La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 31. Imogen #2
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31. Imogen #2

En Della, Agatha había encontrado un vestido hecho con la seda del tono dorado más rico e intenso que yo había visto jamás.

Tenía la espalda abierta, lo bastante como para darles espacio a mis alas para desplegarse, pero lo que más me gustaba era su falda.

Además de que fluía como el agua, la seda estaba decorada con un patrón superpuesto que me recordaba a la textura de las plumas. O de las escamas.

—Pensé que te gustaría.

Bajó los últimos escalones y buscó mi mano.

—No deberías… —dije.

—No pasa nada —respondió en voz baja al tiempo que se acercaba y me rozaba los dedos—.

Los demás solo tienen ojos para Halla. Aquí la adoran, así que están encantados de tenerla de vuelta y no me han dedicado ni un solo segundo de su tiempo.

—Miró a nuestro alrededor para asegurarse de que estábamos solos—.

Aunque nada me gustaría más que llevarte a un rincón oscuro y devorarte, tengo que enseñarte algo.

—La preocupación volvió a fruncirle el ceño—. Por aquí.

Rodeada de sus guardias, lo seguí por el vestíbulo en dirección al ala opuesta del palacio, donde un pasillo iluminado por velas conducía hasta unas puertas dobles abiertas de par en par.

La estancia que había al otro lado estaba envuelta en sombras salvo por una lámpara de techo que desprendía un brillo suave pero constante.

Theodore me cogió la mano en un acto de atrevimiento y tiró de mí para conducirme hasta el otro extremo de la larga sala.

El musical golpeteo del agua al caer inundó mis oídos. El aire estaba cargado de un intenso olor a sal.

—Mira —dijo dándome un apretón en la mano.

Al final de un estrecho pasaje, había un grupo de invitados arrodillados ante un imponente altar dorado en cuyo centro descansaba la estatuilla de una mujer con una herida que le atravesaba el centro del torso.

Comenzaba bajo sus pequeños senos y ella misma la mantenía abierta con ambas manos, como si invitara a sus adoradores a asomarse al interior de su cuerpo y admirarlo.

Me aferré a la cálida mano de Theodore con más fuerza mientras observaba la cabeza calva de la estatua, así como el delicadamente tallado exceso de piel que le colgaba debajo de los ojos.

Tenía los brazos más delgados de lo normal y parecía que sus piernas se habían fusionado, unidas por una capa de piel escamosa bajo la cual se apreciaba la silueta de sus huesos.

Los dedos de sus pies eran demasiado largos, palmeados y torcidos.

Igual que le había ocurrido a aquella nekgya, haber pasado años en el agua había transformado a Eusia en una criatura irreconocible.

Ante el altar, una pila recogía el agua de mar que caía por el extenso e intrincado muro de oro y plata decorado con gemas azules.

Estudié con atención los detalles grabados en la superficie dorada: olas que rompían, percebes y erizos de mar decoraban sus bordes.

Debajo de Eusia, en una espeluznante superposición, alcancé a distinguir un cúmulo de extremidades enredadas y alas arrancadas.

Eran las nekgya. Finalmente, por encima de la resplandeciente estatua, reparé en un círculo amplio.

Estaba dispuesto de tal manera que recordaba a una aureola que acentuaba su etérea serenidad, aunque yo enseguida identifiqué lo que representaba.

Su estanque.

Me resultó asombroso, pero también me revolvió el estómago.

Era una demostración de poder sorprendente, lujoso, y de una exquisita manufactura.

Eusia había vencido a la muerte y a los dioses, así como al paso del tiempo y a las indómitas aguas del mar.

Había pasado cientos de años rehaciéndose a sí misma, quedándose hueca y cambiando una y otra vez para perseverar. Para continuar amasando poder.

Debía de ser muy fácil venerarla y excusar las penurias, el dolor y lo monstruoso de su existencia, cuando su figura estaba envuelta en oro y salpicada de resplandecientes gemas.

¿Cómo no iban a arrodillarse ante ella cuando les bastaba con derramar unas pocas gotas de su sangre para obtener una parte del poder que su santa tanto se había esforzado por obtener?

Levanté la vista para mirar a Theodore, que se había quedado mudo de rabia a mi lado. Cuando hablé, soné absolutamente desolada.

—No entiendo cómo…

Me dio un apretón en la mano para callarme sin apartar la mirada encendida de la estatua de Eusia.

—La odio —dijo en un violento susurro cuando el último obelino por fin se apartó del cuenco dispuesto a sus desfigurados pies—.

La odio por todo lo que ha hecho y todo lo que representa, pero si hay algo que le reconozco es su abominable tenacidad.

No ha flaqueado nunca y por eso sigue viva.

—Se volvió hacia mí—. Tenemos que hacer lo mismo si queremos derrotarla y sobrevivir.

Puede que ella nunca hubiera dudado, pero yo desde luego que lo había hecho. Una y otra vez.

Un brillo cálido inundó la mirada desolada con la que escudriñó mis facciones como había hecho ya antes en tantas ocasiones para memorizarlas, catalogarlas y admirarlas. Habló con suma delicadeza:

—Sé que estás cansada, Immy, pero cuando todo esto haya acabado, ambos podremos descansar.

«Ambos». Parpadeé para desterrar la sensación de ardor que había aparecido en mis ojos.

—No sé si sabré cómo hacerlo.