Lachlan.

Me di la vuelta y encontré a mi comandante con Agatha a su lado, tan pálida como el vestido gris que llevaba.

Ella contemplaba el altar ensangrentado con la boca entreabierta.

Algunos invitados entraron en el vestíbulo que había al otro lado de las puertas, pero yo solo alcanzaba a ver fragmentos de ellos, el destello de sus joyas, la blancura de sus dientes, como si la realidad se hubiera desmoronado en una lluvia de esquirlas afiladas y cegadoras.

—Lleva un vestido dorado —me las arreglé para decir sin saber muy bien por qué les estaba describiendo su apariencia— y el pelo suelto.

Agatha encontró mi mirada.

—¿Ha desaparecido?

—Sí. —Asentí con la cabeza. Lachlan desenvainó su espada en un acto reflejo—. La emperatriz debe de habérsela llevado y…

Agatha extendió una mano hacia Lachlan para agarrarse a su brazo.

—La emperatriz tampoco está. La última vez que la vi estaba en el salón del trono de la fortaleza. Un sirviente la estaba ayudando mientras ella caminaba de un lado a otro ante su trono.

—Podría haber enviado a alguien. —Me toqué la daga que pendía de mi cadera—. Llevaos un carruaje y volved allí. Les pediré a mis guardias que la busquen por aquí primero y luego me reu­niré con vosotros.

—Pero ¿qué pasa si sigue aquí? —preguntó Lachlan—. ¿Y si Eusia está en este palacio y la emperatriz no quiere ensuciarse las manos? Puede que le haya encomendado la tarea a alguien…

—No —sentencié con rotundidad—. La emperatriz ni siquiera ha permitido que su hija entre en el santuario de Eusia.

Ha estado acaparando su favor durante años.

Será ella quien le entregue a Imogen. —La breve pausa que se sucedió mientras asimilaban lo que acababa de decir se me hizo eterna—. Marchaos.

Caminamos en dirección a las risas, los parloteos y la música que zumbaba al otro lado de las puertas.

Agatha y Lachlan se perdieron entre los invitados casi al instante y, mientras yo hablaba apresuradamente con mis hombres, las personas que me rodeaban vitoreaban, aullaban y me arrastraban de vuelta al vestíbulo central.

Por suerte, había tenido tiempo de sobra para darles mis instrucciones a los guardias, que se sumergieron en la marea de gente con un claro objetivo: separarse y peinar todos los pasillos y estancias contiguas a la cámara del altar.

Un nuevo vals dio comienzo y arrastró a la mitad de las personas que me rodeaban de vuelta al salón de baile. Entonces vi a Markis, que se abría paso hacia mí a toda prisa entre la multitud con un brillo curiosamente intenso en sus ojos verde claro.

—¿Qué pasa? —Lo agarré del hombro—. ¿La has ­encontrado?

—No he visto a la reina Imogen —dijo en voz baja—, pero sí a vuestra esposa escabulléndose por una puerta trasera. Un sirviente me ha dicho que conduce a un pequeño jardín de estatuas. Más allá de él se encuentran las caballerizas.

Las caballerizas. De nuevo sentí un frío hormigueo descender por mi columna.

—Llévame hasta allí.

Markis obedeció tan rápido como la densa multitud se lo permitió.

Cruzamos el vestíbulo central y dejamos atrás a los invitados cada vez más desatados en el salón de baile.

Pasamos de una ostentosa estancia a otra hasta que llegaron a su fin abruptamente ante una imponente puerta de oro batido.

Grabada en el centro, se hallaba la silueta de un diamante flanqueada por dos elegantes manos que tiraban de sus extremos.

Enseguida comprendí lo que aquel símbolo representaba.

Era la herida mortal de Eusia, abierta de par en par por ella misma para que todos sus devotos se asomaran a su interior.

Desenvainé mi daga, abrí la puerta de un empujón y, al entrar arrastrando los pies, me encontré con un muro de aire gélido y un jardín de pilares blancos.

La docena de estatuas que lo decoraban habían quedado enterradas bajo la nieve, pero el cielo nocturno estaba despejado y la luna brillaba con fuerza, lo cual me permitió ver que, en la espesa capa de nieve que pisaba, se apreciaba un rastro de huellas diminutas que conducían hasta una abertura en el muro del jardín.

Eché la vista atrás para mirar a Markis.

—Quédate aquí y sigue buscando a Imogen.

Él asintió con entusiasmo, aunque la emoción que se reflejaba en su rostro se parecía demasiado a la culpabilidad, para mi gusto.

—Iré a buscar también a Aleka. —Tragó saliva—. No he vuelto a verla desde que llegamos.

