La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 30. Imogen
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30. Imogen

Imogen

C uando me desperté a la mañana siguiente, un haz de luz blanca iluminaba el muro de piedra, la chimenea se enfriaba rápidamente y la cama estaba vacía.

Parpadeé para intentar despejarme la vista y estiré el brazo hacia el lado del colchón que había ocupado Theodore.

Ya era bien entrada la noche cuando me había quedado dormida contra él, con los ojos cerrados con fuerza.

No había querido que mis lágrimas se derramaran sobre su piel, pero sospechaba que aquello no había impedido que se percatara de la situación.

No me había soltado ni por un momento, ni siquiera cuando por fin había caído en las garras del sueño.

Me apoyé sobre las manos y recorrí la estancia con la mirada.

Las piezas de mi vestido prestado estaban tiradas por el suelo, pero no había ni rastro de la ropa de Theodore.

Una solitaria llama azulada lamía un delgado leño carbonizado.

Hacía rato que el sol había salido y nadie había avivado el fuego.

Al pasar la mano por las sábanas arrugadas, comprobé que todavía albergaban un tenue rastro de calidez. Una pequeña punzada de dolor me atravesó el pecho, como un desgarro, pero hice todo lo posible por ignorarla y seguí recorriendo la habitación con la mirada.

Fue entonces cuando reparé en dos detalles: que Theodore había dejado su corona en la repisa de la chimenea y que la pócima de la escisión que me quedaba había desaparecido.

Me levanté de la cama de un salto al tiempo que me envolvía con una sábana y abrí la puerta de golpe. Cuatro de mis escoltas estaban montando guardia en el pasillo, armados y atentos.

Encontré la mirada de la mujer de huesos finos que tenía a mi derecha.

—¿Cuándo se ha marchado?

Bajó la vista al suelo rápidamente antes de volver a enfrentarse a mi expresión.

—Hará una media hora, majestad. —Carraspeó—. Su procurador ha venido a buscarlo. La muj… Es decir… Su, eh, esposa lo necesitaba.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿A dónde han ido?

—Unos guardias los escoltaron hasta el patio. Se dirigen al palacio que hay en la costa —explicó sin andarse con rodeos.

De pronto me sentí como si el mundo se hubiera puesto patas arriba.

—¿Ya? ¿Por qué?

—El procurador Gabros ha dicho que ya estaban organizando la celebración y que requerían la presencia de su majestad y de la reina Halla para ultimar los preparativos. El banquete tendrá lugar esta noche, majestad.

—Esta noche. —Pensaba que tendría más tiempo para peinar la fortaleza en busca de Eusia. Me pregunté si Theodore se habría llevado la pócima para mantenerla a salvo, aunque cabía la posibilidad de que Markis la hubiera robado—. ¿Habéis dejado a alguien más entrar en mis aposentos?

La mujer negó con la cabeza.

—No, majestad. Solo al procurador. Y no estuvo dentro más que un instante. El rey lo echó enseguida al pasillo para tener privacidad mientras se preparaba.

Unas bisagras chirriaron y Agatha salió de su dormitorio.

—He oído tu voz. —Al reparar en que no estaba vestida y tenía el pelo revuelto, sus ojos grandes y amables se abrieron de par en par—. ¿Qué ha pasado?

Me ceñí al cuerpo la sábana con la que me había cubierto.

—Te lo contaré en mis aposentos.

Traté de poner en orden las piezas del rompecabezas en que se había convertido mi situación, pero nada tenía sentido.

—¿Majestad? —La escolta levantó un poco la voz para intentar llamar mi atención.

—Sí, ¿qué pasa?

—Esta tarde pasará un carruaje por aquí para llevaros a vos también al palacio junto al mar.

—El tono amable que había adoptado me llevó a preguntarme si, tal y como estaba, envuelta en los últimos estertores del sueño, el sexo y el miedo, transmitiría una imagen de debilidad—.

Cuando os vistáis, os acompañaremos abajo para que comáis algo.

Asentí medio aturdida y, cuando regresé a mi dormitorio, Agatha salió de la habitación que compartía con Lachlan para acompañarme.

—Cuéntame.

Me puse con torpeza la camisola que Theodore había desgarrado en un arrebato de pasión.

—Los dos frasquitos de la pócima de escisión han desaparecido. —Me dio un vuelco el estómago—. El primero ya no tengo esperanza de recuperarlo, pero espero que Theodore se haya llevado el segundo para mantenerlo a buen recaudo.

—Esperemos que sí. —Se mordisqueó el labio—. ¿Quién se habrá llevado el primero? ¿Quién podría saber lo que contenían?

—Markis —aseguré pensando en lo ocurrido—. Él nos vio subirlos al barco cuando atracamos en Della. Podría haberles preguntado por ellos a los guardias que nos acompañaron.

Me acerqué a mi baúl y saqué uno de los vestidos que Agatha me había comprado. Me ayudó a ponerme la amplia falda.

—Pero ¿por qué haría algo así?

Dejé escapar un resoplido frustrado.

—¿Y yo qué sé? No encuentro una explicación. En cualquier caso, el banquete es esta noche, lo que significa que Theodore estará ocupado y no podrá lanzar el hechizo contra Eusia. Y poco después tendremos que prepararnos para partir. Tengo que encontrar a Eusia ya.

