30. Imogen #3
Un hormigueo me trepó por la nuca. Me costaba respirar, como si algo se hubiera sentado sobre mi pecho.
—¿Por qué?
—Supe que eras la hija de Ligea nada más verte.
Solo coincidí con tu madre en una ocasión, pero era imposible de olvidar con aquellos malévolos ojos amarillos que tenía.
—Se alisó la falda—. Igualitos que los tuyos.
Me avergüenza admitir que tardé un poco más en averiguar quién era tu padre.
Quizá no quise creerlo… —Hizo una pausa y un evidente resentimiento le ensombreció la mirada—.
Pero en cuanto vi el anillo de espinela que llevabas y averigüé cuál era tu apellido, me vi obligada a aceptar la realidad.
Una resbaladiza película de sudor me cubría todo el cuerpo. El corazón me latía con tanta impetuosidad que lo notaba en la yema de los dedos.
—¿Y a vos qué más os da quiénes sean mis padres?
Profirió una risotada rabiosa.
—No me hagas perder el tiempo, niña. A estas alturas, no creo que haya ya secretos entre nosotras.
Pero yo estaba segura de que sí los había y sospechaba que los suyos eran mucho más numerosos que los míos.
—¿Y Halla lo sabe? ¿Sabe que somos hermanas?
La emperatriz se crispó de rabia contenida.
—Se lo conté anoche.
Asentí mientras una sensación de desasosiego se adueñaba de mí. Ella permaneció quieta, fulminándome con la mirada y dándole vueltas al anillo que llevaba en el pulgar. La situación no hizo más que empeorar mi dolor de cabeza, así como la desagradable sensación que me atenazaba el vientre.
—Ya he estado en esta sala —dije por fin, desesperada por marcharme de allí.
—Sí —replicó ella enarcando las cejas blancas—, pero no has visto mi trono. —Extendió las manos sobre el recargado asiento—. Ven.
—Preferiría retirarme.
—Te he dicho que vengas aquí. —Ante la brusquedad de su orden, Lachlan y los guardias se adelantaron para protegerme—. Ay, bueno, vosotros también podéis venir, lobitos de mar —añadió con tono burlón—. Por favor, acercaos a echarle un vistazo.
Hasta donde yo sabía, la fortaleza estaba desierta, pues no nos habíamos cruzado con un solo sirviente, doncella o guardia obelino de camino al salón del trono.
Podría marcharme de allí sin correr ningún riesgo si así lo deseaba, pero en los ojos de la emperatriz se atisbaba un brillo enajenado que me ponía los pelos de punta, que me hacía querer aplacarla, que despertaba mi curiosidad.
—Quédate aquí —le susurré a Lachlan.
—Ni hablar —dijo él caminando ya a mi lado.
Entonces, despacio, hombro con hombro, subimos el primer escalón de la tarima.
—Muy bien. —La emperatriz apretó los labios, pintados de rojo, y, al ver que me detenía, su mirada frenética se posó en la mía. Habló en un susurro sin apenas mover la boca—. No te pareces en nada a él.
A Nemea.
—Sí me parezco —objeté en voz tan baja como la suya, con una pizca de resentimiento—, lo que pasa es que no se aprecia a simple vista.
Algo cambió en su semblante en aquel momento. Su expresión reflejaba una emoción que yo no terminaba de identificar, similar a la aprobación o la envidia.
—En Halla no es el caso. No hay ni rastro de ese hombre ni en su apariencia ni en su corazón. Era astuto y valeroso.
«Valeroso». La añoranza y la reverencia que destilaba su voz me golpearon como un puñetazo en la boca del estómago del que tardé un instante en recuperarme.
—Me temo que no conocéis a Nemea y a Halla tan bien como pensáis.
La emperatriz frunció el ceño y bajó la vista a los reposabrazos decorados con volutas de oro de su trono.
En sus extremos había unas púas cortas y delgadas, justo donde una apoyaría las muñecas.
Debajo de ellas, lo que parecía ser un ostentoso elemento decorativo era en realidad un armazón en forma de embudo con un agujero en la parte inferior. No había reparado en ello desde lejos.
—No es un simple trono —explicó con reverencia—. Aquí es donde rezo, donde entrego mis ofrendas y planeo mis conquistas. Es el mismísimo núcleo de mi poder, la materialización de mi autoridad, un emblema de lo que estoy dispuesta a sacrificar con tal de protegerlo.
Las púas le atravesaron la piel de las muñecas y la hicieron sangrar.
Me pegué al costado de Lachlan. El estómago me daba vueltas, me ardía a consecuencia de las náuseas.
El dolor crecía y se extendía por todo mi cuerpo.
Mis músculos estaban a punto de quedar presa de los espasmos.
Cuando la emperatriz volvió a encontrar mi mirada, mi campo de visión se fragmentó.
Con una euforia cruel, Nivala me contempló tambalearme antes de que Lachlan me sujetara para mantenerme erguida.
—No eres tan temible como crees, reina Imogen. —De nuevo hablaba como la madre que se dirige a sus hijos, en un susurro dulce y sincero—. No eres más que un odre rebosante del más exquisito vino. Y Eusia tiene mucha mucha sed.
Bajé la mano hasta mi vientre cuando el eco de unos pasos rápidos resonó por el pasillo, tras mi escolta.
—Ahí estáis —dijo Aleka con tono reprobador—.
Había ido al pasillo de nuestros aposentos a buscaros, reina Imogen.
—Mis guardias le permitieron entrar en el salón del trono, pero ella se quedó junto a la puerta, con la mirada despierta y amable clavada en la emperatriz y en mí.
Respiró hondo antes de hacer una reverencia—.
Majestad, majestad imperial. —Se incorporó—.
Reina Imogen, los carruajes nos esperan para llevarnos al palacio donde se celebrará el banquete.
Se me había ocurrido que podríamos compartir uno.
—Por supuesto —me apresuré a decir.
Antes de dar media vuelta para marcharme apoyándome en Lachlan, la emperatriz se puso de pie con una expresión inescrutable.
—Disfrutad de la velada, majestad.
Con un profundo escalofrío, salí del salón del trono, agradecida por regresar junto al mar y dejar atrás la fortaleza Vuoria y aquellas condenadas montañas.