La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 31. Imogen
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31. Imogen

Imogen

P ercibí la presencia del agua antes de verla.

El trayecto en carruaje desde la montaña no había sido accidentado, pero hasta la más mínima sacudida había hecho que el dolor aflorara de nuevo en mi cabeza.

Ahora que volvíamos a encontrarnos junto al mar, aquel extraño malestar que había estado sintiendo había desaparecido por completo.

Miré por la ventanilla. Las calles de la capital de Obelia eran estrechas y sus altos edificios destartalados estaban apretujados unos contra otros, como una hilera de libros demasiado grandes metidos a presión en una estantería.

El cielo estaba despejado, pero las casas eran lo bastante altas como para cubrirlo todo con sus gélidas sombras.

Aleka me observaba desde el asiento opuesto al mío. Viajábamos las dos solas, puesto que, después de nuestro perturbador encuentro con la emperatriz, Lachlan se había tenido que llevar a Agatha de vuelta a sus aposentos para ayudarla a calmarse antes de bajar al palacio.

—¿Va todo bien, majestad? —La mariscal se había tapado con una manta de piel y acaparaba el calentador de pies al haberlo cubierto con el bajo de su túnica—. Parece que algo… os perturba.

Me reí con amargura, sin apartar la mirada de la ventanilla.

—No podríais haberlo dicho mejor.

—Entiendo que no os haga especial ilusión celebrar el matrimonio del rey. —Emitió un ruidito reflexivo—. Si podemos llamarlo así, claro. No les auguro una futura vida en pareja particularmente feliz, pero supongo que es lo que tiene ser monarca.

Valoré que Aleka no endulzara sus palabras.

En cierto modo, me recordaba a Agatha, que siempre hablaba con sinceridad, compartía generosamente su sabiduría y sus sensatas opiniones y no se dejaba llevar por lo que sentía.

Yo envidiaba la aparente facilidad con la que era capaz de ver las cosas tal y como eran.

Me sorprendió que hubiera hecho referencia a la felicidad de Theodore.

—He llegado a la conclusión de que cualquier dirigente sería un necio por esperar una vida dichosa. —Aspirar a ello parecía mucho pedir.

Nos quedamos en silencio mientras el carruaje traqueteaba.

—Imagino que vos valoráis mucho la felicidad —comentó casi para sus adentros—, pero espero que esta noche mantengáis la cabeza fría, majestad. A pesar de que… anoche pasasteis tiempo juntos, no tenéis ningún derecho sobre el rey. Haríais bien en recordarlo por el bien de todos.

Se me calentaron las mejillas cuando por fin encontré su mirada.

—Supongo que mi comportamiento no ha hecho más que alimentar la imagen irresponsable y egoísta que teníais de mí.

Ella levantó un hombro despreocupadamente.

—Forma parte de vuestra naturaleza. Pero permitidme dejar claro que esas cualidades no son del todo negativas. Me atrevería a decir que, en la mayoría de los casos, juegan a vuestro favor.

Sin embargo, a juzgar por la cautela que se apreciaba en su tono, no creía que me estuviera haciendo un cumplido. El aire frío del carruaje se tornó gélido.

Me acababa de advertir que no montara una escenita con Theo y Halla, pero la realidad era que la decisión más irresponsable que yo podría tomar aquella noche no era esa, sino recorrer el palacio en busca de Eusia.

Y, a pesar del sensato consejo de la mariscal, eso era precisamente lo que pensaba hacer.

Llegamos al final de las largas hileras de edificios apiñados y el paisaje cambió para dar paso a un escarpado campo nevado.

Al otro lado, en una estrecha lengua de tierra, se alzaba el palacio negro de la emperatriz.

Cambié de posición para ver mejor el edificio de aspecto brutal y las aguas ribeteadas de plata que brillaban justo detrás.

Tomé una profunda bocanada de aire salado y lo contuve en los pulmones.

Lo que parecía un torrente de sangre caliente me hinchó el estómago cuando el poder regresó con avidez allí donde había quedado drenada de él.

Ahora estaba más segura que nunca de que la emperatriz tenía a Eusia junto al mar.

Las montañas eran asfixiantes, y Eusia codiciaba demasiado el poder como para renunciar a él.

Era una maga sibila, sí, pero ante todo era una sirena.

Nunca dejaría de escuchar la llamada del mar.

El carruaje traqueteó hasta la entrada principal del palacio y una firme determinación me ayudó a recuperar la calma. Encontraría a Eusia costara lo que costase. Me pasé las manos por la parte delantera del vestido para palpar la dura silueta de la daga que había escondido allí.

El palacio Mustkiva hacía honor a su nombre, pues, según me había dicho un lacayo, significaba «bastión negro» en obelino.

Sus murallas eran altas y gruesas y contaban con dos enormes rejas que se levantaron con un perezoso estrépito para permitirnos acceder al camino principal.

El constante azote del viento había desgastado tanto sus sillares que sus pronunciadas aristas se habían transformado en líneas curvas y plagadas de agujeros.

