La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 29. Imogen
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29. Imogen

Imogen

E l sol acababa de abandonar el cielo gris como el acero cuando un sirviente vino a recogernos para el banquete.

A pesar de la cantidad de lazos y botones que tenía y de lo mucho que pesaba, me las había acabado arreglando para enfundarme el vestido de terciopelo rojo.

Sin embargo, antes de eso, me había quedado en ropa interior para revisar cada pliegue de mis amplias enaguas y palpar cada costura para asegurarme de que no había pasado ningún centímetro de tela por alto.

También había comprobado los bolsillos que había cosido para ver si tenían algún agujero, pero todas sus puntadas estaban intactas.

El frasquito que le habíamos quitado a la maga sibila había desaparecido.

Esperé en la estrecha antecámara entre mis escoltas y Markis mientras el sirviente llamaba de nuevo a la puerta de Aleka para intentar que se uniera a nosotros.

—¿Creéis que la mariscal se habrá quedado dormida? —me preguntó el sirviente, que me estudiaba por encima del hombro con los ojos verde jade muy abiertos.

Markis se colocó bien su abrigo de piel y levantó una ráfaga de aire con olor a vino.

—No, no, no es dada a las siestas. —A pesar de estar ebrio, se movía con nerviosismo y daba golpecitos en el suelo con sus zapatos bien lustrados.

Me di la vuelta al oír el crujido de unas bisagras. En el umbral aparecieron Lachlan, ataviado con su armadura, y Agatha, envuelta en una capa de piel negra que arrastraba por el suelo debido a su corta estatura.

Corrí hasta ella.

—Gracias a los dioses —dije antes de continuar hablándole al oído—. Tenemos que hablar.

Posó sus grandes ojos en los míos antes de reparar en los sirvientes y los miembros armados de la tripulación que nos rodeaban. Le ofreció una sonrisa tensa a Markis, que se pellizcaba la barba mientras nos observaba.

—¿Va todo bien? —me preguntó.

Markis profirió un quedo gimoteo y tuve que contenerme para no ir hasta él, agarrarlo por el elegante cuello de la camisa y obligarlo a contarme lo que había ocurrido en el carruaje mientras yo dormía.

Pasé la mano deliberadamente por las gemas que decoraban el torso del vestido que me había dado la emperatriz con la esperanza de llamar la atención de Agatha.

—Sí —dije en tono despreocupado—, solo que da la impresión de que en esta fortaleza no paran de desaparecer cosas.

Bajó la vista a mi atuendo y se le desencajó la mirada, pero recuperó el control de sus facciones con una rapidez impresionante.

—Ya veo.

Me volví hacia el sirviente.

—¿No sería mejor que entráramos en vez de esperar a que responda?

Entonces, para su sorpresa, abrí la puerta de par en par y entré en la habitación de Aleka.

Estaba vacía. Intacta. La cama estaba hecha y la jofaina, seca.

No parecía que hubiera estado nadie allí pese a que la había visto entrar con mis propios ojos.

Aun así, revisé cada superficie y palpé las pieles que descansaban sobre la cama.

Habíamos compartido el carruaje. Me había quedado dormida a pocos palmos de ella.

El sirviente me observó desconcertado.

—Majestad, me temo que no está… aquí. Es posible que la mariscal haya ido ya al salón del trono.

Me puse una mano en el vientre.

—Sí. —En aquella habitación no había ni rastro de la pócima—. Tal vez.

El frasquito que todavía tenía conmigo me golpeaba la cadera mientras recorría los pasillos que conducían al salón del trono. Agatha y yo caminábamos agarradas del brazo, rodeadas por Lachlan y mis escoltas.

—No me gusta la montaña —murmuró Agatha.

Yo negué con la cabeza y, sin poder contenerme más, le espeté al oído:

—Halla es hija de Nemea.

Agatha, que estuvo a punto de tropezarse con su capa, me miró estupefacta y clavó la vista al frente para tratar de mostrarse indiferente.

—¿Se lo has dicho a Theodore? —me preguntó sin apenas mover los labios.

—No lo he visto todavía.

Mi vestido pesaba tanto que llegué al salón del trono jadeando y sintiendo un incómodo mareo. Habían iluminado la estancia con antorchas recién encendidas y habían dispuesto una mesa larga y tosca ante la imponente tarima y su resplandeciente trono.

La mesa estaba abarrotada de carnes, verduras y sustanciosas hogazas de pan, aunque no la habían decorado con flores ni habían dispuesto copas de cristal o platos finos. Las velas de los candelabros apestaban a grasa animal.

La enorme chimenea que habían encendido caldeaba la estancia con el calor que desprendía.

Me sequé la delgada película de sudor que me cubría la frente mientras observaba a los invitados.

Markis se acercó a un pequeño círculo de nobles varianos y obelinos.

Halla y la emperatriz, quien era la personificación de su trono con su vestido azul medianoche y sus resplandecientes adornos dorados, hablaban con un par de invitados varianos al pie de la tarima.

Al ver a la emperatriz, Agatha se puso tensa y se resguardó entre Lachlan y yo.

—Ve a buscar a Theodore y cuéntale lo que me has dicho —me susurró—, pero ya.

