29. Imogen #2
Aunque sonrió, su tono de voz no transmitía sinceridad alguna. Continuó hablando sin probar su vino:
—Aunque he decir que… —miró a su hija con un brillo hostil en sus ojos azules— cuando me informaron de que un barco variano había sido avistado en el horizonte, luciendo una bandera obelina junto a la suya propia, me llevé toda una sorpresa.
—Lo entiendo, madre —susurró Halla agachando la cabeza—. Planeamos la visita con poca antelación.
A pesar de las conversaciones y los sonidos de los cubiertos, el temeroso respeto que empapaba la voz de Halla se oía tan alto y claro como siempre.
Era un tono que yo misma conocía bien, pues era exactamente el mismo que había utilizado con Nemea después de que toda una vida de sometimiento me hubiera enseñado cuál era mi lugar.
Ahora que veía a Halla con otros ojos, busqué algún rastro de mi padre en sus facciones, pero descubrí aliviada que no se parecía en nada a él.
—¿Y cuál es el verdadero motivo de vuestra visita? —La emperatriz había bajado tanto la voz que tuve que aguzar el oído para oír lo que decía—. Dudo que te hayas enfrentado al mar por un mísero banquete de boda.
Halla respondió tras un prolongado silencio.
—Tengo planes. Esperanzas —dijo con voz tímida pero nítida—. Siempre he querido casarme en casa, madre. Me negaste ese deseo la primera vez que te lo pedí. También la segunda. Así que he venido a suplicar por tercera vez.
El destello que surcó la mirada de la emperatriz fue tan violento que me hizo estremecer, pero desapareció tan pronto como se había adueñado de su expresión.
Halla se irguió en su asiento.
—Además, mi esposo y yo hemos llegado a un nuevo acuerdo. —Le temblaba la voz, pero la honró que no se acobardara—. De ahí que me prometiera esta visita.
La emperatriz dio unos golpecitos sobre el mango de su cuchillo y frunció los labios ligeramente.
—Parece ser que deberías darme las gracias por haberte conseguido un esposo tan bueno. Me temo que son difíciles de encontrar. —Deslizó su mirada gélida hasta Theodore y, en una voz tan dulce como amenazadora, añadió—: Me muero de ganas por escuchar en qué consiste este «nuevo acuerdo».
Los sirvientes me llenaron la copa y dejaron un fragante plato de verduras y cordero a las finas hierbas. Pero había perdido el apetito.
Theodore era la viva imagen de la templanza.
—Hay mucho de lo que hablar, pero será mejor hacerlo en privado, con la mariscal y el procurador presentes.
—Tonterías. Habéis venido desde muy lejos. —La emperatriz agitó una mano abarrotada de anillos en dirección al extremo opuesto de la mesa, donde Markis y Aleka estaban rodeados de nobles—. Y vuestro consejo está aquí con nosotros. Contadme.
Theodore se quedó muy quieto, pero habló con tal elegancia, tranquilidad y confianza en sí mismo, que no pude evitar quedarme maravillada.
—Hemos introducido cambios en el contrato prematrimonial que habíamos acordado.
La emperatriz hizo un ruidito extraño y tomó un buen trago de vino.
—El contrato que yo, como una tonta, no os hice firmar en mi presencia. —Dejó escapar una carcajada sombría—. ¿Y qué cambios han resultado ser más importantes que nuestra nueva alianza, Theodore?
—Madre —intervino Halla con voz sumisa—, yo he accedido a aplicar esos cambios. No me han amenazado ni me han coaccionado.
—Eso a mí me da igual. —La emperatriz resopló.
Me puse rígida al reparar en que las demás conversaciones se habían apagado a nuestro alrededor.
Theodore carraspeó.
—Le pedí a Halla dejar incompleta nuestra unión —anunció, regio y tranquilo—.
Celebramos una ceremonia sin vínculo, de manera que, a ojos de mi reino y de los grandes dioses, no es ni mi verdadera esposa ni mi reina, pero ocupa una posición más digna que la de una amante.
—Tomó una corta bocanada de aire y volvió a soltarla—.
A cambio —continuó, en esa ocasión con tono tirante—, he accedido a traerla a casa para un banquete nupcial —tragó saliva—, así como a darle un hijo.
Se me aceleró el corazón, pero permanecí callada, aferrada a mi cáliz como si fuera un ancla. Me recordé que todo era una farsa, un ardid, pero me dio un vuelco el estómago de igual manera.
La emperatriz se frotó el nudillo del dedo índice y contempló a Halla y a Theodore alternativamente. Luego se recostó contra su silla.
—¿Y habéis consumado este «medio» matrimonio?
Theodore entreabrió los labios despacio, pero fue Halla quien habló.
—Sí, madre.
—Pues perfecto —dijo dando una palmada.
Dejé mi copa sobre la mesa. La cabeza me había estado dando vueltas desde que había entrado en el salón, pero aquella revelación estuvo a punto de hacer que alcanzara mi límite.
Que les plantara cara. Estaba segura de que no era cierto, pero, si Halla quería obligar a Theodore a mantener su promesa, ¿por qué mentiría?
