32. Theodore
Theodore
E l salón de baile estaba abarrotado cuando por fin llegué allí.
La música y las conversaciones de los invitados creaban una ensordecedora disonancia.
Me detuve justo ante el umbral para echar un último vistazo por encima del hombro.
Al otro lado del vestíbulo central, vigilando la entrada a la cámara del altar, se encontraba la escolta de Imogen, acompañada de mi guardia armado.
—Ah, ahí estás. —La voz por lo general suave de Halla sonaba más segura ahora que volvía a estar en tierra firme y en su propio hogar.
Me agarró del brazo con fuerza y tiró de mí para que entrara en el salón.
Desprendía un intenso olor a vino que se mezclaba con el empalagoso perfume que solía utilizar.
Traté de expulsar aquel olor de mis fosas nasales con una exhalación, pero era tan abrumador como el ruido y tan asfixiante como la multitud.
Halla entrelazó su mano gélida con la mía y me llevó por los laterales de la estancia con la sonrisa más amplia que le había visto esbozar nunca.
Era característicamente victoriosa, como si estuviera levantando su espada en plena batalla después de haber asestado el golpe decisivo para ganar.
Cuando llegamos a la mesa principal, esperó a que yo le retirara la silla para que se sentara.
—¿Dónde estabas? —Me lanzó una sonrisa por encima del borde de su cáliz y, aunque su mirada resplandeciente recorría toda la estancia, en su voz se apreciaba un tono acusatorio.
Di un trago lento de mi cáliz antes de responder.
—En el altar de Eusia.
Se le crisparon las comisuras de la boca, pero se las arregló para no perder la amplia sonrisa.
—Ah, pensaba que habrías desaparecido por ahí con…
—¿Es allí donde le haces tus ofrendas?
Me lanzó una mirada rápida.
—No me apetece hablar de eso. Esta noche no.
Le di vueltas a mi cáliz despacio, sumido en mis pensamientos. Sonreí tranquilamente a un puñado de invitados que se acercaron a la mesa para mostrarnos sus respetos con una reverencia y darnos la enhorabuena por nuestra unión.
—Como no respondas, abandonaré esta ridícula pantomima de banquete ahora mismo.
Su sonrisa se hizo tan amplia que casi parecía una demente.
—Sí —siseó entre dientes. Habló a toda prisa, como si por fin hubiera perdido la paciencia—, ahí es donde entrego mis ofrendas. Madre no me deja entrar en el santuario y siempre se ha negado a llevarme a Antemusa, así que rezo como el resto de sus creyentes.
Dio un buen trago de vino y una gotita le cayó por la comisura de los labios, pintados de un tono tan similar al de la sangre que me puso los pelos de punta.
Permanecí callado mientras digería la amargura con la que había hablado.
Conocía sus planes y sospechaba que su relación con la emperatriz estaba irrevocablemente rota, pero el profundo dolor y el ciego anhelo que destilaban sus palabras desataron una ola de preocupación en mi interior.
Los monstruos más aterradores son aquellos que actúan movidos por la desesperación.
Dejé que el silencio descendiera sobre nosotros contemplando a las parejas que bailaban y probando la comida que nos habían servido antes de preguntar:
—¿Significa eso que el santuario de Eusia no está cerca de su altar?
Halla dio un minúsculo respingo que me habría pasado desapercibido de no haber sido por la pequeña sacudida que sufrió su cáliz cuando se lo llevaba a los labios. Dio un sorbito sin responder y, antes de que tuviera tiempo de volver a poner la copa sobre la mesa, me dispuse a incorporarme.
—Responde o me marcho.
Extendió un brazo con una sonrisa tirante y me agarró la mano. No fue un gesto suave, tampoco seductor o persuasivo, sino desesperado, como el de una mujer que se aferra al borde de un precipicio. Clavó su mirada desencajada en la mía.
—Si te soy sincera… —tomó una bocanada de aire profunda y temblorosa—, nunca he estado en el santuario donde Eusia solía alojarse cuando venía a Obelia, que es donde estará ahora. Madre nunca me ha confiado su paradero y, por mucho que lo he buscado, no he conseguido encontrarlo.
Volví a sentarme y me recosté contra el respaldo en actitud resignada. La creí.
Se oyó un sonoro grito más allá de las puertas del salón de baile y, mientras que yo me incorporé enseguida movido por la preocupación, a Halla regresó la alegría que la había embargado hasta ese momento. Se inclinó hacia delante y se llevó las manos al pecho.
—¿Qué ocurre?
Se estiró en su silla para tratar de ver mejor.
—El rapto de la novia.
—¿El qué?
—¿No te lo han explicado? —preguntó con la voz cargada de expectación—. Es una tradición obelina. Las doncellas se llevan a la novia y el novio tiene que buscarla por todo el palacio para recuperarla.
Resoplé exasperado.
—¿Y si no quiere recuperarla? —pregunté—. ¿Qué pasará entonces?
La música y las risas de los invitados parecieron volverse todavía más estruendosas. El regocijo iluminaba cada rostro en aquella resplandeciente estancia y, aunque Halla no perdió la sonrisa, su voz se ensombreció cuando se inclinó hacia mí para responder:
—Que se desatará la guerra.
