La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 28. Imogen
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28. Imogen

Imogen

M e arrastraron al interior de la fortaleza antes de que lograra localizar a Theodore. Un sirviente de uniforme ostentoso nos condujo a mi grupo de guardias y a mí, acompañados de Aleka y de Markis, por un pasillo que comunicaba con uno de los torreones del ala oeste.

Mientras recorríamos aquel oscuro y laberíntico pasaje, pese a la preocupación que me hormigueaba en la piel y la debilidad que me lastraba los músculos al encontrarme tan lejos del mar, no pude reprimir la curiosidad que me causaba lo austera que era la fortaleza.

Con lo rico y poderoso que era el imperio obelino, esperaba que la emperatriz residiera en un palacio lujoso, pero aquel lugar era viejo, como si hubiera quedado anclado en el pasado.

No era un símbolo de riqueza ni le daba prioridad a la belleza.

—Es extraño, ¿no os parece? —le pregunté en voz baja a Aleka, que caminaba a mi lado dentro del círculo de mis escoltas.

—¿El qué?

—¿Os da la sensación de que la emperatriz pase mucho tiempo aquí? —Contemplé los suelos desnudos, así como las paredes negras y vacías—. Parece un lugar… bastante sencillo.

Ella miró a su alrededor como si fuera la primera vez, prestando atención a los detalles de la fortaleza…

o a la ausencia de ellos. Estudió las ventanas altas y alargadas antes de pasar a las estrechísimas escaleras de caracol.

En comparación, el interior de la fortaleza Linum parecía fastuoso e incluso acogedor.

—Como bien sabréis, no es raro que un soberano disponga de una fortaleza además de un hogar más opulento.

Pero aquel no había sido el caso de Nemea.

Él había dejado atrás su residencia junto al mar tan pronto como habían construido la fortaleza Linum.

Por mucho que a Aleka no le llamara la atención, yo tenía un mal presentimiento del que no lograba zafarme.

Tal vez era la montaña lo que me alteraba, pues me habían empezado a doler las articulaciones y notaba los pulmones atrofiados por la falta de aire.

—¿Acaso tiene su majestad una fortaleza? ¿Un lugar al que retirarse cuando no está en el palacio Genevreer?

A Markis se le escapó un hipido a nuestra espalda.

Vi que Aleka fruncía el ceño, pensativa, antes de relajar las facciones.

—No, la geografía de Varya y la ubicación del palacio siempre han sido suficientes para él.

—Ya veo.

Mientras subíamos por otra escalera de piedra oscura y recorríamos otro pasaje, que estaba más cerca de considerarse un túnel que un pasillo, me fui encontrando cada vez peor.

Un profundo escalofrío me recorrió de pies a cabeza y me entraron sudores fríos y calientes al mismo tiempo.

Al haberme criado en las montañas, nunca había sido consciente de lo mucho que me afectaba estar lejos del mar.

El cansancio, los mareos y la debilidad habían sido siempre una constante en mi vida, de manera que no había sabido lo que era tener buena salud de verdad hasta que no me había marchado de Seraf.

La cabeza de pronto me daba vueltas, así que tuve que detenerme ante una puertecilla abierta. Aleka me agarró del brazo al ver que me tambaleaba.

—Cuidado. —Miró a Markis por encima del hombro—. ¿Una ayuda?

El procurador se acercó hasta quedar pegado a mi costado y subió las manos por mi cintura con torpeza para agarrarme del brazo. Bajó la vista y me dedicó una mirada cruel y lasciva.

—Estoy bien —dije zafándome de su agarre—. Es por el aire de la montaña.

La puerta junto a la que nos habíamos detenido era tosca, con bisagras de hierro ásperas.

Me sequé las manos húmedas en la seda de mi corpiño y me quedé mirando sin apenas parpadear la estancia estrecha y alargada que había al otro lado.

Era el salón del trono, aunque allí no había oro ni tampoco cristal o telas finas.

La luz de las antorchas bailaba bajo las altas ventanas.

Mientras que hasta el salón del trono de Nemea había estado decorado con paneles de valioso mármol pulido, los rugosos sillares de aquella estancia parecían tan dejados de la mano de los dioses como el resto de la fortaleza.

La cámara estaba vacía, salvo por una tarima más alta de lo normal, dispuesta en el extremo opuesto a la puerta y hecha de tablones de madera desgastados.

Sobre la imponente tarima, descansaba el trono más lujoso y fuera de lugar que había visto nunca, pues tenía incrustaciones de diamante y estaba cubierto por una delicadísima capa de plata y oro fundidos.

Parecía sacado de un mundo completamente distinto al de la fortaleza.

Incluso el terciopelo de color azul oscuro que cubría el asiento resplandecía como si estuviera bordado con zafiros.

Aleka siguió la trayectoria de mi mirada y rio entre dientes.

—Ahí lo tenéis. Una pequeña muestra del brillo que buscabais.

Di un paso hacia la puerta con un tropiezo, como si algo hubiera tirado de mí.

El sirviente que nos había estado guiando se abrió paso entre mis escoltas y me detuvo. Sonrió de oreja a oreja, pero habló con voz aguda y cortante.

—¿Continuamos? Pronto serviremos la cena en el salón del trono, pero primero debo llevaros a vuestros aposentos —hizo una rápida reverencia—, majestad.

