La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 29. Imogen #3
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29. Imogen #3

Nivala se alejó de la mesa sin esperar a Halla, de manera que la joven tuvo que levantarse a toda prisa, correr tras su madre y desaparecer con ella por la puerta que había al otro lado de la tarima.

Inhalé y exhalé tres veces antes de ponerme de pie y salir del salón del trono seguida de mi escolta.

De alguna manera, me las arreglé para mantenerme firme y evitar que mi mirada volara hasta Theodore.

Tan pronto como estuve fuera, aquella vertiginosa y asfixiante presión por fin comenzó a aplacarse.

Me obligué a respirar hondo y me abrí camino a toda prisa por los pasillos.

—Majestad.

La tensión en la voz de Theodore me empujó a detenerme y volverme.

Estaba en medio del pasillo, acompañado de su guardia armada. Lo maldije por ser como era. Por ser mi lugar seguro. Por transmitirme ese tipo de calidez que podría desterrar hasta la más gélida sensación de frío. Y maldije a mi cuerpo, a mi corazón, por responder de la forma en que lo hacía.

Tragó saliva.

—¿Podemos hablar?

Mis seis escoltas flanquearon las paredes del pasillo. Estábamos rodeados, atrapados en territorio hostil, y, sin embargo, no pude evitar fijarme en la exasperante forma en que las velas bañaban la corona, las mejillas y los labios de Theodore con su luz dorada. Tardé un instante en responder.

—Por supuesto. —Estudié a mis escoltas y luego hice lo propio con sus soldados—. Tal vez nuestros guardias puedan buscarnos un lugar donde…

—Tu dormitorio.

Dioses benditos. Aunque los pasillos estaban desiertos y un muro de soldados y marineros varianos nos ocultaba de las miradas indiscretas, era una imprudencia. Una temeridad. Abrí mucho los ojos y sacudí la cabeza de manera casi imperceptible.

—Lo más sensato sería hablar en público…

—Vamos a tu dormitorio. —Apretó el puño junto al costado—. Ya.

Se me aceleró el corazón. Me pasé las manos temblorosas por la falda de terciopelo y me la sujeté con fuerza.

—Como desees. —Sabía que era un riesgo, pero no me sentía capaz de negárselo. De negármelo a mí misma—. Me adelantaré con mi escolta. Tú ve detrás con la tuya.

Tras mostrarse de acuerdo con un único asentimiento, caminamos por los gélidos e interminables pasillos como una tropa de soldados. Cuando por fin me dejaron en mi habitación, caminé de un lado a otro junto a los pies de la cama hasta que Theodore apareció en el umbral.

La expresión de su rostro me derritió. Se dirigió a sus guardias sin apartar la mirada de mí.

—Que no entre nadie aquí hasta la mañana.

Cerró la puerta con llave. El fuego hacía que la temperatura de la habitación fuera más alta de lo que yo necesitaba en aquel momento. Notaba las mejillas calientes, así que me quité la estola de piel que me cubría los hombros. Theodore también dejó su abrigo sobre la silla.

—No la he tocado —dijo quitándose la corona de la cabeza y dejándola sobre la repisa de la chimenea.

—Lo sé. —Me solté los lazos superiores del vestido para aliviar el peso que ejercía sobre mi pecho—. Es que… escucharlo ha sido horrible.

Theodore se quitó la casaca de color verde oscuro y la dejó sobre el abrigo de piel.

—Lo sé.

La calma que precede a la tormenta me embargó al ver que se acercaba.

Cuando exhaló, su aliento arrastraba el ligero toque del vino.

Nos quedamos así, a punto de tocarnos, en silencio, con la respiración ganando poco a poco velocidad, hasta que levantó una mano y la posó en el lateral de mi cuello.

Se inclinó hacia mí como si fuera a besarme.

—Espera. —Le apoyé una mano en el centro del pecho y lo empujé hacia atrás—. ¿Pensamos lo mismo sobre lo que quieren Halla y Nivala?

—¿Qué? —preguntó, confundido.

De pronto, su presencia ya no suponía una distracción lo bastante grande como para mantener a raya mis nervios.

—Esto. —Le di la vuelta a la mano que había colocado sobre su pecho para que viera mis cicatrices—.

Quieren un bebé que tenga tu sangre. Quieren que engendréis un hijo para alimentar a Eusia igual que hicieron conmigo.

Se suponía que Nivala iba a darle un bebé con sangre divina, pero al final tuvo una niña mortal con Nemea.

Retrocedió con el semblante desencajado por la sorpresa.

—Debería haberlo descubierto antes. —Mientras yo hablaba, me agarró la mano surcada de cicatrices con fuerza, como si buscara estabilizarnos a los dos con ese gesto—.

Eusia debió de darles la misma orden. Debió de pedirles que le procuraran un bebé con sangre divina para sustentarse.

Nemea lo consiguió, pero Nivala no. Mi padre la engañó y ella rompió la promesa que le había hecho a Eusia.

Y ahora no le concederá ningún «milagro» más a la emperatriz hasta que no salde su deuda.

No sé si Halla está actuando por voluntad propia o si Nivala quiere obligarla a darle a Eusia lo que ella no pudo darle.

En cualquier caso, Halla supone una amenaza para ti.