Se levantó y, como si de una ligera nube arrastrada por el viento se tratara, rodeó la mesa y se dejó llevar por la marea de invitados.
Bebí con avidez de mi cáliz mientras recorría el salón con la mirada en busca del brillo dorado del vestido de Imogen, a pesar de que ya sabía que no la encontraría.
Markis, que estaba sentado a mi izquierda, estudió a Halla con atención antes de que desapareciera entre la multitud.
—No termino de entenderla —comentó en buena parte para sus adentros.
—¿Qué quieres decir?
Ensartó un pedazo de carne en su cuchillo y lo desgarró con los dientes.
—Hay algo en vuestra esposa que se me escapa. —Se acarició la barba y se encogió de hombros sin mucha convicción—. La sirena es como un libro abierto y sus intenciones son claras.
—Más te vale no volver a pensar en la sirena ni tocarla nunca más. En cuanto a Halla, creo que su objetivo es más que evidente. —Ya se me había agotado la paciencia—. Quiere ser valorada.
Markis bajó la cabeza y consideró mis palabras con las cejas enarcadas. Los músicos entonaron una nueva canción mucho más intensa que la anterior, así que tuvo que acercarse para hacerse oír.
—Claro, majestad, pero ¿por quién? ¿Por vos? ¿Por su madre? Dioses, la mitad del tiempo me da la sensación de que es el favor de la reina Imogen lo que busca.
Un chillido ensordecedor estalló en el centro del salón, seguido de unas carcajadas deleitadas. La multitud se movió al tiempo que se oía otro grito, y capté el atisbo de una falda blanca y una melena pálida. Entonces toda la estancia prorrumpió en vítores.
Si la pregunta de Markis me había puesto los pelos de punta, los gritos habían estado a punto de rematarme.
Siempre había pensado que lo que Halla quería era que Nivala la valorara.
Creía que, si había estado tan dispuesta a abandonar su hogar para casarse y tener hijos con un hombre al que no conocía ni amaba, había sido solo para complacer a su madre.
Porque eso repararía su relación. También había cedido enseguida cuando yo había retirado todas y cada una de las promesas que le había hecho en un principio.
Imogen me había contado lo del trato entre Nivala y Eusia, y por eso yo había asumido que el único objetivo de la emperatriz era que Halla la ayudara a pagar su deuda.
Que su hija le diera a Eusia el retoño divino que ella misma le había prometido.
Desde el principio había creído que quien movía los hilos era la emperatriz, una persona que no se detenía ante nada y que estaba dispuesta a utilizar a Halla (a todos los que la rodeaban) para conseguir sus objetivos.
Pero una nueva teoría me revolvió el estómago: ¿y si Halla tenía sus propios planes?
¿Y si ella iba tras una meta totalmente distinta que no habíamos tenido en cuenta?
Eché mi silla hacia atrás y sus patas rechinaron contra el suelo justo cuando los invitados comenzaban a llamarme por encima de las notas de la animada melodía.
Yo no estaba hecho para la magia. No tenía visiones ni se me ponían los ojos blancos. Pero, cuando se me erizó la piel y un escalofrío me recorrió la columna, supe que algo terrible estaba a punto de ocurrir.
Me dirigí a Markis con mala cara:
—¿Ha llegado Lachlan ya?
Mi procurador se incorporó de golpe y se pasó una mano por la parte delantera de su chaleco marrón.
—Lo he visto con su esposa en el vestíbulo principal hace un rato.
Un grupo de invitados caminaba hacia mí haciéndome gestos con las manos y animándome a que comenzara la búsqueda de la novia.
—Ve a por él. —Vacilé tan pronto como le di aquella orden, puesto que no estaba seguro de si podía fiarme de él—.
Dile que venga con Agatha a buscarme. Si no lo haces, te unirás a Eftan en el calabozo.
—Me dispuse a rodear la mesa para desaparecer entre la multitud—.
Y, si ves a Imogen, acude a mí de inmediato.
La rápida melodía que interpretaban los músicos estaba empezando a sacarme de quicio, igual que el grupito de borrachos que me había seguido hasta el vestíbulo principal.
Para aplacarlos, busqué a Halla sin muchas ganas por la antecámara contigua a la escalera y metí la cabeza rápidamente en otra sala.
Pero continué abriéndome camino con determinación a través del muro de personas que me seguía hasta llegar a las puertas de la cámara donde había dejado a Imogen.
Nuestros guardias seguían apostados en el mismo sitio, lo que significaba que Imogen todavía no había salido de allí.
La repentina necesidad de verla, de asegurarme de que se encontraba bien, me resultó apabullante.
Empujé al hombre parado ante mí con tanta fuerza que estuve a punto de tirarlo al suelo.
—Fuera de mi camino. —Una nueva oleada de carcajadas y vítores resonó a mi espalda, pero yo me sentía como si mi caja torácica estuviera al borde del colapso. Corrí hasta la cámara del altar—. ¿Dónde está?
Todos los guardias me miraron estupefactos.