No fue hasta que nos escoltaron a mis guardias y a mí hasta la descomunal puerta principal que comprendí de verdad lo inmensa que era la riqueza del continente.

Me habría dejado con la boca abierta incluso si me hubieran dicho que el alcance de dicha riqueza se reducía al oro, las joyas y el marfil que decoraban la intrincada puerta de entrada.

Sin embargo, a medida que recorríamos los amplios pasillos, la apariencia del palacio no hizo sino volverse más y más opulenta.

Miré de reojo a Aleka, que caminaba a mi lado.

—Al lado de Mustkiva, Genevreer parece una casucha desvencijada —comenté en voz baja.

La mujer permaneció impasible, pero sus ojos oscuros recorrieron cada resplandeciente centímetro del palacio.

—Es un verdadero símbolo de poder.

Dos sirvientes nos condujeron hasta el enorme vestíbulo decorado en tonos azul oscuro, plata y oro, cuyos altísimos techos estaban adornados con gemas engastadas que imitaban un cielo estrellado.

Los invitados se movían por toda la estancia y charlaban entre sí con cálices de cristal llenos de vino tinto en la mano.

«Un símbolo de poder».

Les di vueltas a aquellas palabras mientras sus afilados extremos se me clavaban en la mente.

Imaginaba que Aleka tenía razón; en Obelia, el poder generaba fortunas escandalosas y debilitaba a quienes carecían de él.

Aquello era justo lo que Nemea había hecho: había construido un mundo donde uno afianzaba su poder al convertir en monstruos a quienes lo hacían peligrar, justificando su aniquilación.

En efecto, no había piedad para los monstruos.

Ni siquiera la corona variana estaba exenta de caer en aquellas ridículas muestras de opulencia, pero lo suyo no tenía ni punto de comparación con lo de Obelia.

Lo del continente era una pura muestra de glotonería y avaricia.

Contando con semejante poder adquisitivo, Halla podría haberse casado con quien hubiera querido, pero la emperatriz le había buscado un rey que tenía algo que ni su ejército ni sus riquezas ni su santa podrían haberle conseguido jamás.

El poder de un dios.

Aleka se quedó mirando una pintura que representaba una aldea cubierta de nieve mientras un escalofrío de terror me recorría la columna como si de un dedo helado se tratara.

Tuve el terrible presentimiento de que Theodore se encontraba en grave peligro.

Estaba allí, en alguna parte, y no iba a poder quedarme tranquila hasta que lo viera con mis propios ojos.

Hasta que me asegurara de que estaba a salvo.

Una nueva remesa de invitados atravesó las puertas que conducían a las salas igual de lujosas que se abrían a ambos lados del vestíbulo.

Más adelante, se oía el rumor y el rasgueo de los músicos que afinaban sus instrumentos.

Mi idea había sido escaparme sin ser vista, perderme entre la multitud cuando la música y las conversaciones estuvieran en su pleno apogeo, pero no me veía capaz de quedarme quieta ni un solo segundo más.

Dejé mi copa en la mesa de mármol más cercana, me recogí las faldas y me dirigí hacia la puerta a través de la cual se colaba un nuevo coro de voces que se hacía oír por encima del ruido y la creciente música.

—Majestad. —Aleka me llamó con voz firme aunque tirante, pero yo no respondí.

Salí al pasillo y me pegué a la pared para estudiar a los elegantes invitados que bajaban del piso superior.

Me detuve en seco al ver a Halla. Era imposible de pasar por alto con su resplandeciente vestido blanco, tan voluminoso que ocupaba todo el ancho de la escalera.

En cambio, lo que más me llamó la atención fue la absoluta felicidad que se reflejaba en su semblante.

Su expresión transmitía la satisfacción que solo una mujer que por fin ha obtenido todo cuanto siempre ha deseado podría sentir.

El miedo me atravesó. ¿Y si por fin tenía lo que quería, incluida la sangre de Theodore?

Entonces lo vi. Iba cerrando el grupo, seguido de sus guardias vestidos de armadura.

Llevaba la cabeza gacha, desprovista de su corona, y parecía como si alguien le hubiera arrancado el corazón de cuajo del pecho.

Cuando el grupo se dispersó, Halla entró con una sonrisa en la sala que yo acababa de abandonar, acompañada de un séquito de mujeres que reían y la adulaban.

Al volverme hacia Theodore, descubrí que se había detenido en la escalera, con una mano cerrada firmemente en torno a la barandilla y la mirada rota clavada en mí.

Ni siquiera su expresión desdichada lograba opacar lo apuesto que estaba con su traje azul oscuro.

Mantenía una postura recta y orgullosa y, mientras me estudiaba, la arruguita atribulada que le surcaba el ceño empezó a desdibujarse.

La luz que le iluminó poco a poco la mirada no fue un mero producto de mi imaginación.

—Dorado —dijo con una dulce expresión de sorpresa al contemplar mi vestido.