Lachlan refunfuñó y contempló a la emperatriz con expresión iracunda.

—Dadas las circunstancias, por muy apremiante que sea, no va a haber excusa que valga para ir a buscar a Theo.

—Halla es hija de Nemea —le explicó Agatha con mala cara, y, por una vez, Lachlan se quedó mudo.

Justo en ese momento localicé a Theodore, que estaba al otro lado de la tarima, arrebatador y con cara de pocos amigos, enfrascado en lo que parecía ser una tensa conversación con Aleka.

La mariscal se había adecentado un poco el pelo salpicado de canas y llevaba una pesada capa ribeteada de piel gris sobre la túnica de color verde variano con la que había llegado a la fortaleza.

Theodore la tenía en muy alta estima; el propio Lachlan me había dicho que su actitud era intachable, y conmigo siempre había sido sincera y, en ocasiones, incluso amable.

Sentí una punzada de vergüenza por haber sospechado de ella, seguida de una frustrante ola de miedo e impotencia.

Si no había sido ella quien me había quitado la poción, entonces no tenía la menor idea de quién habría sido.

Las torpes doncellas de la emperatriz, tal vez.

O el mediocre y lascivo de Markis, que se había quedado al lado de la mesa y sostenía una nueva copa de vino mientras jugueteaba nervioso con sus botones.

Aunque permanecía quieto, estaba tan borracho que se mecía de lado a lado.

No lo había visto emborracharse ni una sola vez a bordo del Eleuthios, así que me preguntaba si sus nervios tendrían que ver con algo más que el contrato prematrimonial.

Mis escoltas se habían quedado pegados a la pared.

Hice intención de acercarme a Markis, pero me detuve en seco al ver que Theodore rodeaba la tarima y se fijaba en mí.

Su incisiva mirada descendió por mi cuerpo, admirando los detalles de mi vestido, la caída de mi melena oscura y la corona que descansaba sobre mi cabeza.

Lachlan tenía razón. No eran ni el momento ni el lugar más acertados para hablar, pero Theodore tenía que saber lo que me había mostrado mi visión y, teniendo en cuenta que iba a verse obligado a interpretar el papel de marido cariñoso mientras estuviéramos en la fortaleza, tal vez no tuviéramos otra oportunidad de hacerlo.

Me dispuse a caminar hacia él, pero me interrumpí a los pocos pasos al oír la voz sonora de la emperatriz.

—Amigos. —Habló con un regocijo sombrío—. Enemigos. Ahora que por fin estamos todos aquí reunidos, demos comienzo al banquete.

Señaló la mesa con un amplio movimiento de la mano y los invitados comenzaron a tomar asiento. Mientras los demás buscaban un lugar donde acomodarse, noté una calidez abrumadora en el costado. Unos dedos cálidos me dieron un apretón fugaz en la mano.

—El rojo te sienta de maravilla. —La voz de Theodore retumbó cerca de mi oído.

Se alejó enseguida y pasó por delante de mí para sentarse al lado de Halla, pero yo no le había quitado el ojo de encima a la emperatriz y supe que lo había visto todo.

Cuando me apresuré a ocupar una silla libre, la voz de la emperatriz volvió a resonar por la sala:

—Ahí no —me dijo atravesándome con su mirada azul.

El corazón se me subió hasta la garganta entre furiosos la­tidos.

Todos los demás se habían quedado callados y observaban a nuestra anfitriona, que señalaba la silla vacía que había a su lado y me ofrecía una sonrisa tan afilada como un cortaplumas.

—No sabéis la alegría que me he llevado al descubrir que veníais con la comitiva. Sería un honor para mí que os sentarais a mi lado, reina Imogen.

Vacilé un momento intentando reprimir una turbulenta sensación de aprensión.

Durante un breve instante, fantaseé con lo satisfactorio que sería arrancarle el collar de diamantes que llevaba al cuello y azotarla con él, pero crucé la estancia hasta la silla que me había indicado.

Estaba dispuesta frente a Halla, que tenía a Theodore a su lado.

—Muy bien —dijo la emperatriz mientras se colocaba a la cabeza de la mesa. Me dedicó una intensa mirada cargada de significado y se inclinó hacia mí para darme una palmadita en la mano—. No veo la hora de… conversar con vos.

Yo le ofrecí una amplia sonrisa y hablé en voz tan baja como ella.

—Y yo no veo la hora de veros perder lo que más valoráis en este mundo.

Ante aquello, profirió una carcajada profunda y sincera.

Luego me dio otra palmadita desdeñosa antes de ponerse a hablar con la invitada que tenía a mi lado.

La emperatriz estaba resplandeciente. Los diamantes creaban una aureola alrededor de su melena blanca y adornaban su pesado collar.

Además, llevaba unos gruesos brazaletes de oro y plata alrededor de las muñecas.

Hasta su vestido oscuro estaba salpicado de gemas.

Todo ello le confería un aire de inamovilidad.

Ni siquiera la mismísima gran diosa Diatan habría sido capaz de moverse con tantos adornos de metal y mineral encima.

Finalmente, levantó su cáliz.

—Sed todos bienvenidos.