La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 29. Imogen #5
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29. Imogen #5

En esa ocasión, no lo detuve. Me tumbó de nuevo sobre las pieles, me levantó las dos piernas y me las apoyó sobre sus hombros. Cuando fui a cogerlo de nuevo, me agarró de las muñecas y me las inmovilizó a cada lado de la cabeza. Quedé por completo a su merced. Proferí una débil protesta.

—Estoy intentando dilatar el momento todo lo posible, cielo —explicó con voz estrangulada.

Aunque temblaba sin control, se tomó su tiempo para presionarse contra mí y atormentarme al deslizar su miembro a lo largo de mi sexo.

Yo gimoteé e intenté cerrar el espacio que nos separaba, pero me tenía sujeta de tal forma que me resultaba imposible.

Volvió a provocarme frotándose de arriba abajo contra mí.

—Maldito seas… Por favor.

—¿Qué quieres, Imogen? —Se introdujo ligeramente en mi interior y se quedó quieto—. ¿Es esto?

—Sí.

Entonces se retiró y volvió a enterrarse en mí mucho más despacio que la última vez, centímetro a centímetro. La embestida fue lenta, desesperante, y no se detuvo hasta que no pudo seguir.

—¿Sí?

Respondí con otro «sí» en una aguda y temblorosa exha­lación.

La sonrisa que se adueñó de sus labios transmitía tal satisfacción traviesa, tal determinación y deseo, que me estremecí. Salió por completo de mi interior.

—Bien. —Cuando volvió a penetrarme muy despacio, se cernió sobre mí para continuar hablándome al oído—: ¿Quieres que te hable de todos los sitios donde tengo intención de hacerte el amor?

—Pues… —No me veía capaz de articular palabra, de formar un solo pensamiento coherente. Terminó de enterrarse en mi sexo con una dura embestida, como si me estuviera exigiendo una respuesta—. Dioses, sí… Cuéntame.

—En mi carruaje —gruñó—, con tu vestido recogido entre nosotros. —Gracias a los dioses, su siguiente envite fue más rápido que el anterior—. En mi jardín, entre las flores.

Sus movimientos eran cada vez más bruscos. Me bajó una de las piernas de sus hombros y me empujó la rodilla para que la separara bien. Su siguiente embestida fue concienzudamente profunda.

Jadeé, y mi cuerpo pareció echar chispas.

—Ajá. ¿Algún sitio más?

Aquel hoyuelo. Aquella sonrisa.

—En mi trono. —Aceleró el ritmo. Su voz era tan aterciopelada, abrumadora y oscura como la noche—. Te sentaré sobre él con las piernas bien abiertas y me arrodillaré ante ti…

Su voz se apagó, y por fin me soltó la otra muñeca para sujetarme las caderas con ambas manos.

Me levantó, me acarició y me hizo el amor con un desenfreno desesperado.

Nuestros límites se desdibujaron conforme nuestra piel se empapaba de sudor y nuestro aliento se entrecortaba.

Nos aferrábamos al otro como si fuéramos las dos únicas personas vivas en aquel reino dejado de la mano de los dioses.

Me había quedado dormida casi de inmediato, presionada de pies a cabeza contra él, pero no tardé en despertar. El fuego todavía estaba encendido cuando abrí los ojos y descubrí a Theo tumbado boca arriba, contemplando el techo con ojos somnolientos. Parecía preocupado, absorto en sus pensamientos.

—¿Qué pasa? —le susurré antes de darle un beso en la tensa mandíbula.

Él negó con la cabeza y me ofreció una media sonrisa.

—Estaba esperando a que te despertaras para llevarte a la cama.

Aun así, era evidente que cargaba con un peso sobre los hombros. Igual que yo. Habría dado lo que fuera por liberarlo de él.

Con torpeza, sin dejar de recorrer el cuerpo del otro, nos levantamos del suelo y, tras subirnos a la cama, alta y mullida, cerramos las cortinas del dosel. Solo dejamos abierta la de los pies de la cama para que entrara el calor del fuego.

En aquella ocasión, no hablamos; utilizamos nuestra boca, nuestra lengua y nuestras manos para tratar de expresar todo aquello para lo cual las palabras se quedaban cortas.

Lo empujé para que se tumbara, me coloqué encima de él y me apoyé sobre su firme pecho para introducirlo en mi interior.

