La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 27. Imogen #2
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27. Imogen #2

—¿De qué me sirve a mí esa criatura inútil?

—exclamó. Luego bajó la voz y habló con firmeza, como si estuviera pronunciando una maldición—.

Escúchame, Nivala, emperatriz de Obelia.

La niña que tienes entre tus brazos será el último milagro que recibirás por mi parte hasta que saldes tu deuda.

Que sea un recordatorio de tu traición, tu abyecta ineptitud y tu deficiencia.

—Eusia permaneció impasible ante las lágrimas silenciosas que caían por las mejillas de Nivala—. Largo de aquí.

Abrí los ojos justo cuando el carruaje se detenía con una sacudida.

La puerta se abrió de par en par.

—Bienvenidos a Obelia. —Un lacayo nos recibió con voz nítida y acento melódico al tiempo que nos ofrecía una mano enguantada.

Me quedé helada.

Hija de Nemea. Halla era hija de Nemea. Mi hermana.

Por algún motivo, aquella revelación no me impactó tanto como habría esperado.

Por algún motivo, descubrir que Nemea había hecho algo tan despreciable como engañar a la emperatriz, como afirmar que era un dios, me sorprendió tan poco como oír que el sol salía y se ponía cada día.

Aun así, me llenó de rabia, de un profundo e ineludible dolor.

Me sentía incapaz de concentrarme en aquella abrumadora emoción, porque algo iba terriblemente mal. Lo notaba en lo más profundo de mi vientre. Aleka y Markis me observaban desde el asiento opuesto al mío, así que acepté la ayuda del lacayo y lo miré a los ojos claros como el agua.

—¿Dónde estamos? —le pregunté.

—En el palacio, señorita —dijo apretando los labios finos en señal de confusión.

Aleka meneó la cabeza con desagrado.

—Te diriges a la reina de Seraf y Antemusa, pedazo de zoquete —lo regañó—. Haz el favor de dirigirte a ella con el respeto que merece.

El lacayo palideció e hizo una reverencia.

—Mis disculpas, majestad. —Me estrechó la mano sin apenas hacer fuerza—. ¿Necesitáis que os ayude a bajar?

Me sentía como si toda mi energía me hubiera abandonado.

—No estamos en el palacio, el que está junto al mar. ¿A dónde nos habéis traído?

El lacayo ladeó la cabeza, respetuoso.

—Aaah, disculpadme, majestad, ¿lo decís por el edificio negro que hay junto a la bahía? Ese es el bastión de la emperatriz, Mustkiva.

Asentí y me puse una mano temblorosa sobre el vientre, allí donde sentía un vacío en el estómago.

—Ahora os encontráis en la residencia de la emperatriz. —Abarcó el espacio que se abría detrás de él trazando un elegante arco con la mano palma arriba—. Bienvenida a la fortaleza Vuoria.

No veía nada más allá de la puerta del carruaje ni tampoco a través de las ventanillas con cortinas, pero no me hacía falta saber dónde estaba para entender lo que ocurría.

Mientras dormía, habíamos subido por la escarpada montaña blanca que se alzaba sobre la sinuosa costa y el descomunal puerto obelino.

Estábamos muy lejos del mar.

—Malditos sean todos los dioses —siseé al tiempo que retiraba la mano de la del lacayo—. Mierda.

Markis puso una marcada expresión de sorpresa, mientras que Aleka abrió mucho los ojos y habló con tono reprobador.

—¿Va todo bien, majestad?

—No —espeté.

Ante mi arrebato, el lacayo dio un amplio paso atrás. Bajé del carruaje sin ayuda recogiéndome las voluminosas faldas de mi vestido para no tropezarme. El patio en el que nos habíamos detenido era espacioso y estaba rodeado de unas altas murallas cubiertas de nieve.

Desesperada, busqué entre la multitud que bajaba de los ­carros y carruajes, compuesta de miembros nobles vestidos con trajes opulentos, oficiales de semblante adusto y guardias de armadura dorada.

Theodore debía de andar cerca, pero, antes de poder localizarlo, mi séquito de marineros armados erigió un muro a mi alrededor.

Levanté la vista para contemplar la fortaleza Vuoria y mi inquietud se duplicó.

Las puertas de entrada eran imponentes y el arco que dibujaban estaba decorado con las mismas runas obelinas que aparecían en su bandera.

Sobre ellas, el centro del edificio formaba una altísima punta de aspecto amenazador, rodeada por cuatro torreones formidables.

Justo igual que la fortaleza Linum.

No me cabía duda de que Nemea había basado el diseño de la fortaleza que había construido en la montaña en el de la estructura obelina. Lo único que las diferenciaba era el color de sus sillares.

El frío pareció recrudecerse y enterrarse en mi interior hasta calarme los huesos.

Me tranquilicé diciéndome que no había regresado a Seraf, pero casi podía oler su característico aroma a tierra seca y ciprés.

Una parte de mí esperaba darse la vuelta y encontrar en medio del patio la piedra manchada de sangre donde se llevaban a cabo las ejecuciones.

Intenté dejar a un lado las malas pasadas que me jugaba mi mente y me asomé entre los hombros y las cabezas de mis escoltas.

Me estaban conduciendo hasta la entrada principal con el resto de los invitados.

Recorrí la multitud con la mirada en busca de mis compañeros varianos, cuyos atuendos destacaban por ser incompatibles con el frío invernal de la montaña, pero no vi a Theodore entre ellos ni tampoco capté ningún atisbo de la llamativa melena blanca de Halla.

Necesitaba hablarle de mi visión.

La multitud cruzó la estrecha entrada de la fortaleza Vuoria y respiré aliviada al descubrir que su interior no se parecía en nada al de Linum.

El vestíbulo principal era una estancia circular, de muros altos, con un pronunciado techo abovedado y decoración oscura y austera.

A diferencia de las paredes de piedra desnuda y pulida de Linum, las de Vuoria presentaban una pátina negra.

Una única lámpara de araña de hierro parcialmente iluminada colgaba baja sobre nuestras cabezas.

—Qué sorpresa.

La voz ronca y comedida de la emperatriz, asomada a la barandilla, descendió desde el rellano superior de la estrecha escalera.

Después de haber estado viendo el fantasma de su juventud en mis visiones, me chocó volver a ver su rostro envejecido.

Tenía las mejillas más anchas y la mandíbula menos firme, pero su mirada aguda y penetrante no había cambiado nada.

Una lenta sonrisa se adueñó de sus labios rojos.

—¿A qué se debe esta visita?

La multitud se había quedado en silencio, por lo que alcancé a oír el frágil carraspeo de Halla antes de que hablara:

—Hola, madre —la saludó con docilidad—. Solicité un banquete de boda obelino como regalo tras nuestras nupcias y mi reciente esposo me ha concedido mi deseo.

Permanecí con la cabeza bien alta entre mis escoltas cuando la emperatriz desvió su atención hacia nosotros.

Ladeó la cabeza despacio, tomándose su tiempo y sin perder la amplia sonrisa que había esbozado.

Cuando su mirada encontró la mía, percibí su expectación sin necesidad de ver cómo se estremecía.

Se le dilataron los ojos y apretó los dientes en un hambriento gesto casi imperceptible que me puso los pelos de punta.

La emperatriz perdió la sonrisa.

—Vaya, qué amable por su parte. —Pasó una mano pálida por la barandilla—. Bueno, acompañadme entonces. —Me miró—. Tenemos mucho que hacer y muy poco tiempo.