Sentí un pellizco de angustia al darme cuenta de que tal vez hubiéramos desperdiciado haciendo el amor nuestra única oportunidad de dar con ella.

Mientras me ponía el cuerpo del vestido de seda, el sol de la mañana se coló por la ventana y se reflejó en la corona de Theodore allí donde descansaba sobre la chimenea.

Me acerqué a ella para cogerla y el delicado oro pulido se raspó contra la piedra.

Era una pieza exquisita, pero sus hojas de laurel se perdían con facilidad en la maraña de mechones oscuros de Theodore.

Le di vueltas entre las manos, maravillándome ante la calidad de sus detalles, como la textura de la nervadura de las hojas o de los tallos fibrosos.

Nunca me había fijado en ellos ni había reparado en la inscripción, cuyas palabras aparecían repartidas por las hojas más grandes.

Las letras eran tan pequeñas y estaban tan desgastadas que tuve que entornar los ojos y acercarme a la ventana para verlas bien.

«Un poder dividido es un poder perdido».

Pensé en el vínculo que habíamos roto y en Rohana, que me había aconsejado que me quedara con él.

Alguien llamó a la puerta.

—¿Agatha? —Era Lachlan.

Cuando le abrió, él se detuvo nada más entrar.

Llevaba la armadura completa, y su mirada cayó enseguida sobre la corona que yo sostenía.

Aunque ya estaba vestida, todavía tenía el pelo revuelto, y la disposición de las sábanas y las pieles tiradas ante la chimenea era prueba suficiente de las transgresiones de la noche anterior.

Su expresión no tardó en cambiar después de atar cabos.

Cerré los ojos un momento.

—Sé que…

Él negó con la cabeza y levantó una mano para que no siguiera hablando.

—Está mejor contigo. —Le lanzó una mirada rápida cargada de cariño a Agatha antes de volver a centrarse en mí. Una sonrisilla burlona bailaba en sus labios—. Lo que quiero decir es que, aunque tal vez no seas la opción más sensata para él, desde luego eres la mejor.

Sentí el abrumador impulso de darle un abrazo, pues una parte de mí sabía que lo sacaría de quicio, pero me contuve y le dediqué un asentimiento agradecido.

—Entonces, ¿me ayudarás?

—Sí —se colocó el cinturón de la espada con el semblante de nuevo serio y comprobó que todas sus armas estaban donde debían—, pero, por el amor de todos los dioses, te suplico que intentes dar menos guerra que la última vez.

Agatha y Lachlan me esperaron en el pasillo mientras terminaba de prepararme.

Me metí mi daga de hoja estrecha en la cotilla.

El sol del nuevo día había desterrado nuestro plan de combinar un hechizo con el ritual de escisión como si no fuera más que una sombra.

Supuse que no necesitaría mucho más que la daga si no recuperábamos las pociones y Theo y yo no volvíamos a vernos antes de que encontrara a Eusia de una vez por todas.

Traté de hacerme a la idea de que tendría que atravesarme el pecho con mi propia arma, pero acabé desterrando ese pensamiento con un escalofrío. Llegado el momento, encontraría el valor para hacerlo.

Mi propia corona, más grande y de aspecto mucho más despiadado que la de Theodore, me esperaba en la mesita de noche.

Aunque la odiaba, no dejaría ninguna de las dos coronas atrás.

Me lavé la cara y me peiné la melena antes de hacerme un recogido suelto en lo alto de la cabeza.

Me puse la corona de Theodore, la envolví con algunos mechones y rizos sueltos para que quedara bien escondida y luego la cubrí con la de Nemea.

No era lo ideal, pero tendría que bastar.

Antes de encaminarme hacia la puerta, el brillo de algo más atrajo mi atención hasta la repisa donde Theodore había dejado su corona.

Eran mis anillos. Le había dado la espinela para que la guardara cuando había pagado a la maga sibila de Della con mi cadena de oro.

También le había pedido que mantuviera a buen recaudo el anillo que él mismo me había regalado.

Por un momento, me pregunté si habría dejado su corona atrás a propósito. Me puse el anillo de Theodore en la mano izquierda y el de la espinela en la derecha y salí de la gélida habitación.

Fuera hacía todavía más frío. Agatha, Lachlan y yo recorrimos los pasillos seguidos de mi escolta hasta que llegamos a una bifurcación. Mis guardias continuaron por la derecha, por el pasillo que conducía al corazón de la fortaleza, pero yo me dirigí hacia la sombría entrada de la izquierda.

La misma guardia con la que había hablado antes dio un paso hacia mí en actitud suplicante.

—¿A dónde vais, majestad? Según nos han dicho, el desayuno se sirve en el salón del trono.

Clavé la vista en la oscuridad.

—No tengo hambre —dije distraídamente—, creo que a mis amigos y a mí nos apetece más explorar Vuoria.

Cambió el peso del cuerpo de un pie a otro con incomodidad.

—Pero no os conviene deambular por ahí sola, majestad. Tenemos órdenes de no separarnos de vuestro lado.

Sus palabras parecieron ofender a Lachlan.