Sin apartar la mirada de la suya ni por un momento, con la respiración agitada, me mecí sobre él hasta echar la cabeza hacia atrás con un profundo y tembloroso gemido.

Hasta que me agarró las caderas con tanta fuerza para acompañar mis movimientos y embestirme desde abajo que ambos acabamos colapsando el uno al lado del otro, satisfechos y sudorosos.

Theodore enterró las manos en mi pelo, me cubrió de besos y habló con la respiración entrecortada.

—Mi amor —otro beso—, te has convertido en los tendones que me mantienen de una pieza —habló contra mi cuello—, en los condenados latidos que me sacuden el pecho…

—Escudriñó mi rostro con una mirada ardiente mientras me pasaba los dedos por el pelo húmedo—.

Tú piensas que lo nuestro supondrá el fin de todas las cosas…

—negó despacio con la cabeza—, pero, para mí, amarte no es el final, sino el principio de todo.

Permanecimos allí enredados mientras me acariciaba con ternura y nuestra respiración se ralentizaba hasta alcanzar su ritmo normal, pero había una imagen más allá de la placentera satisfacción que nos embargaba en la que no lograba dejar de pensar.

Era la imagen de su trono. Y yo estaba sentada en él.

No había entrado en el salón del trono de Genevreer, pero imaginaba que sería parecido a cualquier otro.

Que sería amplio e imponente. Una cámara majestuosa, exagerada, pensada únicamente para ensalzar a una sola persona y hacer que las demás se sintieran pequeñas.

De pronto lo entendí. Fui plenamente consciente del peso de mi responsabilidad, de mi corona y de mi futuro incierto, como si una roca hubiera descendido sobre mí desde una gran altura.

Comprendí que no quería nada de aquello.

Fue inesperado, pero lo tuve claro de inmediato, tanto como que quería al hombre que estaba tumbado a mi lado.

Porque así era. Lo quería con todo mi ser.

Quería vivir una larga vida a su lado. Pero era incapaz de imaginarme siendo reina, ni en su reino ni en el mío propio.

Me incorporé de golpe con los ojos anegados en lágrimas. Theo posó una mano en el centro de mi espalda.

—¿Qué pasa?

—Vas a pensar que soy una egoísta —dije negando con la cabeza.

Se quedó muy quieto y luego se incorporó despacio.

—¿Por qué iba a pensar eso?

—Porque es algo egoísta.

—Cuéntame.

Me cubrí el rostro con las manos un momento, luego me pegué las rodillas al pecho y me las abracé con fuerza.

—No quiero una corona. No quiero que ser reina se convierta en el hilo conductor de mi vida. Estoy muy muy cansada y ya no me quedan fuerzas. Me da miedo no volver a sentirme entera jamás, si es que alguna vez lo estuve, si regreso a Seraf.

Theo se acercó a mí y exhaló hondo.

—Yo me sentía igual cuando ascendí al trono. —Me besó la sien con dulzura—. Pero la situación mejora. Con el tiempo te sentirás más y más cómoda.

—¿Cómoda o entumecida?

Yo sabía que aquello era lo que el deber había acabado haciendo con él. Sabía que había enterrado algunas partes esenciales de su personalidad en lo más profundo de su ser y que, cuando estas habían tratado de resurgir, ni siquiera las había reconocido.

Guardó silencio un largo rato.

—Tal vez sea una mezcla de ambas.

—Eso ya lo he vivido —dije en un hilo de voz—. Y no pienso repetirlo.

La preocupación le dilató los ojos verdes. Tragó saliva con fuerza y habló con tono vacilante.

—Será más fácil si nos enfrentamos a ello juntos.

Estaba segura de que aquello sería verdad…, pero, aun así…, solo pude asentir distraídamente.

Theo tiró de mí para tumbarme de nuevo sobre las almohadas y me estrechó entre sus brazos.

—Cada monstruo a su tiempo, Imogen. —Me besó la cabeza y la mejilla antes de cubrirme con la pesada colcha—. Duerme un poco.

En su voz se apreciaba cierta intranquilidad, y en la tenacidad con la que me abrazaba, cierto miedo, como si esperara que fuera a desaparecer en la noche mientras dormíamos.

«Para mí, amarte no es el final, sino el principio de todo».

Cerré los ojos, conté cada una de sus respiraciones y recé para que tuviera razón.