30. Imogen #2
—No estará sola. Soy el comandante de la guardia real. —Señaló a Agatha—. Y esta es la mujer más formidable de todo el archipiélago leucosiano. Quien ose plantarnos cara no tendrá nada que hacer contra nosotros.
Extendí la mano y bajé la vista a la llave que colgaba del cinturón de la mujer. La llave de mi dormitorio.
—Me llevaré la llave, si no te importa. —Miré a los otros cinco marineros que la acompañaban—. Vosotros quedaos aquí. Volveremos enseguida.
Formaron una estrecha fila a la entrada del pasillo y, aunque no quedaron muy convencidos, Lachlan, Agatha y yo nos adentramos en la oscuridad.
Lo creía imposible, pero la temperatura descendió todavía más a medida que avanzábamos.
El roce de las telarañas me hacía cosquillas en el rostro.
Me detuve ante la primera puerta que encontramos y sacudí el picaporte, pero no cedió.
—Quería comentarte una cosa… —Agatha se inclinó hacia mí para susurrar—. He estado practicando el hechizo.
La llave que sostenía por poco se me cayó al suelo.
—¿¡Cómo!? —Le lancé una mirada estupefacta a Lachlan, que parecía resignado.
—Por mucho que me pese, se le da de maravilla. Ya ha fulminado a dos ratones.
—No vuelvas a hacerlo, Agatha. —Metí la llave en la cerradura—. Se acabó. Todavía te estás recuperando.
Se cruzó de brazos.
—No sé blandir un arma y tampoco soy una sirena demasiado poderosa que digamos. Me negaba a venir aquí sin contar con una manera de protegerme, y ahora por fin la tengo.
Asentí a regañadientes. No podía echarle en cara que necesitara sentirse segura. Y menos estando en los dominios de la emperatriz. Giré la llave con un gran esfuerzo y el cerrojo se abrió emitiendo un sonoro golpe.
Lachlan me miró sorprendido.
—¿Esa es la llave de tus aposentos?
—Una corazonada —expliqué asintiendo con la cabeza.
En la diminuta estancia cubierta de polvo que había al otro lado del umbral no había nada más que muebles de madera viejos bañados por la luz blanquecina del sol.
Agatha y Lachlan me siguieron hasta la siguiente puerta.
—No lo entiendo —dijo mi amiga—. ¿Estamos buscando a Eusia? Porque este no parece el lugar donde una esperaría encontrarla. Estamos a demasiada altura.
Negué con la cabeza y me agaché para meter la llave en la siguiente cerradura.
—En esta fortaleza no hay ni un solo detalle o elemento ostentoso.
—Giré la llave y la puerta se abrió. Al otro lado había una cámara iluminada por el sol, llena de leños apilados hasta el techo—.
No hay nada que merezca estar protegido bajo llave.
Este edificio es un mero refugio pensado para cubrir las necesidades básicas para la supervivencia, así que ¿por qué decidiría su creador forjar una llave única para todas las cerraduras?
Lachlan se cruzó de brazos.
—Para que cualquiera con una copia pueda entrar en la estancia que le plazca siempre que quiera.
—Eso es. —El corazón empezaba a martillearme en el pecho. Llamé a la escolta con la que habíamos estado hablando, que recorrió el pasillo a toda prisa—. ¿Cuántos guardias vigilaban mi puerta anoche?
La mujer irguió la espalda y afianzó su postura.
—Entre dos y cuatro, majestad.
—¿A qué hora estuvieron solo dos?
El cerrojo de la siguiente puerta también se abrió. Aquella estancia albergaba tres camas estrechas sin hacer. Imaginé que estaban reservadas para el servicio.
—A primera hora de la madrugada. Nuestros descansos se solapan durante una hora con los otros turnos. Es entonces cuando se quedan solos, pero os aseguro que ninguno se durmió.
—Ya veo. Puedes regresar a tu puesto.
Sin embargo, saber que solo dos guardias se quedaban vigilando mi puerta en plena noche no me daba ninguna tranquilidad. Bastaba con que cerraran los ojos unos minutos para que cualquiera se colara en mi dormitorio, ya fuera un miembro leal a la corte de Theodore o un sirviente obelino.
Tras comprobar que la llave servía para abrir cualquier cerradura, registramos todas las habitaciones del pasillo, aunque sin la esperanza de encontrar nada que nos resultara de utilidad.
Agatha tenía razón: la fortaleza no era el lugar en el que se esperaría que hubieran dejado a Eusia, pero abrí todas las puertas que se me pusieron por delante y registré cada estancia solo para estar segura.
Cuando regresaba junto a mi escolta seguida de Lachlan y Agatha, una de las puertas que había más adelante se abrió de improviso. Retrocedí con un gritito y me choqué con Agatha. Como no podía ser de otro modo, la fortaleza estaba plagada de túneles y pasadizos secretos, igual que la de Nemea.
Agatha me agarró del brazo con fuerza al enfrentarse a la figura imponente y serena de la emperatriz.
En ella yo siempre había apreciado un aire despiadado, aunque no habría esperado menos de una dirigente con un poder tan extenso.
No obstante, incluso envuelta en una silenciosa calma, esa implacabilidad tan innegable parecía haberse multiplicado.
Al encontrarse semioculta entre las sombras, solo alcanzamos a ver que su alta corona se ladeaba al inclinar la cabeza para observarnos.