La cólera de la emperatriz y la inminente amenaza que podría llegar a suponer sin duda le habrían venido de perlas para salirse con la suya.
La emperatriz levantó las manos.
—¿A qué viene esa expresión tan sorprendida?
—le dijo a Theodore—. Redacté ese contrato para asegurar la felicidad de mi hija.
Pero si todo lo que ella quería era un viaje a casa y un bebé, ¿quién soy yo para oponerme?
—Le ofreció a Halla una sonrisa beatífica que contradecía su mirada—.
Mi hija siempre ha sabido muy bien lo que se hace, ¿verdad, Halla?
Ella agachó la cabeza. Un intenso rubor trepaba por su cuello mientras apretaba los puños con fuerza contra el borde de la mesa.
—Ahora comed —nos animó la emperatriz—. Prepararemos un banquete nupcial, cómo no. Al fin y al cabo, hay mucho que celebrar. ¿Queréis que lo hagamos en Mustkiva? Allí hay mucho más espacio. Y más luz.
Halla asintió de nuevo. Aunque yo percibía el desasosiego y la confusión de Theodore, no me vi capaz de mirarlo. No me veía capaz de hacer otra cosa que no fuera mantener la mirada clavada en mi condenada comida.
Mi mente zumbaba como una mosca atrapada.
La extraña fortaleza, la benevolencia con la que la emperatriz había reaccionado después de haber sido desautorizada, el vestido que me había regalado, la poción desaparecida…
Algo no encajaba en todo aquello. Un dolor punzante me martilleaba en las sienes mientras trataba desesperadamente de unir las piezas del rompecabezas, pero, pese a mis esfuerzos, no lograba hacerlas encajar.
Por si fuera poco, me costaba respirar. Y eso que notaba el sabor acre de las velas de grasa animal en el fondo de la garganta.
Además, el frío que se había enterrado bajo mi piel me impedía sentir el calor de la chimenea.
Extendí la mano tan deprisa para coger mi copa que la volqué y derramé el vino sobre una hogaza de pan.
—¿Os encontráis bien, reina Imogen? —me preguntó Halla con suma inocencia.
Theodore echó su silla hacia atrás como si se dispusiera a acudir en mi ayuda, pero yo levanté una mano para detenerlo.
—Estoy bien —lo tranquilicé con voz débil—. Es solo que estoy cansada. Han sido muchas horas de viaje y, aunque me he criado en las montañas, parece que la altitud no me sienta demasiado bien.
La emperatriz se recostó contra su silla y me estudió con ojos centelleantes.
—No es ninguna sorpresa —comentó, divertida—. Al fin y al cabo, vuestro lugar está en el mar.
Puse derecho el cáliz que había tirado, desesperada por marcharme y tomar una buena bocanada de aire fresco, por poner algo de distancia con Halla y Theo.
Ella había posado una mano con delicadeza sobre la de él, quien había tenido la acertada sensatez de no apartarse de su contacto.
Al ver que descansaba su pulgar sobre el dorso de la mano de ella, ni siquiera saber que todo era una farsa me impidió sentir la imperiosa necesidad de abalanzarme sobre Halla por encima de la mesa para sacarle los ojos.
Un sirviente se acercó a servirme más vino, y traté con todas mis fuerzas de respirar, de calmarme, pero no sirvió de nada. El incómodo zumbido que me sacudía el cráneo se negaba a desaparecer.
Me llevé la copa a los labios y el rumor se intensificó. Dos recuerdos me asaltaron al mismo tiempo. El primero me mostró a la nekgya que se había subido al barco de Nemea, con la arena, las algas, la espada y la corona. La voz de Eusia resonó en mis oídos:
«Solo el rey podrá ayudarte».
«Sé que acabarás volviendo junto a él por tu propio pie».
«Pero si resulta que me equivoco… En fin, acabaré haciéndome con su sangre de un modo u otro».
El segundo me llevó de vuelta a la visión en la que Nivala lloraba ante Eusia y le decía que Nemea le había mentido al decirle que era un dios, que había yacido con ella recurriendo a una mentira.
Mi mirada encontró la de Theo por encima de los platos abarrotados de comida y las volutas de humo de las velas. El pelo le caía sobre la sien y la melancolía suavizaba las duras líneas de su rostro.
—Un bebé —susurré para mis adentros.
Tenía el cuerpo tan en tensión que temí vomitar en cualquier momento. Bajo la mesa, me pasé un dedo por las cicatrices de la palma de la mano.
A mi lado, la emperatriz seguía parloteando con Halla sobre los detalles del banquete.
Unos músicos habían entrado en el salón y habían comenzado a interpretar una suave melodía que no hizo sino abrumarme todavía más.
Cerré los ojos con fuerza y noté la presión de una bota sobre los dedos del pie.
Supe enseguida quién había sido por la tierna firmeza que le había aplicado al gesto.
Retiré el pie con un nudo de lágrimas en la garganta.
De pronto, la emperatriz dio un golpe en la mesa y se incorporó arrastrando la silla por el suelo de piedra con un sonoro chirrido.
—Acompáñame, Halla. —Tomó la mano de su hija y le dio un beso rápido en el dorso—. Si nos disculpáis, mi hija y yo tenemos mucho de lo que hablar.