29. Imogen #4
—He repasado una y otra vez todo lo sucedido desde nuestra llegada.
Los llevaba en los bolsillos cuando bajamos del barco y montamos en los carruajes.
Yo iba con Aleka y Markis y me quedé dormida de camino a la montaña.
Luego Markis me toqueteó estando borracho y unas cuantas doncellas vinieron a vestirme, pero las eché enseguida.
—¿Que Markis hizo qué? —Se pasó una mano por el pelo y clavó la vista en el fuego con una expresión furiosa y turbada.
Me incorporé y empecé a vestirme de nuevo tan rápido como pude, pero Theodore me agarró de la muñeca con fuerza.
—Imogen…
Una vez que me hube colocado la falda, pasé a ceñirme el cuerpo del vestido.
—Tengo que ir a buscarlo.
Theodore también se levantó y me quitó los lazos de la mano.
—¿A dónde? ¿Cómo? ¿Quieres llevar a los guardias a las dependencias del servicio… en plena noche? —Se frotó la cara—. Este no es un lugar en el que convenga que te pillen husmeando.
Tenía razón, pero mi cuerpo ya estaba listo para entrar en acción.
—¿Sospechas de las doncellas?
—No sé… —Se interrumpió como si se sintiera traicionado—. Supongo que podría haber sido cualquiera, pero esa es la explicación más lógica.
—Dioses, pero ¿cómo han sabido que…?
Me agarró de la cintura con ambas manos.
—Respira.
—Pero…
—Todavía tenemos una poción, y nos aseguraremos de mantenerla a buen recaudo. —Me dio una suave sacudida—. Respira hondo.
Obedecí; el aire se estremecía al entrar y salir de mis pulmones.
—Bien. —Me arrulló—. Otra vez.
En esa ocasión, respiró conmigo. Una vez. Y otra. Cuando por fin me hube tranquilizado, bajó las manos por encima de mi falda acariciándome las caderas y los muslos. Se arrodilló dejando que sus labios me rozaran la piel desnuda bajo la camisola.
—Así mejor. Mucho mejor. —Me miró desde abajo con una expresión burlona pero ardiente. Esperé a que me volviera a desabrochar la falda y me bajara la camisola. Sin embargo, esbozó una devastadora sonrisa y dijo—: Deberías descansar.
Entonces reparé en que le había agarrado un puñado de pelo sin darme cuenta. Enterré los dedos todavía más en sus sedosos mechones.
—No —susurré.
Enarcó las cejas y su mirada se volvió dulce y entusiasta.
—¿No? —repitió en un grave susurro. Me abrió el cierre de la falda y esta cayó alrededor de mis tobillos—. Entonces, ¿qué quieres hacer?
Si la mañana iba a traer consigo una tempestad, disfrutaría del fervor y la calma de Theodore antes de enfrentarme a ella.
—Yo también quiero que vayamos despacio.
Le acaricié el cuero cabelludo y comencé a soltarle los botones de la camisa, pero me detuvo cuando me agaché para darle un beso en la piel que acababa de dejar al descubierto.
Me obligó a quedarme quieta mientras bebía de las curvas de mi cuerpo, perceptibles bajo la camisola gracias a la luz de la chimenea.
—No te habría imaginado ni en mis mejores sueños —dijo mientras su mano trepaba por mi vientre, por encima de la fina prenda de lino, para acariciarme el pecho.
Al oírlo exhalar lentamente, supe lo mucho que se estaba conteniendo. Recorrió la pesada curva de mi seno con el pulgar antes de posar la boca sobre la tela para humedecer el pezón con la lengua.
La sensación hizo que me flaquearan las piernas. Me dio otro lametón y me arrancó un gemido entrecortado, y luego echó el brazo hacia atrás y tiró las pieles que había sobre la cama al suelo, justo delante del fuego.
El roce de sus dientes me arrancó un escalofrío. Volví a enterrar los dedos en su espesa cabellera y lo guie hacia mi otro pecho, sobre el cual se volcó con el mismo esmero.
—¿Recuerdas…? —empezó a decir al tiempo que tiraba de los lazos de mi camisola y retiraba un lado de la prenda para dejar mi seno al descubierto. Profirió un sonido grave y desesperado—. ¿Recuerdas cuando después de visitar la choza de la maga sibila te pregunté por lo que más ansiabas?
Bajó la cabeza de nuevo y se metió mi pezón en la boca sin esperar a que respondiera.
—Sí… —jadeé—, lo recuerdo.
—Querías un hogar —dijo con los labios pegados a mi piel—. Querías sentirte a salvo.
Asentí mientras él apartaba el otro lado de la camisola con un tirón frustrado que desgarró la fina tela, aunque ni siquiera se inmutó.
Durante un momento, al bajarme la prenda por el torso con una mano y levantármela por las piernas con la otra hasta dejármela recogida en una banda arrugada en torno a la cintura, perdió el control de sí mismo.
Yo lo ayudé a quitarse la camisa, los pantalones y el resto de sus ropas hasta que el lienzo de piel dorada de su cuerpo quedó completamente al descubierto.
Entonces me rodeó con ambos brazos y me tumbó sobre las pieles.
Me separó poco a poco las piernas con la respiración agitada y la mirada ensombrecida clavada en mí.