—S-sí, por supuesto.

Pero aquel resplandeciente trono todavía me tenía hechizada.

—Muy bien —dijo el sirviente balanceándose con impaciencia sobre la punta de los pies—. Por aquí.

Seguimos adelante y, cuando llegamos a lo que parecía ser el extremo más opuesto de la fortaleza, el sirviente dobló una esquina y nos llevó hasta una pequeña antecámara que albergaba una serie de puertas en sus muros curvos.

—Aquí está su habitación, mariscal —le dijo a Aleka abriendo la puerta más próxima—.

La suya, procurador. Y, por último, esta es la vuestra, majestad.

—Abrió la que estaba al lado de la de Aleka—.

Disculpadnos, pero vuestra llegada ha sido toda una sorpresa y no hemos tenido oportunidad de encender las chimeneas.

Mis compañeros llegarán dentro de un momentito para asegurarse de que disponéis de todo cuanto necesitéis.

—Hizo una reverencia exagerada abriéndose el faldón de su gabán de lana azul—.

Sed más que bienvenidos. Os dejaré solos para que descanséis y regresaré un poco más tarde para el banquete.

Aleka entró en su habitación enseguida, sin mirar atrás.

Markis hizo lo mismo y cerró su puerta con decisión.

Yo me retiré también con la mente y el cuerpo todavía alterados.

Mi habitación era pequeña pero cómoda. Del dosel de la cama, que pendía del alto techo, colgaban metros y metros de terciopelo negro como la tinta con brocados que me recordaban al cielo nocturno.

Sobre el colchón había una pila de pieles blancas como la nieve.

Sin embargo, el resto de la habitación estaba tan vacío como las demás estancias de la fortaleza.

No había alfombras en el gélido suelo de piedra, tampoco decoraciones sobre la chimenea o tapices que les dieran cierta calidez a los muros.

Era evidente que el lugar estaba pensado para que resultara tolerable siempre que se visitara durante periodos breves y esporádicos, pero nada más. Así que ¿por qué nos habían llevado allí?

Me limpié las manos y la cara con el agua fría de la jofaina mientras por mi mente pasaban un millar de preguntas. Entonces alguien llamó a la puerta y me hizo dar un respingo.

—Adelante.

Una de mis escoltas abrió la puerta y cuatro doncellas obelinas entraron en mi dormitorio. Traían leña y vino y entre dos de ellas cargaban con un baúl.

—¿Qué es todo esto? —pregunté al ver que una encendía el fuego y otra me servía una copa de vino.

—Son pieles, majestad —dijo una de las mujeres con la vista clavada en mis pies—. Abrigos y vestidos. Nos han pedido que os vistamos de acuerdo con vuestro título y la estación en la que nos encontramos.

Me contuve para no llevarme las manos a los frasquitos que guardaba en los bolsillos ocultos en mis enaguas. Me había olvidado de ellos por completo.

—Gracias —les dije—. Me basta con un abrigo.

Una de las doncellas abrió el baúl.

—Os hemos traído un vestido precioso también, majestad.

Sacó una pesada prenda de terciopelo, ribeteada con piel de armiño e hilo dorado y decorada con gemas oscuras. No obstante, aquellos ricos detalles quedaron opacados por el intenso tono rojo de la tela, que se derramaba sobre el borde del baúl como una enorme ola de sangre. Era el color de Nemea.

—Su alteza imperial ha insistido en que os lo pongáis —añadió con timidez—. Dice que es de vuestro estilo.

—Es rojo serafí —comenté sin dejar de mirar el vestido.

Toqué la parte delantera, sin pasar por alto la sutil disposición de las gemas rojas concentradas en el centro del corpiño… desde el esternón hasta la ingle.

Tomé una gélida bocanada de aire. La emperatriz había actuado con una premeditación evidente.

Nuestra llegada no había sido ninguna sorpresa para ella.

Lo tenía todo planeado y se había asegurado de colocar sus piezas sobre el tablero de juego con cuidado.

Ahora me tocaba descubrir en qué consistía la partida exactamente.

—Podéis retiraros.

Pero ellas siguieron trabajando como si no hubiera hablado. Se acercaron a mí para desatarme los lazos del vestido. Me toquetearon las faldas y tiraron de sus cierres con manitas insistentes.

—Hemos venido a vestiros, majestad.

Las espanté a manotazos, y una de ellas dejó escapar un gritito de sorpresa. Cuando por fin retrocedieron, cerré el puño en torno a la tela del vestido rojo y lo saqué del baúl de un tirón.

—He dicho que os marchéis.

Una vez que las cuatro mujeres hubieron salido a toda prisa del dormitorio y mi escolta hubo cerrado la puerta, eché el pestillo.

Nunca había sostenido un vestido tan pesado; tuve que recurrir a toda mi fuerza para tirarlo sobre la cama.

Me solté los lazos de seda del vestido que llevaba puesto, me lo bajé por los hombros y, cuando me disponía a soltarme los lazos que me sujetaban las amplias faldas, me quedé de piedra.

Aunque el fuego ya rugía en la chimenea, su calor no logró contener el escalofrío que me sacudió en aquel momento. Me palpé la cadera derecha, la izquierda y la zona lumbar desesperadamente antes de repetir el proceso.

—No.

Una de las pócimas de escisión había desaparecido.