Lachlan desenvainó su espada y se colocó delante de Agatha y de mí. Mi escolta también vino a nuestro encuentro con las armas en ristre, pero Nivala permaneció tranquila. Levantó sus manos engalanadas de anillos.
—¿A qué viene tanto alboroto? No creo que seáis tan necios como para pensar que podréis asesinarme sin enfrentaros vosotros mismos después a una muerte horrible y dolorosa.
—Soy rápido y eficiente —gruñó Lachlan—. Para cuando os encuentren, nosotros ya estaremos muy lejos de aquí.
Agatha dio un pasito adelante.
—Será mejor que nos vayamos, Lach.
Nivala se puso recta al oírla.
—Vaya, hola de nuevo. —Negó con la cabeza en actitud apesadumbrada—. Espero que puedas perdonarme. Cuando Halla me contó lo que eras, que la reina Imogen te tenía aprecio… En fin, no tuve otra opción. Como ya sabrás, necesitaba a la hija de Ligea y no había manera de sorprenderla a solas.
La cólera se coaguló en mi vientre.
—Pues aquí me tienes —le dije con una buena dosis de sarcasmo.
Aunque el pasillo estaba a oscuras, supe que la emperatriz sonreía. La curva de sus labios se reflejaba en sus palabras.
—No como me gustaría. —Se dio media vuelta y se alejó en dirección al final del pasillo, donde estaba mi escolta—. Acompañadme. Veo que queréis recorrer la fortaleza Vuoria, así que os haré las veces de guía.
Aquel momento había sido inevitable. De una forma u otra, la emperatriz me habría encontrado y se las habría arreglado para quedarse a solas conmigo.
—Accederé solo si me acompaña mi escolta.
La mujer dejó escapar una risita.
—Sí, claro. Por supuesto que podéis traeros a vuestro pequeño grupito de marineros.
Lachlan me miró por encima del hombro con mala cara.
—Es una pésima idea, Imogen.
—Lo sé. —Pero no había ido hasta allí para acabar esquivando el peligro, sino para mirarlo directamente a los ojos—. Os seguimos, majestad imperial. —Levanté la voz para dirigirme a mis guardias—. Con las armas preparadas.
Dejamos que nos condujera hasta el vestíbulo principal, donde traté de caminar detrás de ella, pero, igual que había hecho en el salón de baile de Theodore semanas atrás, se detuvo a mi lado y me agarró la mano.
Tenía los dedos anormalmente fríos y huesudos.
En aquella ocasión, en vez de acariciar mis cicatrices, me tomó el pulso.
Sintió el torrente acelerado de mi sangre.
—Conque ahora os hacéis llamar reina —comentó arrastrando las palabras—. Hasta hace poco no erais más que lady Nel. Menudo cambio.
—Soy lo que siempre he sido. —Mantuve la vista al frente, prestando atención al rumor de las pisadas de Lachlan, Agatha y los guardias a mi espalda—. Solo que antes no lo sabía.
—Ya veo. —Me dio unas palmaditas en el dorso de la mano y sus brazaletes de oro y plata tintinearon—.
Esta fortaleza es muy antigua —comenzó a decir recurriendo al tono que utilizaría una madre para contarles un cuento a sus hijos antes de dormir—.
Me temo que ya no es lo que era, pero, en mis tiempos jóvenes, este lugar estaba lleno de vida, ocupado por el consejo de guerra de mi padre y sus abanderados.
Aquí es donde planeó todas sus conquistas.
—Se inclinó hacia mí en actitud cómplice y, cuando traté de apartarme, me clavó una uña en la delicada piel de la muñeca, justo por encima de las venas.
Siseé, presa del pánico, pero algo me impidió protestar más.
—Venga, venga —dijo en un tono claramente amenazador y en voz lo bastante baja como para que solo yo pudiera oírla.
Nos encontrábamos en el corazón de la fortaleza e, igual que la última vez, sentí una creciente presión alrededor de las sienes, como si unos dedos me presionaran las suaves hendiduras a cada lado del cráneo.
—Dime, Imogen, ¿cómo te sientes?
Era como si todo el aire hubiera abandonado mis pulmones.
La otra vez había achacado la sensación a mis nervios, al torbellino de emociones que había estado sintiendo, pero no, era cosa de aquel lugar, de la montaña y la piedra.
Me detuve en seco en medio del vestíbulo, liberándome así de la firme presión que la emperatriz ejercía sobre mi muñeca.
Me froté la zona dolorida mientras ella seguía adelante, en dirección al salón del trono.
Agatha se detuvo a mi lado con gesto aterrado.
—¿Qué te pasa? Estás blanca.
La emperatriz se volvió antes de que tuviera oportunidad de responder.
—Seguidme. Tenemos mucho de lo que hablar antes de que partáis hacia Mustkiva para el banquete.
Al verla entrar en la modesta estancia donde descansaba aquel ridículo trono, comprendí que no me quedaba otra opción que seguirla si quería averiguar más cosas. Las antorchas susurraban y titilaban bajo las ventanas.
—¿Por qué me habéis traído aquí? A la fortaleza, quiero decir.
Subió a la imponente tarima con parsimonia, arrastrando la cola de su vestido morado oscuro. Esperó hasta que se hubo acomodado sobre su resplandeciente trono para responder:
—Quería que la vieras.