Yo tampoco aparté los ojos de él; tenía el cabello revuelto y un irrevocable deseo inundaba sus atractivos rasgos.
Se le entrecerraron los ojos y en sus iris prendió un fuego tan ardiente que lo notaba caldeándome la piel húmeda.
Me recorrió el interior de los muslos con dedos fuertes y me amasó la curva de las caderas antes de mirarme a los ojos.
—Tendrás lo que anhelas. —Sus palabras resonaron como un trueno—. Me aseguraré de conseguirte todo cuanto desees.
Se me encogió el corazón; no había nada que quisiera más en el mundo que creer en su palabra.
—Déjate de promesas, Theo.
Lo agarré para tirar de él hacia mí y presionó su pecho desnudo contra el mío sin oponer resistencia alguna. Luego lo besé profunda y desenfrenadamente.
Profirió un arrullo para tranquilizarme, un rumor grave y reprobador, y me sujetó la barbilla para que nuestras miradas se encontraran.
—Solo es una entre miles. —Abrí la boca para responder, y una amplia sonrisa le iluminó el rostro—. Ni una palabra más, Imogen.
Una carcajada despreocupada escapó de mi interior.
—Theo…
Presionó su boca contra la mía en un prolongado beso.
—Mi nombre sí que te permito decirlo.
Su musculoso cuerpo descendió con gracilidad y rapidez por el mío, y cuando me agarró un muslo con cada mano y los levantó hacia mis caderas, me arrancó un jadeo.
—Dioses, eres preciosa —susurró acariciándome la cara interna de la pierna con la mejilla áspera.
Aunque no me hizo esperar, se movió despacio, tal y como había prometido.
Un gemido tembloroso me inundó el pecho cuando recorrió mi centro con una cálida caricia.
Adoptó un ritmo constante y enloquecedor, recurriendo a los labios y la lengua alternativamente, besándome y succionándome hasta que el futuro, las promesas imposibles y las pociones perdidas se esfumaron de mi mente.
Entonces levantó una mano y enredó el puño en la camisola que todavía me rodeaba la cintura para ceñírmela al cuerpo y utilizarla para pegarme todavía más a él e incrementar la presión entre nosotros antes de alejarme un instante más tarde.
Esperé a que lo repitiera, pero ese momento nunca llegó.
—Por favor —le supliqué entre jadeos.
Theodore se interrumpió el tiempo justo para responder:
—¿Qué quieres, mi amor?
Me recorrió con una caricia de su lengua todavía más pausada si cabía y me sujetó con más firmeza para impedir que me acercara a él. Al ver que me retorcía, se limitó a soltar una carcajada queda.
—Vas demasiado despacio —me las arreglé para decir.
—Mmm, no puede ser.
Reafirmó su agarre sobre mi camisola y me meció de atrás adelante contra su solícita y habilidosa boca.
Respiré hondo para hacerle frente a la presión que trepaba por mi interior y me agarrotaba los músculos hasta que me cansé de que él tuviera el control.
Le enterré los dedos en el pelo, me apoyé sobre un codo y arqueé la espalda todo lo que pude para marcar mi propio ritmo contra su cara.
Un gruñido ronco de apreciación le inundó el pecho.
Todo mi cuerpo se puso en tensión. Una exclamación escapó de mis labios y, aunque apenas hice ruido, Theo me cubrió la boca con la mano.
Se la mordí mientras me estremecía, pero él no se detuvo hasta que me derrumbé sobre las pieles entre jadeos.
Me sentía tan infinita como constreñida.
Había quedado reducida a un puñado de sensaciones, había sido expulsada de mi propio cuerpo y, por suerte, al mismo tiempo, había quedado deliciosamente atrapada en él.
Oí su risa grave. Noté la presión de sus labios contra el interior de mi muslo.
—¿Estás bien? —me preguntó, orgulloso y divertido, cerniéndose sobre mí con su miembro firme en la mano.
—De maravilla.
Sonrió y se acercó a mi entrada, pero yo negué con la cabeza.
—Todavía no —le dije con suavidad al tiempo que lo tomaba en mi mano y lo acariciaba.
Inhaló con un siseo.
—¿Qué te gustaría hacer entonces?
—Besarte.
Bajó la cabeza para besarme de una forma tan dolorosamente exquisita que me hizo sentir como si un fuego me hubiera consumido y me hubiera transformado en humo.
El beso se volvió más profundo y decadente.
Rozamos los labios del otro con los dientes y trazamos un lánguido baile con la lengua, hasta que me obligué a apartarme. Gemí contra su boca y susurré:
—Pero no ahí.
Disfruté de la brusca bocanada de aire que tomó al ver que yo cambiaba de posición y volvía a sostenerlo con ambas manos.
Primero descendí acariciando su sedosa piel con los labios y luego volví sobre mis pasos con la lengua.
La ternura con la que me miraba fue mi perdición, así como la plácida dicha que había reemplazado a la expresión seria y controlada que solía estar presente en sus facciones.
Me pasó las manos por la melena y la recogió toda con el puño para enrollársela en torno a los nudillos y guiar mis movimientos con cuidado, hasta que se le entrecortó la respiración y se le tensó el cuerpo.
—Joder, Imogen…
De pronto se alejó de mí y dejó que mi pelo cayera como una cascada a mi alrededor.
—Ya —dijo con voz tensa.