Asentí al mismo tiempo que el dolor sordo de la traición me dejaba sin aliento. Jamás debería haber depositado mi confianza en mi consejo. Había estado atrapado en un nido de víboras. En cualquier caso, me adentré en la gélida noche dejando a un compungido Markis junto a la puerta del palacio.

Al doblar una esquina y descender por una pendiente helada en dirección a las caballerizas, me pareció entrever la resplandeciente melena de Halla ondeando al viento.

Aunque no había ni rastro de la falda blanca de su vestido de novia ni del brillo de sus joyas.

Las caballerizas, un edificio grande y tosco aislado en medio de un claro, estaban hechas de la misma piedra negra como el hollín que el palacio.

Me detuve en seco nada más cruzar la pesada puerta de madera abierta de par en par. Dentro, había unos cuantos mozos de cuadra encargándose de los caballos de los invitados.

—¿A dónde ha ido? —le pregunté sin rodeos a uno de los muchachos, que sostenía un cubo ante el hocico de un capón.

Sus ojos pálidos, abiertos como platos, volaron hasta la daga que yo empuñaba antes de posarse en mi rostro y, por último, en mi corona.

—¿A quién os referís, majestad?

Mi aliento dibujaba volutas blancas en el aire. Recorrí el pasillo cubierto de paja con la mirada.

—¡Halla! —grité sin molestarme en esperar una respuesta, puesto que el muchacho no iba a ceder y traicionar a su princesa ante un extranjero sin modales.

Lo único que obtuve por respuesta fueron los relinchos de los caballos y el crujido de la paja.

De pronto, la rabia hizo que fuera consciente hasta del más mínimo estímulo.

Incluso el roce del viento lo sentía como un dedo que se deslizara por mi piel.

Avancé con paso firme hasta el penúltimo establo de la izquierda, como si algo tirara de mí hacia allí.

Estaba presionada contra la pared, con el rostro pálido y retorcido en una mueca. Llevaba una capa de piel oscura sobre los hombros, pero, al reparar en la banda roja que caía sobre la túnica ritual que vestía debajo, me quedé lívido, como si yo mismo hubiera sido eviscerado.

Le presioné mi daga contra el cuello con la fuerza necesaria para hacerle sangre.

—Llévame hasta ella ahora mismo.

Halla no se inmutó ante el pinchazo de mi arma. Sostuvo mi mirada con una firmeza tan inquietante que casi resultaba amenazadora.

—Eres un malnacido egoísta, majestad —dijo por fin después de tragar saliva.

Habló con regocijo, como si llevara mucho tiempo deseando decirme aquello, pero sus palabras no tuvieron efecto alguno en mí.

—No te equivocas. —Le di una pequeña sacudida a la daga y Halla cerró los ojos—. ¿Dónde está?

—En la montaña —dijo con voz temblorosa—, con Aleka.

—Con… —La sorpresa hizo que presionara más el arma contra su piel sin querer.

Halla emitió un quejido, y una gota de sangre le cayó por el cuello.

—Te lo juro por Eusia. Por mi propia vida. —Levantó las manos—. Fue todo idea de Aleka. Me dijo que fuera a la fortaleza. Se ha compadecido de mí y me ha prometido que por fin me llevará a conocer a Eusia.

Aleka. Su nombre me sacudió con tanta violencia que tuve que esforzarme por mantener mi agarre firme en torno a la empuñadura y reprimir el impulso de acribillarla a preguntas. Al fin y al cabo, si perdía a Imogen, las respuestas ya no importarían.

Halla debió de notar que mi miedo se estaba solidificando e iba a dar paso a un ataque de cólera, porque se puso a temblar de pies a cabeza.

—Te lo ruego —susurró—. Iremos juntos. Subiremos a la montaña, a la fortaleza. Hay un camino secundario que nos permitirá llegar allí mucho más rápido.

Desconfiaba tanto de Halla y de su capacidad para actuar con sensatez que dudaba que bajar el arma fuera una buena idea, pero, cuanto más tiempo permaneciera allí, más probabilidades había de que perdiera a Imogen.

—Consígueme un caballo —le ordené.

—En el establo contiguo hay una yegua muy buena —respondió asintiendo.

Por fin dejé de apuntarle y, tan pronto como retiré el arma, Halla se agazapó para zafarse de mí y corrió para subirse a toda prisa a la yegua.

—Mierda.

Corrí hasta el establo de enfrente, me subí a un capón furioso y sin ensillar y vi que Halla salía al galope de las caballerizas para adentrarse en la negrura de la noche con el cabello blanco como la nieve ondeando a su espalda.