La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 31. Imogen #3
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31. Imogen #3

Nunca en mi vida me había sentido lo bastante segura como para intentar relajarme. Tampoco era capaz de imaginar cómo encajaría el descanso en mi futuro, que giraría en torno al deber para con mi reino, si es que sobrevivía después de todo aquello.

Me acarició el dorso de la mano con el pulgar.

—Aprenderemos juntos.

Pero la incertidumbre que subyacía en la calidez de su tono no me pasó desapercibida.

La conversación que habíamos mantenido la noche anterior, lo difícil que nos resultaba encontrar una forma clara de compartir un futuro, pendía alrededor de nuestro cuello como una soga que se tensaba con cada minuto que pasaba.

Los sonidos metálicos de una armadura nos hicieron dar media vuelta. Uno de los guardias de Theodore se detuvo y se inclinó ante nosotros.

—Se requiere vuestra presencia en el salón de baile, majestad. Dicen que la celebración ya ha comenzado.

Theodore asintió y luego me miró como si no quisiera apartarse de mi lado.

—Ve —le dije del modo más tranquilizador que pude antes de añadir en un susurro—: Tengo que echar un vistazo por el palacio.

No tardó en comprender lo que quería decir.

—Ten cuidado. Dejaré a uno de mis hombres con tu escolta. Pídele que venga a buscarme tan pronto como encuentres algo.

Mientras se marchaba, adoptó una postura firme y levantó bien el mentón. Una mezcla de admiración y pena me embargó al ver que aquel aire distante de inviolabilidad y autoridad lo envolvía como una capa. Yo entendía bien cuál era el precio por llevarla. Sabía lo mucho que asfixiaba a su portador.

—Majestad —lo llamé.

Él se detuvo y se volvió para mirarme con expresión sombría.

Entonces me llevé una mano a la cabeza para quitarme la corona de Nemea.

Con la otra, me retiré las horquillas que había utilizado para esconder su corona de hojas doradas entre mis mechones.

Sus ojos se iluminaron mientras seguían con atención cada uno de mis movimientos, así como la caída de mis rizos, como si yo fuera una criatura recién descubierta y digna de admirar.

Por fin me quité su corona y se la ofrecí.

—Te dejaste esto en la fortaleza.

Se acercó a mí, extendió la mano y me la quitó sin prestarle la más mínima atención.

—¿Ah, sí?

Asentí conteniendo el aliento y él se agachó muy despacio hasta acercar los labios a mi oreja.

—Te sienta de maravilla.

Me estremecí sin comprender cómo se las había arreglado para conferirles a sus palabras aquella irresistible sensualidad.

Me contemplaba como si me hubiera quitado el vestido en vez de la corona.

Su cálida mejilla rozó la mía al apartarse.

Mientras se alejaba, me esforcé por calmar el ritmo de mi respiración antes de enfrentarme una vez más al altar de Eusia.

El cuenco que había ante la estatua estaba medio lleno de sangre. De ofrendas. Levanté la vista para estudiar el agua que caía desde el punto de unión entre el techo y la pared del altar y descendía hasta la estrecha pila en su base. Qué ingenioso.

Con mirada tensa, me maravillé de nuevo ante la excelente manufactura de la estatua.

Era tan detallada que incluso distinguía las delicadas líneas de sus dedos y del lecho de sus uñas.

La forma en que el artista había sido capaz de reproducir la grotesca herida de su vientre era impresionante.

Además, había algo hermoso, casi heroico, en la manera en que la mantenía abierta.

Incluso el desagradable exceso de piel bajo sus ojos era tan frágil y delicado que pedía a gritos que quienes la contemplaran empa­tizaran con ella.

Obligaba a pensar en el sacrificio, el dolor y la ­gratitud.

Hacía que me hirviera la sangre de rabia.

En un arrebato colérico, cogí el cuenco de las ofrendas y lancé la sangre que contenía contra la pared del altar, donde dejó un resplandeciente trazo rojo.

También salpicó el rostro de la estatua y le cayó por el torso destrozado.

El resto de la sangre se mezcló con el agua de mar, que no tardó en adquirir un tono rosado oscuro.

Con dedos temblorosos, lancé el cuenco dentro de la estrecha pila y me dirigí hacia la puerta que había al otro lado de la estancia tenuemente iluminada. Mi cuerpo ardía de determinación. Estaba a punto de alcanzar a Eusia y, cuando por fin la atrapara…

Una mano me agarró del pelo de la nuca y tiró de mí hacia atrás.

Un intenso dolor agudo estalló en el lateral de mi cuello.

Moví los brazos en círculos con las garras extendidas, pero solo conseguí desgarrar la tela de la manga de mi atacante.

Invoqué mi poder, que se abrió paso por mi vientre como un torrente cálido y tenebroso, pero fuera lo que fuese lo que me habían clavado en el cuello ya se había colado bajo mi piel, en mi flujo sanguíneo.

Un extraño dolor me consumía a toda velocidad.

La vista comenzó a fallarme. Me pesaban los brazos.

En el tiempo que tardé en perder la consciencia, me arrastraron del pelo por el suelo como si fuera una muñeca en manos de un niño.

Vi sobre mí la estatua desdibujada de Eusia cubierta de sangre.

Oí el goteo del agua salada. Luego, con una sacudida, me metieron en una abertura oculta en la pared del altar y la oscuridad me engulló.