Empezaba a sentirme fuera de mí. Theodore acunó mi rostro entre sus manos.

—Imogen, respira. La única ventaja que tiene Halla es su madre.

—Su mirada firme sostuvo la mía—. No es más que un peón.

Cuando intentó seducirme, lo hizo entre lágrimas y amenazándome con la poderosa influencia de su madre.

No supone ningún peligro para mí. Y no le daré ningún hijo. Nadie más tendrá mi sangre.

Me agarré con fuerza a sus muñecas.

—Eusia está decidida a conseguir lo que se propone, Theo… Independientemente de que tengáis un hijo o no…

—No me va a pasar nada, Immy.

—Percibo su sed de ti. Cuando estoy cerca del agua, hay veces en que ni siquiera sé si el deseo que me embarga es mío o suyo…

Me levantó la cabeza para obligarme a mirarlo a los ojos.

—Y aquí arriba, en las montañas…, ¿todavía la sientes?

Me quedé inmóvil. Fue como si el tiempo se ralentizara cuando repararé en que el pulso que notaba en el estómago había desaparecido. En que el rumor constante del instinto se había aplacado.

—No —susurré—, ya no.

El alivio y una ola de calor lánguida y deliciosa se extendieron por mi cuerpo.

Estábamos a salvo, a solas, protegidos del frío, y tenía el acuciante presentimiento de que aquel momento bien podría ser el último que compartiéramos.

Una feroz mezcla de miedo y júbilo me embargó.

Levanté los brazos para rodearle el cuello y besarlo, pero él me sujetó los hombros y dejó que sus labios rozaran los míos al hablar:

—Despacio. —Pronunció aquella delicada orden respirando con dificultad, como si se la estuviera dando también a sí mismo—. ¿Recuerdas?

Proferí un ruidito estrangulado cuando su boca rozó la mía y metió un dedo bajo el cuerpo de mi vestido para continuar soltando los lazos.

—No tenemos tiempo —le dije mientras comenzaba a desabrocharle los botones de la camisa.

Me agarró las muñecas y me depositó un beso en cada una.

—Sí que lo tenemos. Hay guardias apostados en el pasillo.

La puerta está cerrada con llave. Y nadie nos necesita esta noche.

—Me besó una de las comisuras de la boca—.

Me he visto obligado a verte… —Me depositó otro beso cargado de dulzura en la punta de la nariz—.

Durante días y días, he tenido que ver cómo el viento te revolvía el pelo y el mar te coloreaba las mejillas mientras la envidia me corroía por no ser yo el culpable de ese alborotado aspecto tan exquisito.

—Deslizó los labios por mi cuello, donde mi pulso era más visible, y yo eché la cabeza hacia atrás y dejé escapar una honda exhalación al notar el roce de sus dientes contra mi piel—.

Quiero quitarte ese vestido y explorar a la luz cada centímetro de tu cuerpo.

Apoyé las manos en su pecho firme, allí donde notaba el golpeteo de su corazón.

—Pero ya me has visto —le dije con una sonrisa—. Ya hemos…

Mi voz se apagó cuando comenzó a desabrochar los cierres dorados que recorrían la parte delantera de mi vestido.

—No —respondió él negando con la cabeza—.

Te he devorado como un hombre al borde de la inanición.

—Su voz sonaba tan ronca que casi notaba su vibración en la piel.

Tiró y tiró de los lazos hasta que por fin pudo soltarme el cuerpo del vestido y bajarme las pesadas mangas de terciopelo por los brazos—.

Solo he tomado bocanadas de ti como si me estuviera ahogando, pero quiero…

Dejó su boca cerca de la mía mientras me rodeaba la cintura para buscar los cierres y lazos de mi falda.

—¿Qué quieres?

—Quiero… —un beso— que vayamos… —y otro— des­pacio.

Tiró de mi ropa con torpeza mientras nuestros besos se fundían unos con otros.

Las caricias de su lengua, lentas y deliberadas contra la delicada piel del interior de mis labios, me sumieron en un tórrido estupor, como si hubiéramos dejado atrás la habitación de piedra en favor de una cálida noche de verano.

Cuando mi falda cayó al suelo, oí un repiqueteo amortiguado.

Me aparté de Theodore con un grito ahogado.

—Ay, dioses. —Me arrodillé para buscar desesperada el único frasquito de poción que me quedaba y asegurarme de que no le había pasado nada. Theo enterró los dedos en mi pelo para guiarme hacia él sin ser consciente de lo que pasaba, pero yo lo frené de un manotazo—. Mierda, mierda, mierda.

—¿Qué… qué haces?

—Lo había olvidado. —Noté el vidrio a través de la tela y comprobé que, por suerte, seguía de una pieza—.

La pócima de la escisión. —La sostuve entre nosotros.

Con todo lo que había pasado (el extraño malestar que se había apoderado de mi cuerpo, las visiones y la conclusión a la que había llegado respecto al plan de la emperatriz), no había vuelto a acordarme del frasquito desaparecido—.

Las pociones de la maga sibila. —Se me hizo un nudo en el estómago por el pánico—. Una de ellas ha desaparecido.

Se dejó caer de rodillas delante de mí.

—¿Dónde la viste por última vez? ¿En el barco o al llegar a Obelia?

Hice una pausa.